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| 6/25/2001 12:00:00 AM

Entre rejas

En la cárcel de Cúcuta casi todos los internos son hombres condenados. Algunos trabajan en talleres de ebanistería, otros alzan pesas en un pequeño gimnasio y otros estudian primaria o bachillerato. Pero la inmensa mayoría solamente deambula por los pasillos, como si su castigo fuera ver todos los días las mismas paredes. Parecen atentos a lo que pueda suceder, mirando por el rabillo del ojo. Pero casi nunca pasa nada. Sólo la espera.



Una vez al año, sin embargo, hay acción. Llegan los delegados del Cicr y se están toda una semana evaluando sus condiciones. Por eso se les pegan como hormigas al azúcar. Todos quieren algo: una silla de ruedas, un balón de fútbol, medicamentos especiales, sólo conversar… Los delegados apuntan sus nombres y les explican qué puede hacer el Cicr y qué no. Durante un momento de la visita, Marie-Thérése Engelberts, de 55 años, una vivaz delegada de salud suiza, tiene que contenerse para no regañar a presos y guardias por la suciedad en la que viven. Es que se comen un mango y lo tiran al piso. Como si hiciera falta atraer más mosquitos a una cárcel con una sobrepoblación de 700 presos. Es difícil entender también la desidia del Estado que inauguró una nueva ala de la prisión hace seis meses, pero nunca trajo los guardias suficientes para ponerla a andar. Hoy abandonada, comienza a cubrirse de musgo.



Engelberts maneja programas de asistencia médica y de prevención en salud física y mental en varias cárceles del país. Por eso ella escucha las dolencias de los presos, mientras otros tres delegados hacen su visita rutinaria a los detenidos a raíz del conflicto. No hay casi nadie en el patio de las autodefensas. Están jugando fútbol. Aunque duermen de a cinco en cada celda, es el único recinto impecable de la cárcel, adornado con plantas, dibujos de helicópteros artillados, máximas de Carlos Castaño —el jefe de las AUC—, y tarjetas románticas y de conejitos.



Los delegados del Cicr se entrevistan con los internos nuevos para preguntarles sobre cómo los trataron durante la detención. Si varios denuncian malos tratos en una estación de Policía, por ejemplo, los delegados irán a hablar con el supuesto responsable para aclarar las cosas. Si las denuncias prosiguen, hablarán con el comandante de la estación. Muchas veces basta una visita para arreglar la situación, pues las autoridades se esmeran en cuidar su imagen internacional. Al final de la visita, también hablarán con el director de la cárcel para hacerle recomendaciones.



Conexo a este patio está el de los guerrilleros. Los separa una inmensa pared pero comparten el tedio. Los presos tienen varias quejas: la comida es siempre la misma y siempre mala; llevan meses allí sin que los hayan juzgado; y los agobia la soledad. El delegado les recuerda que el Cicr les paga el transporte a los familiares de guerrilleros o autodefensas para que los visiten en las diferentes prisiones del país, pero varios de los que están allí dicen que no quieren usar esos pasajes, pues tendrían que contarles a sus hijos o padres que están con un grupo armado y que encima están presos.
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