Martes, 24 de enero de 2017

| 1982/07/26 00:00

ENTRE TOCAYOS

Al denunciar una tentativa de soborno, el magistrado Raúl Trujillo provoca reacciones esperadas... e inesperadas.

ENTRE TOCAYOS

Según el magistrado Raúl Trujillo Cortés, la escena que motivó la denuncia sólo duró cinco minutos. Pero sus repercusiones, recogidas por la prensa, duran todavía.
Era el domingo 20, día del padre, día también en que cinco millones de colombianos no salieron de su casa por seguir, a través de la TV, los partidos del Mundial. El Magistrado Trujillo, hombre pequeño, suave y robusto, vive en un pequeño apartamento de dos alcobas, en la gran unidad residencial Colseguros, en los linderos mismos de la zona industrial. A las ocho y cuarto de la noche estaba ya en su cama, cuando sonó el timbre. Su esposa Cecilia abrió. Y allí, en el marco de la puerta, estaba un antiguo amigo, colega y tocayo: el abogado Raúl Gallón Remolino.
Según afirma, el magistrado se sorprendió con esta visita. Pese a conocerse con Gallón desde hace doce años y a llamarse cordial y recíprocamente "tocayos", Gallón nunca había ido a su casa.
El visitante vestía una chompa verde, dominguera, cerrada por delante con una cremallera.
"Quiero hablar un asuntico con mi tocayo", dijo Gallón.
El asuntico en cuestión estallaría tres días después en la primera plana de "El Espectador". Según la versión del Magistrado, Gallón había intentado en aquella breve visita sobornarlo con un millón de pesos a cambio de un voto decisorio en un proceso que se sigue contra directivos del grupo Grancolombiano.
La versión de aquellos cinco minutos, dada por el magistrado a SEMANA, es la siguiente:
"Cuando salí de la alcoba, encontré a Gallón charlando con mi señora. Ella nos dejó solos. Fue entonces cuando Gallón, sin mayores rodeos, me dijo que había preocupación por el negocio del Grupo, especialmente de parte de un señor Arrázola, quien, precisamente, le había dado un millón de pesos en efectivo. Al decir esto, se llevó la mano a la chompa como queriendo sacar dinero. Yo lo detuve con un gesto. 'Mire -le dije--, a mí no me da rabia. Me da pesar que usted, conociéndome como me conoce, y conociendo mi integridad, venga a estas horas con tales proposiciones. Yo vivo humildemente. No tengo carro y la plata no me hace feliz'.
Entonces él me manifestó: 'Perdóneme, tocayito, perdóneme. Yo no quise hacerlo, pero me insistieron y me dieron la plata'. Yo me paré y abrí la puerta: 'Hágame el favor de irse. Le ruego que transmita fielmente mi reacción, no vaya y diga mañana que yo recibí la plata'. Ese pensamiento fue el que más me motivó a poner la denuncia.
Cuando él estaba ya en el pasillo, le dije: 'No me vuelva a preguntar en su vida sobre ese proceso'".

"SACANDOLE EL CUERPO"
Según el magistrado, que recibió al redactor de SEMANA sentado en un elegante despacho del Tribunal Superior (sillones de cuero, estanterías repletas de libros empastados en rojo y grandes ventanales), no habría sido aquella la única ocasión en que Gallón le habló del proceso contra algunos directivos del Grupo Grancolombiano.
Dicho proceso, como se sabe, fue instaurado por la Comisión de Valores, en febrero de 1981, por supuestas transacciones ilícitas de acciones y malos manejos en fondos de ahorradores por parte del grupo Grancolombiano. El proceso en cuestión ha tenido varias instancias, la última de las cuales fue una petición de suspender los cargos por inexistencia de los delitos. La apelación llegó, tras un largo tránsito por varios juzgados bogotanos, al Tribunal Superior. Por sorteo, les correspondió a los magistrados Ricardo Romero, Jaime Bernal y Raúl Trujillo. Estudiado el expediente, esta sala emitirá una providencia aceptando o negando la apelación, para lo cual bastaría una mayoría de dos votos.
Trujillo sostiene, concretamente, que un mes atrás Gallón fue a su oficina del tribunal invitándolo a almorzar. "El había venido varias veces con el mismo propósito, e inclusive me había preguntado por el negocio del Grancolombiano. Me comentó que era amigo de Arrázola, pero nunca me dijo de qué Arrázola. Yo le sacaba siempre el cuerpo".

"NI SIQUIERA TENGO CUENTA CON ELLOS"
Según Trujillo, una vez Gallón se marchó aquel domingo de su apartamento, se quedó largo rato a solas, reflexionando. Luego, (de acuerdo siempre con su versión), refirió lo sucedido a su esposa. Los dos habrían decidido hablar con su hijo Miguel, de 21 años, estudiante de tercer año de derecho. Lo aguardaron hasta las diez y media de la noche, pero el muchacho llegó mucho más tarde, cuando ellos ya dormían.
Al día siguiente, el magistrado Trujillo, como todos los lunes, se sentó en la sala penal al lado de su colega y amigo, el magistrado José María González. Discretamente, según afirma, le refirió todo. "Me provoca hacer la denuncia ahora mismo", le habría dicho. "No, le susurró al oído González, es mejor madurar la decisión".
La noticia se filtró de todas maneras. El primero en saberla fue el veterano cronista judicial de "El Espectador", el canoso y elegante Luis de Castro, que por razones del oficio es viejo amigo de todos los magistrados. Desde que era joven está cubriendo la Corte Suprema y los Tribunales.
Aunque la información aparecida el miércoles no lleva su firma, él la redactó el martes por la mañana, a tiempo que el magistrado Trujillo presentaba su denuncia escrita ante el presidente del tribunal.
El miércoles, mientras el país a la hora del desayuno se encontraba la noticia impresa en la primera plana del diario, el magistrado Trujillo ratificaba bajo juramento su denuncia.

UN BRILLANTE EN LA CORBATA
De todos los colombianos que leyeron el diario, sin duda el más sorprendido, fuera o no cierto el hecho denunciado, fue el abogado Raúl Gallón Remolino.
De corta estatura, rollizo, algo más allá de los cuarenta años, con una cortesía que no lima las asperezas de su carácter, Gallón Remolino ostenta un pálido brillante azul en la corbata.
Es uno de los tantos abogados, cuya vida transcurre entre las ya deterioradas calles once y catorce y la triste carrera sexta de Bogotá. Su nombre, en letras plateadas, cubre buena parte de la ventana de su despacho que da a la calle. El despacho es modesto y su inquilino, desconfiado. En cuanto llegó el redactor de SEMANA, puso en marcha una grabadora para registrar la conversación.
Era el mismo día de la noticia, pese a lo cual parecía tranquilo, muy dueño de sí. No se anduvo con rodeos para desmentir al magistrado. Habló como todas las gentes de su oficio, pausadamente, buscando las palabras: "Estoy sorprendido por la temeraria denuncia del doctor Trujillo. No es cierto que le ofreciera dinero. No conozco a Manuel José Arrázola, ni figuro dentro del proceso, ni tengo vínculo alguno con el Grupo Grancolombiano. Ni siquiera tengo cuenta bancaria en él. Me presentaré ante un funcionario que se designe y después iniciaré un proceso contra el magistrado denunciante".
El abogado Gallón admitió que había estado el domingo en casa de Trujillo. Pero explicó el motivo: "Hice una diligencia cerca y pasé a saludarlo".
Los dos abogados se conocían desde hacía doce años. Su amistad nunca llegó a ser muy estrecha.

NADA QUE VER
La reacción, por parte del Grupo Grancolombiano, no se hizo esperar. Hubo muchas idas y venidas en los alfombrados despachos del piso once y doce del Banco de Colombia. Finalmente, el jueves, veinticuatro horas más tarde, llegó a la dirección de "El Tiempo" una aguda carta de Manuel José Arrázola. presidente de Pronta, y alto directivo del grupo. Arrázola prototipo del ejecutivo joven, en un estilo tan enfático como sus cejas, produjo un documento sorprendente, cuyos puntos centrales son:
a) En vez de poner en duda la palabra del magistrado Trujillo, como lo hizo Gallón, aplaude su conducta y ofrece su contribución para el esclarecimiento del asunto.
b) Afirma que ni él ni su hermano conocen a Gallón" ni han tenido con él ningún vínculo directo o indirecto.
c) Sugiere que el intento de soborno, si lo hubo, podría provenir de enemigos del Grupo, a fin de provocar un fallo en su contra.
En este sentido, Arrázola recurre a una curiosa parábola.
"Bien trouvé", dirían los franceses.
La bomba lanzada por la prensa no se sabe, tras estas declaraciones, dónde habrá de caer.

"MARRANADAS"
"Un campesino interesado en proceso judicial que ponía en peligro la tierra heredada de sus mayores, constitutiva de su único patrimonio del cual derivaba su sustento y el de su familia, preguntaba periódica y afanosamente a su abogado sobre la marcha de ese negocio judicial. Su procurador le respondía que el caso estaba a la decisión del juez. El campesino en desarrollo de la lógica propia de las gentes sencillas, manifestó a su apoderado que tenía una "marranita" cariñosamente engordada para las fiestas navideñas, la que estaba dispuesto a entregar al juez para lograr su 'buena voluntad' . El abogado rechazó esa posibilidad, pues tal actitud, ante un funcionario judicial honorable, sería contraproducente. Pocos días después, el abogado manifestó al campesino que se había producido la tan anhelada providencia judicial, de manera favorable a sus intereses; que lo felicitaba y que con justicia y tranquilidad podría disponer de su parcela. El campesino, rebosante de satisfacción, le agradeció agregando: 'doctor, la marranita produjo los resultados esperados, pues yo la hice llegar al juez a nombre de la contraparte'".
Fragmento de la carta de Manuel José Arrázola al director de "El Tiempo", Hernando Santos Castillo.

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