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| 3/21/2015 12:00:00 AM

“Si 10 millones de niños quieren ser el próximo James, difícilmente vas a generar un premio nobel”

Andrés Oppenheimer presentó su libro, ‘Crear o morir’, en el que advierte la necesidad de innovar para no quedarse en un mundo cambiante.*

Antes de diez años se verán autos sin conductor, los drones llevarán las pizzas a domicilio y una computadora escribirá las recetas médicas. Andrés Oppenheimer, editor para América Latina y columnista de The Miami Herald, lo ha visto todo y lo narra en Crear o morir, su más reciente libro con Penguin Random House, un éxito de librería a lo largo del continente.

Se trata de 330 páginas apasionantes que empiezan en Silicon Valley, la Meca de los innovadores, donde centenares de jóvenes con sus laptops se reúnen en los cafés y comparten sus descubrimientos con la esperanza de seguir los pasos de genios como Bill Gates con Microsoft o de Steve Jobs con Apple.

Con empresas de tecnología que valen más que el producto bruto de varios países, el libro se ha convertido en un manual de consulta para los interesados en desarrollar talentos que aporten a sus naciones lo que el petróleo no garantiza.

La conclusión de Oppenheimer: para progresar hay que cambiar la mentalidad de la gente. Y a los políticos que se ufanan de crear ‘parques tecnológicos’, los critica por estar desperdiciando el dinero en lo que califica de “millonarios proyectos inmobiliarios”. En cambio, el libro destaca a varios innovadores a nivel mundial como Gastón Acurio, el chef que internacionalizó la comida peruana y a Salman Khan, quien en el sitio www.khanacademy.org enseña gratuitamente matemáticas a 60 millones de estudiantes en el mundo.

Semana: ¿Después de entrevistar a tantos innovadores, a qué conclusión se llega?


Andrés Oppenheimer: Me ha fascinado porque mis investigaciones han ayudado a abrirle la mente a mucha gente. Estamos viviendo en un mundo en el que una empresa como Apple tiene un valor de 710.000 millones de dólares, que es más que el producto bruto de Argentina o de Venezuela. Un mundo en el que se quebró una empresa como Kodak que tenía 140.000 empleados por no meterse en la fotografía digital, mientras que en el mismo año una empresa de 13 empleados llamada Instagram sí se metió a la fotografía digital y se vendió en 1.000 millones de dólares. Estamos en un mundo en el que el trabajo mental va a valer cada vez más y el trabajo manual cada vez menos. Hay que pensar que de una taza de café que se vende en Estados Unidos por poco más de tres dólares, al país que lo produce solamente le corresponden tres centavos.

Semana: Fuera de Silicon Valley, ¿hay países que desarrollan innovaciones como ocurre hoy en Estados Unidos?

A. O.: El libro destaca que hay un 53 por ciento de extranjeros en Silicon Valley, un indicativo de que en todos los países hay gente con esas inquietudes. Sin embargo, no es un fenómeno masivo que se da en todos los países. En Silicon Valley ves los cafés llenos de chicos sentados con sus laptops, todos queriendo ser el próximo Steve Jobs.

Semana: ¿Y por qué cree que eso no ocurre en nuestros países?

A. O.: En América Latina todos los jóvenes no pueden citar el nombre de un científico de su país, pero sí los de los futbolistas que conforman la selección nacional, porque todos quieren ser el próximo Messi o el próximo James y eso es un problema, porque si tú tienes 10 millones de niños en tu país que quieren ser la próxima estrella del fútbol, no tienes 10 millones de niños que quieren ser premio nobel de Física y difícilmente vas a generar en tu país un premio nobel de Física.

Semana: ¿Tienen alguna característica en común todos los innovadores?

A. O.: En Silicon Valley observé que todos toleran, respetan, y hasta presumen de sus fracasos. Al hablar con los jóvenes, me decían: “Bueno, yo estoy haciendo un nuevo ‘start up’. Fracasé con los tres anteriores pero en este me va a ir bien por tal motivo…”.

Semana: ¿Por qué cree que estos y otros innovadores pudieron llegar al éxito?

A. O.: Creo que una de las claves de innovación es la cultura de respeto y tolerancia al fracaso. Los hermanos Wright hicieron su primer vuelo exitoso después de 163 intentos fallidos. Edison inventó la bujía eléctrica después de fallar mil veces. Henry Ford llamó a su automóvil el Ford T porque falló 19 veces, con el A, el B y así, hasta llegar al T. El éxito es una suma de fracasos.

Semana: ¿Hay cambios que se deben hacer en América Latina para poder hacerle frente a esa nueva era que se avecina?

A. O.: En América Latina crucificamos y estigmatizamos a los que fracasan; es un gran error. Hay que cambiar las leyes de bancarrota que hacen que los emprendedores enfrenten leyes draconianas que los castigan por años sin poder abrir una nueva empresa. Los innovadores tienen siempre una historia de fracasos. También hay que agilizar la burocracia. En Venezuela hacen falta 17 trámites legales para abrir una empresa; en Argentina 14, la mitad de los que se necesita en Estados Unidos. Esas trabas las han disminuido México y Chile que ahora exigen el mismo número de trámites que [se necesitan] en Estados Unidos.

Semana: ¿Algunos ejemplos recientes de esos fracasos?


A. O.: Los fundadores de WhatsApp eran dos jóvenes de Silicon Valley, el estadounidense Brian Acton y el ucraniano Jan Koum quien falló en su intento de conseguir trabajo en Twitter y Facebook. Cinco años después de que esta última lo rechazó, le vendió WhatsApp por 19.500 millones de dólares.

Semana: ¿Hay un balance indicativo de América Latina frente a estos nuevos retos?


A. O.: Lo digo en mi libro: países tan pequeños como Israel y Corea del Sur producen más patentes por año que todos los países de América Latina y el Caribe juntos. Corea del Sur que hace 50 años tenía un producto per cápita más bajo que casi todos los países latinoamericanos, ahora registra cerca de 12.400 solicitudes de patentes por año. En cambio toda América Latina y el Caribe apenas llegan a 1.200 patentes. [Estados Unidos registra 57.000 solicitudes por año, Colombia 80, México 140, nueve Cuba y una Venezuela]. Ese es un preocupante indicativo.

(*)Entrevista de Beatriz Parga.
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