Viernes, 2 de diciembre de 2016

| 2016/09/24 08:50

“Apoyo el Sí, aunque en mi caso no habrá justicia”

Íngrid Betancourt habla de las Farc, el uribismo, la polarización, la religión, la ideología de género, el referendo de Viviane Morales y el peligro de mezclar todo en este momento. Explica por qué no asiste a la firma.

Íngrid Betancourt Foto: Juan Carlos Sierra

Semana.com: Usted ha dicho que muchos colombianos que piensan votar que No, probablemente lo hacen porque no vivieron la crueldad de esta guerra...

Ingrid Betancourt: Sí. Y el verdadero sacrificio lo vamos a hacer las víctimas de la guerra. Estamos aceptando algo que es muy difícil. Pero lo hacemos porque pensamos que es necesario construir un país donde otros colombianos, los que van a nacer, tengan la oportunidad de vivir mejor.

Semana.com: ¿Es un sacrificio para alguien que vivió un secuestro como usted, pensar en la posibilidad de que los responsables no vayan a la cárcel?

Ingrid Betancourt: Ahí es donde me parece que la reflexión se vuelve muy interesante. Porque se acusa a este proceso de paz de albergar impunidad para las FARC y esto no es cierto. La impunidad es lo que hay hoy. Que las personas que han cometido crímenes en Colombia sigan viviendo tranquilamente sin tener que rendir cuentas y sin tener que decir la verdad. Eso es la impunidad. El acuerdo nos garantiza que no va a haber impunidad para los guerrilleros que han cometido delitos graves. Habrá juicios, un tribunal y unas sentencias, algo que hasta el momento no ha existido en Colombia.

Semana.com ¿Usted siente que en su caso, por ejemplo, habrá justicia?

Ingrid Betancourt: Eso es diferente. Creo que la reparación para las víctimas tiene tres componentes. Una moral, que significa establecer la verdad de los hechos. Esa realidad no es solo la versión de las FARC. Es también la del gobierno, las fuerzas militares, los testigos, y sobre todo la de la víctima. Ahí, yo sé que en mi caso no va a haber justicia. Antes de que me liberaran, ya se había difundido una versión de mi secuestro para que se pudieran todos lavar las manos. He hecho todo lo posible en estos ocho años para expresar mi inconformidad con esa versión y establecer la verdad de lo que me pasó. Yo sé que para mí no habrá esa reparación moral.

Semana.com: Usted habla de tres tipos de reparación. ¿Cuál es el segundo?

Ingrid Betancourt: Hay otro componente que es la reparación social. Las víctimas necesitamos que la sociedad reconozca el daño que la guerra nos ha hecho. Las víctimas generalmente somos acusadas de ‘dar papaya’. Entonces si a una mujer la violan es porque estaba vestida de manera llamativa, si a un sacerdote lo matan es porque seguramente tenía relación con la guerrilla, y así. Siempre existe la búsqueda de una explicación para que la víctima sea la culpable de su suerte. Mientras eso sea así, no hay reivindicación para las víctimas.

Semana.com: ¿Y la tercera reparación? ¿Esa sí cree que la tendrá?

Ingrid Betancourt: Tampoco. El tercer tema es el patrimonial. Nunca va a haber, a través del acuerdo con las FARC, la manera de resarcir económicamente a las víctimas de las FARC ni de la guerra. Las personas que perdieron su trabajo, que no tuvieron acceso a una pensión, que no pudieron educar a sus hijos, que perdieron su capital … Ahí no va a haber reparación.

Semana.com: ¿Entonces por qué está tan a favor del proceso de paz?

Ingrid Betancourt: Porque creo que hay que entender que nuestro sufrimiento personal y todo aquello que quisiéramos que se nos reparara, no pesa en la balanza tanto como pesa la posibilidad de que nosotros le ofrezcamos a las futuras generaciones la posibilidad de no vivir lo que nosotros vivimos. Por lo tanto, el llamado a las personas que están pensando en votar No, es que tenemos que tener la valentía de cortar la cabeza de la serpiente. Y la serpiente es precisamente el círculo vicioso de nuestro odio. Votar a favor de la paz es cortarle la cabeza a la serpiente de nuestro odio.

Semana.com: Ingrid, cuando visitó el país su discurso conmovió a muchos colombianos. En parte porque sorprende que una persona que sufrió tanto por las Farc, esté dispuesta a tragarse los sapos que implica el acuerdo. ¿Usted que va abiertamente por el Sí, cómo ve a quienes quieren votar No?

Ingrid Betancourt: La reflexión para aquellos que están inclinados a votar por el No va mucho más allá de simplemente encasillarlos en “guerreristas” o “paramilitares”. Yo creo que hay mucho más que eso. Pero también veo algo que uno podría llamar una especie de cinismo. Ese cinismo puede llevarnos al extremo de decir que este proceso no vale la pena porque de todas maneras no hay cura para la guerra.

Semana.com: Cuando habla de ese cinismo parece evocar la posición del uribismo. ¿Usted los considera a ellos cínicos?

Ingrid Betancourt: No. Yo no creo que su posición sea cínica. Pero sí creo que hay una diferencia entre la postura del colombiano de a pie que mira a las FARC con escepticismo y que tiene dificultades para creerles, y la posición ideológica que promueve el uribismo.

Semana.com: ¿Qué diferencia?

Ingrid Betancourt: Que en el caso del uribismo existe una ideología para interpretar el mundo sobre la base de que el ser humano no puede cambiar. Han usado y se han hecho voceros de intereses muy particulares económicos, políticos y sociales que defienden el presupuesto de que la única manera de resolver el problema colombiano es a través del exterminio del otro. Sinceramente yo veo que ahí hay una gran diferencia. Yo no pienso que los colombianos que tienen la propensión a votar por el No, porque les parecen injustas las ‘gabelas’ a las FARC, pretendan que la solución sea el exterminio físico de aquellos que integran esa organización.

Semana.com: ¿Y no cree que de pronto sí se le están dando más gabelas a las Farc de lo que merecen?

Ingrid Betancourt: La paz de Colombia no es una solución hecha a la medida de las FARC sino a la medida de la guerra. Las FARC habían pedido no pagar ninguna condena. Querían borrón y cuenta nueva. Los que a final de cuentas van a salir premiados con este acuerdo de paz no son las FARC, tampoco somos nosotros los ciudadanos de hoy, sino la generación de colombianos que está por nacer. A ellos les vamos a dar la oportunidad de crecer en un país donde podamos convivir independientemente de nuestras diferencias ideológicas.

Semana.com: ¿Por qué cree que como sociedad estamos tan divididos estando tan cerca de dar un paso estructural en nuestra historia?

Ingrid Betancourt: Creo que estamos divididos porque tenemos miedo del cambio. Produce miedo porque todos los actores calculan cómo les va a ir con nuevas reglas de juego. Y es claro que a un sector de nuestra sociedad un país sin guerra puede quitarles oportunidades de prosperar. En un país en guerra las instituciones no funcionan, por lo tanto hay impunidad, posibilidad de abusar de posiciones dominantes y de obtener réditos sociales, económicos y políticos, gracias a ese abuso.

Semana.com: Usted es una mujer de fe y estudia teología. ¿Cómo explica que el movimiento del No tenga un apoyo tan sólido en tantas iglesias, en especial cristianas?

Ingrid Betancourt: Hay políticos profesionales de la retórica que pueden venderle a los colombianos el hecho de que una guerrilla marxista y materialista trae consigo unos valores que contradicen los valores espirituales del cristianismo. Se podría retóricamente defender lo contrario y decir por ejemplo que la sed de justicia social que defienden las FARC se la copiaron del cristianismo. En el fondo lo que hay es un interés de instrumentalizar a la religión para que sirva a una ideología y yo creo que debemos tener mucho cuidado con eso. De allí al fanatismo no hay sino un paso.

Semana.com: ¿A qué se refiere con que hay que tener mucho cuidado?

Ingrid Betancourt: Es muy fácil mirar hacia el Medio Oriente y ver lo que sucede cuando la religión se vuelve una ideología. Ver lo que pasa en Irán o con ISIS. Nosotros los colombianos deberíamos ser cristianos sin color político. Lo que tenemos que preservar son los valores reales y no el barniz de la religión. Los valores reales del cristianismo son que el amor tiene que ser más grande que el odio, que la misericordia tiene que ser más fuerte que la venganza, que nuestra compasión debe ser mayor a nuestra propensión a la crítica. Yo creo que el postulado fundamental del cristianismo es creer en la transformación del ser humano. Seamos católicos o evangélicos, todos pensamos que en nosotros mismos existe la capacidad de cambiar y que la fe nos transforma. Entonces tenemos que estar tranquilos de saber que esos guerrilleros que entran en este proceso de paz van a ser transformados tanto como nosotros, porque si no estamos convencidos de eso, entonces la única solución sería la de la extrema derecha que cree que hay que matarlos o desterrarlos. Ese postulado no es cristiano.

Semana: Este debate religioso se ha mezclado con otros debates profundos como el abordaje que tenemos como sociedad de la sexualidad y de la forma como se debe educar a los niños en ese tema. ¿Qué tan fácil es terminar asociando esas causas al proceso de paz?

Ingrid Betancourt: El peligro aquí es la ideologización del debate. Cuando yo decía que hay que tener cuidado me refiero a que si a uno le dicen que “los hombres no son hombres y las mujeres no son mujeres si no por convención social”, eso es una postura ideológica. Porque no podemos cambiar las diferencias biológicas con las que nacen los seres humanos. Si en nuestra libertad decidimos tener un comportamiento diferente al que se espera tradicionalmente de nuestro género, yo no tengo ningún problema con eso. La identidad es una de las libertades más fundamentales de los seres humanos. Ahora, tengo que decir que me parece que podemos caer en una esquizofrenia colectiva si la manipulación lleva a alguien a decir que si creemos en Dios debemos votar No en el plebiscito. O que si estamos en contra de tal o cual interpretación de género entonces hay que votar No al plebiscito. Ese es el peligro.

Semana: Ya que habla de ese tema que generó las multitudinarias marchas contra las cartillas del ministerio de Educación, también se ha intentado ligar el proceso de paz a la propuesta de hacer un referendo para limitar quienes pueden adoptar en el país. ¿Qué piensa de esa iniciativa?

Ingrid Betancourt: Creo que ese referendo es importante y muy sano que se dé. Mi posición en torno al referendo está todavía en borrador. Me imagino que a muchos colombianos les pasa lo mismo. Porque creo que en estos temas, uno no puede tomar una posición simplemente como por fogonazo. Porque la verdad hay parejas heterosexuales que no son buenos padres, porque son violentos, dan mal ejemplo, no quieren a sus hijos, los abandonan. Monjas por ejemplo, - que son solteras - han dado pruebas de ser buenas en el cuidado de niños abandonados. Entonces de pronto la pregunta es, cuales son los paramentos que se le tienen que dar a las instituciones que se encargan de la adopción para que puedan tener criterios para que el niño sea el que salga ganando.

Semana: Volviendo al tema, ¿la invitaron a la firma de la paz? ¿Piensa venir?

Ingrid Betancourt: Yo recibí una llamada del presidente invitándome a la firma. Le agradecí mucho, pero decidí no asistir por motivos muy personales. Quisiera poder aportar desde afuera en la reflexión del país, en momentos en donde hay tanta polarización y tanto desconcierto.

Semana: Usted sabe mucho de símbolos y es un símbolo en sí misma. ¿Cree que de pronto nos falta una imagen para entender estas emociones que vive la sociedad?

Ingrid Betancourt: Quizás lo que tenemos es una saturación de imágenes y necesitamos simplemente darnos un momento para mirar pasivamente, tranquilamente. Ver de lejos lo que va a suceder y sintonizarnos con ese momento con mayor descontaminación espiritual. Dejar que todo lo que hay en nosotros mismos, de lo que somos, de lo que hemos vivido, de lo que sentimos al mirar el evento de la firma, nos vaya dictando realmente lo que intuitivamente sentimos que es mejor para Colombia. Por eso no quise estar allá. Porque pienso que quiero regalarme ese momento de silencio para observar sin ser observada.

*Con la colaboración de María Fernanda Zuluaga.

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