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| 7/29/1996 12:00:00 AM

ENTREVISTA PLINIO APULEYO MENDOZA

"SAMPER NO MIRO LIMITES CON TAL DE LLEGAR AL PODER"

Luego de mas de dos años como embajador en Italia, regresa a Colombia Plinio Apuleyo Mendoza. En entrevista concedida a SEMANA, el periodista habló de sus nuevos proyectos profesionales y, libre de compromisos diplomáticos, opinó sobre la coyuntura actual del país.
Semana: Por casi dos años y medio fue usted el embajador de Colombia en Italia. ¿Cómo se siente un periodista acostumbrado a decir lo que piensa cuando, en razón de su cargo, debe abstenerse de opinar?
Plinio Apuleyo Mendoza: ¿Cómo me he sentido? Como un perro al que le han puesto un bozal. Aunque para ser sincero, ese bozal me lo puse yo al aceptarle al presidente Gaviria la embajada en Roma. No me arrepiento, fue una experiencia interesante. Creo haber sido un diplomático activo, de esos que turban a cada paso la paz ceremonial de las cancillerías y la vida feliz de sus subalternos. De todas maneras, a lo largo de estos dos últimos años, no hay duda de que el periodista que hay en mí, y que desde luego nunca me abandonó, tenía a cada rato ganas de ladrar.
Semana: ¿Renunció o lo sacaron?
P.A.M.: Renuncié dos veces. La primera vez cuando se produjo el cambio de gobierno. En esa ocasión el presidente Samper me ratificó, lo cual fue un gesto de amistad personal puesto que, aunque viéndolo siempre con mucha simpatía, nunca compartí sus orientaciones ideológicas. Me interesaba permanecer un año más a fin de llevar a término unos cuantos proyectos importantes para el país. En enero, el presidente Samper me llamó de nuevo por teléfono para ofrecerme la embajada en Austria. No la acepté por dos motivos: porque, por una parte, comprendí que el Presidente tenía compromisos con la misión en Roma, y luego porque ya para entonces sentía que no era leal representar a un gobierno con cuyos planteamientos no estaba de acuerdo. Por ese motivo, de paso, no firmé la carta de adhesión al Presidente promovida por los embajadores Turbay Ayala y Lemos Simmonds. Pero tampoco me pareció leal con el Presidente, dadas sus amistosas manifestaciones, producir un retiro estrepitoso.
Semana: Cuando se conocieron las escandalosas revelaciones del proceso 8.000, ¿por qué no renunció usted como lo hicieron otros embajadores?
P.A.M.: En ese entonces hubo entre mis colegas, los embajadores colombianos en Europa, posiciones diversas. Noemí escribió una dura carta de renuncia, y todo el mundo le cayó encima. Otros embajadores, como mi amigo Carlos Lemos, consideraron que no era justo erigirse uno en juez de un proceso en curso y anticipar una condena. Todo eso me llevó a darle un compás de espera a una situación tan intrincada y confusa. Con el tiempo, inexorablemente, se acrecentaron mis dudas y problemas de conciencia, y esa sí es la razón por la cual me encuentro ahora aquí, en el desvencijado reino del alcalde Mockus, lejos de los palacios de los Habsburgos y de los valses de Strauss. Mirando las cosas con distancia, creo que Noemí fue la más consecuente de todos.
Semana: ¿Cómo se explica entonces las críticas que llovieron sobre ella por la manera como renunció?
P.A.M.: Creo que nuestra herencia hispánica y virreinal (cachaca, dirían en la Costa) nos lleva a considerar como irrespeto o mala educación decir lo que se piensa y a ver como agresión o deslealtad cualquier crítica. Tal vez ello explica el que en nuestro país no haya una verdadera oposición. Rendimos culto a las formas y apariencias. Lo importante no es ser sino parecer. Aspiramos a tener buena imagen en el exterior cuando somos el país más violento de la Tierra y uno de los más corruptos. Nos incomoda la verdad. ¿Ejemplos? El señor Joe Toft, por largos años director de la DEA en Colombia, se fue diciendo que esta era una narcodemocracia, y todo mundo lo consideró un gringo canalla. Las revelaciones de Medina demostraron que tenía razón. Y el cuento no para ahí, pues por iguales razones Medina fue visto como un traidor, Botero también, Valdivieso como un ambicioso y Hernán Echavarría como un viejito gagá. Nadie quiere enfrentar la verdad; la palabra, entre nosotros, ha perdido su valor, y a lo que se dice se le busca siempre una doble intención, una interpretación vil.
Semana: Ahora que regresa a Colombia y que ya puede hablar con toda libertad, ¿cómo ve el país?
P.A.M.: Como lo ve todo el mundo: mal. Ahí están, como llagas, terribles verdades a la vista: 30.000 asesinatos por año; 2.000 secuestros; 95 por ciento de los delitos en la impunidad; el 48 por ciento de la población bajo la línea de la pobreza absoluta; una guerrilla que controla ya la tercera parte del territorio nacional; un narcotráfico que ha logrado penetrar y corromper el establecimiento político y, para colmo, la evidencia ya meridiana de que con el dinero del narcotráfico se eligió al actual Presidente de la República. Y lo peor de todo: ante todo esto, el país parece anestesiado. Es como un organismo que ya no reacciona. Solo protestan unos pocos, y como esos pocos provienen de la clase dirigente, se tiene la tremenda impresión, ojalá equivocada, de que la moral se ha vuelto en Colombia un lujo de clase.
Semana: ¿No cree ni siquiera en el Salto Social?
P.A.M.: Yo no puedo disociar lo económico de lo social. La política de corte populista hace siempre énfasis no en la creación de riqueza por medio del trabajo, sino en la distribución de la poca riqueza que existe, la cual es vista siempre como un privilegio indebido, y por eso el populismo acaba siempre incitando a la envidia y al resentimiento hacia el que tiene éxito. Implementando esencialmente políticas destinadas a la protección, propagando subsidios y regalos, incrementando sin piedad el gasto público, favoreciendo el clientelismo, el populismo mantiene inerte el estado de cosas existente. Es decir, la pobreza, el desempleo, la inseguridad. Tal es la evidencia; lo demás es solo retórica de grito y balcón. No habrá para mí ningún Salto Social mientras las reservas del Estado se utilicen para reconquistar a la opinión pública, al paso que permanece paralizada la inversión privada y decae la inversión pública en obras básicas de infraestructura y el crecimiento en vez de aumentar desciende. Por ese camino, el Salto Social puede convertirse en asalto social. Lo que se le da al pobre con una mano se le quita con la otra.
Semana: ¿No cree usted entonces que con la absolución del Presidente el país llegó al final de la crisis?
P.A.M.: Ojalá fuera así, pero no lo creo. La absolución, que era algo previsto, no cambia nada. Las posiciones a favor o en contra del Presidente seguirán iguales. Podemos entrar solo en una etapa nueva, en la que de un lado el populismo y el clientelismo, con todo el apoyo del poder, e inclusive con la contribución velada de oscuros grupos, harán causa común con miras no solo a mantener al actual gobierno sino a prolongarlo a través de un sucesor del mismo corte. Sería una opción suicida para el país. Del lado opuesto, está la sociedad civil, que en vez de entregarse a la depresión por no haber logrado su objetivo de obtener la renuncia del Presidente, debe unirse, articularse y preparar una alternativa coherente para 1998. No importa que haya varios precandidatos; sus aspiraciones divergentes no pueden tener más peso que sus enormes puntos de convergencia y la necesidad de establecer un gran frente común para salvar al país.
Semana: Usted trazó en su libro 'Los retos del poder' el retrato de varios de nuestros presidentes. ¿Cómo sería el retrato de Samper?
P.A.M.: Desde un punto de vista personal y narrativo, sería un retrato apasionante. Ernesto, para mí, es un heredero del Frente Nacional. El Frente Nacional acabó con la violencia partidista liberal-conservadora, pero nos dejó otros problemas, que estamos padeciendo: la guerrilla, el clientelismo, una juventud políticamente amorfa. Creó un nuevo país, que perdió valores esenciales del pasado. Un Olaya, los López, un Santos, un Laureano, un Ospina o los Lleras, para no hablar de un caudillo extraordinario como Gaitán, tenían un enorme ascendiente sobre grandes sectores del país por la fuerza de sus ideas, de sus convicciones, de sus principios. No pretendían necesariamente agradar o adular al pueblo sino hacer lo que al país, según ellos, le convenía. No andaban mirando encuestas para saber qué debían decir. No tenían que hacer operaciones de compra venta con los caciques y barones, menos aún con el elector raso. Tenían un estilo y una cultura y sobre todo un liderazgo natural. Eliminando la controversia y la oposición, el libre debate de ideas, llevando a todo rebelde a la subversión armada, el Frente Nacional creó un político de otro corte, pragmático, clientelista, sin culto por las ideas (Galán fue la excepción), cuyos principios y propuestas fueron sustituidos por las recomendaciones de los asesores de imagen. En este camino de realismo a ultranza se formó Ernesto. Un retrato suyo tendría que valorar desde luego su habilidad, su inteligencia, su enorme simpatía personal, su fácil aproximación humana, pero también ese pragmatismo desenfadado, de conciencia elástica y con relaciones a veces difíciles con la verdad, propio del profesional de la política de los tiempos actuales, para quien lo que se piensa no es necesariamente lo que se dice y lo que se dice no es necesariamente lo que se hace. En él el discurso juega el mismo papel que un libreto para un actor: aun siendo ficción puede poner el él un acento de sinceridad. Lo dramático de esa experiencia humana es que, por tales juegos de prestidigitación, el antiguo javeriano pobre y brillante, el joven político y ejecutivo prometedor, pupilo amado de los presidentes Betancur y López, el viejo, afectuoso, bohemio y simpático amigo de todos nosotros, no miró límites con tal de llegar al poder y dispuesto a quedarse en él a cualquier precio, puede verse obligado hoy a echar por la borda no solo amigos y colaboradores, sino cosas muy sustanciales para la salud del país.
Semana: ¿Qué piensa hacer ahora que vuelve a Colombia?
P.A.M.: Me interesa la creación de un taller de investigación y comunicación, un think tank se dice ahora, destinado a producir libros, especiales de televisión e informes de prensa en torno a los problemas y temas más agudos del país, dentro de la opción liberal que es la mía. Mi reflexión de base es la de que los investigadores rara vez saben comunicar y los comunicadores sólo pueden hacer muy rápidas investigaciones. Los precandidatos, por su parte, están demasiado enfrascados en sus problemas de estrategia electoral. Los asesores de imagen los obligan a decir cosas que pueden agradar sin profundizar mucho. Si no se crea una pedagogía y una conciencia a través de medios masivos de comunicación sobre lo que se necesita para enderezar este país, si no se despierta a la opinión pública, sólo nos quedará el populismo en el menú. Y eso es gravísimo.
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