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| 10/19/2013 6:00:00 AM

Es difícil ser mujer en Colombia

La revolución femenina en el país es más un espejismo que una realidad palpable. A pesar de algunos avances, el machismo sigue vivo en los hogares, las oficinas, las plazas públicas y las zonas de guerra. Informe especial de SEMANA.

“Las mujeres tienen razón de rebelarse contra las leyes porque las hicimos sin ellas”, escribió Michel de Montaigne en el siglo XVI. Cuando Luz Dary García escucha esta frase, se queda callada. Está sentada en el restaurante de un hotel de Barrancabermeja, un lugar muy distinto a la ciudad cálida y ruidosa de afuera. El aire acondicionado es inclemente, y las luces de neón y el olor a detergente avasallan los sentidos. 

El ambiente, sin embargo, no parece molestarle tanto como la pregunta de si conoce al filósofo francés. “No, no conozco a quien dijo eso”, dice, tímida, después de unos segundos. “Pero eso seguro tiene que ver con todo el tema ese de la emancipación”. 

García no parece saber muy bien dónde está. Ha llegado para hablar de su vida, una historia marcada por los vejámenes, los golpes y las frustraciones de la violencia contra la mujer. Mira al piso y dice con la cara tiesa: “Hay mucha mujer emancipada por ahí, pero eso no ayuda mucho. A mí no me ayudó. Yo solo quiero que él no me moleste más”.

García, cuyo exesposo la golpeó durante casi 20 años y ahora la persigue obsesivamente, vive en el Barrio Jerusalén, a varias cuadras del hotel. Ahí, como si fueran buldóceres, han pasado arrasando los guerrilleros, los paramilitares, los narcotraficantes y los miembros de cuanta organización ilegal hoy. La casa de García es humilde y carece de comodidades, pero luce organizada. 

Parada frente a las paredes rosadas recién pintadas de la fachada, esta modista se siente a gusto. No parece importarle que su barrio sea el epicentro de tanto dolor. “Hace pocos días a una vecina el esposo le metió cinco puñaladas”, dice. “Él se voló, y ella sobrevivió, pero él no para de molestarla y la amenaza por celular”.

Cuando de violencia contra la mujer se trata, Barrancabermeja es un lugar de análisis obligado. La ciudad es el emblema de una realidad que acecha a las mujeres de todo el país. Pues hay de todo: discriminación, acoso, agresión, abuso, explotación, trata de personas, esclavización, homicidios… El machismo es generalizado. No sin razón es una de las poblaciones más violentas contra la mujer. En 2011, 341 fueron agredidas, casi una al día.

SEMANA viajó hasta este lugar enclavado en la selva húmeda de Santander para entender el tema central de este informe especial. También estuvo en Villavicencio y Tumaco y habló con víctimas en otras ciudades y con expertos para retratar una cruda realidad. 

La conclusión es que la revolución de la mujer en Colombia es más un espejismo que una realidad palpable. El país ha avanzado mucho en derechos y participación, pero esos cambios solo se reflejan en la superficie. Si se mira más a fondo, el machismo sigue muy vivo en la cultura y domina las relaciones entre los colombianos. Es difícil ser mujer en Colombia.

En el país, según Medicina Legal, cada seis horas un hombre agrede a su pareja. En 2012, 71.485 niños, adolescentes, ancianos y mujeres se convirtieron en víctimas de la violencia intrafamiliar. La mayoría son mujeres. Llevan moretones en la cara, los huesos fracturados, los órganos afectados y una mente trastornada, pues echan por la borda su autoestima, se deprimen y se vuelven proclives al suicidio. Entre 2004 y 2008, 437 fueron asesinadas por sus familiares: más de una al día. Y este número adquiere especial impacto si se considera que es casi el doble de las mujeres que murieron en el conflicto armado.

“Es como el papá”
Luz Dary García ha vivido toda su vida en Barrancabermeja, y allí ha pasado los últimos años huyendo de su exmarido. Se casaron en 1994. Según ella, al principio hubo “amor puro”, pero las cosas cambiaron cuando llegó el primer hijo. Él cambió, dejó de venir a casa y cuando lo hacía era para “darme muendas”. Nunca daba explicaciones. Una vez, la golpiza fue tal que García casi pierde su bebé. Aguantó durante años, según ella, para que sus hijos no crecieran en un hogar descompuesto. Pero hoy está convencida de lo contrario: soportando la violencia les dio una infancia traumática.

En especial a su hijo mayor. Él no ha venido al encuentro pues justamente la propuesta de su madre de que la acompañara ocasionó una nueva pelea entre los dos. “Es como el papá”, dice García. “Se parecen mucho, él les pega a sus compañeros en el colegio… estoy preocupada”. 

Aquí, muchos estudiosos de la violencia intrafamiliar se atreverían a hacer una espantosa predicción: que el hijo de García, cuando sea mayor, probablemente será un hombre que les pegará a las mujeres. “Una de las razones de la alta incidencia yace en la manera como educamos. Así la violencia se vuelve una forma de expresión”, dice la antropóloga Myriam Jimeno.

En el país se ha intentado todo para combatir el problema. Ha habido campañas publicitarias, cubrimiento en los medios, marchas, acciones policiales, iniciativas legislativas e indignación popular. Pero las víctimas suelen negarse a hablar con quienes las quieren proteger y estos últimos muchas veces no cumplen la obligación de hacerlo. 

Otras veces, las afectadas sienten lástima por los agresores y, en la mayoría de los casos, sencillamente no denuncian. Según la Personería de Barrancabermeja, solo uno de cada diez casos se conoce. “La mujer termina revictimizándose y justificando la violencia de que es víctima”, dice la experta María Cristina Hurtado. 

Cultura contra el machismo
En Barrancabermeja se prendió la fiesta cuando el exalcalde de Bogotá  Antanas Mockus y los investigadores de su centro de pensamiento Corpovisionarios llegaron a la ciudad para llevar a cabo un experimento inédito. Ecopetrol había decidido financiar el proyecto Sello Nacional Contra la Violencia Intrafamiliar para ayudar a la ciudad. 

Corría el año 2010, cuando los expertos de la cultura ciudadana empezaron a aplicar una nueva fórmula para bajar las cifras. Todo el mundo juzga al victimario, se decían, pero nadie se acerca a él, lo trata y previene así la violencia. Dirigieron la mirada a los potenciales agresores y se enfocaron en uno de los principales motivos: los celos. “¡Los benditos celos!”, dice Mockus.

Transformaron la ciudad. Con “acupuntura cultural”, algo similar a lo aplicado en Bogotá en los años noventa, le enseñaron a la gente a prevenir. Repartieron pitos para que las mujeres los soplaran en caso de ver una agresión. Llenaron las calles de actores que simulaban, por ejemplo, una golpiza y luego se destapaban para hacer caer en cuenta a los testigos de su responsabilidad. Vacunaron simbólicamente a cientos de personas. 

Abrieron una línea telefónica de “celosos anónimos” a la que entraron 1.800 llamadas de agresores potenciales que recibieron apoyo psicológico: evitaron 70 situaciones de “máximo riesgo”, tres homicidios y un suicidio. El éxito fue redondo. En un año, la tasa de casos de violencia intrafamiliar se redujo en un 43 por ciento.

¿Es esta la ‘fórmula mágica’? Algunos piensan que hay razones para la esperanza. Entusiasmados por el triunfo, Ecopetrol y Corpovisionarios buscan hoy replicar el milagro de Barranca en otros 14 municipios con el apoyo del ICBF, la Alta Consejería para la Equidad de la Mujer, la Policía Nacional y Medicina Legal. La meta es ambiciosa: en 2015 las poblaciones elegidas deben haber disminuido sus tasas de violencia familiar.

Pero la realidad es recia. En Barrancabermeja, esta parece haber aguado la fiesta. El enorme esfuerzo de Mockus no logró dejar una huella indeleble. Meses después de que los expertos empacaron y se fueron, a la ciudad llegó un nuevo alcalde, que impuso una agenda propia y no les dio continuidad a las fórmulas de cultura ciudadana. 

Cuando se le pregunta a la gente qué pasó con el proyecto, muchos no saben. Luz Dary García no solo ignora quién es Montaigne, tampoco sabe lo que “ese señor de la barbita” hizo por su ciudad. Pues las cosas siguen hoy igual que antes para ella. Su exesposo sigue al acecho, y ella, asustada.

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