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| 12/5/2015 8:00:00 PM

“En Colombia hay que cultivar la idea del otro”: María Paulina Riveros

La directora de Derechos Humanos del Ministerio del Interior explica por qué será imposible pensar en la paz si los colombianos no dejan de estigmatizarse*.

Semana: ¿Cómo termina el estigma siendo una forma de violencia en Colombia?

María Paulina Riveros:
En un país con un conflicto armado, la tendencia es asociar la violencia con la violación del derecho a la vida, a la integridad o a la libertad. Pero si queremos paz y reconciliación hay que reflexionar seriamente sobre otros tipos de violencia. Por ejemplo, etiquetar a las personas con estigmas. Eso puede ser tan violatorio y nocivo como las formas de violencia en las que tradicionalmente pensamos.

Semana: ¿Eso se puede cambiar?

M.P.R.:
Para hacerlo hay que entender cómo la sociedad produce y reproduce procesos estigmatizadores, pues estos desencadenan prejuicios y preconceptos que son referencia de análisis. Colombia es un país de extremos. Cuando hablas de una persona u oyes hablar de ella, inmediatamente le pones un rótulo que determina tu conducta hacia ella. Por ejemplo, en lugares donde ha habido presencia de guerrillas el pueblo entero es tildado de guerrillero.

Semana: ¿Qué otros rótulos han detectado?

M.P.R.:
Eso mismo ocurre con los pueblos donde ha habido paramilitares. En fin, hasta en los niños y los jóvenes… Si estudias en un colegio o una universidad determinados, tienes un sello propio. Y qué no decir del estigma de ser exguerrillero o exparamilitar. O víctima, que en nuestro país es algo muy complicado de sobrellevar.

Semana: ¿Qué hacen usted y su equipo para contrarrestar la estigmatización?

M.P.R.:
Estamos volteando la mirada hacia lo que viene. Queremos generar, desde ya, condiciones de paz territorial con un enfoque en derechos humanos. Para eso hay que educar ciudadanos conscientes. Esto no quiere decir que todo el mundo deba pensar igual y actuar igual. Quiere decir, más bien, que en el imaginario social debemos cultivar la idea del otro como alguien con derechos y obligaciones. Una paz sostenible no debe ceder ante el miedo al otro.

Semana: ¿Esas condiciones de paz en el territorio hoy no existen?

M.P.R.:
Hay una frontera invisible entre los acuerdos de paz y la paz real. Y a mí me parece que está cimentada sobre la retórica popular y política que, día a día, dispara estigmas y obstaculiza los desafíos sociales que se nos vienen. Es esencial que abandonemos la fuerza descalificadora y violenta para transitar hacia una lógica e ideológica. Erradicar la estigmatización en Colombia será un proceso largo y espinoso, pero necesario.

Semana: Concretamente, ¿qué van a hacer una vez firmada la paz?

M.P.R.:
Primero, entender que un acuerdo no significa la paz. Por el contrario, es entonces cuando tendremos que trabajar para construirla. Para ello hay que abonar el terreno eliminando todas las formas de violencia y relacionándonos con respeto. Luchar contra la estigmatización es luchar por la pluralidad y la democracia. Si dejamos de descalificarnos abandonaremos el mito de la tolerancia para instalarnos en la lógica de los derechos y la diferencia. En el ministerio queremos incidir en los imaginarios de la ciudadanía, las familias y los servidores públicos mediante componentes pedagógicos e informativos, y sensibilizando a las personas.

Semana: Esa es la visión del gobierno. ¿Pero los demás sectores qué?

M.P.R.:
Se necesita a todo el mundo porque todos usamos la palabra. Los sectores que han estado en tensión durante años, los actores políticos de todos los colores, los movimientos ciudadanos, la academia y los medios de comunicación deben comprometerse con algo fundamental: refundar el lenguaje público en Colombia. A mediados de este año, el presidente hizo un llamado a desescalar el lenguaje, y el coordinador de las Naciones Unidas lo apoyó. Acertadamente, este dijo que abandonar la estigmatización es dejar de ver el mundo dividido en buenos y malos.

Semana: En toda democracia hay tensiones.

M.P.R.:
Claro. Pero necesitamos entender que las divergencias no pueden y no deben desaparecer. Son el motor de todo Estado plural, y la tensión entre ideas es la cuna y el campo fértil de una democracia sana. Eso requiere espacios de convergencia entre bandos diferentes. Solo así se pueden encontrar puntos comunes entre quienes tradicionalmente se consideran opuestos.
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