Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2009/09/12 00:00

"Esa guerra no era nuestra"

El Salado es símbolo de la barbarie de la guerra. En el año 2000 fueron masacradas 60 personas y el pueblo fue abandonado por sus habitantes. La Comisión de Memoria Histórica publica esta semana su historia y revela las lógicas económicas, ideológicas y de poder detrás de esta matanza.

La gente vivía del tabaco, había grupos de vallenato.

No todas las masacres son iguales. Todas son crueles y buscan sembrar terror. Pero lo hacen de manera diferente y, en ocasiones, con objetivos distintos. El Grupo de Memoria Histórica de la Comisión Nacional de Reparación acaba de publicar su segundo informe, esta vez sobre la masacre de El Salado -el primero fue sobre Trujillo-, una de las más atroces que se han conocido, y que resulta paradigmática de la violencia paramilitar que ha vivido el país.

El Salado, corregimiento de Carmen de Bolívar, estuvo asediado desde los años 80 por diversos grupos armados: guerrillas, matones contratados por terratenientes, paramilitares y, en ocasiones, la fuerza pública. Pero el clímax de la violencia se vivió en 2000, cuando un grupo de paramilitares enviado por Carlos Castaño hizo una incursión por tierra y aire, copó todo el territorio y masacró a 60 personas a lo largo de varios días.

La masacre hirió de muerte este pueblo, que era uno de los más prósperos de los Montes de María. Epicentro de la siembra de tabaco, tenía representación política, fuertes organizaciones sociales y muchos bienes y servicios -colegios, centros médicos, transporte- de los que carecían sus vecinos. Pero la masacre desplazó a la gente y las víctimas permanecieron invisibles durante años. La justicia actuó a medias. En los años recientes, después de desmovilizados los paramilitares, han salido a flote detalles y explicaciones sobre esta matanza que son estremecedores. Especialmente las torturas inenarrables y la sospechosa tranquilidad con la que pudieron entrar, permanecer y salir del lugar, en medio de una orgía de sangre, cerca de 400 paramilitares.

Desde hace pocos años, la zona se ha pacificado relativamente y han comenzado los retornos. La Comisión Nacional de Reparación ha definido este caserío como uno de sus pilotos para restituir los derechos de las víctimas. Todo ello, acompañado de la recuperación de la memoria de quienes padecieron la masacre, cuyos testimonios están recogidos en un libro que esta semana será presentado públicamente.

Además de la reconstrucción de los hechos, el relato recogido por este grupo, bajo la coordinación del profesor Gonzalo Sánchez, hace una interpretación sobre el uso del terror en estos territorios y las tremendas consecuencias que éste tiene hoy en la vida de este sufrido pueblo, y en general del país. Pues no se trata de un relato para escarbar en el dolor, sino para entender qué procesos sociales y políticos hicieron posible masacres como esta.

Guerrilleros de civil
El grupo de Memoria Histórica encontró que El Salado fue un pueblo estigmatizado por todos los grupos armados y ello contribuyó a desatar la violencia de todos los bandos contra la población.

En su territorio se asentaron primero el EPL, el PRT y luego las Farc. Pero, como bien dice Sánchez en la introducción del libro, "leer la presencia armada de un actor exclusivamente en clave de identificación, simpatía, legitimación y lealtad de la población es una simplificación interesada o, más aún, perversa de las dinámicas de la guerra". Pero los habitantes no sólo eran vistos como "guerrilleros de civil" por los paramilitares. Las autoridades los miraban con prevención y después de la masacre, las Farc los acusaban de "paracos".

El estigma, según el libro, tiene una eficacia brutal porque transfiere la culpa a la víctima. Frases como "por algo sería" o "era una cuota de sangre necesaria" se convierten en justificaciones de la violencia que hacen parte del sentido común en muchas regiones. El estigma borra las fronteras entre los combatientes y quienes no lo son, algo que hace parte del principio de distinción contemplado en el derecho internacional. Este es un aspecto crítico en las guerras contemporáneas asimétricas, donde la frontera de lo político y lo militar se diluye. En este caso, el estigma se convierte en una ruta que conduce a muchos hechos de violencia contra los civiles y que culmina con el peor de todos: la masacre.

El espectáculo
En El Salado los paramilitares hicieron fiesta. No les bastó con matar, sino que hicieron de la muerte un espectáculo al que asistieron, obligados, los sobrevivientes o quienes estaban en turno para morir. "En la masacre de El Salado se escenifica el encuentro brutal entre el poder absoluto y la impotencia absoluta", dice Sánchez. No hubo combate, contendores ni quien contuviera su arremetida. La tortura no tenía fines prácticos, era para demostrar poder y aleccionar a la población en un pueblo que se sentía orgulloso de sí mismo. Que aspiraba a ser municipio, que tenía fiesta de corralejas famosas en la región, que contaba con colegios de secundaria con cerca de 600 estudiantes, centro médico con médicos y enfermeras permanentes, ambulancia, industrias de tabaco, hogares infantiles, grupo de música. Este escarmiento de sangre buscaba destruir el tejido social, los lazos, la historia. Dejar una huella imborrable en cada uno de los habitantes. El espectáculo que montaron en la plaza del pueblo, convertida en patíbulo, donde fueron torturados líderes, mujeres y habitantes, se convirtió en una herida abierta para la población que se desplazó de inmediato.

Vaciar el territorio
Contrario a lo que ocurrió en otros lugares, con esta matanza los paramilitares no buscaban quitarles las tierras a los campesinos, ni repoblar la zona con personas afines a ellos. "No era la tierra sino el territorio lo que les importaba" a los paramilitares. Su estrategia era vaciarlo. Y alrededor de esta estrategia confluían diversos intereses. Los de ganaderos y terratenientes que veían a El Salado como una amenaza para sus intereses económicos, en tanto la guerrilla secuestraba, robaba ganado, extorsionaba y se refugiaba, con frecuencia, alrededor de El Salado. Los de narcotraficantes, propietarios de fincas contiguas a este pueblo, que necesitaban 'limpiar' sus rutas. Y posiblemente los de sectores de las autoridades que leían como complicidad la convivencia que a la fuerza los saladeños tenían con la guerrilla.

Invisibilidad de las víctimas
El libro les pone por primera vez rostro a las víctimas. Se reúnen las fotografías de la mayor parte de ellas, incluso quienes no habían sido reconocidas como parte de esta masacre, porque murieron durante la incursión paramilitar en veredas y municipios adyacentes. Hasta ahora, los procesos judiciales y los relatos mediáticos han estado más basados en las versiones paramilitares que refuerzan el estigma sobre el pueblo. Las víctimas, por temor o por trauma, estuvieron por muchos años refugiadas en el silencio. Es ahora, como parte de un proceso incipiente de reparación del que hacen parte entidades internacionales -como la AID y el Pnud-, del gobierno -incluidas las Fuerzas Armadas- y ONG -como la Fundación de Desarrollo y Paz de los Montes de María- cuando empieza a surgir, por retazos, la versión de las víctimas y a construirse una memoria, que a lo mejor también tenga un impacto en los procesos judiciales que se llevan a cabo.

La masacre inútil
La matanza de El Salado fue planeada por las cabezas más importantes del paramilitarismo -Carlos Castaño, Mancuso, 'Jorge 40', 'Cadena'-; se movilizaron hombres de varias partes de la Costa y recursos como en pocas acciones. Realizarla era parte importante de los planes de expansión del proyecto de las AUC que buscaba, como se decía en las viejas doctrinas de seguridad, "quitarle el agua al pez", en el entendido de que lo que le daba sostén a la guerrilla era la sociedad civil. La paradoja es que ocurrida la masacre, y 'vaciado' El Salado, las Farc siguieron allí. La masacre no significó derrota alguna para la guerrilla. Vino a ser en los últimos años cuando realmente se doblegó la capacidad de la insurgencia en esta zona. Y se logró con acciones legítimas. Con combates directos entre las Fuerzas Armadas y las Farc -como el que acabó con la vida del mítico jefe rebelde de la zona, 'Martín Caballero'- y con una presencia de la Armada no sólo militar, sino cívica y social, que relegitimó su papel en la zona.

Reparación
El Salado se ha convertido en una zona piloto de reparación (ver recuadro). Al respecto, la Comisión de Memoria Histórica le recomienda al gobierno reconstruir lo que este pueblo llegó a ser. No sólo cubrir sus necesidades básicas, sino devolverle un futuro, que era lo que tenía antes de la incursión paramilitar. Pero también devolverle el pasado. Restituir su nombre, su dignidad y darle un nuevo significado a lo que era el contexto que se vivía antes de la matanza. Pero tanto pasado como futuro requieren que se reparen dos aspectos más simbólicos que materiales: la impunidad y el olvido. Justicia y memoria como necesidades vitales hoy para El Salado. En ese sentido, el llamado de Gonzalo Sánchez es hacer pedagogía hacia el país, "hacer comprender el dolor como el resultado de procesos sociales y políticos identificables". Algo sobre lo que El Salado deja muchas lecciones.

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