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| 12/3/2011 12:00:00 AM

Escena alterada

Pruebas técnicas y testimoniales que obran en el proceso demuestran que, en el homicidio del joven grafitero, algunos miembros de la Policía intentaron manipular la escena del crimen para ocultar la verdad. SEMANA revela el relato de dos testigos.

Es lamentable que por cuenta de un error un joven de 16 años pierda la vida al recibir un tiro de un policía. No deja de ser un error incluso dentro del difícil y riesgoso mundo de la lucha contra la delincuencia que tienen que enfrentar los policías en las calles donde todos los días exponen su vida. Pero es inadmisible que los superiores del uniformado modifiquen la escena de los hechos para burlar a la justicia y a la sociedad haciendo creer que el menor era un peligroso delincuente que cayó en un intercambio de disparos.

Justamente hacia allá apunta la investigación por el homicidio del joven grafitero Diego Felipe Becerra. Esta semana la Procuraduría -tras valorar un conjunto de pruebas científicas- ordenó investigar a dos coroneles y dos tenientes por la "presunta alteración de la escena de los hechos" y formuló contra el joven patrullero Wílmer Alarcón los cargos de homicidio y obstaculización de la justicia. Por su parte, el Consejo Superior de la Judicatura le quitó el proceso penal a la justicia militar y lo retornó a la ordinaria, coincidiendo con la petición de la Oficina del Alto Comisionado para las Naciones Unidas, que sigue con atención el caso.

Las determinaciones contra los policías son preliminares y no significan responsabilidad. Sin embargo, un conjunto de pruebas técnicas y nuevas circunstancias dejan preguntas sobre la inocencia de los implicados. Los hechos ocurrieron en el noroccidente de Bogotá, hacia las 10:30 de la noche del pasado 19 de agosto, cuando tres muchachos y una chica fueron sorprendidos pintando un grafiti en un muro. Los jóvenes salieron a correr al advertir que una patrulla de la Policía se aproximaba por la avenida Boyacá. Atravesaron la avenida y tomaron la calle 116 para evitar que el vehículo los siguiera; sin embargo, el agente Alarcón bajó del carro y salió a correr tras ellos. El grupo se dividió y tras varias cuadras de persecución, el policía alcanzó a dos de los muchachos en una calle residencial (carrera 71D). Allí terminó baleado Diego Felipe.

En la versión que luego entregó el patrullero sobre lo ocurrido, afirmó que persiguió por varias cuadras a los muchachos porque las características del grupo (tres hombres y una mujer) coincidían con el reporte radial del asalto armado a una buseta. Sobre el desenlace dijo: "Alcancé a uno, el que iba más rezagado. Cuando lo estaba requisando -no le encontré ningún objeto de arma de fuego o navaja- observé que el muchacho que iba más adelantado se me había escondido en los arbustos, cuando salió corriendo le grité que se detuviera: '¡Alto, deténgase, Policía!'. Solté al que había requisado y me le fui a perseguirlo. Yo estaba atrás, como a dos metros en persecución para capturarlo, cuando veo que él manda su mano derecha, no sé si fue al bolso o a la pretina de su pantalón, gira su cuerpo a la derecha y veo que es un arma de fuego que tiene en su mano. Me dispara y yo disparo. El disparo no me impacta. Fue casi al mismo tiempo. El muchacho se desploma. Cae al piso". Tras esto, Alarcón auxilió al muchacho y lo transportó de inmediato a la Clínica Shaio en el vehículo de un ciudadano que en medio de la emergencia ofreció ayuda. Agregó que el arma que produjo su reacción había quedado en el lugar de los hechos, adonde volvió más tarde cuando ya toda el área estaba acordonada.

Pero la versión de Alarcón se contradice con las pruebas recabadas en la escena de los hechos aquella noche, con la autopsia de la víctima y con el relato de dos testigos presenciales. El primero de ellos es celador de la calle, quien no está seguro de haber oído dos disparos: "Yo en ningún momento vi que alguien le disparara a la Policía. Cuando yo vi pasar a los muchachos, y que el policía los perseguía, no vi que le dispararan al policía". Y agregó: "No vi ningún arma por ahí cerca donde levantaron al muchacho. Cuando llegaron a acordonar la escena, vi varios policías, pero no escuché nada (…). Me estuve por la cuadra de la carrera 71 D, yo no vi que el policía que seguía a los muchachos le quitara arma alguna a ellos". El segundo testigo es un menor de 17 años, amigo de la víctima, quien corrió con él hasta la calle donde los alcanzó el policía. Su versión, que también hace parte del expediente, coincide con la del vigilante.

Dice que tras correr varias cuadras, decidió detenerse, agotado, creyendo que el policía ya no los seguía. "Me di vuelta y ahí estaba el policía, diciéndome que me detuviera. Me acerqué al policía y me hizo una requisa, había un celador en ese momento observando. Diego se encontraba acurrucado detrás de un árbol, a lo que el celador fue y le dijo que saliera de ahí. Ya que el policía al requisarme no me encontró nada, le mencioné que no estábamos haciendo nada malo y Diego admitió que estaba pintando. Diego se volteó y salió a correr, el policía detrás de él a una distancia de aproximadamente tres metros detrás de Diego. El policía le disparó un tiro en la espalda, Diego Felipe cayó al suelo y se comenzó a quejar que ya no sentía las piernas, el policía por radioteléfono pidió una ambulancia, estaba asustado, en ese momento iba pasando un carro, que se ofreció a llevar a Diego al hospital". El menor decidió dar aviso a los padres de su compañero y fue con ellos a la clínica, donde se encontraron con que su amigo llegó muerto. Afirma que allí vio al patrullero Alarcón junto a una nube de policías que estuvieron en el centro médico hasta que el cuerpo fue trasladado a Medicina Legal.

Entretanto, el CTI de la Fiscalía llegó al lugar de los hechos. La cuadra donde cayó el grafitero estaba acordonada por la Policía. Los investigadores hicieron un registro fotográfico, recogieron una pistola y una vainilla correspondiente a esta e hicieron las primeras entrevistas. Los elementos fueron trasladados a Medicina Legal, donde el grupo de balística forense, tras varias pruebas en laboratorio, estableció que la pistola hallada (Steling calibre 22) tenía dañado el sistema del proveedor. El arma solo puede ser disparada si se le introduce manualmente el proyectil y por cuenta de esta falla, la vainilla queda alojada, no es expulsada. "¿Quién o quiénes sacaron la vainilla de la recámara?", se pregunta la Procuraduría en su pliego de cargos.

A esta prueba se suman otras no menos graves. El dictamen forense al cuerpo de Diego Felipe reveló que no tuvo en sus manos la pistola encontrada ni se hallaron los rastros químicos que quedan en las manos tras accionar un arma. La prueba de absorción atómica en ambas manos resultó negativa. El joven no disparó. Así mismo, el análisis de la trayectoria del balazo que recibió indica que fue impactado cuando estaba plenamente de espaldas al tirador y a menos de dos metros de distancia, es decir, como declararon su amigo y el vigilante, y no cuando giró para atacar al policía, como este lo afirma.

Como si fuera poco, la hipótesis de que los jóvenes fueron quienes atracaron una buseta se tiende a derrumbar por varias razones. A ninguno se le encontró las pertenencias robadas. Lo que sí encontraron los forenses en la ropa y en las manos de Diego Felipe fue "pintura color azul y morada, especialmente en dedos y uñas", lo que coincide con el relato de sus amigos de que solo estaban pintando un grafiti. "¿Si la Policía creía que eran atracadores, por qué no detuvo a ninguno, ni antes, ni después, en la clínica adonde llegamos y había decenas de uniformados?", se pregunta Gustavo Trejos, padre del menor muerto.

"Las pruebas obrantes en el proceso muestran que la noche del 19 de agosto de 2011 Diego Felipe Becerra no participó del atraco a un bus de servicio público, no portaba ningún arma de fuego y, menos aún, que la hubiese utilizado en contra del uniformado de la Policía", concluye la Procuraduría. En el pliego de cargos, además de acusar al patrullero Alarcón, compulsa copias para que se investigue al entonces subcomandante de la Policía de Bogotá, coronel José Javier Vivas (recién trasladado a Villavicencio), y al coronel Nelson de Jesús Arévalo, comandante de la estación de Suba. Así mismo, a los subintendentes Madrid Orozco y Juan Carlos Leal y a otros dos patrulleros. Todos deberán dar las explicaciones correspondientes.
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