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| 5/7/2001 12:00:00 AM

Estudiantes por Colombia

El programa que cada año lleva a 400 universitarios a trabajar por todo el país cumple 10 años y abre para los jóvenes un camino de compromiso.

Mientras muchos jovenes sueñan con irse de Colombia otros sueñan con adentrarse aún más en ella. Los casi 3.000 universitarios del Programa Opción Colombia que se han ido a trabajar durante un semestre con las comunidades y las alcaldías de municipios en todo el país son un testimonio de ello.

Alejandro Bernal, por ejemplo, era un ‘niño bien’ y ‘pilo’ cuya principal preocupación era aprobar física en quinto semestre de ingeniería en la Universidad de los Andes. Un día, sin embargo, lo cautivó un cartelito invitando a conocer la ‘otra’ Colombia. Fue y escuchó a los estudiantes del Programa Opción Colombia, que congrega a más de 90 universidades en todo el país, que hablaban de los proyectos de desarrollo que habían adelantado y pensó que él también se iría cuando aprobara física.

En efecto, dos semestres después empacó maletas y se embarcó rumbo a Necoclí, Urabá, para hacerles seguimiento a los proyectos del Fondo de Solidaridad y Emergencia Social (Foses). Como su trabajo no le quitaba mucho tiempo porque eran pocas las obras que se habían realizado, Alejandro dictaba clases de matemáticas en la escuela, preparaba a los estudiantes para el Icfes y en sus ratos libres acompañaba a la gente del pueblo en sus labores. Un día ayudaba a los hombres a bajar chalupas de la tupida selva donde las construían. Otro día iba a las jornadas ambientales de un pintor que tenía su casa junto al mar y que les enseñaba a los niños a sacar ostras de los manglares sin destrozarlos y a escuchar música clásica que ponía a todo volumen en su camioneta. Y en ocasiones especiales atendía ceremonias indígenas de los kuna. Una vez, para agradecerle el haber tramitado unos recursos que la Gobernación de Antioquía les debía hacía dos años, lo invitaron a una reunión política con los caciques del Alto Caimán. Todos se sentaron en círculo y la única mujer presente les iba pasando una coquita con chicha. Ella se esperaba hasta que cada hombre bebiera y luego repetía el ritual con el siguiente. Así durante seis o siete horas hasta que, borrachos, llegaban a un consenso. Alejandro comprendió, entonces, de qué manera se resuelven allí los temas importantes. “La gente me abrió la puerta a un mundo diferente, dice el ahora ingeniero industrial. Yo venía con mi voltaje y Opción Colombia me presentó la oportunidad de cambiar”.

Ahora que este programa cumple 10 años la principal conclusión es que si bien los universitarios que han realizado esta práctica semestral han hecho aportes puntuales a las comunidades, han fortalecido el trabajo local de las alcaldías y de las entidades nacionales y regionales que los contratan y han inspirado a muchas universidades que ahora tienen su propio programa de extensión social, el mayor cambio lo han sufrido ellos mismos. Esos jóvenes han ampliado su noción de ‘la realidad’ y, a través de los afectos que se crearon durante los seis meses que vivieron en estos lugares, se han comprometido aún más con su sueño incipiente de hacer ‘algo’ por el país.



Como cine

Cuando Claudia Cárdenas volvió a Bogotá después de trabajar durante seis meses en San Andrés de Sotavento (Córdoba), en un proyecto de vivienda social de la alcaldía, sintió como si toda su vida pasara por su lado como una película a mil y ella estuviera quieta mirándola. Aunque esa forma de vivir lentamente que ella quiso grabar en su mente se ha ido diluyendo en el ritmo frenético de la ciudad, esta economista de 29 años de la Universidad Externado ensaya con frecuencia —para que no se le olvide— vivir de nuevo los momentos cotidianos de la vida como si no hubiera nada antes ni nada más después. Esa fue la herencia del pueblo que visitó.

También a Juan Camilo Garibello, un biólogo de 27 años, de la Universidad Nacional, no se le olvida el día en que, tendido en el suelo de su carpa en una estación biológica en Vichada, supo que dos ranas se apareaban sólo por los ruidos que hacían en medio de la noche y también que él ya no volvería a ser el mismo porque junto con los enigmas de la selva había descifrado aquello que le movía el corazón. O la tarde en que llegó un campesino con una mordedura de víbora a su campamento en busca de suero antiofídico. El coordinador de la estación se lo aplicó. Pero como era un hombre esotérico llamó a su vecino para que lo ensalmara. Trenzaron un junco y se lo amarraron en la rodilla mientras lo rezaban y, por si acaso, el cura que lo trajo sugirió hacerle una incisión más grande y pegarle a la herida una pasta de hierbas y semillas que usaban los misioneros en Africa. El hombre al otro día caminaba como si nada. Toda la arrogancia científica de Juan Camilo se derrumbó. “Ver esa concreción de conocimientos despertó mi respeto por otros saberes”, dice Garibello, hoy dedicado de lleno a proyectos de ecología vegetal en el Cesar y en Chingaza con la fundación con la cual trabajó durante su experiencia de Opción Colombia.



Los ideales

Hace 10 años, cuando un grupo de estudiantes, la mayoría de ellos de la Universidad de los Andes, fundaron el Programa Opción Colombia, tenían claro que no querían crear nada revolucionario. Quizá porque acababan de matar a Galán, a Pizarro y a Jaramillo y estaban hastiados de tanta violencia, rechazaban la idea de pretender que sólo a ellos les interesaba el país o que de sus cabezas saldría una solución a todos los problemas que los aquejaban. Querían que la universidad se acercara a lo que pasaba en los municipios y acortar esa brecha entre la teoría y la realidad. Y también fortalecer el proceso de descentralización transfiriendo las tecnologías y los conocimientos con los que contaban los estudiantes más avanzados. Pero, sobre todo, querían hacer algo que los hiciera felices, que los liberara de esa angustia de sentirse en una burbuja de cristal y que les quitara ese miedo que todos sentían pero del que ninguno hablaba: la inevitabilidad de volverse el yuppie, el burócrata o el mamerto que siempre habían criticado. Entonces crearon la Corporación Opción Colombia, que sería manejada por estudiantes, que les ofrecería al Estado y a las ONG universitarios dispuestos a trabajar en cualquier parte por dos salarios mínimos y que retroalimentaría a la universidad con los nuevos conocimientos adquiridos en conjunto con las comunidades.

La idea pegó y poco a poco fueron conformándose grupos de estudiantes en todo el país que promovían el programa en cada una de sus universidades y que cada año envían a los municipios entre 300 y 400 jóvenes. Alrededor de la experiencia semestral han surgido otros proyectos. El más importante quizás es el de Opción Latinoamérica, que con el apoyo de la OEA ha creado opciones nacionales en Chile, Nicaragua, Ecuador, Bolivia y México. Cincuenta ‘opcionistas’ han ido a esos países a motivar la creación de estos programas inspirados en el sueño de una Latinoamérica unida y han venido a trabajar a Colombia 15 latinoamericanos. Alejandro y Claudia viajaron ambos a Chile cuando se graduaron de la universidad a consolidar allí esta iniciativa. Y no fue fácil. Cuenta Alejandro que cuando llegaron a Santiago lo primero que hizo fue colocar un afiche de Opción Colombia para ‘inaugurar’ su apartamento. Luego comenzaron a hacer contactos con los directivos de la Universidad Bolivariana. Empapelaron la universidad con cartelitos de Opción Latinoamérica y no fue pequeña su decepción cuando llegaron sólo cinco a la convocatoria. “No importa, dijeron, por algo se empieza”. Los tres colombianos, con sombrero volteado, hablaron durante dos horas y media de la iniciativa. ¿Alguna pregunta? “Sí, dijo un barbudo. ¿Qué es Opción Colombia?”. No fue sencillo pero finalmente, dos años después, existe Opción Latinoamérica Chile y el programa, con sus particularidades, está andando. Claudia, por su parte, asesoró a microempresarios en Illapel, un pueblo perdido en el norte chileno, en donde dice que aprendió a querer la bandera tricolor. Afirma que esto nunca le resultó tan claro como cuando Colombia perdió contra Chile un partido de eliminatorias del mundial. Todo los colombianos se reunieron después a celebrar. Pusieron a Shakira y cantaron a todo pulmón. Los chilenos, extrañados, les preguntaron qué celebraban, si acaso no sabían que habían perdido. “Haber visto a nuestra selección”, contestaron y siguieron rumbeando.

Junto con los preparativos de una fiesta inmensa para celebrar los 10 años, los coordinadores de Opción Colombia comienzan a repensar su futuro. Saben que en la medida en que las universidades sigan abriendo sus propias prácticas en los municipios su programa estrella irá perdiendo relevancia pero también son conscientes de que han descubierto una ‘metodología’ para crear esperanza. Y eso, en medio del pesimismo actual, es un tesoro que no se puede perder.
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