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| 4/6/2017 5:31:00 PM

Salieron de Mocoa buscando mejor futuro y ahora no tienen rumbo

Cada año, decenas de mocoanos salen de su tierra para estudiar los programas que no ofrecen en Putumayo. Hoy, con su ciudad y sus familias arruinadas, no saben si podrán seguir con sus carreras. Esta es la historia de uno de estos jóvenes.

Cuando a la distancia se enteraron de la tragedia, solo pensaron en su pueblo y en sus seres queridos. Con el paso de los días, sin embargo, empezaron a preocuparse por su propio destino. Son decenas los jóvenes que cada año, apenas terminan su bachillerato, se van de Mocoa para estudiar las carreras de sus sueños, pues la oferta académica en la capital de Putumayo es muy limitada. Hoy, la mayoría de ellos se enfrentan a la incertidumbre: con su ciudad destruida y sus familias arruinadas, no saben si podrán seguir estudiando. Ellos buscan alternativas para no abandonar su educación.

Puede ver: Mocoa reza por sus víctimas

Samantha Fajardo recibió en la madrugada del sábado una angustiante llamada. Del otro lado de la línea, Dora Navarro, su mamá, gritaba, le pedía auxilio. Samantha, a la distancia, sentía que tenía las manos amarradas mientras su familia estaba en riesgo. Entonces llamó a un amigo en Mocoa para que alertara a los socorristas sobre la situación que enfrentaban sus seres queridos, y fue ahí cuando se enteró de que todo su pueblo estaba siendo arrasado por tres ríos que se salieron de cauce. Desde ese día, Samantha no pudo dormir.

Durante las horas posteriores, ella y muchos otros jóvenes de Mocoa que viven en Bogotá se contactaron para intentar hacer algo por el pueblo. Crearon un grupo por Whatsapp y a las 9 de la mañana se encontraron frente a una sede de la Cruz Roja. Se reunieron alrededor de 100, cuenta Samantha Fajardo, que llegaron con alimentos y mercancías para enviar a Putumayo. Ella se enteró que una mujer mocoana que vive hace una década en Bogotá iba a viajar al día siguiente a su pueblo, y le pidió, con el corazón en la mano, que la llevara, porque necesitaba ver a su familia.

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Samantha Fajardo llegó hace tres años a Bogotá. Salió de Mocoa porque quería estudiar arquitectura y ninguna de las universidades de Putumayo tenía esa carrera en su programa. Decenas de jóvenes salen cada año de su tierra en busca instituciones donde estudiar carreras como medicina, derecho o ingenierías. Ella calcula que el 90% de los muchachos con los que se graduó del colegio Santa María Goretti y quisieron seguir una carrera profesional, se fueron de Putumayo.

Se matriculó en la Universidad La Gran Colombia, donde 15 años atrás se graduó su papá como ingeniero civil, y consiguió un apartamento en Chapinero que comparte con otros tres estudiantes, uno de ellos, también de Mocoa. En las clases le ha ido bien y hoy ya está cursando quinto semestre. En todo este tiempo, su familia fue su sustento económico.

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Al día siguiente de la avalancha, Samantha ya estaba en la capital de Putumayo. Llegó con algunos alimentos enlatados, agua y tapabocas. Apenas desembarcó hizo un recorrido por la casa de cada uno de sus familiares. Entonces pudo constatar la dimensión de la tragedia, el olor a muerte, la destrucción de medio pueblo y las necesidades, el hambre, la angustia de sus coterráneos.

Sintió alivio cuando estuvo segura de que sus seres queridos están bien físicamente. Pero constató también que sus pertenencias y las casas de tíos y abuelos quedaron arruinadas. En ese momento recordó que en sus últimas vacaciones estuvo conversando con su padre, ingeniero, sobre lo mal diseñada que estaba Mocoa, atravesada por ríos y en terrenos inestables. Entonces hablaron de que algún día, juntos, podrían trabajar para rediseñar su municipio.

El martes, Samantha Fajardo regresó a Bogotá junto a su hermano de 15 años, a quien trajo para resguardarlo de lo que se está viviendo en Mocoa. Volvió porque siente que desde la capital puede hacer más por su tierra. Este sábado planea volver allá, cargada con las ayudas que ha recogido a lo largo de la semana. Aunque durante estos días ha estado enfocada en sus familiares y la gente de su pueblo, una duda se le ha atravesado con recurrencia: a sus 23 años ya no sabe si podrá seguir estudiando.

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Y es la misma incertidumbre que viven muchos de sus amigos de Mocoa que, cuenta, tenían como apoyo a su familia, quienes les pagaban las matrículas y les daban el sustento diario. Pero hoy no tienen siquiera un techo ni un trabajo, mucho menos los recursos para sustentar económicamente a sus hijos. Sus deseos de ser profesionales pueden convertirse en otro de los sueños sepultó la avalancha.

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