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| 8/19/1985 12:00:00 AM

EXTRAÑO ROMANCE

Todo el mundo se lava las manos en el affaire de la petro-guerrilla.

Era poco menos que un secreto a voces, pero suscitó tanto escándalo como si se tratara de la primera información que se conocía al respecto. Primero fue una carta del presidente de la Sociedad de Agricultores de Colombia (SAC), Carlos Ossa Escobar, al ministro de Minas Iván Duque. Luego, unas declaraciones del comandante de las Fuerzas Armadas, general Augusto Moreno Guerrero. Ossa transmitía al Ministro una serie de denuncias que había recogido en un foro con agricultores y ganaderos del Casanare según las cuales: "las compañías extranjeras que están construyendo el oleoducto de Arauca, de buenas a primeras han decidido "comprar" la protección de la guerrilla" pagando "una suma millonaria en dólares". El general Moreno confirmó tales denuncias y fue más lejos, al asegurar que las Fuerzas Armadas tenían pruebas de lo que los militares llamaban "colaboración" entre esas compañías extranjeras y la guerrilla.
La historia contaba en realidad con dos personajes centrales: la compañía alemana Mannesmann, contratada por la asociación de la petrolera americana Occidental y Ecopetrol para construir el primer tramo (Caño Limón-Río Zulia) del oleoducto de los Llanos, y el Ejército de Liberación Nacional, ELN, grupo ajeno al proceso de paz y tradicionalmente fuerte en el Arauca. Todo comenzó a principios de este año, cuando se conocieron algunos detalles del secuestro y posterior liberación de un técnico alemán de la Mannesmann, Werner Schoodt, y de dos estudiantes de ingeniería colombianos que trabajaban con él, Alvaro Ríos y David Fajardo. En ese momento (ver SEMANA N° 142) y a raiz del secuestro, la Mannesmann trajo al país al famoso coronel Monasterio, un militar español que debía encargarse de asesorar a la empresa en cuestiones de seguridad. Pero Monasterio resultó menos santo que su apellido y, más que asesorías, lo que quiso fue sobornar con $ 200 mil al general Rafael Forero Moreno, para al parecer asegurar la protección militar al oleoducto y a los campamentos de la compañía alemana.
Tras el escandaloso fracaso del coronel Monasterio en su intento, la nueva importación de la Mannesmann fue un ciudano suizo de apellido Lessman, quien se encargó de negociar el rescate. Lessman pactó un pago al ELN de alrededor de 2 millones de dólares y aceptó otras condiciones, que los guerrilleros definieron como "un diálogo nacional a la brava". Esas condiciones eran la firma de una serie de documentos entre los alemanes y representantes de la comundiad araucana, quienes debían exponer a la compañía extranjera las más urgentes necesidades de la región para que se fueran resolviendo poco a poco, con base en el pago de regalías por adelantado.
Pero todo esto fue demasiado para la Mannesmann, que consideró que ya estaba bien de jugar a las aventuras en las selvas colombianas y que lo mejor era retirarse del proyecto. Occidental, consciente de las implicaciones de tal determinación, ofreció a la Mannesmann aumentar el monto del contrato del oleoducto en el mismo valor del rescate pagado para liberar a los tres secuestrados. Los constructores aceptaron después de muchas discusiones y decidieron traer al país a un nuevo asesor de seguridad, un alemán que optó por estudiar todos los ángulos de la situación. Tras una serie de diálogos con gentes de la región y en vista de que el ELN seguía amenazando a la compañía con nuevos secuestros y actos terroristas, el asesor consideró necesario buscar la negociación de un modus vivendi que permitiera el desarrollo del proyecto.
El arreglo que se logró se basaba principalmente en que la realización de una serie de obras sociales garantizaría a los extranjeros que el ELN los dejaría en paz. A raíz del acuerdo, todos los carros y helicópteros de la Mannesmann debían llevar una calcomanía con la siguiente leyenda "Mannesmann tiene un corazón para los niños" (ver foto). Además, los alemanes debían hacer numerosas donaciones en medicinas, alimentos, libros y ropa a la población, así como construir escuelas, carreteras y puestos de salud. Obviamente el ELN, que según una alta fuente militar consultada por SEMANA cuando se produjo el secuestro de los tres técnicos, cuenta con respaldo o simpatía del 90% de la población del Arauca, comenzó una gran campaña proselitista para reclamar como logros propios los beneficios sociales que se derivaron del arreglo.
La negociación llegó incluso a la primera página del prestigioso The Wall Street Journal, que reprodujo en mayo unas declaraciones de Armand Hammer, presidente de Occidental, según las cuales "le estamos dando empleo a la guerrilla, les damos el trabajo de proveedores y nos encargamos de la población local. Ha funcionado hasta ahora y ellos a cambio nos protegen de otras guerrillas". El mismo artículo del diario neoyorquino citaba unas declaraciones del entonces presidente de Ecopetrol, Rodolfo Segovia, hoy ministro de Obras, en las que éste calificaba la situación como "un modus vivendi con el ambiente".
Pero el Ejército colombiano no parecio mostrarse tan conforme como el alto funcionario. Preocupado por el aumento de las simpatías hacia el ELN y por el recrudecimiento de las acciones de este grupo en contra de personal militar, envió tropas a la zona con el fin de recuperar su control. Esas tropas requerían apoyo logístico de la Mannesmann (campamentos, transporte, alimentación, etc.), que la compañía brindó inicialmente. Esta nueva situación, como es obvio, no fue del agrado del ELN. La Mannesmann por su parte, temiendo que sus campamentos se convirtieran de la noche a la mañana en objetivos militares del grupo guerrillero, envió unas cartas al gobierno la semana antepasada, informándole que no podía seguir permitiendo la entrada de soldados a sus campamentos.
Fue entonces cuando los militares se exasperaron y acusaron a la compañía alemana de "colaboracionista" con el ELN. El tema fue estudiado en el Consejo de Seguridad y una solución quedó en manos del presidente Belisario Betancur. Llovieron las declaraciones y los desmentidos. La Mannesmann se negaba a responder, alegando que no había recibido ninguna comunicación oficial del gobierno pidiéndole explicaciones sobre el asunto. La Occidental se lavaba a su vez las manos, descargando toda la responsabilidad sobre los alemanes. El canciller declaraba a la prensa que el hecho era "aberrante e inadmisible" y el presidente de la SAC enviaba su carta al ministro Iván Duque, quien a todas éstas andaba en Washington.
Pero más allá de estos golpes de pecho, lo cierto es que no deja de resultar extraño que los estamentos vinculados al caso decidan ahora llevarse las manos a la cabeza, sabiendo todo el mundo que era de conocimiento público .
Para no ir más lejos, SEMANA se había referido al caso en dos oportunidades, en enero y mayo, y The Wall Street Journal le había dado primera página a las declaraciones de Hammer y de Segovia. Nadie que se considere informado puede alegar ahora que las denuncias lo sorprendieron: ni el gobierno, ni los militares, ni los gremios, ni la Occidental. Incluso, si se quiere entrar en el terreno de lo hipotético, se puede asumir que el alto gobierno norteamericano debía conocer la situación. En efecto, el secretario de Estado, George Shultz, y el de Defensa, Caspar Weimberger, ocuparon antes de sus actuales cargos, importantes puestos directivos en la compañía Bechtel, encargada de construir el segundo tramo del oleoducto (Río Zulia-Coveñas) y de la supervisión de toda la obra, incluido el primer tramo que desarrolla la Mannesmann en la zona donde se supone se ha llevado a cabo la famosa "colaboración" con el ELN.
Independientemente de las implicaciones y de la ética que pudiera tener el modus vivendi que ha operado entre la Mannesmann y el ELN, lo que es un hecho es que si la compañía alemana lo pudo hacer, mal que bien fue porque todo el mundo lo aceptó tácitamente. La lavada de manos colectiva a que todos se dedicaron la semana pasada no es más que una acomodación política a los indudables problemas que crea la divulgación en forma de denuncia del acuerdo. Lo que el Ejército llama "colaboración" de la compañía extranjera con el ELN, es más bien la suspensión de la colaboración de ésta con el Ejército, para no romper el equilibrio que había logrado. Pero de cualquier forma, nadie sabe ahora cómo el escándalo afectará este equilibrio que por razones de presentación, precedentes y dignidad nacional, es difícil de mantener, aunque haya sido precisamente el que permitió construir uno que otro puesto de salud e, inclusive, el tramo del oleoducto.
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