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| 12/3/2016 12:00:00 AM

El último viaje de Fidel Castro

A lo largo de la semana, los restos del líder cubano atravesaron la isla desde La Habana rumbo a su funeral, el domingo en Santiago. Catalina Lobo-Guerrero auscultó las reacciones de los afligidos cubanos a lo largo de la ruta.

“¡Fidel! ¡Fidel! ¿Qué tiene Fidel? ¡Que los imperialistas no pueden con él!”. Así cantan dos hombres en medio de la Plaza de la Revolución de La Habana. Aprovechan unos segundos de silencio entre los discursos oficiales de dos autoproclamados líderes de la izquierda progresista latinoamericana. Cuando repiten el grito ya no son dos, son miles las voces que agitan la consigna y aplauden al fallecido comandante de la Revolución cubana.

Se acerca la medianoche del martes 29 de noviembre de 2016 y no acaban los discursos de los presidentes invitados a la ceremonia de luto que empezó al atardecer. “Fidel puso a Cuba en el mapa del mundo”, dice el boliviano, Evo Morales. Ese mundo ha venido ahora a rendirle homenaje en griego, árabe, ruso, inglés, y el castellano difícil de entender del presidente nicaragüense, Daniel Ortega, que se va extendiendo demasiado, quizá tratando de imitar a quien fuera el orador eterno de esa plaza, a la sombra de la torre y la estatua gigante de José Martí, y los rostros incandescentes del Che Guevara y Camilo Cienfuegos. La voz de Castro, dueño y señor durante medio siglo del destino de la mayor de las Antillas, no volverá a escucharse allí.

Para los cubanos Fidel era Fidel, sin apellido, como si fuera un amigo o enemigo íntimo. Tan íntimo que su nombre aparece escrito en colorete rojo sobre las mejillas de varias cubanas, cercado por un corazón. Y aparece en las calcomanías que algunos hombres llevan pegadas en el pecho. Por Fidel han llorado esta noche médicos con batas blancas, obreros con las manos sucias, brigadistas y militares de caqui y verde olivo, maestros de escuela, funcionarios y deportistas olímpicos. Han llorado los más jóvenes, vestidos con su uniforme escolar. Y han llorado, sobre todo, los más viejos, los que no necesitan estudiar la historia en los libros porque la vivieron.

Millones de fidelistas están emocionados desde que el gobierno decretó nueve días de duelo tras anunciar que el líder había muerto a las 10:29 p. m. del viernes 25 de noviembre de 2016, justo 60 años después que aquel día en que él y otros 81 zarparon desde Tuxpa, México, a bordo del yate Granma. Fidel sobrevivió al ataque, luego del desembarque trágico, y a otras emboscadas mientras estuvo en la Sierra Maestra. Luego, como presidente, sería objeto de otros intentos de asesinato. Los cubanos más entusiastas dicen que fueron unos 600. Moriría, finalmente, de causas desconocidas pero presuntamente naturales, a sus 90 años.

Sus cenizas serán sepultadas el domingo 4 de diciembre en Santiago de Cuba, la segunda ciudad de la isla, desde donde partió la Caravana de la Libertad de Fidel y sus barbudos hacia La Habana, tras derrotar a la dictadura de Fulgencio Batista, el 1 de enero de 1959. Cincuenta y seis años después, el comandante de la revolución regresa a donde empezó todo y por la misma ruta. Un campero verde militar, con un tráiler especial, lleva el pequeño cofre de cedro que guarda sus cenizas. Lo cubren la bandera de la estrella solitaria y una urna de cristal, rodeada de flores blancas.

A lo largo del camino, por la carretera nacional que atraviesa varias ciudades del oriente de la isla, miles de personas salen a despedirlo. Algunos ondean banderitas y gritan la consigna: “Yo soy Fidel”. También son Fidel los que no lo cantan. Las vidas de los cubanos, para bien o para mal, están marcadas por las ideas y acciones de este hombre. Sus historias son, de alguna manera, el resultado de la revolución y el vivo legado de su comandante.

La Habana

El cortejo fúnebre parte de la capital un poco después de las siete de la mañana del miércoles 30. Tras atravesar varias avenidas -entre ellas el malecón- pasa por el centro histórico, muy cerca de donde Humberto Concepción, un moreno de ojos claros, 33 años, y un enorme tatuaje de un dragón que le cubre el brazo derecho, vende café y refresco a quienes pasan por la calle Cuba.

“No fui a verlo, nunca fui a verlo. Cuando mi hijo de 5 años me pida algo no le puedo decir que no tengo porque fui a ver a Fidel en vez de trabajar. Yo soy muy real”, dice. Ser real, para Humberto, es no interesarse mucho por la política y trabajar en esta área de la ciudad, por la que ha visto caminar al presidente Barack Obama, al futbolista Gerard Piqué y a la cantante Rihanna. Los extranjeros, se queja, tienen más derechos en Cuba que los cubanos. “Que salgan del hotel, del agua caliente y vengan a vivir conmigo para ver cómo es el mambo, chambo”, dice. En esta zona están vendiendo casas, algunas casi en ruinas, a 200.000 dólares. Solo los cubanos pueden adquirir propiedades en la isla. ¿Quién puede comprar esas casas? El salario mensual de Humberto, representante de esa clase emprendedora que llaman “cuentapropistas” a veces no llega a los 10 dólares.

Santa Clara

A la medianoche del miércoles las cenizas de Fidel llegan a Santa Clara, donde descansan en el mausoleo del Che Guevara, antes de seguir su camino al día siguiente. “Pocas veces brilló tan alto un estadista. Me enorgullezco de haberte seguido sin vacilaciones, identificado con tu manera de pensar, y de ver y apreciar los peligros y los principios”, le escribió el Che a Fidel en la carta de despedida que le entregó antes de marcharse de Cuba para continuar la lucha revolucionaria por el mundo y que está grabada, en piedra, en el monumento en su honor.

Las palabras del Che resuenan en Tomás Rodríguez. Nació un 26 de julio, día memorable para la revolución, y como si hubiera estado predestinado, ha dedicado su vida entera a ella. Participó en el movimiento clandestino 26 de julio, luego fue guerrillero en el monte, soldado de la FAR, internacionalista en Angola y guardia de seguridad de Castro cada vez que pasaba por Santa Clara. “Seremos marxistas, socialistas, pero los cubanos somos, ante todo, muy fidelistas”, dice. El fidelísimo Tomás, con su cabeza blanca y lentes cuadrados, ya está retirado pero sigue ‘guapeando’, como su Ford inglés del 52, que anda con el motor de un Lada y al que le armó una consola interna de madera, cuando la original se dañó. “Puro invento cubano”, comenta sobre esa manera de hacer que las cosas aguanten todo lo que puedan, como el mismo Fidel.

Ciego de Ávila

Antes de que los restos de Fidel descansen la noche del jueves 1 de diciembre en Camagüey, pasarán por Ciego de Ávila, donde nació y vivió, hasta 2005, Yudenis Ríos. Tras prestar servicio militar y estudiar agronomía, terminó trabajando como guardia y bicitaxista. Sentía que en Cuba no podría prosperar, y junto con otras 17 personas armaron una lancha con planchas de poliespuma, un motor de un Mercedes-Benz de 5 cilindros, un timón para darle dirección hacia Miami y una carpa azul, que los ayudara a camuflarse en el mar, al que se lanzaron el 20 de mayo de 2006. A 20 millas de la Florida el barco madre de los guardacostas de los Estados Unidos los descubrió. Fueron deportados a Cuba y Yudenis quedó con lo que llama “una mancha en su expediente”.

“Aquí tenemos una libertad entre comillas. El que no quiera trabajar, no trabaja, y aquí tiene su libreta de comida”, dice sobre el tipo de sistema político y económico por el que luchó Fidel, en el que todos tienen una alimentación básica, salud y educación gratuitas a cambio de un férreo control en otras áreas. Desde que Raúl asumió ha aflojado un poco. Pueden viajar fuera del país, tienen teléfono celular y, si pagan, pueden conectarse a internet. Pero para la mayoría de cubanos, esa nueva ‘libertad’ sigue siendo demasiado cara.

Las Tunas

Maribel Santiesteban se enteró de la muerte de su admirado comandante mientras tejía y veía una novela. Desde entonces no ha apagado la televisión y solo se viste de negro. Maribel tiene 45 años, es rolliza, los crespos apretados. Creció en una finca pequeña con vacas, puercos y chivos, muy cerca de Las Tunas, por donde pasará la caravana de Fidel el viernes, en su viaje hacia oriente. Salió de allá con 24 años para dejar la vida campesina y buscarse un trabajo en La Habana, pero su familia está a 12 kilómetros del punto donde transitará el cortejo fúnebre.

Maribel hubiera querido que en vez de cremarlo dejaran a Fidel expuesto, al menos por unos días, como hicieron con Hugo Chávez. Pero luego piensa que es mejor que no lo haya visto “así viejito”. Prefiere quedarse con la imagen de un Fidel más joven: “De macho, como decimos las orientales, y con su uniforme verde”, dice, sobre ese hombre que le ha dado a ella y a todos los cubanos algo que no hay en otros países, según ella, la posibilidad de andar libre sin temer por su seguridad, incluso a cualquier hora de la noche. La Policía funciona tan bien en Cuba que dice que el único incidente que ha habido en días pasados sucedió a dos cuadras de donde vive. Un bicitaxista osó poner un poco de música, irrespetando el estricto luto por el comandante. En cuestión de segundos, la Policía se lo llevó detenido, con todo y bicitaxi.

Santiago de Cuba

En la ciudad de los soneros y trovadores no suena un acorde desde el último sábado. Y Anida Reyes, que bailó ritmos afrocubanos por la revolución durante 24 años, está muy triste. Pero también orgullosa de que el comandante de la revolución que le permitió ser mecanógrafa, bailarina, maquilladora y participar en la zafra de los 10 millones, en 1970, se quedará para siempre a unos metros de su casa, sobre la avenida Patria, que desemboca en el cementerio de Santa Ifigenia. Están pintando la ciudad, arreglando los jardines, limpiando las calles para la llegada de Fidel. “Que quede perfecto, como él se lo merece”, dice Anida.

En el cementerio, de losas grises y tumbas blancas, donde ondean banderas de Cuba y del Movimiento 26 de Julio para demarcar las tumbas de otros héroes de la revolución, trabajan desde hace unos días contra reloj. Sembraron palmeras nuevas y cubrieron una zona con plásticos negros, al lado del mausoleo de José Martí, el prócer que, según Fidel, fue el ‘autor intelectual’ del asalto al cuartel Moncada que él lideró y en cuya fachada aún están los agujeros de los tiros.

Junto a la llama de su ídolo es donde, se especula, quedarán sus restos. Los guardias de seguridad no responden cuando les preguntan: mantienen viva la costumbre de no revelar nunca cuál es el paradero de Fidel. Solo después de que Raúl Castro pronuncie el último discurso en la Plaza de la Revolución de Santiago y la caravana llegue hasta el cementerio, se sabrá dónde quedará para siempre ese comandante barbudo que, al bajar victorioso de la Sierra Maestra, les dijo a los santiagueros que ya: “Al fin hemos llegado a Santiago. Duro y largo ha sido el camino, pero hemos llegado”. 

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