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| 4/16/2017 3:46:00 PM

Fidelia, la mujer que lucha por dignificar la prostitución

Nació en Corozal, Sucre, y logró agremiar a más de 200 trabajadoras sexuales en una organización reconocida por el Ministerio de Trabajo. Esta es su historia. Y su lucha.

Por: Iván Andrés Ortiz*

Su lucha no es por la pobrecita, ni la puta, ni la prostituta. Su lucha es por los derechos de todas las mujeres que decidieron ejercer trabajo sexual por voluntad propia. Un espíritu de lucha que no apareció de la nada y aunque Fidelia Suárez siempre tuvo ese don de líder y defensora, no fue sino hasta ese día del año 2007 cuando se pondría como objetivo la protección de sus derechos y los de sus compañeras.

Eran las 8 de la noche, Fidelia y su compañera Carmen estaban sentadas en las sillas de la entrada del establecimiento Natalias Club esperando la llegada de algún cliente al cual poder enganchar. Un hombre llegó a las puertas del sitio. Con su actitud déspota y sombría les sonrió a las dos mujeres. De cabello corto y gris, piel morena, ojos aindiados, enorme nariz, de baja estatura y semblante difícil de descifrar, estaba feliz y enojado.

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Carmen se estremeció de inmediato, se puso de pie e hizo el ademán de irse. –Espere Carmen. Usted es mía, ya lo sabe- la tomó del brazo y la sacó del lugar. El cliente iba todas las noches a Natalias Club a pedir servicios, era el peor de los visitantes que jamás haya visto Fidelia en todos sus años de trabajo. Pagaba poco, actuaba como el dueño de las muchachas, era vulgar, grosero y lo peor de todo era que el propietario del lugar lo atendía como su cliente más importante y permitía que hiciera lo que gustaba con las mujeres que trabajaban allí.

Cuando Fidelia vio lo que el hombre hizo con Carmen no pudo contenerse, tomó el florero de la entrada y le dio con él en la cabeza, el cliente cayó al suelo doliéndose y junto a Carmen salieron corriendo de ahí.

Efectivamente fueron despedidas, pero Fidelia no sintió haber perdido nada realmente, todo lo contrario, ganó un ideal, una meta que alcanzar. En julio de 2008 Fidelia fie invitada a una serie de talleres en Ipiales, Nariño, que tenían como temática principal la igualdad de derechos, los derechos fundamentales de la mujer y derechos humanos. Retrasex (Red Latinoamericana y del Caribe de Trabajadoras Sexuales) realizó estos cinco talleres en los que aprendió lo básico sobre leyes, estatutos y donde conoció por primera vez que había una manera de defenderse como mujer y hacer lo mismo con sus compañeras, lo que serviría como piedra angular para luego construir la Asociación de Mujeres en Busca de Libertad (Asmubuli), el primer sindicato de trabajadoras sexuales legalmente constituido y reconocido por el Ministerio de Trabajo, que en todo el país reúne a más de 600 mujeres.

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Fidelia nació en Corozal, Sucre. Su infancia fue como la de cualquier niña del pueblo, estudió en la Escuela Urbana de Varones y aunque era un colegio mixto, llevaba ese nombre, cosa que siempre la molestó. Sus padres estaban divorciados. Su papá era comprensivo pero muy conservador y su madre de carácter más fuerte. Fidelia siempre tuvo buena relación con ambos y de ellos heredó la vena política. El padre, con ínfulas revolucionarias, formó parte del Movimiento Obrero Independiente Revolucionario (MOIR), la madre, por otro lado, conocida como la primera mujer en abofetear a un alcalde electo en Corozal.

Fidelia casó muy joven y se separó en el primer año porque según ella no se había casado con su esposo, sino con su suegra: “mi primer gran error”. Aquel matrimonio dejó un hijo que actualmente tiene 30 años.

A finales de los 80, Fidelia vino a Bogotá para probar suerte y gracias a un contacto de su padre logró entrar a trabajar al Ministerio de Salud como auxiliar de la contadora, en ese entonces el ministro era Eduardo Díaz Uribe. A ella pagaban un salario mínimo, era un trabajo de jornada completa en el que tenía que escribir cartas a personas importantes, hacer informes sobre proyectos institucionales, sacar balances financieros, en fin, “era una completa molestia” asegura Fidelia y no se sentía confiada de estar hecha para ese cargo. El sueldo –dice- no era consecuente con todas las tareas que realizaba y los gastos que significaban tener un hijo y ser madre soltera eran muy elevados.

Un buen día su compañera de apartamento le contó que estaba trabajando en el bar La Fuente en la carrera 15 con calle 46, en el barrio Chapinero, y que pagaban a 3 mil pesos el turno.

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Fidelia probó un par de noches y decidió que salía más rentable trabajar en La Fuente, que en el Ministerio. Entraba las seis de la tarde y salía a la una de la mañana. Era mesera, servía licor, recibía dinero, limpiaba mesas, se sentía más cómoda haciendo aquellas tareas que escribiendo cartas, le pagaban más y trabajaba menos tiempo. Ella sabía que en el bar algunas muchachas se acostaban con los clientes por dinero, pero eso no le llamaba mucho la atención.

A los pocos meses de trabajar allí, un cliente se fijó en su piel canela, ojos miel, cabello rizado y enorme sonrisa, le preguntó que cuánto le cobraba por un rato. –No. Mire, yo no hago eso. Pregúntele a mis otras compañeras-. Cuando Estaba acostada en su cama después del turno, se quedó pensando en que ese dinero pudo habérselo ganado ella.

En la noche siguiente el cliente estaba allí y Fidelia lo atendió como siempre hasta que finalmente se lo volvió a proponer. Ella sin pesárselo mucho le contesto –Listo, vamos pues-.

“Esa fue la mejor decisión y la más acertada de mi vida. El trabajo sexual me tiene aquí donde estoy”. Gracias a su ocupación descubrió sus aptitudes de líder, lo cual la impulsó a crear la organización con la que ayuda a cientos de mujeres que diariamente son vulneradas, transgredidas, maltratadas y explotadas por los dueños de establecimientos que de alguna manera les arrebatan la libertad al retenerle los documentos, el dinero que ganan y les imponen horarios que deben cumplir estrictamente por fuera de lo legal; los clientes que pretenden ser dueños de estas mujeres por el hecho de pagar por su servicio; la fuerza pública que las persigue y actúan arbitrariamente sin tener en cuenta lo que la legislación realmente ordena; el gobierno que ve en ellas un gremio indeseable causante de crimen, mafias y enfermedades, pero a su vez las ven como una oportunidad para conseguir fondos internacionales que luego mágicamente desaparecen, según se despacha Fidelia. Y, por último, la sociedad que las señala, las juzga, las acusa basándose en prejuicios y estereotipos simples.

¿Qué hace la organización?

Asmubuli hace parte de la junta directiva de Retrasex y reciben fondos del UNPA (Fondo de Población de Naciones Unidas). Junto a ellos construyen proyectos de sensibilización. Capacitan a sus compañeras, trabajando principalmente en la autoestima, quitándoles la falsa idea de que no sirven y no valen como mujeres, las incentivan a verse a sí mismas como personas con aptitudes, cualidades y virtudes muy valiosas, todo con el fin de mejorar su calidad de vida. Adicional a esto, hacen de intermediarias en cuanto a procesos legales se trata si es que a una afiliada al sindicato se le viola algún derecho. El proceso de sensibilización es impartido a entes gubernamentales, no gubernamentales e iglesias. Dando a entender que lo de ellas es un trabajo reconocido por el Ministerio de Trabajo con normas, deberes y derechos que lo establecen como tal. Que no las vean como el foco infeccioso ni el virus andante.*

La mayor preocupación con la cual deben lidiar Fidelia y todo su equipo de trabajo, es que personas que no saben nada acerca de este trabajo toman decisiones sobre cómo debería ser la manera adecuada de crear normas alrededor  del mismo. Es lo que ocurrió con proyecto de ley 079 de 2013  en el que básicamente “se trataba el trabajo sexual como una condición de discapacidad que hacía de estas mujeres personas merecedoras de trato especial, con acompañamiento psicológico y andar por ahí con todo tipo de gafetes y certificaciones que constatara que no tienen enfermedades y lo más importante, nunca, en ningún renglón de las 34 páginas que tiene el proyecto dejó de calificar esa actividad como prostitución”, dice Fidelia.

Fidelia rechazaría aquel proyecto en la presentación que tuvo lugar en el Congreso, en la Comisión Séptima. A la que asistió invitada por la senadora Gloria Inés Ramírez. Fidelia como representante de Armubuli tenía derecho de expresar su opinión al igual que otras representantes de gremios como los de los dueños de establecimientos, las transexuales y los travestis. Ella era la última exponente, el auditorio estaba apagado, tenía solo 15 minutos para hablar. Pero terminó hablando durante 45 minutos. Cuando Fidelia subió al atril dijo: –Me llamo Fidelia Suárez y soy trabajadora sexual- todos espabilaron, los que estaban dormidos se despertaron, el auditorio revivió. Todos abrieron los ojos sorprendidos de que se identificara a sí misma como trabajadora, algo que nunca se les había pasado por la cabeza. Al final terminó convenciendo a todos para que el proyecto se modificara al cien por ciento.

Entre otras cosas un problema que siempre ha hecho mella en el gremio de las trabajadoras sexuales es, según Fidelia, el despilfarro de recursos económicos que van destinados para las poblaciones vulnerables. Fondos que podrían ser invertidos en campañas de prevención y en artículos como condones, pruebas de frotis o citologías.

Fidelia dice, por ejemplo, que los exámenes que les exigen a las trabajadoras sexuales para ingresar a un establecimiento deberían ser gratis, pero deben pagarle a la Secretaria de Salud entre 80 mil y 130 mil pesos por cada prueba. Lo mismo sucede con medicamentos, condones y lubricantes que en las EPS son más costosos que en una farmacia común.

El trabajo de Fidelia no es crear el escape del trabajo sexual. Asmubuli tampoco es casa de beneficencia, no quiere hacer ver a sus compañeras como víctimas, ni volverlas mártires de la sociedad. Su meta es dignificar su trabajo y que como a todo trabajo se reconozcan derechos y se establezcan deberes. Pese a que Fidelia no tiene más estudio que su bachillerato, ha logrado la unión de un gremio rechazado por la sociedad. Ella desea continuar luchando. No parará hasta que logre que el trabajo sexual en Colombia sea reconocido y, sobre todo, respetado.

*Estudiante, Departamento de Comunicación y Cine, Universidad Jorge Tadeo Lozano. 

* El Fondo de Población de Naciones Unidas apoyó a Asmubuli del 2012 al 2015

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