Domingo, 11 de diciembre de 2016

| 2001/10/01 00:00

Fin de una era

Después de 114 años ‘El Espectador’ deja de aparecer diariamente. ¿Qué significa para el futuro de la prensa colombiana?

Fin de una era

A sus escasos 35 años Fidel Cano, editor general de El Espectador y bisnieto de Fidel Cano, fundador del diario en 1887, tuvo que enfrentar la situación más difícil de su vida: decidir entre sus colegas quién se quedaba en el periódico y quién se tenía que ir. Les hablaba como periodista, amigo y jefe y no como dueño ya que su familia había tenido que venderle el periódico al Grupo Santo Domingo en 1997.

La angustia del joven Fidel iba más allá del drama laboral y personal. El, quien había llegado a El Espectador por sus propios méritos luego de ser editor político de El Tiempo, era ahora el encargado de silenciar las rotativas seis días a la semana luego de que durante 110 años el ronquido de las máquinas siempre había acompañado a su familia mientras ésta, en el piso de arriba, decidía cómo orientaba al país.

Pero los tiempos cambian. Y a Fidel le tocó coger el toro por lo cuernos y frentear la decisión del Grupo Santo Domingo de convertir El Espectador en semanario dominical debido a sus pérdidas constantes.

La decisión se tomó el miércoles de la semana pasada en una junta de Valores Bavaria, una holding que reúne a las empresas del Grupo Santo Domingo distintas a la cervecería. Para ese momento Julio Mario Santo Domingo ya le había transmitido a los miembros de la junta su interés de mantener el diario siempre y cuando se redujera al mínimo la pérdida mensual.

Luego de la lectura del orden día Leonor Montoya, presidenta de Valores Bavaria, pidió la palabra y expuso ante los cerca de 10 asistentes las únicas dos opciones financieramente viables: o liquidarlo o mantenerlo como semanario. La tercera opción, inyectarle 50 millones de dólares, como lo habían pedido las directivas seis meses atrás, se había descartado de plano. El primer escenario era tapar el desangre financiero y enterrar uno de los símbolos de la democracia colombiana. El segundo escenario significaba una reducción drástica de la operación, y con ello se disminuía el hueco de 1.500 millones de pesos mensuales a 350 millones y se mantenía viva la llama del periódico al menos un día a la semana. Hasta ese momento el Grupo le había metido 79 millones de dólares en tres años y ocho meses (59 en capitalizaciones y 20 que le costó comprarlo).

“Desde el punto de vista de negocio la solución era liquidar el periódico. Pero Julio Mario y la junta de Valores estaban conscientes de la importancia que tiene ‘El Espectador’ para el país. Y él, personalmente, tomó la decisión de mantenerlo pero semanal”, dijo a SEMANA uno de los miembros de la junta.

Cuando se divulgó la noticia que se volvía semanario ésta cayó como un baldado de agua fría. Hacía escasos tres meses el director de El Espectador, Carlos Lleras de la Fuente, había convocado a la crema y nata del país a un almuerzo en el Gun Club de Bogotá para lanzar una variada gama de nuevos productos que circularían con el periódico: una revista para jóvenes, la tradicional Revista del Jueves con nuevo formato y full color, un novedoso cuadernillo, el E-2, inspirado en el diario The Guardian de Londres, donde habría más análisis… En fin, todos los productos en los que soñaría escribir un periodista.

Este lanzamiento vino acompañado de una millonaria campaña publicitaria en televisión, que sólo reforzaba la impresión de que El Espectador buscaba posicionarse con nuevos bríos a pesar de los avatares de la crisis. Y la presencia de Julio Mario en el memorable almuerzo fue interpretada por varios de los asistentes como un guiño a las cautivadoras pero riesgosas propuestas del director–presidente del diario.

No dejó de sorprender, sin embargo, que en las actuales circunstancias de la economía, en la cual todo el mundo se está apretando el cinturón, El Espectador estuviera en un ambicioso proceso de expansión.

Pero la dicha no duró mucho. La primera puntada de lo que se veía venir la soltó el propio Lleras de la Fuente el 29 de julio pasado. En una alegórica nota editorial el director hablaba de una aventura medieval donde ‘El Castillo’ (El Espectador) se veía amenazado por ciertos “mercaderes sigilosos y oportunistas”. A la semana siguiente la columnista María Isabel Rueda trató de descifrar el laberíntico cuento épico de Lleras y llegó a dos conclusiones esenciales: que El Espectador atravesaba serios problemas financieros y que dentro del grupo industrial había un sector partidario de cerrar el periódico por su inviabilidad económica. Las dos interpretaciones de la columnista terminaron siendo ciertas.

¿Por qué, entonces, si la situación financiera del periódico era tan precaria, se aventuraron en proyectos de tanta envergadura? Las directivas de éste estaban convencidas de que para lograr recuperar la marca era necesario meterle plata. “Era un plan sensato donde no se prometieron pajaritos en el aire. Lo que se dijo fue que para sacar adelante a ‘El Espectador’ era necesario invertir”, dijo uno de los directivos.

Para los ejecutivos del Grupo todo ese bombo periodístico y publicitario era un proyecto editorial que no le hacía mayor mella a la crítica situación financiera. El problema, para ellos, se reducía a que el hueco seguía siendo el mismo y Julio Mario no estaba en condiciones de seguir subsidiando eternamente el periódico, sobre todo teniendo en cuenta la nueva realidad del mercado: una pauta que se ha reducido en un 20 por ciento en dos años y en la cual las perspectivas a futuro no son muy alentadoras. “Llegó un momento en el que, como empresa, ‘El Espectador’ no iba a funcionar. Con ese nivel de ingresos y la situación del mercado nunca sería viable”, dijo a SEMANA un alto ejecutivo del Grupo.

¿Pero cómo se llegó a una situación tan insostenible? ¿Cómo el periódico más antiguo del país y que en los años 70 se disputaba la primera circulación del país con El Tiempo tuvo este epílogo?



Ni un paso atras

La crisis de El Espectador no empezó con el Grupo Santo Domingo. Desde comienzos de los años 80 el prestigioso diario empezó a sufrir una serie de reveses económicos originados, en un comienzo, en sus valerosas posiciones independientes y en las cruzadas éticas que abanderó personalmente su director, Guillermo Cano.

La pelea con el Grupo GranColombiano, en ese momento el más grande del país, por los famosos autopréstamos de Jaime Michelsen, le costó al diario el retiro de buena parte de los avisos. Luego vino la lucha de El Espectador —pero ante todo de Guillermo Cano a través de sus editoriales— contra el poder corruptor de la mafia, cuyos tentáculos estaban empezando a penetrar el mundo de la política. Esta última batalla fue demasiado costosa para la familia Cano: terminó con la vida de don Guillermo a manos de unos pistoleros a sueldo del cartel de Medellín y el diario fue víctima de un camión bomba que casi acaba con sus instalaciones en 1989. Todavía permanece en la memoria de muchos colombianos aquella mañana cuando, en medio de los escombros y vidrios rotos, El Espectador salió a la calle con un titular que desafiaba a los violentos y enaltecía a la prensa libre: ‘… ¡Seguimos adelante!’.

Para ese momento El Espectador se había convertido en un símbolo de la lucha contra los carteles de la droga y en una especie de baluarte moral de los colombianos. Con el magnicidio de Guillermo Cano el diario quedó acéfalo y la familia le entregó el relevo editorial a la cuarta generación, Fernando y Juan Guillermo, quienes tuvieron que asumir prematuramente la dirección del diario en un país tan convulsionado.

Pero con estas gloriosas batallas periodísticas, que sin duda contribuyeron a que el diario se viera afectado económicamente, coincidieron estrategias económicas equivocadas y errores en el manejo del negocio que fueron resquebrajándolo progresivamente.



La destorcida

A comienzos de los años 80 la familia Cano, viendo el predominio de El Tiempo en Bogotá, decidió reforzar su circulación nacional y salió a conquistar el resto del país. Sin embargo se encontró con unos periódicos regionales muy consolidados y agresivos editorialmente. La feroz competencia con diarios como El Colombiano, El Heraldo y El País le costó a El Espectador no sólo plata sino circulación y obligó al diario a replegarse de nuevo a Bogotá, donde El Tiempo ya estaba muy bien posicionado. “Vuelven a enfocarse en la capital con estrategias comerciales muy equivocadas. Publicidad muy alta con circulación muy baja. Pierden credibilidad en el mercado. De ese ciclo no se pudieron salir”, dijo un empresario de medios.

A esto se suma un desacertado manejo del negocio de familia. La progresiva ‘canonizacion’ de El Espectador, sin reglas claras (en el último período llegaron a trabajar 18 miembros de la familia), los conflictos internos de poder y la falta de norte en materia de negocios fueron llevando la empresa a la quiebra.

Para 1996 el periódico tenía deudas por 24.000 millones de pesos (de la época) que los obligó a adelantar una reestructuración con ejecutivos ajenos a la familia y que terminó con la salida del periódico de casi todos los Cano, salvo los que trabajan en la parte editorial.

El primer paso fue un relevo en la gerencia de la empresa. Carlos Gustavo Cano, quien venía de trabajar en un banco de inversión y no pertenecía a la familia propietaria del diario —el apellido es coincidencia— asumió la presidencia de El Espectador. A mediados de 1996 el nuevo gerente empezó a trabajar, asesorado muy de cerca por una junta de acreedores en la que tenían asiento los bancos con los que más deudas tenía la empresa. “La situación era tan precaria al principio que ni siquiera teníamos con qué comprar el papel. Tuvimos que pedírselo prestado a ‘El Tiempo’, recuerda Carlos Gustavo Cano. Por esos días el patrimonio de la empresa era negativo en cerca de 9.000 millones de pesos y había que sacarla pronto de la causal de liquidación”, añade.

En la reestructuración el diario pasó de tener 1.402 empleados a 669. Cerró 13 de las 19 oficinas que tenía en todo el país. Pero no fue suficiente.

A mediados de 1997 se necesitaba más plata (25.000 millones de pesos) para capitalizarlo. Así que salieron en busca de inversionistas, como el Sindicato Antioqueño, el Grupo Corona y la Fundación Social, pero el negocio no cuajó. Por esa época también se trató de conformar un pool de periódicos, encabezados por El Tiempo, para comprar el diario pero la idea murió en el camino. El único grupo económico que se mostró interesado, porque coincidía con su estrategia de medios, fue el Grupo Santo Domingo.

Con la llegada de éste salieron los últimos Cano que todavía trabajan en el área editorial del diario. Fue una escena traumática para quienes estaban en la redacción ese 17 de diciembre de 1997 ver a los Cano empacar en cajas de cartón sus pertenencias luego de estar al frente del diario por más de cuatro generaciones.

Para la etapa posCano fue nombrado como director el ex canciller Rodrigo Pardo, quien duró menos de dos años debido a las tensiones que tuvo con Julio Mario Santo Domingo por el cubrimiento político del diario. “No apoyar a Serpa incondicionalmente desmejoró mi relación con él. Luego, cuando él se acercó a Pastrana, empeoró porque en el periódico éramos muy críticos del gobierno ”, dijo Pardo a SEMANA.

Durante la administración de Pardo se contrataron nuevos servicios informativos, más periodistas que mejoraron el contenido editorial y se hizo un relanzamiento a finales de 1998. Pero el hueco financiero no disminuía. En ese año las pérdidas fueron de 17.000 millones.

Con la salida de Pardo fue nombrado, en noviembre de 1999, Carlos Lleras de la Fuente, ex candidato presidencial y amigo personal de Julio Mario Santo Domingo quien, desde el primer día, dijo que el periódico iba a ser una extensión de su personalidad. Si bien para algunos lectores los editoriales de Lleras de la Fuente en primera persona no estaban exentos de cierta dosis de folclorismo, su llegada le imprimió un nuevo aire al periódico, se volvió a hablar de sus páginas editoriales en los cocteles y su presencia le metió un poco de ají al prosopopéyico periodismo colombiano.

Mientras tanto la agonía financiera se prolongaba. Sus directivas presentaron un plan de salvamento a cinco años que costaba 50 millones de dólares que, en un principio, fue bien visto por los altos mandos. No obstante, desde enero de este año, el Grupo como un todo entró en un acelerado proceso de reestructuración para determinar qué compañías le agregaban valor y cuáles no era económicamente viables. Y le tocó el turno a El Espectador.

“Lo que sucedió con ‘El Espectador’ fue un cúmulo de errores de negocio tanto de los Cano como del Grupo Santo Domingo”, dijo un ejecutivo de medios.



¿Que sera?

El experimento de publicar El Espectador sólo los domingos es una audaz fórmula que no tiene antecedentes en América Latina. El único hebdomadario con esa periodicidad y con alguna visibilidad en el mundo de los medios es The Observer, en Inglaterra, que ha venido circulando exitosamente. Sin embargo esa apuesta en la Colombia actual de crisis no deja de ser bastante arriesgada. Los costos de operación son muy altos, no podrán cobrar más de 5.000 ó 6.000 pesos por ejemplar debido a la competencia y la publicidad está cada día más escasa.

El otro desafío que enfrenta este proyecto es de identidad. El nuevo perfil de El Espectador deberá ser un híbrido entre periódico y revista. Tendrá el formato de diario pero con información más ‘arrevistada’, es decir, más reposada, con más análisis y contexto. Algunos de los columnistas que mantendrán su espacio en las páginas editoriales son los más mordaces y polémicos. De los casi 55 columnistas que había han sido escogidos alrededor de 12: Fernando Garavito, Plinio Apuleyo Mendoza, Alfredo Molano y Lizandro Duque como fijos todos los domingos. Y aparecerán cada 15 días Ramiro Bejarano, Felipe Zuleta, Iván Marulanda, Ana Milena Muñoz de Gaviria y Oscar Alarcón, entre otros. Por el momento, quienes tienen las riendas del contenido quieren hacer unos retoques de maquillaje, como cambiarle el nombre a la revista Jueves, mantener el cuadernillo E-2, lanzar una revista para niños y preservar la ‘joya de la corona’, La Revista del domingo, que ha sido exitosa en el género de reportajes.



Más que un espectador

La desaparición diaria de El Espectador no es el naufragio de una empresa más en medio de la tempestad: es la extinción de una parte de la historia del país y de un pedazo de cotidianidad de millones de colombianos. Por esta razón el periódico va mucho más allá del dominio del Grupo Santo Domingo o de la familia Cano y se ha convertido en patrimonio de todos los colombianos que durante generaciones crecieron y se formaron con él.

Su silenciamiento de lunes a sábado es también un duro golpe a la libertad de prensa y al pluralismo informativo en momentos en que Colombia necesita más tribunas para poderse expresar y más puntos de referencia para poder entender y solucionar su compleja realidad. “Que haya opiniones diversas es lo que construye democracia. La competencia y el pluralismo ayudan a que se fiscalice el poder público”, dijo Nora Sanín, directora de Andiarios.

Sin bien los reflectores del país están puestos en El Espectador, su difícil situación no ha sido ajena a la que han vivido la mayoría de los medios de comunicación colombianos en estos tiempos. Con la crisis económica se ha reducido la torta publicitaria 25 por ciento desde 1998 y todos los medios, sin excepción, han tenido que acudir a toda suerte de maromas para superar la crisis y, en algunos casos, se ha llegado a una especie de tiranía de pauta en la cual se supedita el interés periodístico de una información al interés económico del anunciante. Lo cual también amenaza la libertad de prensa, pero de una manera más silenciosa: mediante la angustia financiera del medio.

Un elemento del que poco se ha hablado pero que tiene en serios aprietos económicos a toda la prensa escrita del país es que los canales privados de televisión están absorbiendo la poca pauta que queda en el mercado. Por un lado, porque las empresas, al recortar sus presupuestos publicitarios, quieren llegarle a más gente y la mejor manera es a través de la televisión. Pero, por el otro, hay quienes han denunciado la posición dominante que están ejerciendo los dos grupos a través de RCN y Caracol para apropiarse de la pauta. “La posición dominante de los dos canales privados para quedarse con toda la torta publicitaria a través de estrategias comerciales muy cuestionables tiene terribles efectos para la prensa independiente y la libertad de expresión”, dijo a SEMANA un directivo de un medio impreso.

Es claro que los medios que más sufren con esta situación son los periódicos y canales regionales y las publicaciones que no tienen el músculo financiero para aguantar los embates de la crisis. Esta situación sólo estimula una mayor concentración de la información

La desaparición diaria de El Espectador fue recibida en El Tiempo con frustración y desolación. No sólo por la amistad y el colegaje entre periodistas y directivos, sino por la solidaridad que se ha construido al defender por tantos años los valores democráticos por encima de intereses políticos, por la lucha contra la dictadura, por hacer un frente común contra las mafias y por cerrar filas, a cualquier costo, a favor de la libertad de expresión.

Sólo basta desearle fuertes vientos a favor al nuevo semanario El Espectador para que dentro de poco tiempo sus lectores vuelvan a tener el privilegio de leerlo todas las mañanas. Y para que en El Tiempo se vuelva a oír la frase más temida por los reporteros y editores: “Carajo, ¿no vio la ‘chiviada’ que nos pegó ‘El Espectador?”

¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.