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| 12/11/2000 12:00:00 AM

Flaco servicio

SEMANA revela cómo un programa para mejorar la nutrición de los más pobres con frijol soya se ha convertido en un recetario de desaciertos.

Despues de 28 años de complementar la alimentación de los colombianos más pobres con bienestarina –harina de soya mezclada con trigo, leche en polvo, vitaminas y minerales–, el gobierno decidió diversificar la dieta con fríjol soya. Una decisión que en la práctica ha resultado desastrosa.

El fríjol que se repartió no era nacional como se había prometido, no llegó a tiempo ni a todas partes y hubo irregularidades en su compra, distribución y control de calidad. Además muchas de las madres que recibieron el producto se niegan a usarlo y algunas personas de las contratadas para capacitar a la gente en el complejo y largo arte de cocinar el fríjol soya pueden saber más de comercio que de nutrición. Para terminar, los recetarios incluyen ingredientes costosos, muy lejos del bolsillo de los beneficiarios del Icbf.

El cambio se inspiró en un programa de nutrición comunitaria a base de fríjol soya que venía adelantando Nohra Puyana de Pastrana desde 1996 y que había crecido con éxito.

No obstante al convertirse en un programa estatal entró en una dimensión mucho mayor. De ahí que ahora quepa la pregunta de si en plena crisis de las finanzas públicas se justifica asumir costos adicionales —de talleres, compras del fríjol, material de divulgación, personal nuevo— para incluir un alimento extraño a los hábitos de los colombianos, cuando no se está diversificando casi la dieta. Es añadirle soya a la soya.



Nutrición comunitaria

Según Juan Manuel Urrutia, director general del Icbf, se escogió trabajar con el fríjol soya “porque su manejo es simple, ataca el problema de la desnutrición, tiene bajo costo y se produce en el país”. No obstante, según lo que investigó SEMANA durante un mes, en la práctica las cosas son bien distintas. Para empezar, el primer supuesto de que tiene “manejo simple” resultó lejos de la realidad.

“Nosotras tenemos que atender mocos, lágrimas, moretones, cantar tonadas infantiles, servir refrigerios y almuerzos, tomar el peso y talla de cada niño y además nos piden que dediquemos cuatro horas más para procesar la soya. ¿A qué horas?”, dice Magdalena Camacho, de la Asociación de Madres Comunitarias Los Naranjos de Suba, en Bogotá.

Su queja se suma a la de muchas de las 81.000 madres comunitarias en el país que están dispuestas a rebelarse y no procesar un solo grano más de esta leguminosa. Las razones de su inconformidad son concretas: sus licuadoras se han quemado tratando de procesar el grano, necesitan una nevera (que muchas no tienen) para que la masa y la leche no se les dañen en dos días y se necesita mucha energía además de abundante agua (que tampoco hay en varios lugares deprimidos) para retirarle la cascarilla y las impurezas al fríjol.

¿Por qué en el Icbf no calcularon esta dificultad obvia cuando resolvieron introducir el fríjol soya en el programa de madres comunitarias? Urrutia aclara que no se trata de reemplazar la bienestarina por el fríjol soya sino de complementarla y que además “su uso no es obligatorio”. Sin embargo las minutas que envía el Icbf a las madres incluyen el fríjol soya y ellas entienden que deben cumplir estas indicaciones al pie de la letra o son sancionadas.

Tanto es así que todas las madres del departamento de Bolívar ya anunciaron que no recibirán el fríjol soya, como lo confirmó el mismo Urrutia. Ellas dicen que se niegan a “acatar la orden de suministrar cinco miligramos de fríjol soya diarios a los niños de los hogares y jardines infantiles”.



¿Que tan alimenticio?

Todos los trabajos de las madres para preparar la soya y los costos para introducirlo en el plan nacional de nutrición se justificarían si estuviera demostrado que sumarle fríjol soya a la dieta suplementada con bienestarina implicara un progreso sustantivo en la alimentación de los niños, jóvenes y madres gestantes y lactantes.

Sin embargo SEMANA no pudo confirmar la existencia de algún estudio científico que sustentara la decisión del Icbf, ni tampoco de expertos del Icbf que estén evaluando el impacto del programa.

La nutricionista Zoila de González, de la Fundación Nutrir, en Bogotá, afirma que “si se toma bienestarina no es necesario, desde el punto de vista nutricional, añadirle a la dieta fríjol soya pues la base de la bienestarina es la misma harina de soya, pero procesada y apta para el consumo humano”. Y con ella coincide el doctor Diego A. Restrepo Molina, director del posgrado de alimentos de la Universidad Nacional en Medellín.

Además, dicen los expertos, el fríjol soya se digiere con dificultad. Según el director de la división de alimentos del Icbf, el ingeniero de alimentos Hernando Pérez, “el fríjol soya es un alimento que cae pesado para el organismo”. De ahí que algunas madres cuenten que a veces les sienta mal a los niños. Una de ellas dijo que el primer día que dio leche y arepas de soya en el jardín le tocó lidiar con los dolores de estómago, flatulencias y diarreas.

Al respecto la abogada Clara López Moreno, quien ha sido asesora de Nohra Puyana de Pastrana desde hace años y está hoy a cargo del Plan Nacional de Alimentación y Nutrición (PNA), dice que cuando se introdujo el fríjol soya fue pensando principalmente en su versatilidad. “Se escogió por ser un alimento autóctono y porque al poderlo convertir en muchos productos —leche, tortas, arepas, salchichas, yogur, queso, etc.— es ideal para generar empleo a través de la creación de pequeñas empresas”.



Nacional vs importado

La otra razón en la que ha hecho énfasis el Bienestar Familiar al defender la introducción de este alimento es que “el fríjol soya se compra de cosecha nacional, lo que permite apoyar y fomentar el cultivo de este producto, principalmente en los Llanos y el Valle del Cauca”, dice el informe del PNA. Y así lo había anunciado la señora de Pastrana desde la campaña a la Presidencia, según contó a SEMANA Eudoro Alvarez, director ejecutivo de la Asociación de Agricultores y Ganaderos del Meta. “Pensamos que siendo un programa gubernamental los soyeros colombianos seríamos llamados a hacer esa provisión. Pero cuando se vino la cosecha en el mes de diciembre en el Icbf nos dijeron que necesitaban una soya especial, y aunque nosotros les ofrecimos la nuestra a 580.000 pesos la tonelada terminaron comprando una soya importada”.

Que la soya era importada lo ratificaron en la Bolsa Nacional Agropecuaria, a través de la cual el Icbf hace las compras del fríjol. “Los comisionistas en bolsa que se sintieron excluidos del negocio de la compra de fríjol soya por parte del Bienestar Familiar me solicitaron que certificara su origen. El ICA nos certificó que era importado”, dijo Federico Vélez, subgerente de operaciones de esta Bolsa.

Por lo menos durante 1999 y parte de 2000 se compró fríjol soya extranjero. El principal proveedor se cambió desde abril pasado y éste sí es un reconocido productor nacional de soya en el Valle.

Pero además de comprar importado, y no nacional, en las primeras operaciones se presentaron muchos problemas. Efectivamente, el Icbf en marzo del año pasado compró 572 toneladas de fríjol soya a Coprasa S.A., una firma comercializadora colombiana. Esta se comprometió entonces a realizar las entregas entre el 23 y el 27 de marzo siguiente en cada hogar o escuela que el Icbf tiene en Risaralda, Caldas y Valle.

Según Vélez el Icbf no hizo reclamos por la deficiente calidad del producto, dio varias prórrogas, incluso contrariando el reglamento de la Bolsa, que sólo admite una prórroga, y llegó a acuerdos directos con la empresa vendedora. Urrutia explica este manejo aduciendo que esto “facilitó la entrega del producto en muchos lugares”.

La calidad del fríjol soya que entregó Coprasa S.A. el año pasado también dejó mucho que desear. A la regional del Icbf del Valle le tocó atender las protestas de cientos de personas. “A simple vista la soya presentaba gorgojo, palos, piedras y otras impurezas”, afirmó una funcionaria de la entidad quien pidió que su nombre fuera mantenido en reserva. “Incluso —añade— se dio el caso de que cuando trataron de cocinarla en uno de los hogares de Bienestar el mal olor y la consistencia del producto hizo imposible su procesamiento”.

El Icbf decidió terminar esta negociación el 22 de septiembre de 1999, seis meses después de haberla comenzado. En cualquier caso, Coprasa S.A. fue exonerada por el Icbf de su obligación de pagar la indemnización respectiva y los intereses por incumplimiento cercanos a los 230 millones de pesos.

El Instituto además no controló algunas de las entregas a los usuarios de sus programas en estos departamentos. Así, por ejemplo, al hacer un cruce de listados y cuentas entre el reporte de remisiones en Caldas hay una enorme diferencia. Mientras el Icbf le reportó a la Bolsa Nacional Agropecuaria la entrega de más de 106.000 kilos en ese departamento la planilla de entregas procesada por la regional de Caldas sólo registra poco más de 37.000 kilos. Es decir, se dejaron de entregar 69.000 kilos, cuyo valor es de 65 millones de pesos.

Después de este primer impulso para repartir fríjol soya, que no se completó por las dificultades con el proveedor, el Icbf comenzó a comprarla a Molinos del Cauca S.A. Esta empresa, conocida en el medio agropecuario como importadora del grano, vendió al Icbf 2.200 toneladas de fríjol soya a un precio promedio de 900.000 pesos la tonelada. Después de declarar incumplidas 14 entregas, nuevamente por problemas de calidad, el Icbf cambió de proveedor otra vez. Este último es Grasas S.A., que ha cumplido con los contratos.

A todas estas, las madres que recibieron capacitación entre octubre de 1999 y abril de este año por parte del Icbf sólo han vuelto a contar con el grano en sus casas hace un mes. Y desde entonces están lidiando con los problemas de su preparación.

A la final el programa que pretendía reforzar la alimentación de los niños más pobres del país tuvo tal cantidad de tropiezos que después de dos años y 12.000 millones de pesos de inversión apenas empieza a cuajar. Y aun así hay muchos interrogantes por resolver y no queda claro si vale la pena continuarlo.
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