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| 7/10/2005 12:00:00 AM

Fortuna esquiva

Los mineros artesanales de la Serranía de San Lucas han perdurado en medio de la violencia. Ante la orden de legalizarse, tienen que competir con multinacionales. Reclaman inversión social para sobrevivir.

Cuando Humberto de Jesús Ruiz, de 67 años, recibió la orden de legalizar la mina de donde él y sus antepasados han extraído oro en forma artesanal por más de un siglo, estiró los brazos y repasó sus callosas manos sobre la tierra. "Debe ser un invento del gobierno para quitarnos nuestra mina", pensó. Como espantando el miedo de no tener sustento para su familia, le dijo a su compañera, Cecilia Gómez, y a sus seis hijos, que él va a morir "enterrándole la pala a la tierra en busca de las pepitas doradas", que se esconden entre las piedras y la arena.

En promedio extrae en una semana 16 gramos de oro que son vendidos a 20.000 pesos cada uno a los compradores de Santa Rosa. "Casi todo termina en el mercado negro de Bucaramanga", dice, lamentándose de que no exista otra forma de comercializar lo que extrae para tener mejores ingresos. Según las autoridades, en otras regiones no productoras han descubierto indicios de que el negocio del preciado metal sirve para encubrir dineros de origen ilegal.

Cecilia en varias oportunidades le ha insistido a Humberto en que se vayan a otra parte "porque no es bueno esperar frutos de lo que no se ha sembrado". Pero él, al igual que otros 15.000 mineros que se rebuscan la vida en 14 municipios ubicados a lo largo de la Serranía de San Lucas, en el sur de Bolívar, espera el golpe de suerte que pocos han disfrutado en las minas a campo abierto. Ellos trabajan el sistema de aluvión (sacan el oro de las piedras que lleva el agua), o en los socavones a máximo 100 metros bajo tierra, de donde extraen toneladas de piedra para triturarlas en rústicos entables.

Humberto se la pasa entre Mina Vieja y San Pedro Frío. Se calcula que ahí habitan 100 familias en ranchos de madera, plástico y zinc, incrustados en la montaña al lado de trochas marcadas por el paso cotidiano de las mulas. Su vida gira en torno a la minería y su comercio. Ha recorrido la mayor parte de los 150 asentamientos mineros de la región, entre esos el de San Luquitas, el más antiguo. En la época de la conquista española, relatan los pobladores, "desde ese caserío y hasta Guamoco, trabajaban 6.000 esclavos sacando oro". Varias piezas de hierro forjado en esos años, como ruedas y recipientes, se hallan dispersas en el sector como testigos mudos de lo que fue la fortuna esquiva de otros.

En esas minas, la mayoría de los centenares de menores de edad que ayudan a sus padres en el oficio, va a la escuela. Tomás, el hijo menor de Humberto, tiene 11 años y no sabe leer ni escribir. Es minero desde los 9. Por su cabeza no pasa la idea de prepararse para afrontar los próximos años de vida. "Lo que espero es tener mejor fortuna que mis papás" dijo a SEMANA.

Según el auxiliar de enfermería José del Carmen Pinto, a quien los mineros llaman doctor, en la región hay un alto índice de enfermedades de transmisión sexual, diarreas agudas por el consumo de aguas sin tratar, e infecciones respiratorias que atribuye a la contaminación y a los químicos que se usan en la extracción.

En La Punta, lugar de abastecimiento donde termina la carretera a Santa Rosa, cada día se descargan dos toneladas de cianuro y 300 kilos de mercurio, usados en la purificación del oro. Estas sustancias tóxicas también son señaladas de generar malformaciones congénitas como labios leporinos y enfermedades cerebrales. Los afluentes de agua y quebradas que atraviesan esta región reciben los residuos de esta explotación, y por diferentes rutas en los dos ríos más importantes de la región: el Magdalena y el Cauca.

Mineros como Célimo Téllez, vecino de Humberto en San Pedro Frío, cargan las mulas con las provisiones para 15 días. Caminan por trochas que muy pocas horas del año están secas, y se cruzan con los maleteros que por 40.000 pesos llevan en sus espaldas las encomiendas delicadas que no pueden transportar las bestias.

En estas selváticas montañas, en los últimos 20 años, Humberto y demás mineros también han soportado los rigores de la guerra. Dicen que les ha tocado pagar impuestos a las guerrillas del ELN, las Farc, a las disidencias de los elenos, y a los paramilitares que mantienen una disputa a muerte por el control de estas tierras.

El mito asegura que una de las cosas que siempre amargó al entonces jefe de las autodefensas, Carlos Castaño, fue no poder cumplir su promesa de colgar una hamaca en el cerro de La Teta de San Lucas, que el ELN custodia como uno de sus más importantes bastiones. Alrededor hay campos minados y decenas de combatientes apostados en todos los flancos. Las historias de los lugareños dicen que en La Teta, además de abundantes riquezas naturales, están enterrados varios jefes guerrilleros, incluido el cura español Manuel Pérez Martínez.

Legalización

Pero, el mayor apuro que hoy ocupa a los mineros artesanales no es la violencia sino el nuevo código minero, en vigencia desde 2001. Este ofreció oportunidades de legalización hasta finales del año pasado y limitó la expansión de la explotación "a ras de tierra", que es lo que alcanzan a hacer estos mineros con sus precarias herramientas.

Según el secretario de minas de Bolívar, Javier Pineda, los datos oficiales dan cuenta de 11.000 mineros legalizados, a través de asociaciones, cifra que corresponde al 80 por ciento del total que se encuentra en la región. Información que confirma Teofilo Acuña, uno de los voceros de los mineros. "Los restantes 4.000 no han podido tramitar sus legalizaciones porque no se han asociado, no cuentan con recursos para salir de la zona o simplemente no saben que deben hacerlo".

En adelante, todos tendrán que cumplir con la reglamentación ambiental, las normas de exploración, explotación y comercialización, al igual que lo deben hacer las grandes empresas nacionales o multinacionales, hecho que consideran el comienzo de su fin. "No tenemos plata para hacer los costosos estudios que exigen", dicen en un corrillo. "Si apenas nos alcanza para comer, así nos unamos, no tenemos cómo competir"

A 2.400 metros de altura, en la cima de la Serranía de San Lucas, en las estribaciones de la cordillera Central, su futuro incierto se confunde con la niebla. Ya sienten las pisadas del fantasma que les asusta con el anuncio de la llegada de una de las multinacionales del oro más importantes del mundo. Se trata de la Anglo Gold Ashanti que, a través de la sociedad Kedadha, solicitó la exploración de 1.200.000 hectáreas y que ya goza de concesión para 37.000 hectáreas en Buena Seña, en San Martín de Loba, uno de los 14 municipios mineros de la zona.

La esperanza de Humberto y alrededor de 60.000 personas, familiares de los mineros, que dependen de este centenario oficio, es concertar un plan de desarrollo que les garantice el cumplimiento de la ley y en el que tengan algo de la inversión social que siempre les prometen y nunca les ha llegado.

Mientras la neblina sigue jugando con la codiciada Teta de San Lucas, cubriéndola y descubriéndola como símbolo de un sueño dorado, desde su rancho de madera Humberto se embelesa observándola y pidiéndole fortuna. Su esperanza es que los misterios del oro, que según ellos se rebelan a la codicia, le ayuden a sobrevivir los tiempos difíciles que se avecinan.
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