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| 9/17/1984 12:00:00 AM

FOTO - FINISH

Lloreda y Valderrama en la recta final por la designatura

Hasta hace pocas semanas Rodrigo Lloreda Caicedo tenía en el bolsillo la designatura para la Presidencia de la República Efectivamente, el joven dirigente vallecaucano, ex ministro estrella de la actual administración y favorita del ex presidente Misael Pastran Borrero, contaba con todos los elementos a su favor para una fácil y segura elección en el Congreso. El ex canciller, confiado en esto, actuaba más como designado electo que como candidato a ese cargo. Daba la impresión de que la designatura es un puesto que se recibe, pero que no se busca.
A todas éstas, su principal retador J. Emilio Valderrama, desde su embajada en España, era una voz en el desierto en sus pretensiones de ser un candidato viable, con base en un supuesto compromiso moral que e] Parlamento habría adquirido con él dos años atrás cuando buscó por primera vez esa posición frente a Alvaro Gómez. A Valderrama no se le atribuía el status de estadista que Lloreda se había ganado en el ministerio de Relaciones Exteriores y además algunos le cobraban su accidental participación en el episodio que permitió que Roberto Soto saliera del país.
Todo esto cambió de la noche a la mañana. Y hoy, en vísperas de la votación, ningún observador político apostaría su cabeza a cuál de estos dos nombres será el próximo designado a la Presidencia de la República. Si J. Emilio nada había tenido que ver en el proceso después del cual se le descartó, tampoco había tenido participación mayor en el retorno del péndulo hacia su lado. ¿Cuál era entonces la explicación de este viraje? Principalmente, se habia dado un rechazo al cariz de "dedocracia" que parecia estar revistiendo la elección. Efectivamente, la mecánica diseñada en un principio para la selección del designado era considerada por muchos como una imposición del ex presidente Pastrana, a quien se le atribuía un exceso de poder que comenzaba a generar una contrarreacción. Esta mecánica consistía en que los parlamentarios seguidores del ex presidente escogerían un nombre que sería enviado al liberalismo para su aprobación. No sólo los liberales no participarían en la escogencia de ese nombre, sino que el propio alvarismo debía también ver limitada su intervención a la aprobación del candidato pastranista. Aun cuando Pastrana se había declarado en todo momento neutral, nadie duda que su corazón estaba del lado de su disciplinado pupilo Rodrigo Lloreda, quien podría convertirse en su heredero político, más que del lado del díscolo e independiente Valderrama. De ahí que, pese a que nunca hubo un patrocinio formal, cuando esas acciones de Pastrana estaban bien cotizadas, Lloreda estaba elegido, pero cuando esas acciones comenzaron a bajar, lo mismo pasó con las del ex canciller. La baja se produjo cuando tanto el alvarismo como el liberalismo empezaron a pensar que no tenían porqué "jalarle" permanentemente a los dictados de la voluntad del ex presidente. El primer brote sintomático de este proceso tuvo lugar durante la elección del Secretario General de la Cámara, cuando el candidato pastranista Humberto Zulúaga Monedero fue derrotado por la aspiración reeleccionista del conservador Julio Enrique Olaya Holguín. Esta elección fue interpretada como una violación del Pacto del Club de Ejecutivos, donde se habían adoptado unas reglas de juego para las relaciones entre los dos partidos tradicionales. Pastrana entró en ira santa, dispuesto a reafirmar a toda costa su autoridad y exigió la renuncia de Olaya. Esto no hizo más que polarizar las posiciones alrededor del ex presidente y el asunto parecía enredarse cada vez más.
A todas éstas, el alvarismo decidió que de todas formas debía participar en el proceso de escogencia del nombre que sería enviado al liberalismo para la elección del designado, lo cual finalmente fue aceptado. Por su parte, el liberalismo comenzó a debatir si le correspondía o nó dejar en manos de un partido minoritario una decisión de tanta trascendencia, como la designación del hombre que podía llegar a reemplazar al Presidente de la República, El abanderado de la tesis de la intervención era Jorge Mario Eastman, quien sostenía, en una carta a la Comisión Política Central, que cuando él había sido candidato a la designatura en 1980, el propio Partido Conservador había sentado el precedente de que el partido de oposicion no tiene por qué aceptar pasivamente la determinación del partido de gobierno. En esa ocasión, Eastman mismo reconoce que la disputa dentro del liberalismo se habia dirimido a favor de Víctor Mosquera y en contra suya, por sólo tres votos de diferencia. Sin embargo, sectores parlamentarios conservadores se negaron a aceptar a Mosquera y votaron por Eastman. Invocando este episodio y alegando que no tiene lógica que un partido mayoritario no juegue un papel decisorio en este proceso, Eastman ha venido haciendo lobbying dentro del oficialismo liberal para que el liberalismo no sea un convidado de piedra en esta decisión.
Su fórmula era que el conservatismc enviara a los liberales un abanico de candidatos para escoger y aseguraba haber obtenido en su apoyo 60 firmaa.
Al final de la semana, la situación comenzaba a enderezársele al ex presidente Pastrana. El sabor a desorden institucional entre los dos partidos que había empezado a aflorar, parecía ceder en la medida en que autorizados voceros de las corrientes que se presumían disidentes, manifestaron vehementemente la necesidad de cumplir los pactos entre los dos partidos. Por un lado, el embajador en Washington Alvaro Gómez, desautorizó abiertamente la elección de Olaya como Secretario General de la Cámara, dejando inclusive planteada la posibilidad de su renuncia. Más importante aún, la Comisión Politica Central del Liberalismo aceptaba que el derecho de escoger el nombre era de los conservadores, particularmente del Presidente de la República. Esto parecía minimizar las posibilidades de una rebelión abierta por parte de la bancada liberal, aun cuando no se descartaban motines aislados.
Definida preliminarmente la modalidad de selección del designado, subsistía sin embargo la incógnita sobre cuál sería el ganador. La candidatura de Valderrama, que había tomado gran impulso durante los días del furor antipastranista, no había desaparecido cuando el ex presidente Pastrana lograba volver a poner las cosas en orden. Pastrana, un poco a la defensiva, pasó de ser neutral lloredista a ser neutral-neutral, para evitar ser acusado después de cualquier clase de favoritismo. Los alvaristas, por consideraciones estratégicas, no tienen la intención de votar en bloque, sino de dividirse para no antagonizar así con ninguno de los dos candidatos que posteriormente serán necesarios para apoyar la candidatura de Alvaro. Tanto Lloreda como J. Emilio sacaban cuentas diametralmente opuestas y al final de la semana nadie metía la mano en el fuego por nadie.
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