Viernes, 2 de diciembre de 2016

| 2016/10/08 00:00

“La estrategia del Sí tuvo muchos desaciertos”: Francisco Gutiérrez

El politólogo y columnista Francisco Gutiérrez argumenta por qué se anticipó al triunfo del No y señala que la segunda vuelta presidencial ya había refrendado la búsqueda de la paz.

“La estrategia del Sí tuvo muchos desaciertos”: Francisco Gutiérrez Foto: Carlos Julio Martinez

SEMANA:  Más allá de las fallas en las encuestas, ¿por qué el resultado del plebiscito fue tan inesperado?

FRANCISCO GUTIÉRREZ: En Colombia hay muchos vacíos en los estudios políticos y uno de ellos es cómo opera el uribismo. No obstante, no se necesita un conocimiento sistemático del mismo para saber que tiene bases sociales y electorales muy estables, que se pueden cuantificar y que los promotores del Sí nunca calcularon. Estamos ante un No variado que se debe a la rabia contra las Farc, a la débil imagen del gobierno, al miedo, al voto evangélico, entre otros. Pero aunque no todos los que votaron No son uribistas, la gran base del No es un uribismo electoralmente consistente.

SEMANA:  ¿Por qué nadie midió ese uribismo en las encuestas?

F.G.: Las encuestas en Colombia son un desastre.  Hay fenómenos estilo brexit, en donde las encuestas se descachan por dos o tres puntos pero en Colombia ese descache es y viene siendo enorme.  Ejemplo de ello es que no hay claridad de cómo se toman las muestras:  buena parte de las mediciones hacen énfasis en las grandes ciudades cuando Colombia, al contrario de otros países de América Latina, es un país de ciudades intermedias muy pobladas con tasas de votación mayores a las de las grandes capitales. Mientras no se tengan en cuenta consideraciones como esas y los encuestadores no acepten que tienen problemas técnicos por revisar, los resultados nunca van a ser certeros.   

SEMANA: Usted fue de los pocos en prever que podría ganar el No. ¿Qué le permitió anticipar esa realidad?

F.G.: Una hoja de Excel.  Si uno analiza el voto uribista en las últimas elecciones nacionales (2002, 2006, el referendo que promovió en su mandato, la primera y la segunda vueta presidencial de 2014), se puede ver que el voto uribista es muy estable.  Lo que no tuvieron en cuenta los partidarios del Sí es que el uribismo tiene un banderazo electoral altísimo, con un piso por encima de los 5 millones y medio de votos y que sube muy fácilmente. Tampoco consideraron que está regionalmente delimitado y que eso exigía el desarrollo de estrategias específicas. Los mensajes para Bogotá, donde hay voto de opinión, fueron los mismos para el Eje Cafetero, Antioquia, Tolima y Huila, donde –por diferentes razones– el uribismo tiene más acogida. Ese análisis era necesario, más aún considerando que –a diferencia de las regionales y de la presidencial, en la que estuvo Zuluaga– en esta eleccion Uribe dio los debates por cuenta propia, y no por interpuesta persona. El plebiscito se prestaba al personalismo y Uribe lo jugó así: aunque no todos los del No son uribistas, él supo apropiarse del No.

SEMANA: Algunos analistas señalan que la permanencia del conflicto armado se genera en que los ‘pactos de elites’ , incluyendo los procesos de paz, han sido excluyentes. ¿Qué opina de esa tesis?

F.G.:  No creo en ella.  Hacer referencia a  las fallas de los pactos entre elites es una  sinvengüencería académica.  Colombia tiene una tradición de elites fragmentadas desde el inicio de la república y por cuenta de esa fragmentación no es posible culpar a las elites en abstracto. Y frente al proceso de paz, es obvio que este se haya hecho entre dos actores, el  gobierno y las Farc. ¿Qué proceso de paz no se ha hecho entre elites? ¿Qué proceso de paz no se ha hecho a puerta cerrada?  Lo que sucedió el domingo se debió a todo lo contrario: la paz se expuso a una cacofonía participacionista, en la que quedó en evidencia que en Colombia las elites económicas, las políticas y las regionales no son las mismas.

SEMANA: Explique su tesis de que el error fue exponer los acuerdos a la participación.

F.G.: ¿Cuál era la necesidad de someter el proceso de paz a un plebiscito?  Realmente no lo entiendo. Mire lo que pasó el domingo: por cuenta de un plebiscito, un Estado, que empeñó su palabra con un grupo armado, ahora queda en pausa. No conozco ningún caso en el mundo en donde los acuerdos con un grupo insurgente se hayan sometido a un voto popular.  Esa refrendación ya se había dado en la segunda vuelta presidencial, cuando la mayoría eligió a Santos con la bandera de la paz.

SEMANA:  ¿Acaso el plebiscito no buscaba facilitar la implementación de los acuerdos?

F.G.: Insisto: no era necesario. Los principales procesos de paz que han tenido lugar en el mundo, incluso con insurgencias más poderosas que la colombiana, como el de Nepal o el de Sudáfrica,  fueron  hechos a puerta cerrada entre dos partes.  Y una de esas partes es el gobierno que –además de representar al Estado– representa la voluntad popular. El gran problema aquí fue haber generado un participacionismo alegrón, sin límites y sin estrategia para ganarles a desafíos complejos, como el que representa el uribismo.

SEMANA: ¿Con más de 60 por ciento de abstención, puede decirse que la paz no logró la movilización esperada?

F.G.: El Sí se movilizó y muy bien.  La buena noticia es que la paz tiene muy buenos amigos y logró generar entusiasmo, como lo evidenciaron las marchas de jóvenes.  En la movilización del Sí estuvieron tres sectores comprometidos con el proceso: el voto de opinión urbano, la izquierda y el centro encarnado en la coalición de gobierno.  Incluso Cambio Radical cumplió sus compromisos en la costa.  La abstención fue alta para lo que estaba en juego, pero para los estándares colombianos no fue exorbitante si se considera que era una elección sin candidatos. Si las encuestas no hubieran metido tanto ruido y la actitud de los promotores del Sí hubiera sido más estratégica al dimensionar las bases del uribismo,  el Sí habría ganado. A eso súmele una estrategia de comunicación con muchos desaciertos.

SEMANA:  ¿Cuáles?

F.G.:  La defensa gubernamental del proceso de paz fue fatal. Se dio un discurso defensivo, basado en que el acuerdo –en vez de ser perfecto para acabar la guerra– era “el mejor posible”, y en que para lograr la paz los colombianos deberían tragarse uno que otro sapo. ¿Y a quién le gustaría comerse un sapo?  A pesar de ser un acuerdo extremadamente bueno, con ese lenguaje los defensores del Sí cedieron la mitad de la cancha antes de comenzar el partido. Entre tanto el uribismo se montó sobre el rechazo a la elegibilidad y a la justicia especial,  sin que el gobierno fuera claro en reconocer que no hay ningún acuerdo en el mundo que le haya negado la participación política a la insurgencia.  Los defensores del Sí se concentraron en responderle al uribismo.

SEMANA: Algunos analistas han insistido en que el plebiscito se perdió porque muchos lo interpretaron como uno contra las Farc y no sobre la paz. ¿Qué opina de ello?

F.G.: Eso sucedió en regiones como Tolima y Huila, muy afectadas por las Farc. Pero creo que es una consideración que varía de región a región.  En donde la inserción de este grupo fue mas social y menos violenta,  al Sí le fue mejor.  Pero también creo que los medios de comunicación fueron responsables de que muchas personas interpretaran el plebiscito como una votación contra la guerrilla. Sobre todo la televisión.

SEMANA:  Hablando de ese tema, ¿cómo vio el papel de los medios en la campaña?  ¿Por qué se dio esa ruptura entre los editoriales, los líderes de opinión y el resultado?  

F.G.:  Colombia tuvo una esquizofrenia en términos de información: mientras todos los medios impresos de carácter nacional apoyaron el Sí, los canales privados no se comprometieron con la refrendación.  La televisión, que es el gran medio a través del cual los colombianos forman sus opiniones, no estuvo alineada con el proceso de paz. Mientras Caracol fue muy agnóstico y frío con el proceso, RCN estuvo abiertamente en contra.

SEMANA: ¿Por qué ha sido tan difícil superar el conflicto colombiano?

F.G.: A diferencia de otros países de la región tenemos un síndrome donde se combinan tres cosas: provisión privada de seguridad, debilidad endémica de los derechos de propiedad y exclusión violenta de ciertos sectores sociales en regiones específicas.  Esa combinación es el combustible de la guerra, mucho más que el narcotráfico. Y solucionarla requiere de rediseños institucionales que estaban incluidos en un acuerdo de paz que iba en la dirección correcta y que le apostaba a rediseñar y modernizar la capacidad regulatoria del Estado sobre los derechos de propiedad, una tarea que paradójicamente no se ha podido hacer de otra manera.

SEMANA: Colombia es un país experto en encontrar salidas jurídicas a los bloqueos institucionales. ¿Le ve salidas a este embrollo?

F.G.: Insisto en que este es un tema político compuesto de dos requisitos. Primero, de que los del Sí recuperen algo de oxígeno político, lo cual podría pasar con el Nobel, y, segundo, lograr alternativas negociadas entre gobierno y Farc. ¿Cómo salir de la encrucijada? Si en las nuevas negociaciones el gobierno plantea muchas de las peticiones de Uribe, le da la razón a los del No, y si, en cambio, no considera ninguno de sus ajustes, es difícil tramitar el nuevo acuerdo, tal vez la salida es no hacer ajustes sobre lo fundamental.

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