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| 12/19/1994 12:00:00 AM

A FUEGO LENTO

La propuesta de paz del gobierno genera poco entusiasmo y casi ninguna expectativa, y esa es quizás su mayor virtud.

EL SECUESTRO Y POSTErior liberación de Alfonso Lizarazo por parte de un grupo guerrillero que hasta la semana pasada muy pocos colombianos conocían, resume el ambiente de confusión que vive el país en lo que se refiere al tema de la paz. Al cumplirse los 100 días que se había fijado el gobierno como meta para hacer una evaluación de la situación de orden público y de las posibilidades de llegar a una acuerdo con la subversión, el alto comisionado para la paz, Carlos Holmes Trujillo, presentó al presidente Ernesto Samper un detallado informe sobre el tema. Pero esta noticia casi se ahoga en el mar de informaciones y entrevistas sobre el plagio del conocido animador de Sábados Felices.

Aún así, Trujillo presentó su documento y dio por terminada la etapa exploratoria de la paz para darle arranque a la fase preparatoria. La distinción entre esas dos fases, que pasó inadvertida a pesar de la insistencia del Alto Comisionado en hacerla, tiene un significado importante: deja en claro que, en contra de lo que muchos creyeron entender la semana pasada, el siguiente paso del proceso no es el inicio de los diálogos, sino en el mejor de los casos la preparación de los mismos. Para el gobierno falta aún mucho trecho antes de que sea posible dar comienzo formal a las negociaciones. Por ahora lo que la administración Samper ha hecho es dar una serie de señales sobre la ruta a seguir en espera de que la guerrilla haga lo propio.

La primera de esas señales es de generosidad, que si bien para algunos es excesiva, a la larga no es más que un acto de realismo. Se trata del reconocimiento por parte del gobierno de que la negociación debe darse -al menos para empezar- en medio de las balas. Aunque algunos funcionarios insistan en presentar esto como algo novedoso, el diálogo sin tregua es más un reconocimiento de la realidad que una propuesta innovadora. En el pasado, la exigencia de cese al fuego para sentarse a dialogar hizo tambalear y fracasar las conversaciones. Fué así como la última ronda, celebrada en Tlaxcala, México, en 1992, no se repitió por cuenta del secuestro y asesinato por parte de la guerrilla del ex ministro Argelino Durán Quintero y de otras acciones que el gobierno y la opinión en general leyeron como una señal de absoluta falta de voluntad de paz de los alzados en armas.

Pero si bien esa ruptura tuvo sentido en su momento en virtud de las condiciones que habían sido pactadas, la verdad es que al analizar las experiencias de negociación en otros países es fácil ver que la mayoría de ellas han sido adelantadas en medio de la crudeza de las hostilidades. Augusto Ramírez Ocampo, quien ha sido mediador y testigo de procesos similares en otros países, sostiene que "no se puede pretender hacer la paz antes de sentarse a la mesa de negociación. El cese al fuego es producto del diálogo y, por tanto, no se puede pretender que se de en el inicio de las conversaciones".
Pero, independientemente de lo correcto o incorrecto que sea todo eso desde el punto de vista teórico, en la práctica este planteamiento tiene la ventaja de que, de llegar a arrancar, el proceso de negociación no generará de entrada las falsas expectativas de treguas y ceses al fuego que nunca se han cumplido, desde cuando este mecanismo trató de ser implantado por las comisiones de paz y verificación del gobierno de Belisario Betancur.

En ese entonces las Farc burlaban la tregua, si bien no con ataques armados si con boleteo, secuestros y la multiplicación y fortalecimiento de sus frentes. Y en cuanto al M-19 y el EPL, la tregua estuvo rota siempre, desde cuando se firmaron los acuerdos del Hobo y Corinto, hasta el Palacio de Justicia. En el gobierno de Virgilio Barco, el radioteléfono con el campamento de las Farc en La Uribe, Meta, y los viajes allá del entonces consejero de paz Carlos Ossa, se dieron a pesar de las reiteradas violaciones a la tregua. Y luego, en la administración de Cesar Gaviria, las noticias sobre las rondas de Caracas y Tlaxcala se peleaban las primeras páginas con el registro de las acciones de guerra.

Otro ejercicio de realismo del gobierno es que, tanto el documento del Alto Comisionado como el discurso del Presidente en Popayán al anunciar el plan, hacen el primer esfuerzo claro por aterrizar el cacareado tema de la humanización del conflicto armado, convirtiéndolo ya no en un asunto abstracto de discusión, sino en una serie de reglas de juego en el campo de batalla. Tal y como lo dijo el Presidente, humanizar la guerra quiere decir cosas tan concretas como eliminar el uso de las minas quiebrapatas, que el ELN ha sembrado en algunas zonas de Santander, y acabar con las torturas, los secuestros y la toma de rehenes.

En la misma onda del realismo se ubica el deseo del gobierno de crear pocas expectativas con respecto a los eventuales resultados del proceso. La verdad es que aunque las encuestas indican que dos terceras partes de los colombianos quieren un nuevo intento de negociaciones con la guerrilla, son muy pocos los que albergan verdaderas esperanzas de que el proceso que podría iniciarse en los próximos meses llegue a feliz término. Las decepciones del pasado han dejado una honda huella y hay quienes creen que un nuevo fracaso podría en verdad marcar el final del último intento.

En el marco de ese afán por mantener bajas las expectativas, el Presidente ha expresado su deseo de que el proceso se lleve a cabo en un ambiente de discreción, no sólo para evitar que la receta de los acuerdos se dañe antes de ser cocinada, sino para atajar cualquier tentación de protagonismo de los dirigentes guerrilleros. "Temas como este de la violencia, el narcotráfico o el orden público no pueden ser utilizados para conseguir efímeros protagonismos -dijo Samper-. No es posible hacer la paz en medio de cámaras, grabadoras y libretas de apuntes".

En este punto, las lecciones del pasado también son abundantes. Bajo Betancur llegó un momento en que los guerrilleros se preocuparon más por lo que decían ante las cámaras y los micrófonos, que por lo que planteaban en la mesa de negociaciones y esa tradición se mantuvo bajo Barco y luego bajo Gaviria. Una vez más las experiencias de otros países son útiles: el secreto ha sido la clave de negociaciones tan importantes como la de palestinos e israelíes y las del gobierno británico con el IRA.

Pero mantener la discreción y el bajo perfil informativo del proceso no va a ser fácil. Prueba de ello fueron los hechos de la semana pasada cuando, a raíz de la liberación de Alfonso Lizarazo, ni siquiera el propio Samper se pudo sustraer a la tentación de protagonizar un espectaculo en el avión presidencial y en los salones de la Casa de Nariño, para festejar el regreso a casa del conocido animador. Y esto para no mencionar la forma como algunos noticieros de televisión cedieron varios minutos al grupo guerrillero que mantuvo secuestrado a Lizarazo, con lo cual se confirmó una vez más que el resultado sine qua non del terrorismo es la vitrina que a este le dan los medios de comunicación.

Todo esto no es más que una pequeña muestra del mar de dificultades que puede enfrentar el proceso y de lo débiles que son aún sus bases. Por ello mismo, quizás, el gobierno ha dado muestras de no tener afán. Como lo ha manifestado el mismo Comisionado, el proceso se llevará a cabo "sin prisa pero sin pausa". Varios intentos de pacificación han fracasado en el pasado, y esto no ha hecho más que demostrar que, como lo dijo el presidente del Senado, Juan Guillermo Angel, "del afán no queda sino el cansancio".-
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