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| 9/12/1988 12:00:00 AM

Fueron por lana...

Con los asesinatos de la semana pasada, la guerra entre carteles es cada día más sangrienta.

Cerca de las 12 de la noche del lunes 8 de agosto, el periodista que hacía el turno en la sede de la emisora de Caracol-Medellín, recibió una llamada telefónica: "Hemos recuperado para nosotros a tres sicarios contratados por el Cartel de Cali para asesinarnos", dijo una voz al otro lado de la línea. A las dos horas recibió otra llamada y escuchó la misma voz anónima: "Los sicarios acaban de morir", dijo, y dio la dirección del sitio donde estaban los cadáveres. El periodista, que no estaba enterado de lo ocurrido la tarde anterior en Manizales, llamó a la Policía y la enteró del extraño asunto. De inmediato una patrulla acudió al sitio señalado y efectivamente allí, en el kilómetro 12 de la carretera de Medellín al municipio de San Pedro, se encontró con el macabro cuadro: tres cadáveres amarrados en sus extremidades, con los rostros cubiertos con bolsas de polietileno y más de 70 impactos en el cuerpo, de fusil R-15 y pistola 9 milimetros. Por sus documentos fueron identificados como Plinio Esteban Marrugo Torres, Jorge Eliécer Rodríguez Palacio y Javier Elías Maya Perea. Estaban exactamente al frente de la cuneta donde el pasado 11 de junio fueron hallados ametrallados los cuerpos sin vida de los cinco ex militares que, según el cartelito que los criminales dejaron a su lado, eran miembros del Cartel de Cali contratados para atentar contra personas de Medellín.
Todo indicaba que se trataba pues de otro episodio de la cada vez más cruenta guerra que desde principios del año libran las mafias de Cali y Medellín, que como en el caso de los cinco ex militares, también comenzó con un espectacular secuestro y tuvo la misma dosis de crueldad. Los tres hombres habían sido secuestrados la tarde anterior en las calles de Manizales; literalmente "arrebatados" a una patrulla de Policía que custodiaba su traslado desde el juzgado que les seguía un proceso, hasta la cárcel de esa capital. Un comando de unos 15 hombres, a bordo de dos camperos Toyota, armados hasta los dientes, interceptó el furgón de la remisión y se llevó a los tres hombres después de desarmar y amordazar a los tres policías que los vigilaban, quienes fueron hallados hacia la media noche dentro del furgón abandonado a unos 50 kilómetros al sur de Manizales. El secuestro ocurrió hacia las 5 de la tarde y dada la rapidez con que se cumplió el traslado de los tres retenidos a Medellín, se puede pensar que tuvo lugar en helicóptero.
Pero este episodio y su desenlace tuvo su historia. La primera parte ya había sido protagonizada por la policía. Todo comenzó con la captura casual de Marrugo Torres por parte de una patrulla móvil que lo interceptó en la carretera entre Riosucio y Supía, en el departamento de Caldas. Este individuo venía solo manejando un campero Toyota, en cuyo interior tenía camufladas dos subametralladoras, tres revólveres, dos pistolas, cinco granadas, diez kilos de dinamita y 450 cartuchos. Venía de Cali con destino a Medellín, a donde fue trasladado y puesto a órdenes del F-2. Tras su interrogatorio, se pudo establecer que había sido contratado para traer el arsenal desde la capital del Valle y para ello había recibido ya 200 mil pesos, con promesa de pago de otro tanto cuando terminara su tarea. Las armas las debía entregar a Jorge Eliécer Rodríguez y a Javier Maya Perea, cabecillas de una banda de sicarios de Medellín, quienes, según una fuente del F-2, habían recibido órdenes y dinero de personas vinculadas al narcotráfico en Estados Unidos y Cali para atentar contra personas de Medellín, cuyas identidades las autoridades guardaron en reserva. El Toyota había sido entregado a Marrugo Torres en las oficinas de Agropecuaria Betania de Cali.
Con la información obtenida del detenido, los detectives actuaron rápido y en menos de 48 horas ya habían efectuado una serie de allanamientos que les permitió capturar otras 11 personas más. Entre ellas, y para efectos de la investigación, estaban la señora Fabiola Rosa García de Alvarez y sus hijas Sandra y Claudia, de quienes se dijo que actuaron como intermediarias en la transacción con los sicarios.
Como la incautación de las armas, que originó todo el operativo en la capital antioqueña, se produjo en territorio de Caldas, por competencia el caso y los detenidos pasaron a órdenes del Juez Unico Especializado de Manizales. Este traslado se produjo el jueves 4 de agosto. Tres de los doce detenidos quedaron en libertad. Los restantes al lunes siguiente fueron sometidos a indagatoria. Por la mañana el juez recibió declaraciones de dos grupos de tres y en esas diligencias no se presentó ninguna novedad. Pero el grupo indagatoriado en la tarde, conformado precisamente por los cabecillas de la banda y por lo tanto por los más comprometidos en el proceso, fue secuestrado cuando regresaban a la cárcel municipal, mediante la relatada operación tipo comando, que no tiene precedentes en las tranquilas calles manizaleñas.

Otros ecos de la guerra
El triple asesinato, sin embargo, no fue en los últimos días el único caso encasillado en la llamada guerra de Carteles. En medios enterados se asegura que la muerte de un individuo de Envigado, apodado "Berracol", ocurrido la semana antepasada en Bogotá, también se adjunta a los partes del conflicto entre mafias. En el vehículo en el que éste fue acribillado, también viajaba un capitán retirado del Ejército. "Berracol" era considerado como uno de los socios de peso del Cartel de Medellín. A este caso se asocia también el asesinato de Jesús Ovidio Cadavid, socio de "Berracol", acribillado el miércoles pasado en las calles de Envigado. La semana pasada además, un periódico de Nueva York informó sobre dos nuevos crímenes vinculados a vendetas entre las mafias colombianas.
El F-2 de Antioquia se encuentra igualmente en la investigación del origen y los vínculos que pueden tener con toda esta cadena de retaliaciones dos hechos extraños ocurridos en Medellín el martes pasado. Uno tiene que ver con el misterioso asesinato de un comerciante de Buga, cuyo cadáver fue encontrado con tres tiros, en el interior de una habitación del Hotel Amarú, en pleno centro de la ciudad. Había llegado dos días antes al hotel y, según documentos que tenía en su poder, había hecho algunas transacciones comerciales. Se llamaba Guillermo Bolívar Candado, de 26 años de edad. Todo parece indicar que el arma homicida fue accionada con silenciador.
Y el otro confuso incidente fue el secuestro de tres personas en el edificio Inagro del barrio El Poblado. Doce hombres, algunos vestidos con prendas de uso privativo de las Fuerzas Militares, se tomaron la edificación y de un apartamento sacaron a Elkin Mesa, propietario de negocios de restaurantes, a su gerente Alfonso Vargas y al mensajero Richard Jaramillo. Se los llevaron en dos vehículos Mazda y al cierre de esta edición, su paradero y móvil del secuestro eran desconocidos.
En fin, nadie puede negarlo: la guerra continúa y cada vez se hace más intensa y más cruel. Por ahora, sus episodios centrales tienen que ver con retaliaciones a nivel de sicarios y de algunos mandos medios, aunque las autoridades reconocen, al menos en el caso del hombre conocido como "Berracol", que se trata de una de las piezas claves en el funcionamiento del Cartel de Medellín. La pregunta es entonces, si se tiene en cuenta que ha resultado imposible controlar las cosas a pesar de que aún la guerra no ha tocado a las grandes cabezas, qué va a suceder cuando éstas empiecen a rodar.--
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