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| 4/20/2015 10:00:00 AM

“Fui víctima de un atraco que me pudo costar la vida”

Esta vez la voz del ciudadano la tiene un periodista de este medio quien fue atracado y apuñalado en Bogotá.

Mi nombre es Samuel Salinas Ortegón, trabajo como redactor de contenidos en la revista que hoy me da la oportunidad de contar mi historia. Varias veces he tenido que escribir notas sobre secuestros, robos y asaltos y ahora tuve, por fuerza mayor, que ser el protagonista, la víctima de un atraco que pudo haberme costado la vida.

Sucedió el 28 de marzo a las 11:00 p. m. No los vi, no recuerdo qué me dijeron ni en qué momento me atacaron con lo que, presumo, era una navaja.

Esa noche tenía previsto encontrarme con una persona para salir. Estaba a cinco minutos de mi destino cuando en la esquina de la carrera 24 con calle 47 (Galerías), sentí que alguien por detrás me tomó por los brazos.

Mi reacción, mi reflejo, fue intentar zafarme, ¡grave error! No sé por qué tengo recuerdos vagos, o por qué las palabras que me dijeron para que les entregara el celular no retumban en mi cabeza. Tan solo guardo la frágil imagen de uno de los hombres cuando cruzó su cara frente a la mía. Era de raza negra, tal vez me detuve en él ya que fue quien segundos antes me había lanzado varios navajazos en el brazo. Lo hizo hasta el momento en que solté el celular. Luego me botaron al piso y sentí una patada que fue el punto final del ataque.

Indignado, triste y sobre todo impotente, me paré y vi a los dos hombres que corrían por el andén en dirección al sur por la avenida 24. Luego bajaron por una calle, supongo que a esconderse en un canal que queda unos metros más abajo. En ese momento pensé en salir detrás de ellos y, con la ayuda de alguien más, intentar alertar a la Policía.

Pero nada, a pesar de la hora, ni un alma cruzó por esa calle. Desistí de cualquier acción al ver como brotaba la sangre de mi brazo, era cierto, por primera vez en mi vida había sido atacado con una navaja.

Mientras revisaba el brazo, un taxista paró su vehículo para preguntarme: “¿Lo atracaron?”. Yo le respondí que sí con la esperanza de recibir algo de ayuda. “No lo llevo a un hospital porque me mancha el carro de sangre”, me dijo sin el menor recato. Luego señaló el lugar en en cual había un CAI, que me fuera para allá.

En el piso encontré lo que era un pasamontañas que supongo pertenecía a uno de los hampones. Lo recogí con la estúpida idea de que sirviera a la Policía de prueba para intentar conocer algún dato que ayudara a una posterior captura. Fantasía de las películas gringas.

Una cuadra más allá una joven y su novio se me acercaron para preguntarme qué me había pasado. Les dije lo mismo que al taxista, pero esta vez la solidaridad se hizo presente y los dos muchachos me tomaron de un brazo y me acompañaron al CAI. 

Los agentes de turno no se impresionaron, actuaron como si este fuera el pan de cada día. Me preguntaron un par de datos y me pidieron que me subiera a la patrulla para llevarme a la clínica Palermo. Allí me dejaron y no volví a verlos.

No sé por qué cuento esto. Tal vez porque ya lo he repetido a muchos amigos y quiero, con este relato, cerrar este capítulo.

Pero también creo que lo hago porque a pesar de las 11 puñaladas, cuatro de ellas en la espalda, conté con suerte. Lo digo porque ningún órgano fue afectado y todo parece indicar que no habrá secuelas.

Tuve la suerte que no han tenido otros, como la del joven arquitecto Steven Heller quien el 29 de marzo, horas después de lo que me ocurrió a mí, murió en San Francisco de Sales (Cundinamarca) por una puñalada luego de que le quitaran su bicicleta. A ese caso se suma el de la profesora Mónica Bravo quien tras ser asaltada y apuñalada en diciembre del 2014, su cuerpo fue arrojado desde un vehículo a un andén del barrio El Campín.

La vida no vale nada. No vale para el taxista que seguramente al ver el atraco esperó para preguntarme una obviedad y que representa la falta de solidaridad de algunos colombianos. No vale para el Policía que se acostumbró a recoger el muerto. No vale para la EPS Compensar que no da citas para un médico general que remita al especialista de mano.

Tampoco tiene valor para los mandatarios quienes en lugar de diseñar políticas de seguridad piden a los ciudadanos esconder el celular para que no los roben. Y mucho menos vale para los hampones que sin misericordia son capaces de matar a otro ser humano para ganarse unos pesos.

Bogotá, como otras ciudades de este desvalido país vive bajo el imperio del hampa. Yo lo comprobé en carne propia y ahora me aterra saber que alguien, en este momento, puede ser víctima de un par de malandrines y del desamparo de una sociedad.
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