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| 8/5/2006 12:00:00 AM

Fumigar, ¿un mal menor?

La bomba de las Farc que mató a seis campesinos erradicadores obligó al gobierno a optar por la aspersión aérea en La Macarena. Otra decisión apresurada

El presidente Álvaro Uribe anunció que fumigará el Parque Natural La Macarena. El golpe de gracia a la Operación Colombia Verde llegó la semana pasada, cuando las Farc asesinaron con una enorme mina a seis campesinos erradicadores y dejaron gravemente heridos a otros siete.

Colombia Verde había comenzado luego de que, en diciembre, las Farc mataron a 29 soldados en Vistahermosa, Meta. Esta emboscada se convirtió en el mayor revés militar de los últimos cuatro años y desató la ira del Presidente, quien decidió desafiar a la guerrilla con un envolvente operativo para erradicar a mano la coca del parque. El balance, siete meses después, es de 22 personas muertas, entre civiles y policías, y una treintena de heridos.

Hace seis meses muchos agoreros levantaron la voz para advertir que la Operación Colombia Verde terminaría mal. Si bien es loable el programa de erradicación manual que se viene haciendo con 64 grupos en otras regiones del país, hacerlo en La Macarena, que es literalmente la casa de las Farc, era un riesgo demasiado alto que no podía ser compensado ni siquiera con la desaparición total de las 4.558 hectáreas de coca que había allí en ese entonces.

Bastaron dos semanas para que las predicciones se cumplieran. De los 930 erradicadores que iniciaron labores, desertaron las dos terceras partes, después de los primeros ataques de francotiradores contra la Policía -que dejaron seis muertos-, y las primeras minas antipersona sembradas en las matas de coca, que mataron a dos erradicadores. La mayoría de los civiles no encontró en los 27.000 pesos de jornal un incentivo suficiente para arriesgar la vida. En ese momento se debió replantear la operación. Porque con la tercera parte de los erradicadores, la operación se hizo más costosa y larga. Así las Farc han tenido mayor posibilidad de atacar.

El operativo para garantizar la seguridad de los erradicadores es complejo, y sus costos, abrumadores. Mientras una hectárea erradicada manualmente en otra zona cuesta en promedio 400 dólares, en La Macarena está alrededor de 2.000.

A pesar de las dificultades, la operación no se replanteó. Quizá porque para el Presidente tenía un alto costo político admitir que se había equivocado, en plena campaña electoral. Tal vez porque realmente el gobierno consideró que al mejor las condiciones logísticas, se bajarían los riesgos. El propio Uribe viajó a La Macarena. Llevó 1.000 policías más y les ofreció a los erradicadores que se quedaron un subsidio de vivienda que los animó a seguir. Efectivamente, el trabajo de los grupos jungla de la Policía, de los batallones del Ejército y de los grupos antiexplosivos fue excelente. Desactivaron 228 minas antipersona y siete casas bomba. Durante cuatro meses se bajó la letalidad a cero.

Policías, erradicadores y funcionarios de la Presidencia hicieron un trabajo heroico para arrancar 2.900 hectáreas a mano. Durmiendo en cambuches, comiendo apenas lo necesario, lejos de sus familias e incomunicados por más de 45 días. Con los combates a su alrededor, soportando lluvia, sol y las enfermedades propias de la selva.

Pero el heroísmo no lo es todo. La guerra colombiana es dinámica y las Farc se dedicaron a innovar las armas para golpear la operación. Primero, atacando a los policías. Luego, promoviendo una manifestación de cocaleros que obligó a suspender el trabajo por 10 días. Y finalmente, poniendo como blanco a los campesinos que aceptaron el sacrificio de seguir en La Macarena como el mal menor de sus vidas. "Uno sale de aquí con deseos de no volver, pero cuando ve a la familia pasando hambre, se devuelve", dice Martín Quiroz, de 22 años que habló con SEMANA en junio, en La Macarena, .

Las minas se encontraron primero en la tierra, luego, colgando de los árboles. Y esta bomba que acabó con las vidas de los seis erradicadores estaba enterrada a cinco metros de profundidad.

Por este hecho, Uribe tuvo un nuevo arrebato y anunció que La Macarena será fumigada. Una decisión que había sido tomada desde el año pasado por el Consejo de Estupefacientes y que había quedado en suspenso por las enormes críticas que recibió de la comunidad internacional. Colombia es el único país del mundo donde se fumiga para acabar con los cultivos ilícitos.

La sevicia de la guerrilla ayudará sin duda a que la noticia sea recibida con menos rechazo, y hasta con complacencia. Según el ministro del Ambiente, Juan Lozano, el daño ecológico ha sido causado ya por la depredación del bosque que han hecho las Farc con los cultivos ilícitos. Pero ello no justifica que el Estado ponga su cuota de daño, apoyado en el sofisma de que fumigar es el mal menor. Obviamente, comparada con las muertes que produjo la erradicación manual, la aspersión hasta parece humanitaria. De hecho, las 2.000 hectáreas que aún hay en el parque serán fumigadas en cinco días. Cinco días, cero muertos y 600 dólares por hectárea. Una decisión pragmática, sin duda.

Pero ¿resuelve la fumigación el problema de los cultivos en este parque?

Según la oficina contra las drogas de Naciones Unidas, no importa el método si no se controla la resiembra. En La Macarena este es el eslabón perdido. En las zonas que fueron erradicadas con tanto sacrificio, ya empezó. Los campesinos que allí habitan no tienen títulos sobre esa tierra porque es una reserva natural. Por esa razón, el gobierno no impulsará allí cultivos alternativos. Y por eso, aunque aparentemente fumigar sea una solución, en realidad, no lo es. Por el contrario, puede ayudar a empeorar la situación, pues se ha probado que una vez fumigado el territorio, la gente sigue abriendo selva, para seguir cultivando. Quizá sea el momento de repensar toda la estrategia de lucha contra los cultivos ilícitos, que ha demostrado ser ineficiente. Posiblemente la clave no esté en las matas de coca, sino en los miles de campesinos que se sustentan de ella.
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