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| 7/3/2000 12:00:00 AM

Gabinete nuevo, vida nueva

En el nuevo gabinete habrá liberales oficialistas —turbayistas, lopistas y gaviristas— pero lo verdaderamente nuevo es el espacio pluralista de concertación.

El eterno retorno de lo mismo parecía ser el título de la foto del pasado viernes en la que aparecían los ministros del Interior, Humberto de la Calle, y de Hacienda, Juan Camilo Restrepo, y la plana mayor del liberalismo: Germán Vargas Lleras, María Teresa Uribe y Luis Guillermo Vélez. Los mismos que dos semanas atrás se insultaron públicamente, dentro y fuera del recinto del Congreso.

Pero así es la política. La paz que recobró el gobierno con su decisión de echar para atrás la revocatoria del Congreso tiene precisamente esa consecuencia: hay que negociar con el Congreso.

A ello se prepara el gobierno en esta semana, en la cual se llevará a cabo la primera gran crisis de gabinete del cuatrienio. La noticia es que el nuevo gabinete incluirá ministros liberales. Es decir, que será igual que el anterior, sólo que los liberales de la Alianza darán paso a liberales oficialistas. El liberalismo dirá que los ministros liberales están en el gabinete a título personal, pero la verdad es que esos ministros liberales serán los encargados de garantizar las nuevas mayorías para sacar adelante los proyectos económicos y las iniciativas oficiales.

Porque lo cierto es que la mejor garantía de que el Congreso sacará adelante las reformas no es la firma del jefe liberal, sino el garrote y la zanahoria oficiales en manos liberales.

Como quien dice, nada ha cambiado. ¿O sí?



Oxígeno y las mesas de la concertación

La conformación de un nuevo gabinete le permite al gobierno recomponer las fuerzas políticas y oxigenar su equipo de más cercanos colaboradores que se han desgastado —o fueron dados de baja— en el fragor de la guerra política con la oposición. En este sentido el gobierno está buscando una mayor representatividad y por eso le ha coqueteado a varias personalidades del liberalismo, más del lopismo, el turbayismo y el gavirismo que del serpismo.

Es obvio que Serpa se oponga. “Lo que se está cocinado es un gabinete con la inclusión de liberales, dijo a SEMANA. Y la posición mía es radical: así el partido diga que sí, yo no le jalo. Es volver al Frente Nacional. Se habla de amplitud y se vuelve a lo mismo de hace 50 años. Es un pésimo mensaje para un país que quiere situaciones distintas”. La intención del gobierno es conformar un gabinete de unidad nacional que le permita recuperar un margen de maniobra política perdida durante la ‘guerra de las revocatorias’. Para el canciller Guillermo Fernández de Soto, no se trata de hacer acuerdo burocrático: “El país está cansado de esos acuerdos. De lo que se trata es de que se puedan liderar consensos esenciales sobre los grandes temas. Y en la integración del gabinete el Presidente aspira a personas, más que a sectores, de mucha representatividad nacional que se la quieran jugar”.

En la composición del gabinete Pastrana tiene a mano una carta adicional: puede incluir o no integrantes de las fuerzas gremiales, independientes o de izquierda, con lo cual rompería el esquema bipartidista que se ha planteado una vez más.

Lo verdaderamente nuevo, sin embargo, no será el gabinete ni el estilo. El nuevo ambiente político trajo consigo la semana pasada las mesas de concertación —integradas por funcionarios del gobierno, voceros de los dos partidos, pero también de los movimientos, los gremios, los sindicatos y la academia— para trabajar los temas de empleo, pensiones, transferencias territoriales, paz, relaciones internacionales y narcotráfico.

No obstante, en el pasado el gobierno ha dado suficientes muestras de cinismo en el manejo de foros similares como para que se haga necesario el escepticismo. Las mesas de concertación pueden ser, si son bien manejadas, un escenario sin igual para ampliar los temas del país que se discuten en el Caguán, para recuperar la política de manos de la guerrilla. Pero pueden ser, también, la mampara tras la cual el gobierno esconde sus negocios frentenacionalistas, caso en el cual todo sería lo mismo que antes.

A todo lo anterior se suma el que el gobierno y los liberales llegaron a un acuerdo para presentar un nuevo referendo al Congreso cuyo contenido es el mismo del referendo que cursa en el Capitolio pero sin la revocatoria de los congresistas, el Tribunal de Etica y las reformas a asambleas y concejos.

Soplan, sin duda, buenos vientos.



Nuevo comienzo

El primer hecho que va a poner a prueba la actitud de concordia y la fortaleza del acuerdo entre los liberales y el gobierno es la elección de las mesas directivas del Congreso. Los liberales, temerosos de que el Ejecutivo meta baza en la elección, han exigido que les sean respetados los temas del Congreso donde tienen mayoría. “El tema de fondo es si el gobierno va a patrocinar un nuevo lentejismo comprando congresistas al menudeo o si no se va a meter en la elección de mesas directivas”, dijo el senador liberal Rodrigo Rivera.

Esta elección también va a ser definitiva para calibrar el grado de desconfianza entre el Ejecutivo y el liberalismo. Porque más allá de los abrazos y las fotos, la realidad es que ni el Partido Liberal le cree al gobierno debido a los reiterados bandazos y rectificaciones en su improvisado manejo político, ni el gobierno le cree a los liberales porque detrás de su ‘oposición patriótica’ no ven otra cosa que una lucha por su supervivencia burocrática y electoral. “La desconfianza es normal. Pero hay que construir una confianza mínima para que los consensos sobre los grandes temas funcionen. Y el Presidente quiere liderar y demostrar que somos capaces de sentarnos en una mesa para sacar los tema del país adelante ”, dijo el canciller Fernández de Soto.

Pero aun si se desactivan estas prevenciones surgen otro tipo de obstáculos en la búsqueda de los acuerdos políticos. El más importante radica quizás en la aprobación del paquete de medidas económicas. Porque si bien el recorte fiscal o las privatizaciones son económicamente indispensables para el gobierno, son políticamente contraproducentes para los liberales: según ellos se trata de medidas impopulares en época electoral. Sobre todo, teniendo en cuenta que los liberales han empuñado la bandera social y por esa vía están capitalizando todos los desaciertos económicos del gobierno. “El liberalismo va a hacer una defensa muy fuerte de los trabajadores. Hace parte de su concepción socialdemócrata. Y cuando el tema económico se va ideologizando los acuerdos se complican ”, dijo un dirigente liberal a SEMANA. Por eso un tránsito exitoso de estas reformas dependerá, en gran parte, de qué tanta influencia tenga el nuevo gabinete sobre el Congreso.

Por último está el tema de cómo llegar a un acuerdo en la reforma política en la que tanto gobierno como oposición se ven muy dispuestos ya que nadie quiere quedar mal ante la opinión si de depurar las costumbres políticas se trata. Sin embargo dicha reforma tendrá que pasar —si no quiere ser hundida— por el replanteamiento de incisos tecnicoelectorales que no afecten la unidad del Partido Liberal, como los son la lista única y el voto obligatorio por una sola vez. Temas aburridos y técnicos pero fundamentales a la hora de acceder al poder.

El éxito de este largo y tortuoso proceso de concertación dependerá en gran medida de la habilidad política del gobierno para sortear los problemas y generar consensos. Y a pesar de que están en juego reformas de fondo para el futuro de país, todo dependerá del manejo de la forma. Es decir, del arte de hacer política. Materia en la cual el gobierno ha demostrado, hasta ahora, ser todo un aprendiz.
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