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| 4/19/2014 11:00:00 AM

Gabo: Inmortal

Se nos fue el colombiano más importante de todos los tiempos.

El jueves Santo de 2014 Colombia se quedó sin el colombiano de mayor estatura en el mundo y el único que, a punta de imaginación, había logrado la admiración y el respeto prácticamente unánimes de todos sus compatriotas.

Tristemente, la suya era una muerte esperada. Gabriel García Márquez tenía 87 años, estaba enfermo, había dejado hacía poco un hospital en Ciudad de México, y días atrás su familia había aceptado que su estado de salud era frágil y susceptible de complicaciones. 

Al retornar a su casa del barrio El Pedregal de San Ángel, donde vivió cerca de medio siglo, hubo más silencio, cábalas y plegarias por su suerte que noticias ciertas sobre su estado. Pero desde el lunes, se sospechaba lo peor. Una semana antes había salido del Instituto de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán de la capital mexicana donde lo atendieron, según la versión oficial, por deshidratación y una infección pulmonar y urinaria. 

No hubo honras fúnebres y sus cenizas fueron incineradas en privado, como lo anunció un lacónico comunicado leído el jueves por la directora del Instituto Nacional de Bellas Artes de México, a pedido de la familia. Al cierre de esta edición, se avecinaba un homenaje póstumo en el Palacio de Bellas Artes de la capital mexicana, el lunes 21, y no había noticias sobre el lugar donde iban a reposar las cenizas.

Las circunstancias precisas que rodean su muerte no se han hecho públicas y, en realidad, no importan. Lo único que cuenta es que se fue Gabo. El hombre que quizá más ha contribuido en la historia a delinear la identidad de Colombia y los colombianos.

Desde pasado el mediodía del jueves 17, el país y el mundo se han llenado de lugares comunes. Todos, desde el presidente Santos hasta sus colegas de otros países, expertos, críticos y medios de comunicación de todas partes del mundo han coincidido en declararlo el colombiano más importante de todos los tiempos. Barack Obama dijo que era “uno de los más grandes y visionarios” escritores. Del mundo entero llovieron los elogios y las condolencias, marcados por palabras como “el más grande”, “el inmortal”, “el hijo del telegrafista”... En fin. Los homenajes a Gabriel García Márquez, a partir del día en que él ya no está para perturbarlos con sus comentarios socarrones y fulminantes, abundan en frases como esas. Pero nada más injusto y equivocado que descartarlos por consabidos. Todas esas declaraciones que invadieron los medios de Colombia y del mundo desde que se conoció la noticia, son expresiones de devoción, de respeto y, sobre todo, de reconocimiento. En su propia nación, el presidente decretó tres días de luto.

Porque en el fondo cada colombiano, de izquierda, de centro y de derecha, del campo y la ciudad, rico y pobre, pese a sus inmensas diferencias, más allá de las pasiones de la política y por encima de los fragores del conflicto armado que divide al país hace 50 años, lleva impreso en un rincón del alma el mismo ADN con el que está fabricado Cien años de soledad. Macondo no solo es un invento literario universal, que cautiva por igual a un japonés, un islandés y un venezolano, sino una parte sustancial de la identidad de ser colombiano.

Y para el mundo, Colombia tampoco es la misma antes y después de la llegada del hielo a ese pueblito tan imaginario como real, poblado no solo por generaciones del apellido Buendía sino por 47 millones de colombianos y sus hijos, sus nietos y sus tataranietos.

Por un momento, una rara coincidencia pareció apoderarse de un país tradicionalmente convulso y polarizado. Los más extremos representantes del espectro político tuvieron frases similares. “Millones de habitantes del planeta se enamoraron de nuestra patria en la fascinación de sus renglones”. Así le habló en Twitter a García Márquez el expresidente Álvaro Uribe. “La partida de este gigante de las letras, ha congregado en un solo manojo de identidad, solidaridad y luto a Colombia”, escribieron las Farc desde La Habana. 

Incluso la única excepción (reflejo de hasta donde las pasiones atraviesan a Colombia) despertó un coro de indignación. Cuando la recién electa senadora del Centro Democrático Maria Fernanda Cabal publicó una foto de Gabo con Fidel Castro, acompañada por un insólito “pronto estarán juntos en el infierno”, redes sociales, medios de comunicación y voceros de todas las tendencias la condenaron unánimemente.

Esa es la muestra de que el hombre que murió en México después de vivir cerca de medio siglo fuera de su país era, pese a ello, el más colombiano de todos los colombianos, como lo reconoce la inmensa mayoría de sus compatriotas. Francia no se puede entender sin Balzac o Flaubert, ni Rusia sin Dostoyevski y Tolstoi. Colombia no se puede entender sin García Márquez. Se lo ha comparado con Shakespeare o Cervantes por su estatura literaria y el calibre de su obra, pero él es, además, a Colombia y los colombianos –y a la manera como en el mundo ven a este país y su pueblo– lo que aquellos dos son a Inglaterra y a España.

De ahí su estatura. Y también su complejidad. 

En un artículo de la edición especial en homenaje a Gabo que acompaña a esta revista, su biógrafo, Gerald Martin, dice que su trayectoria literaria “puede resumirse en dos palabras: poder y amor. Es difícil pensar en algún otro escritor desde Shakespeare que se haya concentrado con tanta tenacidad y obsesión en estos dos temas, que unen lo público y lo privado en mil formas diferentes”.

Ambos temas, como dice Martin, fueron el centro de los más de 40 libros que escribió. Y también, podría añadirse, fueron las claves de su larga vida, a la que le tocó el siglo veinte con casi todos sus tumultos, internacionales y locales (Gabo era casi adulto cuando terminó la Segunda Guerra Mundial y al empezar la Violencia en Colombia). Dos cosas que se le han criticado insistentemente en su vida personal: su fascinación por el poder y los poderosos (que él mismo confesó) y su ‘amor’ incondicional por algunos de los más polémicos entre ellos.

Aunque, dicho sea entre paréntesis, si hay en la vida de Gabo una constante poderosa, más poderosa que todas las demás, según él mismo, es su amor por Mercedes Barcha, su mujer desde antes de La Jirafa, su columna primeriza en El Heraldo de Barranquilla, hasta su muerte y más allá. Al punto de que es imposible concebir su obra sin la influencia poderosa de esa mujer que lo acompañó y lo respaldó en los momentos en que la gloria parecía aún esquiva. La misma que, cuando llegó, se convirtió en su ángel guardiana hasta los últimos momentos de su existencia.

El caso es que de Bill Clinton a Fidel Castro o Felipe González, para no mencionar sino algunos nombres en una lista tan políticamente exuberante como nutrida, Gabo no solo tuvo los amigos más distintos y distantes sino que les guardó fidelidad por décadas. Su amistad con Castro, a quien conoció en 1975, ha sido objeto de polémicas interminables, pero sobrevivió a todas las presiones y todos los incidentes. Desde que Cien años de soledad lo catapultó a la fama en 1967  y, sobre todo, desde que ganó el Nobel en 1982, el escritor inmortal convivió en el mismo ser  con el mortal fascinado por las mieles del poder. En 2007, cuando la Real Academia de la Lengua Española celebró sus 80 años comparándolo con Cervantes, los poderosos amigos de Gabo eran una pléyade.

Otra crítica, muy colombiana y probablemente aún más injusta que la de tener amigos como Fidel o gustarle el poder, es que viviera lejos y desconectado del país. A muchos se les olvida que, si Gabriel García Márquez terminó convertido en una figura definitoria de la identidad colombiana moderna fue precisamente porque era colombiano hasta el tuétano. 

No solo era caribeño, sino de un pueblito de calles polvorientas, como media Colombia. No solo era fanático del vallenato y amigo de sus cantores y parrandero de sus festivales (y responsable, según algunos, de la celebridad del género), sino tan colombiano como la historia de su país. A algunos les interesa olvidar que García Márquez tuvo que buscar asilo en tiempos del Estatuto de Seguridad de Turbay Ayala para que no lo metieran a la cárcel. O que por años estuvo ‘descertificado’ por Estados Unidos, adonde no podía entrar, hasta que le levantaron la restricción. Y que lo sacaron de Prensa Latina, la agencia oficial cubana, por poco ortodoxo. Y, aunque entrevistó a Chávez en 1999, según cuentan, nunca se volvió amigo de él. Y conservó entre sus amigos a un comunista de los años cincuenta que se volvió derechista: Plinio Apuleyo Mendoza. Y que escribió poemas. Y una larga lista de ‘colombianidades’…

El diario El Tiempo le dedicó en estos días el que es quizá el único editorial repetido de su historia (o, por lo menos, adelantado: se publicó en internet el jueves y en papel el domingo), para celebrarlo como “el colombiano más notable de todos los tiempos”. En eso coinciden todos, en que Gabriel García Márquez es el ‘primer compatriota’ de la historia. Su obra no es un invento fabuloso. Es el diario minucioso de un país inacabado, maltrecho, fantástico que solo empezó a reconocerse a sí mismo en toda su plenitud y todas sus contradicciones cuando él lo escribió. 

Por eso son irrelevantes esas críticas y todas las que se puedan hacer al Gabo hombre y personaje. Es el colombiano más importante de todos los tiempos. En vida, con su obra le dio identidad a una nación. Su muerte debería poner a pensar a sus compatriotas quiénes somos y para dónde vamos. Dibujó un lugar que se convirtió en el símbolo mágico de una nación. Pero también dibujó un destino tremebundo, resumido en una de las frases finales más célebres de la literatura, que constata el último sobreviviente de un pueblo borrado de la faz de la tierra por el viento: "las estirpes condenadas a cien años de soledad no tienen una segunda oportunidad sobre la tierra".

 ***

Otro jueves santo, uno sin fecha y sin tiempo, quizá hace más de cien años, se fue al cielo otra persona: Úrsula Iguarán. Esa colombiana, como Aureliano Buendía, tiene la vida eterna de Sancho Panza o de Raskólnikov. Con ellos, sobrevivirá Gabriel García Márquez por los siglos de los siglos. Y, si logra hacer gala de un mínimo de inteligencia, su estirpe. La nuestra.

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