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| 11/12/2016 3:14:00 PM

El antifaz de los mineros ilegales

Semana.com reproduce los trabajos ganadores del Premio de periodismo regional Semana-Argos. Esta es la primera entrega del mejor reportaje escrito, publicado originalmente en El Nuevo Liberal de Popayán.

“La ley del minero acá es pasar de la mina a la cantina, de la cantina a la vagina, de la vagina a la ruina y de la ruina de nuevo a la mina”. Eso dice Fares Carabalí al hablar de los mineros negros a quienes les administra las vetas doradas que hay en el cerro Teta en el municipio de Buenos Aires, Cauca. Lo hace para describir esa miseria que parece una condena y para justificar la presencia de los mineros blancos quienes, con tecnología y plata, son protagonistas de una disputa desigual en el territorio: el que más corra es el que más gana.

Fares es el gerente de la Cooperativa de Mineros de Buenos Aires (Coomultimineros). Hace cuatro meses, el 17 de julio, salía del despacho del alcalde, Elías Larrahondo, cuando decidió atenderme. Bajó corriendo del segundo piso y se subió a una camioneta 4×4 blanca con vidrios polarizados para atravesar dos cuadras del pueblo y llegar a su oficina. Ahí, tiene una colección de almanaques argollados que muestran en su carátula un negro sonriente de overol naranja y casco con linterna. Él mira con ojos de codicia el símbolo que brilla y humilla: un negro inclinado con su batea, dibujado con tinta dorada. Es el logo de la empresa Giraldo y Duque Ltda. en sus 40 años.

Giraldo y Duque Ltda. no es la empresa de los negros, es una empresa foránea, hoy metida en el corazón del cerro Teta, que se alza después de atravesar la cabecera municipal de Buenos Aires. Alrededor de la montaña hay 400 socavones que son la herencia de los negros esclavos de la colonia. A sus pies se arrastra el río Teta, cuyas orillas, la mayor parte del día, están pobladas por chatarreras: mujeres afro que recogen las piedras que desecha el minero. Mira Sol Lucumí es una de ellas. Una negra de 40 años y madre de cinco hijos, que busca llenar un balde con esas rocas grisáceas para lavarlas y encontrar “un pedacito de mina”, un pedacito de oro.

—Quincenal, uno a veces hace dos gramitos. Luego de pagar la lavada, no queda mucho. Y esto es, si no nos echa el dueño del socavón.

El oro se lo vende a un comerciante paisa, don Carlos Aguirre, que también le alquila su planta de beneficio para lavar las piedras en unos barriles que dan vueltas y vueltas hasta dejar la roca bien fina para luego cernir el mineral.

A los hermanos Alexander y Mauricio Duque los conocí de repente. Fue en su mina La Puchis, por un ofrecimiento que me hizo la Corporación Autónoma Regional del Cauca (CRC), tras contarle a un funcionario que estaba investigando cómo era la relación entre los empresarios del oro más importantes del occidente del país y los afrodescendientes de Buenos Aires, un pueblo que hace triángulo con los municipios de Suárez y Santander de Quilichao, los cuales sirven de puerta al Pacífico.

Una zona marcada por dos tragedias endilgadas a la minería criminal: la de 2007, cuando el barro de las riberas del río Cauca sepultó a 21 mujeres negras en Suárez, mientras chatarreaban por un gramo de oro al lado de las retroexcavadoras, y la de 2014 en Santander de Quilichao, cuando las mismas máquinas amarillas precipitaron un alud de tierra que mató a 13 barequeros negros.

La Puchis es la mina de la empresa Giraldo y Duque, que desde 1964 comercia oro en Valle y Cauca. Está en la mitad del cerro, tiene cinco socavones y una planta de beneficio levantada en hierro que convierte la  roca del cerro Teta en oro. En 2010 dejó de tener el sobrenombre de la hija mayor de Mauricio Duque —Puchis— y se convirtió en la Sociedad Minera del Sur, un consorcio que, según documentos del Departamento de Estado de la Florida, figura con socios en Miami, Estados Unidos, y que hace parte del emporio de oro de estas dos familias: los Duque, de Chinchiná, Caldas; y los Giraldo, de La Virginia, Risaralda.

Son familias tradicionales en la compra y venta de oro, pero su castillo dorado lo empezaron a construir desde 2002, cuando Alexander Duque se hizo gerente de la empresa  que ese mismo año llegó a Buenos Aires en búsqueda del oro verde que se extrae sin mercurio y que, según este empresario, era más apetecido y mejor pagado por los bancos suizos. Tres años después, se asociaron a la cooperativa de pequeños mineros que los negros constituyeron en 1988, para ahuyentar a las multinacionales y proteger sus minas de la gran minería.

Desde entonces, Alexander, Mauricio y Jhon Jairo Duque, junto a Román Giraldo, instauraron un emporio de empresas dedicadas a explotar y comerciar oro en Colombia y en el exterior. Ya son ocho las compañías de su posesión: C.I Giraldo y Duque Ltda., Duque Builes y CIA, Inversiones Giraldo e Hijos, Inversiones G y D, Sociedad Minera del Sur, Sociedad Minera El Danubio, Coominercol y Sociedad Giraldo y Duque S.A.

Afuera de la mina La Puchis, que a lo lejos resalta por sus gigantescos tambores metálicos, una guadua es la barrera que vigilan una mujer y dos hombres con escopetas. Visten overol negro con un letrero en la espalda: Seguridad Latinoamericana. Un lunes de  junio pasado, por invitación del funcionario de la CRC, visitamos la zona junto al fotógrafo Andrés Hurtado. En el camino, nos informaron que tres agentes de la Fiscalía (que combaten la minería ilegal) iban en otra camioneta, encubiertos con chalecos de la corporación ambiental.

Los agentes pasaron camuflados durante las visitas a las minas de los pequeños mineros, pero cerca a la cima, cuando nos disponíamos a ingresar a la mina de los Giraldo y Duque, alguien le habló por radioteléfono a la mujer de overol negro y de golpe detuvo a los agentes: “está prohibido el ingreso de armas”. ¿Cuáles armas?, preguntaron. “Es que sabemos que ustedes son de la Fiscalía”, les respondieron.

Las miradas entre los investigadores fueron de sorpresa, se sintieron traicionados, me dijeron luego. Los vigilantes lo sabían todo sin haber mediado palabra con nosotros. Pero los hermanos Alexander y Mauricio Duque, también. No había cita previa, pero ellos entraron sin darnos cuenta en una camioneta Land Cruiser azul, con vidrios polarizados, y luego aparecieron sentados en la sala de juntas del cerro esperando la comitiva.

El poder de La Puchis

Quien llevó a los Giraldo y Duque a las minas del cerro Teta fue Manuel José Correa, un minero blanco, viejo asociado a la cooperativa, que durante años ha comerciado oro con los empresarios. Cuenta Mauricio Duque que en 2002 Correa le ofreció el socavón para que le demostrara que, como solía criticar, los negros estaban botando el oro entre los lodos: “Apenas sacaban el 30%. Entré y saqué una muestra: 17 gramos por tonelada, eso para una multinacional, juemadre, es una odisea, ellos trabajan con tres o cuatro gramos y que le digan a usted hay 17 gramos por tonelada, uno se pone a echar números y eso es un montón de oro y de plata”. El pacto quedó cerrado. Mauricio se quedó con la mina, pero no le ofreció dinero a Manuel, sino un kilo de oro en la primera lavada, que le entregó en pocas semanas.

Ese fue el primer martillazo de estas dos familias en el cerro Teta. Después, en 2005, Henry Torres, un abogado afrodescendiente de Suárez, Cauca, quien ayudó a constituir la Comercializadora Internacional Giraldo y Duque, y que trabajaba como jefe de seguridad de la transportadora de valores de esa empresa,  llegó a la gerencia de la cooperativa. Desde ese día, los cuatro empresarios figuran oficialmente como pequeños mineros de Buenos Aires, como consta en el listado de asociados. La cooperativa, por su parte, que había sido creada, según una resolución del Departamento Administrativo Nacional de Cooperativas (Dancoop) para “buscar el desarrollo social y económico de la comunidad y particularmente de los mineros”, quedó en manos de unos empresarios que, como recuerda Henry Torres, “consiguieron la titulación de las minas”. Solicitud que desde 1994 la comunidad había hecho, para solucionar el suministro de explosivos (materia prima para la minería de socavón) ante la Industria Militar Colombiana (Indumil), porque estos también eran restringidos para unos mineros a los que, según Mauricio, calificaban como una “mano de guerrilleros”.

Con la llegada de los empresarios, la cooperativa creció en número de asociados, pero la desigualdad aumentó. Hoy el listado es grande: 326 —la mayoría afro—, pero de ellos 268 están inactivos porque no han pagado los aportes mensuales como afiliados. Algunos, porque se gastaron la plata en las cantinas, dice Fares Carabalí. Otros, porque no tienen o porque sienten que la cooperativa ya no les pertenece.

Es el caso de Rosalía Caicedo, quien no pudo participar en la última asamblea del 25 de abril de 2015, porque debe 20 mil pesos del aporte mensual. Sin embargo, hay algunos privilegiados: Mauricio Duque, uno de los fundadores de Girarlo y Duque, debe más de 300 millones de pesos en explosivos y no sólo participó en la asamblea, con voz y voto, sino que además fue elegido en la junta de administración como directivo suplente, como quedó registrado en el acta final de dicha asamblea.

Esas decisiones las toman los asociados activos. Actualmente hay 58 —de los cuales 14 son Los Giraldo y Duque, sus allegados y socios—, es decir, los cuatro empresarios; Víctor Hugo Becerra, su asesor jurídico; Fares Carabalí, gerente de la cooperativa; Urdely Carabali, hermano de Fares y alcalde electo de Buenos Aires y Quiko Balanta, comprador de oro de los empresarios en la zona. Y los que se hicieron socios de los Giraldo y Duque porque les alquilaron sus socavones a cambio de recibir el 5% del producido: Wisman Sandoval Olaya, Yeison y Jimmy Sandoval Olaya (hermanos de Wisman), Luz Dary Londoño, Flor María Quintero, Hervin Prado Chavestan, entre otros asociados de la cooperativa, que defienden a los empresarios argumentando que han llevado desarrollo al municipio: hoteles, tiendas, carreteras destapadas y tecnología para hacer minería.

Los asociados activos son los únicos que tienen derecho a comprar la dinamita que la cooperativa adquiere cada dos meses: 18 toneladas de Indugel que guardan en bodegas de la misma Sociedad Minera del Sur.

Los que no hicieron el negocio de alquilar su socavón tienen otra opción: venderle la piedra a los dueños de La Puchis para que ellos la procesen. “Centralizar la producción de la región bajo una sola administración permite que para todos sea mucho más rentable y ese es el modelo que hoy tenemos”, comenta Alexander Duque. A lo que se refiere este empresario radicado en Cali es a la relación que desde entonces tiene su empresa con los mineros ancestrales: “gran parte del mineral no lo extraemos nosotros, lo extrae la comunidad”, explica, mientras las volquetas y retroexcavadoras salen y entran de su mina La Puchis, recorriendo las trochas que los empresarios construyeron para recoger las rocas grisáceas en los socavones de los negros.

Ruperto Carabalí es pequeño minero, afrodescendiente y asociado activo de la cooperativa. Hace 10 años heredó la mina de su padre, que trabajó 41 años hurgando la montaña. Su temor es que los empresarios bifurquen los socavones, recorran las entrañas del cerro Teta y con tanta tecnología avancen más rápido y se coman la veta dorada, antes que su martillo eléctrico y su molino californiano.

Durante una década, Ruperto ha construido un socavón de 300 metros horizontales, del cual extrae dos toneladas de piedra por día, que equivalen a 32 baldes, y obtiene 80 gramos de oro al mes. Comparado con los socavones de los empresarios, Ruperto tiene una cueva en el cerro. En los cinco túneles de La Puchis en 10 años han perforado tres kilómetros. No son horizontales, sino ramificaciones subterráneas que persiguen vetas de oro. Procesan 100 toneladas de piedra por día —aspiran a llegar a las 300— y obtienen 10 kilos de oro al mes.

Como vivir de la minería legal nunca ha sido fácil, dice Ruperto, un día decidió acceder al modelo de negocio del que habla el empresario Alexander. “Comencé a venderles la piedra a los Duque. Los primeros tres meses fueron muy buenos, yo dije: ‘si este negocio sigue así me voy a parar.’ Pero noooo”, prolonga el gemido dentro de su socavón, “me cogieron unos ingenieros de La Puchis y me dieron vuelta seca (lo embelesaron)”.

Recuerda la vez que llevó el mineral a la planta, los técnicos lo ensayaron y cada balde salió a un gramo y cuatro décimas. Luego, lo llamaron al celular y le dijeron que en el laboratorio había salido a seis décimas y que a eso se lo iban a pagar. “Así me la hicieron varias veces, y yo caí, porque el ingeniero venía al rancho y me convencía y yo le decía: bueno, listo, hagámosle”. Pero el 24 de octubre de 2013 envió la última carga que hasta la fecha no le pagan. “Son 17 millones, fuera de los 60 que me robaron en otras cargas de piedra”, confiesa sin temores. A principios de 2014 se encontró a Mauricio Duque y le recordó la deuda: “sabe qué, deme $10 millones y quedamos saneados”, le dijo, pero el empresario fue tajante: “ahora estamos pelados hermano”.

Tiempo después le pregunté a Alexander Duque por este presunto engaño, que denuncian muchos mineros de la zona y que no está mediado por documentos jurídicos. “Es que el proveedor busca la manera de sacar provecho de la negociación y por eso contamina la roca. El muestreo viene con polvo de oro polvoreado, así que cuando usted saca la muestra y la lleva al laboratorio registra un valor; sin embargo, cuando sale el grueso del mineral da otro. Entonces, poder certificar plenamente que todo el mineral en una lectura inicial tuviera el tenor que se planteó, es muy complicado…Tenemos obligaciones bastante grandes con la comunidad, y absolutamente a todos, se les ha entregado certificaciones del dinero que les debemos. Los años 2013 y 2014 fueron bastante críticos para nosotros porque el precio del oro bajó mucho”, confiesa Alexander.

Las cuentas del negro Ruperto están en una hoja de cuaderno que tiene huellas de barro de su dedo índice, las de Giraldo y Duque en los reportes de exportaciones del portal especializado en comercio internacional, Legiscomex. En 2013, fue la primera comercializadora en enviar oro al exterior desde la Zona Franca del Pacífico: 76 millones de dólares. Años atrás, en 2005 su poder alcanzó los 27 millones de dólares, y entre 2006 y 2007, estuvo dentro de las primeras cien empresas exportadoras del país a los Estados Unidos: facturó 44.9 millones de dólares. En general, entre 2010 y 2014, según la Dirección de Impuestos y Aduanas, DIAN, la Comercializadora Giraldo y Duque fue la primera exportadora de oro del suroccidente colombiano: envió al exterior 16 toneladas del metal.

El oro camuflado de legal

Desde el tercer piso de la planta de hierro de La Puchis se alcanza a ver la cresta del cerro Teta y hacia abajo las faldas anegadas de ranchos de guadua y cinc. Son pequeños entables que trabajan con la fuerza de un motor que mueve varios barriles, como los que alquila Mira Sol para lavar las piedras que desperdician los mineros. El de Ruperto no se alcanza a ver porque él no tiene entable, porque nada más tiene tres opciones: alquilarlo, machacar las piedras en su ajado molino californiano o vendérselas a los Giraldo y Duque.

Según el censo de la Corporación Ambiental del Cauca, hay 48 entables, de los cuales 22 son de foráneos y no asociados a la cooperativa. El resto son de mineros ancestrales, pero casi todos están inactivos. Seis entables de los forasteros alcanzan a llamarse planta, pero están lejos de tener el poder de La Puchis.

Dice Ruperto: “lo ideal es que la cooperativa tenga una planta para moler y beneficiar el mineral, o se podría montar un molino chileno por ejemplo, eso sería un alivio para el pequeño minero, porque la molienda rinde más que en el californiano y evitaría que los pequeños mineros abandonen sus socavones y se vayan a trabajar al lado de las retroexcavadoras”.

En la mina de los empresarios, el oro siempre está camuflado: lo guardan en tinajas y no precisamente es polvo amarillo, sino una arenilla gris que luego llevan hasta la empresa Giraldo y Duque S.A, ubicada en la Zona Franca del Pacífico en Palmira, Valle, donde la refinan y la convierten en lingotes de oro que le venden a las multinacionales Metalor, Republic Metals, bancos suizos y bancos de la India, asegura Alexander Duque.

Desde que La Puchis se convirtió en la Sociedad Minera del Sur, según datos suministrados por la Agencia Nacional de Minería (ANM), entre el 17 de noviembre y el 28 de diciembre de 2011 esa mina produjo un total de 17 kilos de oro. Después, entre el 5 de enero de 2012 y el 17 de abril de 2013, de esa mina salieron 192 kilos. Todo ese oro lo comercializaron a través de la exportadora Giraldo y Duque. Mientras tanto, la cooperativa no registra que haya producido ni un solo gramo de oro en ese periodo.

Esto, sin contar todo el oro que Giraldo y Duque y sus otras empresas compraron en Buenos Aires, pero no a la cooperativa que, según la ANM, es quien posee los únicos títulos legales en etapa de explotación en ese municipio. El resto es minería de barequeo e ilegal. De esta última, hay 20 puntos en los ríos Teta y Ovejas, según la corporación ambiental del Cauca.

Buenos Aires es el segundo municipio más productor de oro en el Cauca y el número 30 en el país. Desde 2006 hasta mayo de 2015, de ese municipio se han extraído 3 toneladas y 672 kilos de oro, de los cuales, la empresa Giraldo y Duque compró 2 toneladas y 284 kilos, pero la cooperativa de pequeños mineros solo le vendió 503 kilos del mineral, de los 927, que según datos de las ANM, produjo en esta última década.

El resto del oro sería de productores incógnitos, como en el siguiente ejemplo: entre el 1 de enero y el 30 de diciembre de 2009, según la ANM, Buenos Aires produjo 742 kilos, pero de ese oro la cooperativa de pequeños mineros solo vendió 832 gramos. Curiosamente, de ese mineral, Inversiones G y D (empresa de Giraldo y Duque) compró 640 kilos y le vendió a su empresa matriz, la exportadora Giraldo y Duque, 435 kilos. Los otros 205 los comerció con la cuestionada comercializadora de Medellín Goldex, (que tiene a sus dueños y socios en la cárcel por lavado de activos).

El resto, es decir, 101 kilos de oro, un listado de más de 500 personas (al parecer barequeros) también se lo vendieron a la empresa Giraldo y Duque a nombre de Buenos Aires durante el año 2009.

Entonces, ¿de dónde salieron los 640 kilos que Giraldo y Duque reportó a Ingeominas se produjeron ese año en Buenos Aires? ¿A quiénes les compró ese oro Inversiones G y D? ¿Por qué Inversiones G y D ya no figura comprando ni un gramo de oro en Buenos Aires desde el año 2012 hasta la fecha? ¿Quiénes alimentan el negocio del oro que extraen las retroexcavadoras?

En la jerga de mineros como Alexander Duque, este sería el oro gris que el gobierno no ha podido determinar qué es: criminal, ilegal o informal. “En una reunión en Medellín hablaban de los grises. Están los negros y los blancos, no en términos de comunidades, sino que el ‘negro’ (foráneo) es el dueño de la retroexcavadora, el blanco es el minero barequero que trabaja sin apoyo a la orilla del río y el gris es el barequero que está en el hueco, o sea, el que hizo el negro, dueño de la retro”.

Entonces, ¿el otro oro que lavan los dueños de las retroexcavadoras quién lo compra y por dónde sale?

El papel de políticos y militares

Hoy, la disputa no sólo es por el control de las minas del cerro Teta y los títulos de la cooperativa, sino también por el poder territorial y administrativo de Buenos Aires. Así quedó demostrado el pasado 25 de octubre en las urnas cuando Urdely Carabalí, candidato de los mineros y hermano del gerente Fares Carabalí, se impuso 3275 a 2975 votos que obtuvo Oscar Eduin López, el candidato del partido de la U. El tercer puesto, con 2691 votos, lo ocupó el candidato Adan Díaz Sandoval, apoyado por el consejo comunitario (figura jurídica de los negros reconocida por la ley 70 de 1993), que pretendía con poder local hacerle peso a la empresa y recuperar la cooperativa de pequeños mineros.

Sin embargo, ese domingo de octubre les gritaban en la cara: “ustedes tienen la gente, pero nosotros tenemos la plata”, cuenta un miembro del consejo comunitario. Al final, Urdely Carabalí ganó en los corregimientos de influencia minera y en los puestos donde votan los indígenas.

Quienes financiaron la campaña del nuevo alcalde de Buenos Aires y de los elegidos en otros municipios mineros del país, tienen una razón muy poderosa: el decreto 0276 de febrero de 2015, que faculta a los mandatarios locales para inscribir barequeros y chatarreros —habitantes de terrenos aluviales que lavan arenas por medios manuales para extraer el oro— quienes, según esa normatividad, serán los únicos que podrán vender oro tan solo presentando a compradores como Giraldo y Duque el certificado que expida la administración municipal. Es decir, es una legalización disimulada del oro gris que hoy extraen miles de mineros que trabajan en los huecos de las retroexcavadoras.

En todo el país hasta julio pasado los alcaldes habían reportado 65.536 barequeros, sólo en Cauca 5.672 y en Buenos Aires 111. El municipio con más barequeros en este departamento es Guapi con 5.557. Si cada uno de esos barequeros, dirán comercializadoras como Giraldo y Duque, les vendieran dos gramos de oro al mes, ¿cuánto del oro gris se podrá legalizar? ¿Cuánto del oro ilegal de las retroexcavadoras se camuflará en el listado de barequeros? ¿A quiénes y cuántos barequeros registrará Urdely Carabalí? ¿Esta es la razón para que la minería de retroexcavadoras siga viva y dragando los ríos?

Quiénes financiaron las últimas campañas políticas en Buenos Aires, dice un miembro del consejo comunitario, fueron los Giraldo y Duque: “Hace cuatro años a Fares le dieron $400 millones para que hiciera la campaña a la alcaldía que perdió, pero a cambio, él como presidente de la junta de administración de la cooperativa en ese momento, facilitaría todas las condiciones para que ingresará la Sociedad Minera del Sur al territorio. Eso acabó con la pequeña minería”, afirma.

Dice Alexander Duque: “La verdad, la verdad, ¿yo apoyo económico…? Los políticos vienen acá y me dicen: ‘vea usted me puede regalar camisetas para mi campaña’, y a todos los atiendo y los apoyo en la medida en que puedo, pero campañas políticas nunca he patrocinado”.

El 12 de agosto, hace tres meses, visité al empresario en su oficina principal en el norte de Cali. Me atendió junto a su asesor jurídico, Víctor Hugo Becerra, y en presencia del ingeniero Nixon Delgado. Mientras rechazaba su participación en campañas políticas, justo en ese instante uno de sus empleados le informó de una visita. Era el general Leonardo Barrero Gordillo.

No supe para qué lo buscaba Barrero, pero eran los días previos a las elecciones y el general era el candidato del Centro Democrático a la Gobernación del Cauca. Además, como existe una constancia del Ejército en la que se resalta la “loable” labor de los empresarios, y también, como se sabe que el jefe de seguridad de Giraldo y Duque hoy es el coronel retirado Álvaro Ibarra, la escena no podía pasar inadvertida.

El 29 de noviembre de 2012, un mes después de que el General Barrero se posesionara como el comandante del Comando Conjunto Suroccidente, la Tercera Brigada (adscrita a este comando) emitió la constancia: “…el Ejército Nacional hace presencia y control militar en los municipios de Buenos Aires y Suárez, Cauca, para velar por el cuidado de la población civil y el buen desarrollo de actividades mineras licitas de la compañía Sociedad Minera del Sur y Sociedad Minera El Danubio”.

Pero el General niega cualquier relación con los empresarios: que conoció a Alexander Duque el día en que fue a su oficina en Cali a pedir apoyo económico para su campaña y recibió $10 millones. Que la anterior constancia no la firmó él y que por tanto, ese dinero no es producto de una vieja amistad. Sin embargo, dijo: “si hubiese tenido conocimiento de alguna investigación de la Fiscalía por lavado de activos a Giraldo y Duque, nunca habría solicitado esa plata”.

Apunta Mauricio Duque: “…desagradecidos fuéramos si decimos que el Ejército nos ha abandonado. Al contrario, nos ha dado una gran colaboración, acá monitorean continuamente y cuando la comunidad se alborota en época de elecciones el servicio mejora”.

Cuando llegué a su oficina en Cali, la fachada revelaba una casa sencilla. De dos pisos. Afuera, dos vigilantes con escopetas al lado de una reja, y luego una puerta pesada, quizá por el material blindado. De ahí en adelante, las otras dos puertas se abren en clave y parecen compuertas de cajas fuertes. Lo esperé en la recepción, porque la secretaria dijo que aún no llegaba. Yo estaba a dos metros de la puerta principal, pero al cabo de diez minutos me dijeron: “lo está esperando arriba. Suba”.

Ahí funcionan la Sociedad Minera del Sur, Inversiones G y D, Duque Builes y CIA, CI Giraldo y Duque, Sociedad Minera el Danubio, y todo un emporio del oro en esta parte del país.

Cuando visité a Ruperto en Buenos Aires, él estaba parado en un pedazo de montaña del cerro Teta esperando nuestra llegada, mientras pasábamos el filtro de los vigilantes con escopetas que los Giraldo y Duque también tienen en la parte baja del cerro. “Vigilan las minas de sus socios”, dice el negro.

Su memorial es largo, pero él hace énfasis en que los pequeños mineros no ambicionan el dinero de los Duque, lo que les preocupa es quedarse sin cerro, sin oro y sin río. “Por más que perforemos nunca vamos a avanzar como ellos, quizá ya me haya muerto para entonces, pero cuando nuestros hijos sigan la veta ya no encontrarán nada, porque la empresa se habrá comido todo lo que encuentre en su camino”, pronuncia Ruperto mientras contempla su molino de pisón y sueña con el molino chileno.

Espere la segunda entrega ¿De qué color es el oro de los Giraldo y Duque?

* Esta historia es resultado del proyecto “La cobertura periodística del conflicto y la paz”, en su fase editorial liderada por Consejo de Redacción (CdR) con el apoyo de International Media Support”.

 

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