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| 7/20/1998 12:00:00 AM

GANO PERDIENDO

En la coyuntura política de 1998 la caída del Partido Liberal es sana para el país.

Si en alguna ocasión ha resultado cierta la famosa frase del técnico de fútbol Francisco Maturana según la cual "perder es ganar un poco" es con la derrota de Horacio Serpa Uribe. Si bien no llegó a la Presidencia de la República, alcanzó la más alta votación en la historia del Partido Liberal. Y lo hizo en las condiciones más adversas que ha tenido candidato liberal alguno en la historia contemporánea.
La lógica política apuntaba a que, en las actuales circunstancias, el liberalismo perdiera por una cifra muy superior al millón de votos. Serpa no sólo redujo esa distancia teórica a poco menos de la mitad el pasado domingo, sino que su victoria en la primera vuelta puede considerarse tal vez el triunfo relativo más importante tanto para él como para el presidente Ernesto Samper.
Serpa, quien es un hombre fundamentalmente decente, fue objeto de una satanización como no se había visto antes en el país. En un momento tan desfavorable para su partido gradualmente fue superando los efectos de esa desinformación que se había creado alrededor de él y, al final de la campaña, aun los que habían luchado por atajarlo le reconocían su temple, su carácter y sus dotes de líder. Fue digno y gallardo en la derrota. Ahora el país tendrá que verlo como jefe de la oposición.
Su excelente desempeño electoral es en cierta forma un triunfo de la autenticidad política. Sus resultados obedecieron más al candidato que a la campaña. No fue un candidato de libreto. Casi nada en él era postizo. Mostró tener esa malicia indígena que se le atribuye al pueblo colombiano. Demostró, igualmente, que el electorado prefiere el producto autóctono y espontáneo a todo lo que sea maquillado y prefabricado.

Hora de reflexión
Suena muy injusto decirlo pero a pesar de todas las virtudes personales no habria sido sano para el país que Horacio Serpa ganara las elecciones. No por él, que aun en la derrota resultó ser un titán de la política. Sino porque era conveniente para Colombia que el Partido Liberal se cayera.
La rotación del poder es la premisa básica de cualquier sistema democrático. En Colombia, dadas las mayorías liberales, la rotación tradicionalmente ha sido más difícil y más escasa. Pero si en alguna ocasión esa rotación se hacía necesaria era en 1998. Porque si un partido no se cae en las condiciones en que se encuentra el Partido Liberal en la actualidad, ya no se cae nunca. Y cuando un partido no se cae nunca el sistema no funciona.
Serpa llegó a las elecciones de 1998 con un Partido Liberal no sólo dividido sino con un presidente cuestionado, un procurador y un contralor en la cárcel y una docena de congresistas de sus toldas procesados. Si a todo esto se suma la situación económica más grave de los últimos años, la lógica señalaba que Horacio Serpa tenía que salir derrotado. Pudo haber algo de justicia en que Ernesto Samper no se cayera. El transcurso del tiempo demostró que, a pesar de la gravedad de lo sucedido, hubo exageraciones y malentendidos en relación con su participación en los hechos que ensombrecieron su campaña. Sin embargo una cosa es que Samper no se cayera y otra cosa que perpetuara su poder a través de su mano derecha política.
Aunque muchos de sus seguidores estén tristes, nada le convenía más al Partido Liberal que se cayera. Esto permitirá hacer un replanteamiento en el interior de las filas rojas sobre las causas de lo sucedido y sobre qué se debe hacer en el futuro. Con la derrota de Serpa la inevitabilidad del triunfo de la maquinaria liberal ha dejado de ser un dogma. Es la primera vez desde 1930 que el Partido Liberal, con un solo candidato y con su maquinaria aceitada, es derrotado en unas elecciones. El liberalismo había perdido el poder en dos ocasiones, pero sólo cuando surgíeron dos candidatos simultáneos de sus filas. Hasta ahora la maquinaria unida jamás había sido vencida. En consecuencia, la política de ahora en adelante tendrá que ser diferente. Y no sería malo que las ideas volvieran a jugar un papel importante.
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