Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 1994/11/07 00:00

GARROTERAS PRESIDENCIALES

Desde Bolívar y Santander los grandes de la patria no han hecho más que pelear. SEMANA resume los principales episodios.

GARROTERAS PRESIDENCIALES

EN COLOMBIA LAS DESAvenencias entre los Presidentes de la República y sus sucesores o antecesores han sido más frecuentes de lo que se supone. Cuando ocurren entre jefes de Estado de diferente filiación política, son explicables y por lo general de baja intensidad. Obedecen a consideraciones ideológicas o conceptuales y eso les da un carácter más bien impersonal.

No sucede lo mismo cuando los presidentes y los ex presidentes pertenecen al mismo partido, han sido amigos y han combatido por años contra un enemigo común. En esos casos, y por obra de un proceso en el que los celos se mezclan con la nostalgia y los chismes con la ambición, las diferencias se vuelven antipatías profundas y tienden a degenerar en verdaderas guerras de sucesión.

El partido primero y el país después se dividen en bandos dinásticos que agudizan y prolongan la rivalidad. Si alguna regla cabe en estas materias es la de que tales discrepancias, por hondas y encarnizadas, afectan profundamente la vida del país.

Los orígenes mismos de la República estuvieron marcados por el odio que surgió entre Bolívar y Santander. Después de haber combatido juntos en la guerra de Independencia y de mantener una amistad que lindaba con la devoción, los dos grandes hombres terminaron detestándose. En ese episodio, que fue una de las causas de la desintegración de la Gran Colombia, hubo de todo. Desde escenas de vodevil como la del 'fusilamiento' de un muñeco con la figura de Santander por Manuelita Sáenz, hasta tragedias como la Conspiración Septembrina.

El Libertador, persuadido de que Santander había planeado su muerte lo condenó en principio a ser fusilado y después lo desterró. Santander nunca perdonó la ofensa y al regresar al país, ya muerto Bolívar, a posesionarse como presidente, combatió con saña todo lo que tuviera que ver con el bando bolivariano. Para muchos, los dos grandes partidos tradicionales, y su historia pugnaz, nacieron de esa enemistad.

Los 30 años siguientes del siglo XIX estuvieron marcados por otra rivalidad mortal. La que había surgido entre José María Obando y Tomás Cipriano de Mosquera desde que en 1828, durante la rebelión contra la dictadura de Bolívar, el primero derrotó al segundo a la vista de los coterráneos de ambos en 'La Ladera', cerca de Popayán. Para Mosquera esa derrota no solo fue una humillación militar y política sino también una afrenta familiar: Obando era nieto de una tía de Mosquera que en complicidad con su amante, don Pedro Lemos, asesinó a su marido para ocultar su embarazo adulterino.

También en esta enemistad entre copartidarios, primos y paisanos hubo de todo. Un duelo 'a muerte' en el cementerio de Bogotá que terminó en nada, la fuga increíble de Obando por las selvas del Caquetá hasta el Perú perseguido por Mosquera y la reconciliación final, cuya consecuencia fue la unión entre los dos caudillos para dar al traste con el gobierno conservador de Mariano Ospina Rodríguez en el único levantamiento que ha triunfado en el país. Obando cayó alanceado en la última batalla al aproximarse a Bogotá y Mosquera se quedó con el poder. Sin ese desenlace nadie sabe qué hubiera podido ocurrir nuevamente entre los dos.

Al iniciarse el nuevo siglo, la disputa entre dos alas del Partido Conservador, los nacionalistas y los históricos, hizo pelear a dos viejos amigos: el presidente don Manuel Antonio Sanclemente (de 86 años) y su vicepresidente don José Manuel Marroquín (de 73). Como consecuencia de esa diferencia Marroquín derrocó a Sanclemente en un golpe no de cuartel sino de salón, mientras el país se desangraba en otra guerra civil. Por cierto, la mala fama que tuvo la institución de la vicepresidencia durante muchos años, viene de ahí. Ya avanzado el siglo las antipatías al más alto nivel se generalizaron hasta convertirse en parte de la cultura política del país. Las hubo de más bien bajo perfil, como la que existió entre Enrique Olaya Herrera y Alfonso López Pumarejo que, sin embargo, en el episodio de Puerto Berrío puso en peligro la reconquista del poder por el Partido Liberal, o de abierto enfrentamiento como el que se presentó entre López Pumarejo y Eduardo Santos, representantes el uno del ala izquierda y el otro del ala derecha del liberalismo. Aunque las relaciones formales entre los dos siempre tuvieron la apariencia de ser por lo menos corteses, en lo ideológico sus diferencias fueron casi irreconciliables.

Al ser elegido Santos como presidente, los amigos de López iniciaron de inmediato la campaña para su reelección y fundaron un diario, El Liberal, que dirigido por Alberto Lleras buscaba neutralizar la influencia de El Tiempo y combatir al gobierno. El Tiempo por su parte no ocultaba su desafecto por López y su actitud de distante reserva frente a la reelección estimuló la candidatura de Carlos Arango Vélez, abuelo de Andrés Pastrana, que dividió al liberalismo.

Aunque López finalmente triunfó por segunda vez, el enconado antagonismo entre los dos grandes jefes liberales le abrió el camina a una división aún más profunda que estimuló la oposición conservadora y produjo, primero, la renuncia de López a la Presidencia, después la elección de Mariano Ospina Pérez y la caída del Partido Liberal del poder y, por último, la violencia.

Sin embargo, el movimiento unitario que llevó a los conservadores a la Presidencia en cabeza de Ospina Pérez, aunque entusiasta y exitoso, fue efímero. La disputa, amarga como pocas, entre Ospina y su sucesor, Laureano Gómez, dividió a muerte a los conservadores y provocó el golpe militar del 13 de junio de 1953.
Como en el caso del liberalismo, la rivalidad fue ocasionada por las aspiraciones reeleccionistas de Ospina, a las que se opusieron con el mayor acerbo Laureano y sus seguidores. A partir de entonces, a los ospinistas se les aplicó el mismo régimen de persecución inclemente y de censura de que eran ya víctimas los liberales desde el gobierno de Ospina y eso ocasionó la irremediable erosión de la unidad conservadora. El antilaureanismo, compartido por liberales, ospinistas y alzatistas se convirtió en un enorme movimiento de opinión y creó un clima favorable al cuartelazo que llevó al general Rojas Pinilla al poder. Desde entonces, el Partido Conservador ya no volvió a ser el mismo y el laureanismo nunca volvió a mandar.

La división entre Gómez y Ospina fue tan honda que se trasladó a la otra generación y originó las diferencias políticas y personales que separaron a Alvaro Gómez y Misael Pastrana tanto durante el período del Frente Nacional como después. A esa vieja guerra dinástica se debe, en buena parte, el que Alvaro Gómez no haya sido presidente.

También hubo relevo generacional en las ojerizas liberales. Carlos Lleras Restrepo durante mucho tiempo tuvo relaciones más bien tensas con Alfonso López Michelsen y nunca se entendió con Julio César Turbay Ayala, antiguo lopista también. Contra ambos buscó la reelección y como ya es lo habitual en la historia reciente de Colombia, fracasó. Pero el 'llerismo' se desquitó con uno de los dos. Cuando López Michelsen se postuló como candidato por segunda vez, Luis Carlos Galán, heredero intelectual de Carlos Lleras (y discípulo de Santos) se le enfrentó y la consecuencia fue la derrota liberal a manos de Belisario Betancur. Los odios entre casas reinantes habían producido una vez más profundas alteraciones políticas y el relevo de los partidos en el poder.

Ahora cuando la historia tiende a repetirse, no se sabe si como comedia o como tragedia, por las diferencias que parecen haber surgido entre las casas Gaviria y Samper, bien vale la pena recordar lo que dijo el Libertador adolorido y enfermo camino hacia la muerte: "El no habernos compuesto con Santander, nos ha perdido a todos".

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