Jueves, 28 de agosto de 2014

SEMANA

| 2013/09/16 00:00

Los difíciles días del general Martínez

por Francisco Romero Dorado, especial Semana.com

¿Quién es el comandante de la Policía Metropolitana de Bogotá Luis Eduardo Martínez?

En su mente aún permanece el recuerdo de ese diciembre, el de 1977, cuando en un asalto bancario en Bogotá asesinaron a su mejor amigo, el teniente de la Policía Joaquín Olmedo Botero, de Manzanares (Caldas), quien siempre le insistió que ingresara a la institución. Recuerda el general Luis Eduardo Martínez Guzmán que el día en que al municipio cafetero llevaron el cadáver del entonces investigador de la Sijín, le nacieron las ganas de ser policía, como un homenaje.
 
En 1982, se graduó del Instituto Chipre de Manizales como bachiller. “Era pésimo para las matemáticas, confiesa, pero bueno para el español” y también para el fútbol donde, como hincha del Once Caldas, antiguamente Deportes Caldas, se desempeñaba como defensa aplicando el lema de que si la pelota pasaba, el jugador no. Un año después, el 8 de enero, y luego de enviarle una carta al director de la Escuela de Policía de ese entonces, el general Jorge Arturo Pineda Osorio, ingresó a la institución, que hoy a sus 50 años de edad, cumplidos en marzo pasado, le permite estar en la alta esfera.
 
Para esa época ser profesional de la medicina era un orgullo. Pero también lo era ser comerciante de café. Sin embargo, el general que ha enfrentado las más temibles bandas en el país, entre ellas la oficina de Envigado y los Ganchos del Bronx en Bogotá, el campo no le gustaba porque su natal Manzanares no tenía fluido eléctrico e, increíblemente, le daba miedo la oscuridad. Es tal vez por eso, reconoce, que no aprendió a recolectar ni siquiera un grano de café, aunque suele tomarse más de 20 tintos al día. “Esos eran mis tragos de niño”.
 
El primero que se toma, y muy cargado, es a eso de las 5:00 de la mañana, diez minutos después de levantarse y mientras pide el reporte, vía radio de comunicación, de lo que ha ocurrido mientras dormía; tres horas de sueño nada más porque es de esos comandantes que se acuestan a las 2:00 de la madrugada, luego de coordinar diferentes operativos nocturnos. La noche ha sido tal vez el período de tiempo que más le ha generado trabajo.

Y por lo ocurrido en una noche es que hoy está en la mira del país. Seis personas –cinco mujeres y un hombre– perdieron la vida en un bar del sur de Bogotá cuando unos agentes llegaron al local porque había una violación a la hora establecida. “No puede ser que una intervención policial mate más gente que si no hubiera intervenido. La falla está en los métodos de intervención”, escribió el alcalde mayor de Bogotá, Gustavo Petro, en una clara responsabilidad a la institución que dirige este oficial en la capital.
 
Él promete que se sabrá la verdad porque lo que más le molesta, dice, es que alguno de sus hombres cometa un error o abuse del poder y de la fuerza. En el pasado, ya había dado muestras de su talante. Así ocurrió en la madrugada del viernes 8 de marzo del 2013, cuando dos integrantes de un cuadrante policial de Kennedy dispararon hacia el interior de un vehículo en movimiento y causaron la muerte de Adriana Jiménez, de 27 años, quien viajaba en compañía de su esposo y unos amigos que se resistieron a parar en un retén porque llevaban sobrecupo. Para ese entonces el general Martínez Guzmán calificó el acto como irresponsable, inexplicable y criminal, al punto de que decidió aislar a los dos uniformados para permitir una transparente investigación sobre lo sucedido. “Por algo me dirán veneno”, apunta el comandante de la Policía Metropolitana al hacer referencia a un apodo que le pusieron bajo el título de la novela del español Pedro Antonio Alarcón titulada El Capitán Veneno, que narra la historia de un hombre rígido, agrio y con pocos sentimientos.
 
Para el oficial las leyes son lo primero. Es abogado de la Universidad Gran Colombia y especialista en Derecho Administrativo de la Universidad Militar y de Criminología de la Universidad Complutense de Madrid, España.
 
Además del derecho, al levantarse y al acostarse le reza a quien considera su mejor ‘parcero’ y también a una cantidad de ángeles, entre ellos San Miguel, los cuales están representados en estatuillas y estampitas, regaladas en su gran mayoría por su señora madre, y que expone sobre el escritorio y cada rincón de su oficina de la calle sexta con carrera 15 y guarda en su billetera al lado de la foto de su familia.
 
A estas alturas el comandante de la Policía Metropolitana de Bogotá, dice no tenerle miedo absolutamente a nada y asegura estar preparado para cualquier circunstancia porque en este oficio un día se es un líder y al otro todos los señalan sin piedad. Ser director de la institución tampoco lo trasnocha. Pero sí desea convertirse en viajero, consultor de seguridad y profesor universitario, por lo que no deja de leer, sentado obras sobre Simón Bolívar, Alejandro Magno, Napoleón Bonaparte, Winston Churchill y Nelson Mandela, quienes para nada, según él, se parecían al ‘Capitán veneno’.
 
La tragedia del club nocturno en el sur de Bogotá por ahora ocupa todo el tiempo de un hombre acostumbrado a hablar duro.

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