Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2016/05/29 21:39

Comercio de esmeraldas, el día a día en Bogotá

Si bien se trata de un negocio todavía informal, el Gobierno busca reglamentar la explotación y la venta de estas piedras.

Durante los años ochenta se calcula que entre 800 y 2.000 personas murieron en lo que se llamó la ‘Guerra Verde’. Foto: Archivo SEMANA

El corazón de Colombia no es ni rojo, ni azul, mucho menos amarillo. Este corazón brilla en verdes y azules tímidos. Este corazón nace una y otra vez en sus entrañas: allá donde legalmente todo es del Estado. Ese suelo de donde nace la esmeralda, cobra vida con los latidos verdes que pintan el territorio y tiñen de rojo los rostros de miles de mineros y campesinos. Cada corazón late de una forma distinta, unos con sus arritmias y taquicardias. Este bombea millones de pesos en el centro de Bogotá y miles de dólares en ciudades como Hong Kong.

Es miércoles, faltan veinte minutos para las diez de la mañana. En la plazoleta del Rosario, exactamente sobre la Avenida Jiménez, centro de Bogotá. Las esmeraldas pasan de mano en mano, desapercibidas para quienes salen de la estación del Museo del Oro. Es allí, frente al Café Pasaje, donde Alejandro se reúne con sus colegas. Son fáciles de reconocer, pues llevan más de treinta años encontrándose en ese sector de la capital, uno de los más grandes centros de comercio de esmeraldas.

El negocio de esmeraldas es una de las actividades económicas que más dinero representa en exportaciones junto con el café y las flores, pero su comercialización, hasta hace no más de 25 años, era clandestina y se enmarcaba bajo la sombra de las mafias y una guerra. Su extracción data desde los tiempos de la Colonia.

Fue y es, hoy en día, junto con las orquídeas, uno de los emblemas que identifican al país en el mundo. Y como la mayoría de los emblemas de esta nación, su comercio significa transacciones millonarias. Estas se dan en las minas y en el centro de Bogotá, principalmente, donde las piedras pueden alcanzar precios de 50 millones fácilmente. Es un negocio lucrativo que no está exento de riesgos y tropiezos.

-Le tengo esta, don Alejandro, le dice don Pedro y pone en su mano una piedra.

-¿Cuánto pesa?

-Catorce, ocho. Casi quince.

-¿Y cuánto vale?

-Quince, para ganarle algo, don Alejandro.

Y con sus manos examina la piedra, toma una lupa de joyero, pone la piedra a contraluz y la observa de nuevo. Frunce el ceño y la gira.

-¿Cuánto es que vale?, pregunta de nuevo.

-Vea que es buen material, de ahí se pueden sacar 20 quilates, a millón quinientos manos o menos…

-Le doy diez. Se los doy en rama, don Pedro, y selle eso.

Toma del bolso de don Pedro una cinta y una bolsa que el viejo tenía en la mano. Guarda la piedra. Es hermosa, de un verde como el mar en Buenaventura, ese que deleita a primera vista. Alejandro guarda la piedra en la bolsa, la dobla y envuelve con cinta.

Boyacá, tierra verde

La esmeralda se extrae de la tierra en las minas de Muzo, Coscuez y Chivor (Boyacá), que llevan más de cincuenta años de explotación continua. Durante este tiempo, millones de esmeraldas han salido al extranjero, enriquecido a los dueños de las minas y cobrado la vida de miles.

Durante los años ochenta se calcula que entre 800 y 2.000 personas murieron en lo que se llamó la ‘Guerra Verde’. Estas esmeraldas son preciadas por su calidad, color y tamaño y, según cuenta la leyenda, nacieron del matrimonio de Fura y Tena, las dos montañas que enmarcan el paisaje en Muzo.

En Colombia es imposible hablar de las esmeraldas y no mencionar el nombre de Víctor Carranza, quien fuera en su momento el hombre más importante y poderoso en el comercio y extracción de estas piedras preciosas. En julio de 1990, el ‘zar’ firmó la paz con otros líderes esmeralderos, poniendo fin a la ‘Guerra Verde’. Entre ellos estuvieron Luis Murcia Chaparro, alias ‘El Pequinés’, quien fue asesinado en 2013, despertando el temor en Boyacá por una nueva guerra.

En 1998, Carranza encontró las dos esmeraldas más grandes y valiosas del mundo en Muzo. Fura y Tena, como en la leyenda. Fura pesa 11.000 quilates. Tena, 2.000 y es la esmeralda más valiosa del mundo. Don Víctor, como lo siguen llamando pese a su muerte en abril de 2013, se formó en la mina, como guaquero y se hizo con el monopolio a mediados de los noventa.

“Después de la muerte de don Víctor -dice Alejandro- ha habido más esmeralda. Antes, cualquier corte que produjera algo era canalizado hacia él de una u otra manera. En cambio, ahora hay más libertad. Los guaqueros pueden venderla a la gente. Después de que el murió se empezó a ver mucha más esmeralda. Y a la vez que ha habido más esmeralda, más oportunidades de comerciar”.

En 2014 la producción de esmeraldas llegó a 1,96 millones de quilates. Pese a no ser un país potencia en la cantidad, comparando con los 20 millones de quilates que produce Zambia al año, la calidad de la esmeralda es reconocida en todo el mundo, sus cualidades en color y formas las hacen altamente apetecidas en los mercados internacionales.

Un gemólogo empírico

Alejandro mide casi un metro con noventa centímetros. Es delgado, de bigote y cabello corto. Su aspecto no es para nada llamativo pero lleva en el negocio de las esmeraldas 26 años. Una vez contestó a la pregunta de qué había estudiado. “Yo soy gemólogo”, respondió y hubo varias risas.

Tenía razón. Llegó al negocio por medio de un tío, quien lo atrajo a él y a varios de sus hermanos y primos, fue aprendiendo de un negocio con muchas aristas. “Uno llega acá prácticamente ignorante en todo”, dice. “Acá se hace la universidad de la vida. En todos los aspectos tiene que ir creciendo uno, poco a poco, para manejar el dinero. Uno no sabe negociar, todo eso es un proceso”, y con el peso de la experiencia en su ceño fruncido sabe que hoy por hoy puede llamarse a sí mismo conocedor del negocio.

El comercio de las esmeraldas comienza en las minas. De ellas se extraen y en las manos de sus dueños reposa la mayor parte del dinero que produce y una muy pequeña parte llega a los municipios donde estas se encuentran. Es así como Muzo, en 2013 recibió sólo 116 millones de regalías. Una cantidad irrisoria si se compara con los bastos capitales de los magnates esmeralderos o el precio que estas piedras alcanzan en los mercados internacionales.

Como consecuencia, los campesinos y guaqueros son los más afectados. Necesidades básicas insatisfechas, relaciones de poder casi feudales son algunos de los resultados. Y así suele suceder, las riquezas de los unos engordan con el sudor de los otros.

“Una gran parte se va, digamos de una manera ‘legal’, a través de las empresas que pagan regalías. Otra parte, también muy grande, es sacada por los guaqueros e informalmente se la venden a la gente, a los comerciantes que viajan desde Bogotá”, explica Alejandro, que ha participado en todo el proceso de extracción, desde minero raso.

“Muchos de estos comerciantes van y las compran, las traen y venden aquí en bruto. Aquí en la calle, como estaba yo comprando esa”, dice y la saca a relucir de nuevo. Esa última compra parecía ser más gratificante, significativa si se quiere. Era una piedra de buen material, unos verdes a los que les sobran adjetivos. Con sus socios pensaban en el paso a seguir. Siempre hay que pensar con cabeza fría. La piedra debía ser pulida y tallada para poder venderla nuevamente. En pocos días ya no estaría en las manos de ninguno de ellos.

Si bien la esmeralda es un motor para las economías personales de unos pocos magnates, la clandestinidad con que se comercializaba antes de que se permitiera su exportación legal, a principios de los años noventa, llevó a que alrededor del negocio se empezara a derramar sangre en una guerra por el control de las minas y de las esmeraldas que en el mercado se movían. El Estado colombiano ha hecho enormes esfuerzos desde hace dos décadas para dar paso a una formalización de los comerciantes de esmeraldas y demás minerales.

Es por eso que desde el primero de enero del 2015 la Agencia Nacional de Minería ha puesto en marcha el RUCOM (Registro Único de Comercializadores) que se reglamenta bajo el Decreto 0276 de febrero de 2015 y define conceptos como “comercializador de minerales, explotador minero autorizado y titular minero en etapa de explotación”, siendo estos los primeros en ser cobijados por el RUCOM, pero sin dejar de lado los solicitantes de programa de formalización: beneficiarios de reservas de área especial, subcontratistas de formalización minera y barequeros chatarreros, entre otros, con el fin de dar un tratamiento diferenciado tal como han manifestado los mineros y comercializadores.

Esto también permitirá garantizar al comprador, en el caso que nos atañe, que las esmeraldas que adquiera serán de primera calidad y no imitaciones sintéticas. Por otra parte, este es un proceso lento pero que se espera cobijar, a 31 de diciembre del 2015, a todos los exportadores y comercializadores de minerales en el país.

Si bien la rentabilidad de este negocio es prominente, las exportaciones han disminuido gradualmente. La antigua llamada bonanza esmeraldera está en declive. En diez años, se pasaron de exportar 8,96 millones de quilates en 2003 a 1,55 millones de quilates en 2014. Una disminución considerable teniendo en cuenta la calidad de la esmeralda que se da en el país, razón y causa por la cual es solicitada en los mercados internacionales. Es así como Federación Nacional de Esmeraldas, desde el 2014, ha invertido fuertes sumas de dinero para suscitar su exportación a los mercados asiáticos.

En 2005, Alejandro viajó a Hong Kong, uno los grandes mercados de esmeraldas en Asia. Allí el comercio de las esmeraldas se da en las ferias. Ahí hay stands y, en las vitrinas, las piedras que se venden a los clientes llegan de joyerías grandes y pequeñas.

“Toda la esmeralda debe salir a través de una exportación, pagando los impuestos, van empacadas y selladas, y en el exterior se venden y de para acá se trae dinero. Todo se declara”, recalca Alejandro y continúa: “cuando la gente exporta las piedras, llevan muchas veces lo que tienen y a comisión llevan más esmeraldas. Nosotros llevábamos como unos 200.000 dólares, de ese entonces (2005) una gran cantidad era a comisión”. En estos mercados se llegan a negociar las esmeraldas por 127 millones de dólares.

En la mesa de una cafetería Alejandro conversa con sus socios. Recién habían comprado una piedra, venía de Muzo. Su antiguo dueño, don Miguel es un hombre de edad y piel curtida que apareció en la plazoleta del Rosario esa mañana de miércoles. Buscaba cómo vender la piedra.

Don Miguel y su esposa, como contaba ella, tienen una empresa minera en Muzo, conocen del negocio y querían 15 millones, como mínimo, por la piedra. Alejandro era quien tomaba la voz de mando y negociaba sin arandelas. ¿Cuánto pesa?, dígame cuánto vale y hacemos el negocio, le decía al viejo que se resistía a bajar el precio.

Alejandro parecía inmutable, su rostro no se alteraba salvo por su ceño fruncido. Le ofreció 10 millones a don Miguel. Dijo que no. Le insistió de nuevo, le doy los 10 millones en rama, en efectivo, uno sobre otro, don Miguel. Nuevamente no. Entonces se alejó y habló con sus socios. Volvió y se despidió de don Miguel, agradeciendo que lo tuviera en cuenta. Se dieron la mano y el viejo se marchó buscando la carrera Séptima.

Démosle 13, vaya y dígale, ordenó Alejandro a su socio, después de pensarlo un rato. La piedra tenía una veta o un defecto en la mitad según contaría después, pero era de muy buena calidad. Alcanzaron a don Miguel, cerraron el negocio. Fue un buen negocio.  “Fácilmente esta piedra se puede vender en 50 millones. Hay que darles teta, saber negociar”, me dijo cuándo el viejo se alejó. Asentí con la cabeza. Finalmente sí, es un buen negocio.

 

¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.