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| 11/26/2016 12:00:00 AM

Las otras batallas

La firma de la paz con las Farc acabó el conflicto con ese grupo. Sin embargo, la guerra contra el ELN, el EPL y las bandas criminales aumenta en intensidad. Reportaje de SEMANA.

En ‘Tarraquistán’, como algunos militares llaman al municipio de El Tarra, Norte de Santander, la bala enemiga llega solitaria, inesperada, de manos de un francotirador. El soldado Adrián Romario Tarazona –de 21 años, nacido en Cúcuta– estaba advertido. Parado detrás de una trinchera, en una base militar que se alza sobre un pico de montaña llamado Bellavista, Tarazona escuchó unos ruidos que venían desde los arbustos del cerro de enfrente. 

Le informó a sus compañeros y volvió a su esquina de centinela, metido en un chaleco antibalas y cargando uno de esos pesados cascos a los que no les entran los disparos. Pero solo tuvo que asomar la cara a través de un resquicio -por unos segundos no más- para que el tiro se lo llevara de la nada.

Al soldado John Walter Cardona Cardona le tocó la terrible tarea de levantar a su amigo, mientras el resto de compañeros disparaban para asegurar la zona. Cardona, un muchacho acuerpado, de cara ancha, lleva tres años en ese mismo punto, con la paranoia que implica no saber ni cuándo ni desde dónde vendrá el proyectil. Guareciéndose del sol, en la misma trinchera en la que murió Tarazona, dice que los francotiradores son unos cobardes, que no son capaces de enfrentarse cara a cara, “escondiéndose como las ratas”.

Pero aun así dice vivir con un estrés controlable, que ya no le quita el sueño. “Uno no puede achicopalarse. Nos asesinaron a nuestro soldado, pero aquí estamos luchando, cuéstenos lo que nos cueste. En muchos lados tienen un concepto diferente de lo que pasa aquí, que porque firmaron la paz con las Farc todo se iba a acabar. Y sí, se calma con las Farc, pero la guerra sigue igual”.

En el Catatumbo, esa región de 11 municipios entre los que están El Tarra, Tibú, Convención, Hacarí, Teorama y Sardinata, ahora sujetos vestidos de civil hacen la guerra a mansalva y desde cualquier esquina: la del ELN, la del antiguo EPL o los Pelusos, la del Clan del Golfo, la de los Rastrojos. Allí se conjugan todas las formas del crimen, según el general Hugo López Barreto, comandante de la Fuerza de Tarea Vulcano: narcotráfico, robo de hidrocarburos, extorsión, secuestro, minas antipersonal, carros bomba, asesinatos.

Nada ha cambiado desde que se firmó el cese al fuego bilateral entre las Farc y el gobierno nacional. De hecho, como dice el coronel William Camargo, comandante de la Brigada Móvil n°. 33, en esta zona el conflicto transcurre peor que antes. “Quien no tenga capacidad de sobrevivir, que se vaya de aquí, porque esta es la universidad de la guerra”, le dice a un soldado, en medio de un patrullaje.

Todas las fuentes consultadas por semana.com coinciden en decir que si hay un lugar en Colombia en el que el conflicto sigue más vivo que nunca es el Catatumbo. Solo Arauca lo podría superar. En 14 meses no se han reportado acciones violentas de las Farc. Pero, como dice Jorge Restrepo, del Cerac (Centro de Recursos para el Análisis de Conflictos), en el Catatumbo se expandieron el ELN y el EPL después de la muerte de Víctor Ramón Navarro, alias Megateo. “Ellos volvieron a las actividades de tipo guerrillero, esto es, hostigamientos a la fuerza pública, emboscadas (se han presentado cinco en lo que va del año), entre otras”. Restrepo también advierte que la violencia política se mantiene, pero soterrada.

En la lengua barí, de los indígenas motilones, Catatumbo significa tierra del trueno. Allí la cordillera Oriental se quiebra en enormes cañones forrados de palmas, helechos, balsas, ceibas, en los que conviven paujiles, pavas de monte, guacamayas, dantas, tigrillos, ardillas, osos hormigueros y una larga lista de exuberante fauna y flora. En otras circunstancias, este sería el escenario perfecto para dedicarse al turismo ecológico.

Pero la mano del hombre se ha servido de la topografía del Catatumbo para corromperla en beneficio de la guerra. Este año allí han muerto 29 soldados de las brigadas que tienen desplegados a 9.200 hombres a lo largo y ancho de 9.743 kilómetros cuadrados. De ellos, nueve murieron por disparos de francotirador. 

En mayo pasado, un militar de otra base, que queda a un paso del casco urbano de El Tarra, le pidió permiso a un sargento para ir a comprar unos útiles de aseo. El comandante le dijo que no se fuera sin el chaleco, que es el seguro de vida. Y preciso, al cruzar la calle sonó el disparo que venía desde la loma. Los francotiradores pueden ubicar a su objetivo a 1.200 metros de distancia.

 Los soldados Luis Eduardo Orozco y Jamilton Bermeo fueron los últimos en morir por disparos de alta precisión en San Calixto y Acarí, el 6 de noviembre. Tan solo unos días después, el Ejército ya estaba reportando el deceso de uno los francotiradores por cuya mira pasaron varios de los militares asesinados. Dicen que mató a 14. Se llamaba Maicol Stiven Pérez Bayona, alias Ramiro, miembro del EPL. 

La muerte de este francotirador desató una fiera reacción de ese destacamento guerrillero que hoy, según Inteligencia del Ejército, puede tener a unos 210 hombres camuflados entre los civiles. En 15 días, los Pelusos instalaron tres carros bomba cerca al municipio de San Calixto.

El 16 de noviembre, este grupo incluso robó una ambulancia del hospital Emiro Quintero Cañizares de Ocaña y la pintaron con un letrero que decía “carrobomba” . La estacionaron en la vía alterna que va hacia San Calixto, sobre un puente. No hace falta decir lo que significa para el derecho internacional humanitario que violenten de esa manera una misión médica.

Los campesinos de la región están literalmente en la mitad entre los ilegales y el Ejército. El panorama preocupa a Carlos Guevara, de la ONG Somos Defensores. En la zona –dice- los líderes sociales viven en medio de la tensión, y eso se ve reflejado en su silencio. La Defensoría del Pueblo de Norte de Santander envía permanentemente alertas e informes de riesgo que a veces parecen no tener quién los escuche. En la última advertencia aseguran que en los municipios de San Calixto, Teorama, El Tarra, Sardinata, Hacarí y Bucarasica, la población civil está expuesta a amenazas, homicidios, acciones de terror y ataques indiscriminados de los grupos armados ilegales.

María Ciro, del Comité de Integración Social del Catatumbo (Cisca), dice que la guerra nace también por el abandono estatal y la crisis económica. “El conflicto social es muy agudo y preocupante, por la cantidad de actores armados. La militarización es extrema, pero tampoco se ven las oportunidades. La gente aquí cultiva para producir a pérdida”.

El EPL también llenó de explosivos un camión repartidor de cilindros de gas. Lo dejaron en un paraje conocido como La Cantina, en una vía destapada entre Teorama y San Calixto. Por físico miedo, 25 familias de una vereda llamada San Roque tuvieron que desplazarse, mientras otras 75 personas quedaron confinadas, sin para dónde agarrar. Hasta que el Grupo Marte Antiexplosivos del Ejército llegó para destruir el vehículo. “Carrobomba. Megateo y Alirio viven”, estaba escrito con aerosol en uno de los costados del camión, como si fuera al mismo tiempo un mensaje de duelo y una amenaza.

Narcos camuflados de guerrilla

En la base militar situada en el filo de Bellavista, en El Tarra, donde mataron a Tarazona, los cerros están pintados con el verde intenso de la coca, que se asoma en el paisaje como una mala broma.

Además de los centinelas y de la artillería que los soldados han instalado por los cuatro flancos de la montaña, ocho perros avisan la cercanía de extraños. Pero no pueden prevenir los ataques por el aire. Este año esa base ha recibido cinco balones bomba. En la parte baja del cerro de Bellavista pasa la vía que va para Ocaña, hacia el norte. La carretera es el paso obligado de la coca, y por eso tanto ELN como Pelusos se esconden entre la maraña.

Y es que en el Catatumbo, según el Sistema Integrado de Monitoreo de Cultivos Ilícitos, había menos de 500 hectáreas en 2006. Para 2010 el número llegó a 1.900, y el año pasado se reportaron 11.527 hectáreas. Eso significa que el 20 por ciento de todo el territorio del Catatumbo está sembrado de coca.

El negocio del narcotráfico en la región es de proporciones descabelladas. En junio pasado, un informante le avisó al Ejército de un cargamento de cocaína que planeaban sacar hacia la frontera con Venezuela. De inmediato, la Fuerza de Tarea Vulcano desplegó el operativo hasta dar con el camión que pasaba por la vereda La Esperanza, en La Gabarra.

Cuando el teniente que comandaba el retén vio que el perro que detecta la droga se sentó, supo que estaba ante el camión correcto. Esa era la señal. Percibieron nervioso al chofer, Jonathan Alexander Carrillo. Y entonces ofreció 2.000 millones de pesos, en efectivo, para que lo dejaran pasar. Pero el oficial no se dejó comprar. Llamó refuerzos y continuó con la pesquisa. Dentro de un doble fondo había una tonelada de cocaína que en Europa puede costar, según los cálculos del general López, 45 millones de dólares.

En esta tierra los laboratorios para procesar cocaína brotan como hierba. En 2016, el Ejército ha destruido 500 laboratorios y cristalizaderos, grandes y pequeños. Las aguas claras de río de Oro y las oscuras del Catatumbo sirven de ejes por donde circula el grueso del negocio. El último desemboca en el vértice de la frontera colombo-venezolana, una línea atravesada en Norte de Santander por 58 pasos ilegales por los que entra y sale gasolina de contrabando, coca, precursores químicos, alimentos y hasta personas secuestradas.

Los soldados no dan abasto y no alcanzan a controlar lo que fluye de manera subrepticia entre ambos países. En parte porque el 70 por ciento de la tropa debe cuidar los 255 kilómetros del oleoducto Caño Limón–Coveñas, objetivo del otro negocio con el que se enriquecen los grupos armados.

El tubo está lleno de abolladuras. Con mangueras sacan el petróleo que va a parar a refinerías escondidas bajo las copas de los árboles, que producen 500 millones de pesos al mes. Este año las autoridades han destruido 50. Los ilegales usan la mitad de lo robado para procesar la pasta de coca. El resto queda en forma de ACPM y gasolina que venden a precio de huevo.

El negocio es tan rentable, que incluso cuando operaban las Farc los grupos ya se habían dividido las tierras, de modo que cada uno pudiera trabajar por su cuenta sin hacerse daño. Todos quedaron con su pedazo de frontera. Las Farc, comandadas por alias Jimmy Guerrero, del frente 33, tenían la zona norte que corresponde a La Gabarra. Más abajo, hacia Tibú, el territorio era del ELN, con alias Peter o César a la cabeza. Y de ahí hacia el sur se hicieron dueños y señores los Rastrojos, el Clan del Golfo y los Pelusos.

Todo aquello es difícil de creer al sobrevolar el Catatumbo. Desde arriba el sol hace incandescente por segundos cada río y cada charco. Salvo los cultivos de coca, desde el aire no se divisan los laboratorios, ni las armas, ni las refinerías ilegales, ni los huecos profundos que los narcos hacen en la tierra para acumular el petróleo que llega a los afluentes para contaminarlos irreparablemente.

Desde arriba el Catatumbo es un paraíso. Abajo, una zona “volátil, incierta, ambigua y compleja”, en palabras del coronel Camargo. A lo mejor es las dos cosas. Impresiona la cantidad de agua bajo los pies, que encandila a quien la mira, como un tesoro echado a perder por una guerra que sigue viva. 

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