Martes, 30 de septiembre de 2014

| 2012/09/08 00:00

Guerra mafiosa: Tuluá a la mexicana

En esta ciudad industrial se desató una guerra mafiosa muy al estilo de los carteles de Sinaloa, Juárez y los Zetas. Cuerpos decapitados o desmembrados aparecen regados por distintas calles. ¿Qué está pasando?

Los tulueños no dejan de narrar las escabrosas escenas de cómo se encuentran pedazos de cuerpos descuartizados. O de carteles en los que bandas criminales se atribuyen el hecho.

Revisar por estos días la prensa de Tuluá, Valle, es como hojear los diarios de México, un país en el que la guerra mafiosa superó con creces la sevicia criminal que años atrás instauraron los capos y paramilitares colombianos.

Pareciera que esa penosa historia intenta repetirse, pero esta vez los protagonistas no son los carteles de Cali o Norte del Valle, sino una tercera generación de narcos integrada por pequeñas bandas criminales que se pelean el control territorial del narcotráfico.

Cabezas que aparecen sin cuerpos, manos y piernas cercenadas, o cadáveres con señales de tortura, son desde hace varias semanas el horror de cada día en la ciudad que es considerada el corazón del Valle.

La tierra del Tino Asprilla y del escritor Gustavo Álvarez Gardeazábal se está
desangrando. En Tuluá viven cerca de 160.000 personas, está a hora y media de Cali y es un polo agroindustrial. Pero desde abril han aparecido en forma dispersa media docena de cuerpos, decapitados o desmembrados, con carteles intimidatorios de bandas criminales. En 2012 los homicidios se dispararon un 32 por ciento con 119 muertos y solo en agosto se registró un crimen diario.

Los asesinos no se contentan con decapitarlos sino que perpetúan el horror esparciendo piezas del cadáver, a cuentagotas, por varios sectores de la ciudad.

Los cuerpos que no son decapitados o desmembrados, los dejan enteros pero con evidentes señales de tortura. Así ocurrió el 27 de agosto con el cadáver de un menor de 16 años hallado en un andén cerca del río Tuluá. El cuerpo estaba envuelto en una cobija encintada, amarrado de pies y manos y con un cable en el cuello. Encima tenía dos panfletos que decían, “Los Paisas y Rastrojos… Zallallines se mueren”.

Semanas atrás hallaron otro costal con el cuerpo de dos adolescentes asesinados a garrote y con cortadas en la cara. Y el martes 4 de septiembre apareció la cabeza de la cuarta víctima con un mensaje que decía: “De parte de Aníbal, alias Picante”. En esa estela de muerte no se han salvado los ancianos; solo en agosto asesinaron a tres, y dos jovencitas en un mismo hecho.

En la mayoría de los casos las víctimas de esta nueva ola de violencia son de bajo perfil que van desde vendedoras de arepas, mototaxistas, zapateros, soldadores y comerciantes. Ese perfil encaja a la medida en la tesis que manejan las autoridades. Investigadores consultados por esta revista creen que detrás de esas muertes está la puja interna de una facción de los Rastrojos que busca quedarse a sangre y fuego con el negocio del microtráfico. “Entre sus objetivos no solo están los jíbaros o sicarios, sino todo aquel que se niegue a pagar las extorsiones de su grupo criminal”, dijo la fuente, tras explicar que la atomización de esos grupos se originó luego de la reciente entrega y captura de capos como Javier Enrique Calle Serna, alias Comba; Diego Pérez Henao, alias Diego Rastrojo y Jhon Stevens.

Ante esa arremetida el coronel Nelson Ramírez, comandante de la Policía del Valle, ha hecho de todo para contenerlos. Trasladó su despacho para Tuluá, incrementó el pie de fuerza en 200 hombres y cambió al comandante de estación. Esa misma preocupación la tiene el secretario de Gobierno del Valle, Jorge Homero Giraldo, quien en una carta privada a los alcaldes les pidió acoger los planes de seguridad. Pero nada de ello ha servido.

Muchos se atreven a comparar la sevicia criminal de las nacientes bandas mafiosas en Tuluá, con el actuar de carteles mexicanos como los Zetas, Juárez o Sinaloa, para los cuales la consigna es el terror y la expresan al decapitar a sus víctimas y exhibirlas.

Quizá los baby narcos de Tuluá no tengan mucho que aprender de los capos mexicanos porque en la mafia colombiana siempre existió la sevicia de sus crímenes como un sello personal. La diferencia es que antes no la exhibían como hoy en día. Y lo insólito es que ahora son pequeñas bandas que decapitan o descuartizan a sus víctimas por el simple dominio de un expendio de bazuco.

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