Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2000/09/18 00:00

Guerras diferentes

Steve Salisbury, periodista norteamericano que ha vivido los conflictos de Centroamérica y Colombia, analiza por qué sus procesos de paz no son comparables.

Guerras diferentes

El joven teniente Henry Danilo López Samayoa habría podido pedir una licencia para acompañar a su esposa, quien esperaba dar a luz. Pero pensó que tenía tiempo para un patrullaje más. Que yo, un corresponsal de guerra estadounidense, fuera a acompañar su unidad, aseguró su decisión. Si hubiera sabido lo que nos esperaba, quizás habría optado por la licencia.

Durante el patrullaje, un campesino viejo llegó cojeando tan rápido como podía. “La guerrilla me acaba de robar una vaca, y se fueron para allá”, dijo, señalando hacia la selva. Los 40 hombres, divididos en dos o tres pelotones, caminaron hacia el lugar indicado, doblados bajo agobiantes morrales. “Están cerca”, me susurró el teniente. Pronto encontramos un área despejada, donde había un campamento improvisado. La fogata todavía humeaba. El calor era sofocante. Un soldado continuó como puntero. El próximo fue el teniente, seguido por otro soldado, y yo detrás, con mi cámara.

Entonces, ¡BUM! Un gran estruendo. Todo se estremeció. López había pisado una mina. Sentí la onda expansiva como un gancho de Mike Tyson. Caí arrodillado. El sabor ferroso de sangre surgió en mi boca. Aturdido, me tocaba el cuerpo para asegurarme que todo permanecía intacto. Gracias a Dios, sí. Y también gracias al soldado que iba delante de mí, a quien las esquirlas le había volado un ojo y parte de la cara. Se agarró el rostro con las dos manos, gritaba y se arrastraba. La histeria y la confusión reinaron. Cuando el humo se disipó, se reveló una escena sangrienta. El teniente, caído, aullaba en carne viva. El soldado delante de él, con sus piernas quemadas, saltaba a un arroyo. Varios heridos gemían.

La tropa se arrojó al suelo, pero no hubo disparos guerrilleros. Estos ya habían desaparecido. Afortunadamente ninguno de los heridos murió, gracias a los primeros auxilios y a la evacuación por helicóptero. Esta experiencia me sucedió en El Petén, Guatemala, en 1985. Sin embargo, hubiese podido suceder en Colombia. Hay muchas semejanzas entre las guerrillas centroamericanas y el conflicto colombiano (los cilindros de gas fueron muy utilizados en El Salvador). Y hay coincidencias en otras áreas: economías en crisis, influencia de Estados Unidos, instructores militares de ese país, procesos de paz, e interés internacional, entre otras.

Sin embargo, Centroamérica no es Colombia. Además, Centroamérica no fue una sola experiencia. Guatemala, Nicaragua y El Salvador sufrieron conflictos de variadas características desde los años 60 hasta los 90. ¿Cuáles son las diferencias más importantes? La lista es larga.

Colombia tiene 37 millones de habitantes. Guatemala, el país centroamericano más poblado, tiene unos 12 millones. Con más de 1.138.000 kilómetros cuadrados, Colombia tiene más de nueve veces la superficie del país centroamericano más grande, Nicaragua. Sumando el número de helicópteros aprobados por Estados Unidos para el Plan Colombia con los que ya se tienen, las Fuerzas Militares y Policía van a tener unos 180 helicópteros para la superficie nacional. Eso no se compara con los 80 helicópteros que El Salvador (que tiene una superficie 54 veces menor que la de Colombia) llegó a tener durante su guerra.

Y los antecedentes: los gobiernos de Guatemala, El Salvador y Nicaragua por décadas fueron alianzas entre militares y oligarquías derechistas, que se perpetuaron con elecciones dudosas y trataron con mano dura a los disidentes. Ante las puertas cerradas de la política, y aprovechando las desigualdades (mayores que en Colombia), varios grupos marxistas se levantaron. En Colombia, en cambio, la guerrilla tuvo sus antecedentes en ‘La Violencia’ entre liberales y conservadores. Fue cuando el entonces liberal Manuel Marulanda se fue al monte con unos primos. Sólo en los 60, dice Alfonso Cano, jefe de propaganda de las Farc, la ideología marxista empezó a permear el movimiento de Marulanda.

La Guerra Fría fue un factor importante en las guerras centroamericanas (como en la colombiana hasta los 80). El Bloque Soviético fue el mayor apoyo material de las guerrillas. Hasta tal punto que una de ellas, los sandinistas, tomaron el poder en Nicaragua en 1979. Al contrario, los Contras, enemigos del régimen sandinista, dependían de la ayuda norteamericana. Cuando la Guerra Fría terminó, las partes se desmovilizaron.

Aparte de incidentes aislados, el narcotráfico no jugó un papel importante en las guerras centroamericanas. Y, aunque las guerrillas centroamericanas hicieron uso del secuestro— ‘retención’ y la extorsión— ‘impuesto de guerra’, nunca llegaron a las proporciones colombianas. Sin el apoyo externo, los guerrilleros y los ‘contras’ no llegaban lejos. No así las guerrillas y autodefensas ilegales (‘paramilitares’) colombianas, que han probado su autosuficiencia y vigor.

En contraste con Colombia, Guatemala, El Salvador y la Nicaragua sandinista montaron autodefensas legales. La lógica era que, debido a que las Fuerzas Armadas no podían cubrir el territorio, los ciudadanos armados y organizados podían resistir. En Guatemala, donde en 1982 el presidente Efraín Ríos Montt las expandió en el programa ‘Fusiles y Frijoles’, las autodefensas llegaron a tener cientos de miles de patrulleros y fueron clave contra la guerrilla. Las autodefensas centroamericanas no estaban tan bien armadas como las ilegales Autodefensas Unidas de Colombia (AUC). Sin embargo, sus fusiles viejos eran mejores que las pistolas que la ley colombiana permite a las Convivir, una autodefensa legal que alguna vez se extendió en Colombia, pero que hoy está desarticulada. La situación de las Convivir y la incapacidad del gobierno para proteger a la gente motivaron que algunas comunidades (apoyadas por terratenientes y, en unas zonas, por narcotraficantes) organizaran las autodefensas por fuera de la ley.

Pero a pesar de todo su valor estratégico, las autodefensas centroamericanas tuvieron un lado oscuro. Fueron responsables de espeluznantes atrocidades y de ajustes de cuentas personales. Pero lo que jamás se vio en Centroamérica fue un movimiento como las AUC. En Guatemala y El Salvador hubo grupos derechistas llamados ‘escuadrones de la muerte’ (en áreas urbanas). Al otro extremo las guerrillas marxistas también tenían sus propios escuadrones para ‘ajusticiar’. Igual, las Fuerzas Armadas y de Seguridad guatemalteca y salvadoreñas rechazaban acusaciones de tener nexos con los escuadrones de la muerte, a pesar de los indicios. Pero estos escuadrones nunca tuvieron las características de un miniejército que tienen las AUC.

En junio, yo fui a hablar con Carlos Castaño, líder de las AUC, y en unos aspectos me hizo recordar al fallecido Roberto D’Aubuisson, un ex mayor de quien se decía que era el líder de escuadrones en El Salvador. Conocí a D’Aubuisson hace 15 años. Era considerado un criminal en el exterior y por no pocos salvadoreños. Pero su discurso anticomunista articulado e implacable fue ganando simpatía entre una población harta de la violencia guerrillera. El estigma de los hechos de sangre supuestamente inspirados por D’Aubuisson (nunca probados judicialmente) retrocedió a segundo plano entre un creciente segmento de la población. Con el partido Arena llegó a ser presidente de la Asamblea Legislativa Nacional. En 1984 casi ganó el poder en unas elecciones en las que, como después se supo, la CIA canalizó fondos hacia el demócrata-cristiano Napoleón Duarte. Más adelante, con Alfredo Cristiani (que no tenía sospechas sobre derechos humanos y era más al gusto estadounidense) Arena ganó la presidencia en 1989, y sigue en el poder hoy.

Como D’Aubuisson, Castaño es controversial. Sus cicatrices muestran que estuvo en combates. Castaño también tiene carisma y habla sin pelos en la lengua. Me dijo que durante los primeros años después del asesinato de su padre y otros familiares por la guerrilla, la venganza motivó su lucha. “Pero este es un movimiento que va más allá”, dijo. Propugna por “un capitalismo con rostro humano”. Este mensaje se opaca por las imágenes de los muertos. No obstante, hay indicios de que Castaño tiene el potencial de galvanizar un segmento significativo de la derecha (al menos en unas regiones), si él sobrevive y el Estado permite su participación. Según Castaño, las AUC tienen unos 11.000 miembros; de ellos, aproximadamente 8.000 armados.

Pero hay diferencias entre D’Aubuisson y Castaño. El movimiento de D’Aubuisson se originó de las ciudades hacia el campo. Las AUC son un fenómeno rural. El apoyo a D’Aubuisson tuvo unas raíces en la élite salvadoreña. Aunque gente adinerada ha contribuido a las AUC, Castaño dice que la élite colombiana ha mantenido distancia. D’Aubuisson entró a la política abierta. Pero Carlos Castaño tiene orden de captura pendiente, y no ha inscrito un partido político todavía (aunque me dijo que lo está pensando). D’Aubuisson se presentó mucho al público. Aparte de dos entrevistas televisadas y algunas en radio y publicaciones, Castaño mantiene un perfil bajo. Y, mientras D’Aubuisson como diputado mantuvo una relación abierta con las Fuerzas Armadas, las circunstancias colombianas han puesto barreras entre Castaño y las Fuerzas Militares.

Según Castaño, hace unos seis años hubo una especie de colaboración entre elementos de las Fuerzas Militares y las autodefensas. Y la mayoría de los miembros de las Fuerzas Militares no van a llorar si las autodefensas matan a los guerrilleros (su enemigo común). Pero, debido a la presión de Estados Unidos y del gobierno, Castaño afirma, esa colaboración se ha reducido a unos casos aislados de militares de grado medio o bajo que actúan por su voluntad individual y no institucional. “Los generales y coroneles están preocupados de perder sus puestos, si colaboran con nosotros”, dijo.

Al contrario, insiste Castaño, algunos altos oficiales buscan promoverse combatiendo a las autodefensas. Según él, el Ejército le mató unos 42 hombres en 1999, mientras las Farc mató a 142 de sus combatientes. “Somos una fuerza independiente”, dijo. El jefe de las Fuerzas Militares, general Fernando Tapias Stahelin, también rechaza enfáticamente cualquier nexo institucional con las AUC.

Otra percepción equivocada es que las autodefensas colombianas son similares a la contra nicaragüense. Esta fue una mezcla de movimiento auténtico y de testaferro de los intereses estadounidenses que incursionaba desde Honduras y Costa Rica contra el gobierno sandinista. El blanco de las autodefensas colombianas no es el gobierno, al menos todavía. En contraste con el derechismo de las autodefensas ilegales colombianas, hubo tres fracciones contras de diferentes corrientes políticas.

El respeto a los derechos humanos fue una condición de la ayuda estadounidense para Centroamérica y también que hubiese gobiernos democráticos. Esa es una diferencia con Colombia, donde ya hay una estructura democrática asentada, a pesar de que el sistema político está cercado por el clientelismo y la corrupción.

En cuanto al papel militar estadounidense en Centroamérica, fue variable. En El Salvador, con la amarga experiencia de Vietnam todavía fresca, Estados Unidos se impuso un límite de 55 asesores/instructores militares permanentes en tierra salvadoreña (aunque había decenas más de ‘servicio temporal’). En cuanto a Colombia, el enfoque de la ayuda militar estadounidense es oficialmente antinarcóticos. Las Farc ven esto como un pretexto. Y con la guerrilla en áreas de cultivos ilícitos, es inevitable que la ayuda militar se use contra ella. Con los éxitos de Kosovo y el Golfo Pérsico más recientes que Vietnam, el presidente Bill Clinton firmó una ley que permite que el límite de militares estadounidenses en Colombia sea de 500, con una cláusula de que puedan llegar más en circunstancias especiales.

Aunque es difícil de comentar por su naturaleza, aparentemente las actividades encubiertas de la Inteligencia norteamericana no parecen tan agresivas en Colombia ahora como lo fueron en Centroamérica en los 80, cuando la CIA apoyó ataques a refinerías y minado de puertos nicaragüenses. Según el retirado general Rosso José Serrano, la CIA y la DEA entrenan y dan material a fuerzas antinarcóticos colombianas. Pero, en cuanto a la inteligencia ‘humana’ (coleccionada por espías), todo indica que los organismos de Inteligencia estadounidenses están renuentes de tomar riesgos y dependen del sistema de enlace, en el cual los colombianos hacen el trabajo duro y comparten sus informes con los estadounidenses.

En El Salvador, los asesores participaron en estrategias y operaciones contrainsurgentes. Sin embargo, el papel oficial de los militares estadounidenses en Colombiana es de instrucción, apoyo logístico, antinarcóticos, e inteligencia técnica. Nada de combate en teoría. Pero las misiones a veces evolucionan y no se puede descartar la posibilidad de que militares norteamericanos se vean en combate. Un caso se presentó cuando unos navy seals (comandos élites de la armada estadounidense) entrenaban a fuerzas especiales antinarcóticos del Ejército colombiano. Para no perder los ejercicios, los colombianos decidieron llevarlos a cabo en el único lugar práctico al momento. Resultó que a pocos kilómetros la guerrilla y tropas gubernamentales entablaron combate.

Unos navy seals dicen que en el Bloque de Búsqueda del Ejército colombiano (CEE) están los mejores soldados que ellos han entrenado en América Latina. Esta profesionalización, la integración del poderío aéreo, la formación de la Fuerza de Despliegue Rápido, y el uso de visión nocturna han producido resultados significativos a favor de los militares.

Sin embargo, las Fuerzas Militares salvadoreñas, guatemaltecas y nicaragüenses tuvieron ventajas sobre las colombianas. Su servicio obligatorio era más largo. En Colombia, los bachilleres no pueden ser enviados a combate. Al fin de la guerra salvadoreña había unos 63.000 militares y 8.600 guerrilleros. En Guatemala, a la firma de paz, unos 43.000 militares y casi 3.000 guerrilleros. En Colombia, las Fuerzas Militares tienen entre 130.000 y 150.000 efectivos, mientras hay aproximadamente 16.000 guerrilleros (sin incluir los ‘milicianos urbanos’). Combinando las restricciones con la infraestructura y carreteras para vigilar en Colombia (mucha más extensa que la de Centroamérica), sólo una cuarta parte del Ejercito colombiano está en operaciones antiguerrilleras en un determinado momento.

¿Cómo se comparan las guerrillas centroamericanas con las colombianas? Parece que hubo más armonía entre las primeras. El Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) en El Salvador y la Unión Revolucionaria Nacional Guatemalteca (URNG) fueron coaliciones con diferencias pero pocas veces llegaron a matarse entre ellos. En Colombia, la coalición Coordinadora Guerrillera Simón Bolívar se disolvió por disputas intestinas. Y de vez en cuando hay noticias de cómo unos frentes de las Farc, ELN, EPL, y el Jaime Bateman se enfrentan a tiros.

En ideología, un poco antes de dejar las armas, las guerrillas centroamericanas empezaron a cambiar su discurso marxista por uno socialdemócrata. En parte por eso, parece que las guerrillas centroamericanas tuvieron más éxito organizando redes internacionales de solidaridad que las colombianas, que todavía se enorgullecen de ser marxistas. También, debido a que las guerrillas colombianas tienen imagen de estar ligadas al narcotráfico (que ellas niegan), muchos extranjeros izquierdistas son renuentes a ser asociados con ellas.

Militarmente, en su apogeo la guerrilla salvadoreña tuvo más impacto que las Farc y el ELN en Colombia hasta ahora. Y, a veces, el FMLN llegó a entrar en las ciudades. Todavía esto le falta a la guerrilla colombiana. Pero ésta (particularmente las Farc) está aumentando su capacidad, y se ve más fuerte que la guerrilla guatemalteca arrinconada por el Ejército en los 80.

El ELN ha incrementado sus ataques a la infraestructura petrolera, forzando al gobierno a tenerlo en cuenta, a pesar de que ha sufrido recientemente golpes del Ejército y de las autodefensas. Las Farc siguen creciendo, dice Alfonso Cano, y se ha mostrado que tienen más influencia que el Estado en partes de Colombia. Tomas como las de Las Delicias, Miraflores y Mitú, que hicieron las Farc, son semejantes a las de la guerrilla salvadoreña. Teniendo en cuenta la mejoría y la mayor capacidad aérea de las Fuerzas Militares, la guerrilla colombiana, como hizo la salvadoreña, probablemente tendrá que cambiar sus tácticas (si no lo ha hecho). La salvadoreña introdujo misiles antiaéreos portátiles, incrementó las minas antipersonales, y se dividió en unidades pequeñas menos vulnerables a ataques aéreos (reagrupándose para atacar un puesto o población).

Algunos comandantes de las Farc me han dicho que solo están esperando el momento apropiado para usar misiles antiaéreos. Eso cambiaría el panorama militar. Las Fuerzas Militares serían obligadas a transportar y reabastecer sus tropas por vía terrestre en algunas áreas. Los helicópteros Black Hack tendrán que operar con cuidado y su efectividad podría ser afectada. El resultado: los helicópteros solos no pondrán fin al conflicto colombiano.

El presidente Pastrana ha puesto fe en el diálogo y ha citado los procesos de paz centroamericanos como algo para emular en Colombia. Sin embargo, los jefes de las Farc opinan que los líderes de las guerrillas centroamericanas traicionaron sus revoluciones al firmar la paz. En Centroamérica, nunca otorgó una Zona de Distensión a las guerrillas. En los procesos de paz centroamericanos, los militares activos participaron. Y la comunidad internacional y las Naciones Unidas jugaron un papel crucial.

Pero aún en la posguerra de Centroamérica no ha llegado la paz para millones que viven en precarias situaciones económicas. De hecho, durante los primeros años de la posguerra en Nicaragua, había ‘Recontras’ y ‘Recompas’, grupos de ex contras y ex sandinistas desmovilizados, quienes retomaron las armas por ‘incumplimiento’ de acuerdos. Dice Rodrigo Carvajal, un consultor de seguridad que estuvo en El Salvador durante esa guerra: “Tiende a incrementar la delincuencia común y organizada después de cada guerra. El gobierno colombiano debe ser atento a la reincorporación de todos los combatientes desmovilizados a la sociedad, a fin de minimizar los índices de delincuencia en la posguerra”.

Hablando hace dos años en un foro sobre la paz patrocinado por El Tiempo, Guadalupe Martínez, una ex guerrillera salvadoreña, dijo que el FMLN al principio usó las negociaciones como un instrumento para avanzar en su lucha. Pensó que ganaba la guerra y que el tiempo le favorecería. Mientras tanto, por años, se preparaba para una ofensiva ‘hasta el tope’. Cuando esa ofensiva falló en noviembre de 1989 con unas 3.000 víctimas durante tres semanas de combates en San Salvador y otras ciudades, según Martínez, el FMLN concluyó que la vía negociada era la única. Hoy, ese movimiento controla la Asamblea Legislativa y las alcaldías más importantes, no con balas sino con votos. Pero ahora, como el FMLN antes de 1989, con o sin un proceso de paz, las Farc sigue multiplicando sus frentes, con mira a un “empujón” algún día, dice un guerrillero

Falta mucho todavía para la reconciliación total en Centroamérica. Pero ha habido cambios positivos de actitudes y muchos avances allí. Esta, tal vez, es las diferencia más grande entre la situaciones de Centroamérica y Colombia.

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