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| 9/14/2017 8:07:00 AM

El guerrillero que también quiere llorar a sus muertos

Gregory fue testigo del exterminio de la Unión Patriótica, vio caer a sus amigos y a su propio hermano en los combates de las Farc. Ahora con la paz piensa en la vida y planea su futuro.

Por Astrid Suárez

Este texto hace parte del especial el ADN de las Farc.

A Javier lo destrozaron a punta de bala, lo arrastraron varios metros y luego lo desaparecieron. Al día siguiente encontraron su ropa vuelta tiras, llena de sangre en medio de la selva. Javier era el hermano menor de Gregory. Aunque los dos fueron guerrilleros, solo uno de ellos estaba en el campo de batalla ese 11 de noviembre de 2003 mientras el otro escuchaba a la distancia los disparos. La incertidumbre llegó a su fin después de escuchar en la radio los nombres de los que habían muerto en combate.

La decisión de ingresar a la guerrilla la tomaron dos años antes. Toda la familia se reunió esa noche. A un lado se sentaron los padres y al otro los cuatro hermanos: Gregory, David, Javier y Alejandra. La situación en Bogotá se había complicado, las opciones para los hermanos eran pocas, si se quedaban creían que los iban a matar o a llevar a la cárcel, si se iban se unían a las filas de las Farc con todo lo que eso implicaba.

Gregory recuerda que desde que era pequeño conoció lo que significaba ser perseguido. Su papá era del Partido Comunista y se encargó de recorrer los pueblos de Cundinamarca en la construcción de uniones solidarias cuando se estaba formando la Unión Patriótica (UP). Siendo uno de los mayores, Gregory acompañó a su padre a las correrías, especialmente en el área del Tequendama, en un pueblo que se llama San Juan de Río Seco. “Todavía me acuerdo que íbamos a la vereda Santa Teresa, y allá empezaron a masacrar a los que eran militantes de la UP. La forma en que los asesinaban era cruel para dar escarmiento”, cuenta Gregory que ya tiene 38 años.

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Aun con todo lo que pasaba en el pueblo, se quedaron ocho años y después se mudaron a Paipa. Por la actividad política de su papá Gregory parecía un niño gitano hasta que llegaron a Bogotá en pleno auge de la Unión Patriótica.

En la capital ellos “pagaban guardia” en la sede de la UP. Entre tanto y tanto asistían a los entierros de sus compañeros, al exterminio, o como Gregory le llama “el martirologio, mataban a un dirigente y a los tres días mataban al que lo reemplazaba”.

El papá de Gregory tuvo que irse por un tiempo para no ser el siguiente en la lista. La zozobra reinaba en la casa, Gregory recuerda con nitidez que siempre veían que un campero rojo se parqueaba al frente, noche tras noche mientras en su familia se turnaban para hacer guardia y protegerse.

En medio de esa turbulencia Gregory fue creciendo, según él con la espinita de que en Colombia pensar diferente era ligado a ser víctima e incluso a estar sentenciado a muerte.

Paradójicamente, cuando tuvo la edad prestó el servicio militar, su familia nunca ha sido adinerada y no le quedó otra opción. Fue un año largo para Gregory, un choque emocional. Cuando llegó la hora de hacer el juramento de armas se negó. Entonces como ‘castigo’ tuvo que limpiar el alojamiento con un cepillo de embolar zapatos.

Cuando salió del servicio se presentó a la Universidad Nacional para estudiar Ciencias Políticas. Al segundo intento pasó. Estando allá su trabajo político se volvió su vida, se fue ligando cada vez más a las tareas logísticas del Movimiento Bolivariano, avanzando paso a paso y convenciendo a otros de que ese era el camino.

Gregory y sus dos hermanos llegaron a las filas de las Farc en la época del Caguán como muchos otros: se calcula que fueron más de 2.500 los que se enrolaron en la guerrilla por esos días. Ellos se fueron acercando poco a poco, visitaron los campamentos durante un año y se engancharon. “En el Caguán empezamos a encontrarnos con lo que era la guerrilla, uno se enamoró del proyecto político. Conocer al camarada Manuel, al Mono, Alonso Cano y París era una fortuna”.

Gregory y Javier llevaban ocho días siendo guerrilleros cuando se percataron de que sus papás y su hermana Alejandra se acercaron al campamento en pijama, en plena noche, sin nada en sus manos, huyendo de la policía. Resulta que el novio de Alejandra también se había ido a la guerrilla tan animado como sus cuñados, pero al llegar al campamento se dio cuenta que eso no era lo suyo y salió corriendo para Bogotá. Estando allá fue a una estación de policía y ‘cantó’ todo, dijo que Gregory era un reclutador y dio los datos de sus familiares. Eso llevó a que la familia se reuniera otra vez, solo que ahora estaban en el corazón de la zona de distensión.

"¡No más! ¡Nos cansamos de la hipocresía de la guerrilla!", dijo el entonces presidente Andrés Pastrana durante el discurso radiotelevisado que dio el 20 de febrero de 2002 a las 9 de la noche y dio fin al proceso de paz con las Farc. Gregory se enteró horas después de lo que ocurría, estaba en el límite entre los departamentos del Meta y Cundinamarca. Tuvieron que empezar a moverse rápido y dividirse, él se quedó con su hermana en Cundinamarca, y sus hermanos se fueron al frente 40 en La Uribe.

Pasó un año entero para que todos se reunieran de nuevo, habían vivido tanto que el tiempo no era suficiente para contar cada detalle. La alegría les duró poco, tres meses. Después los volvieron a trasladar, Alejandra, la única mujer, se fue para el Estado Mayor del bloque oriental.

Por cuatro años todos permanecieron en la guerrilla hasta que llegó el día de tomar decisiones de nuevo. Los padres de Gregory resolvieron volver a la ciudad y los tres hermanos que quedaban vivos se quedaron ensanchando las filas de las Farc. Lo que no calcularon fue que la Policía nunca dejó de seguir sus pasos y después de que David se devolvió a Bogotá para cuidarlos, fueron capturados.

A su mamá la mandaron al Buen Pastor, su papá mientras tanto, fue recluido en La Picota. Gregory poco sabe de lo que les tocó vivir con esa separación, lo único que recuerda es que fueron diez largos meses. “A mis papás los cogieron por un error en una medida de seguridad, descubrieron unas hojas de vida de nosotros donde figuraban como nuestros papás y los relacionaron con las Farc”, contó. En la redada, su hermano David también terminó en prisión, pero condenado por rebelión y con una pena más larga: dos años.

***
Gregory era un citadino, un universitario que no sabía lo que era caminar con botas pantaneras sin hundirse en el intento, llevar kilos en su espalda sin perder la agilidad. En la guerrilla la gran mayoría eran del campo, un 65 por ciento se calculó en el censo que hizo la Universidad Nacional. Incluso, en el primer año en las Farc, tuvo que aprender a caminar diferente.


Foto: Carlos Julio Martínez / SEMANA

Pero venir de la capital también le sirvió dentro de la guerrilla, su especialidad no eran los combates sino la pedagogía, y al final del proceso de paz en La Habana se enfó en las comunicaciones. Viajó a Cuba y estuvo en los primeros pinitos de NC Noticias, el informativo de las Farc. Estando en la tierra de Fidel Castro tuvo en sus manos su primer celular y poco a poco empezó a aprender a manejar redes sociales. Ahora la tecnología hace parte de su vida cotidiana, tanto así que se ha vuelto un ‘ducho’ en programas de edición de fotografía y video. Está de lleno en la estrategia de comunicaciones de las Farc y cree que ahí está su futuro.

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Estando en la isla conoció a Lasly, la madre de su primer hijo. Para Gregory poder pensar en la vida de otra persona en vez de la muerte es un privilegio que le ha dado el proceso de paz. Ahora tiene un gato llamado Argos que le regaló Jesús Santrich. Y la esperanza de volver a la universidad para terminar los estudios de Ciencia Política que dejó a medio empezar.

***
La muerte perseguía a Gregory. Perdió a su compañera el 6 de octubre de 2003; a Juana, una amiga de universidad con la que había entrado a la guerrilla el 27 de septiembre; a su hermano menor, Javier, el 11 de noviembre. Seis años después Gregory volvió a vivir de luto por la muerte de Valentina, la mujer con la que convivió cuatro años. Golpe tras golpe aguantó para no desfallecer durante los 17 años en los que hizo parte de la guerrilla. “Si en esta confrontación uno se pusiera a llorar cada vez que hay un muerto el movimiento no se hubiera sostenido”, cuenta sentado en una silla, en la zona veredal de Icononzo en la que vivió el desarme y dejó oficialmente de ser guerrillero.

Pero aún teniendo la voz firme al hablar de los seres queridos que perdió en la guerra, la muerte de su hermano fue una lanza que lo atravesó. Se siente responsable de que Javier haya entrado a la guerrilla y que fruto de esa decisión hubiera muerto. Gregory recuerda con nitidez el día en que fue a contarle a su mamá lo que había pasado. A penas lo vio le preguntó “¿Dónde está Javier?”, a Gregory la verdad que llevaba a cuestas lo dejó estupefacto, no sabía qué decirle, cómo explicarle que no lo volvería a ver y solo pudo pronunciar: “Mamá, a Javier lo mataron en combate”. El dolor fue tal que su papá tuvo que ir al psiquiatra. Desde ese noviembre la familia busca el cuerpo sin descanso y esperan que su nueva vida les ayude a encontrarlo.

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