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| 6/19/2017 1:05:00 PM

La hija de Isaías Trujillo aspira a escoltar el partido de las Farc

No sólo los excombatientes de confianza del Estado Mayor se postularon para hacer parte de la UNP, sino también los familiares de muchos de ellos que por años esperaron su retiro de la clandestinidad.

Angélica no tiene lapsus como los de Wilinton cada vez que lo llaman por su nombre de pila y no por su identidad de guerra en las Farc. Aunque él lleva varios meses acostumbrándose a ese minúsculo cambio, todavía le cuesta y por eso se aguanta -hasta que escucha vociferar todas las letras de su nombre y apellido- para darse la vuelta y entender si el llamado tiene o no que ver con él.

Arrinconados por la amenaza de lluvia, más de 300 hombres y mujeres de confianza del Secretariado de las Farc se acomodan en el primer y segundo piso de un recinto. Allí, esperan con ansias no solo la amnistía que resuelve las deudas que tienen con la justicia ahora encaran la vida civil, sino también el acta que los compromete a nunca más volverse a alzar en armas contra el Estado colombiano. 

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Mucho y nada tienen Angélica y Wilinton en común. A la vereda Puebloviejo de Facatativá, llegaron hace más de dos semanas persiguiendo un sueño: hacer parte de los esquemas de seguridad que prestarán ayuda a los hombres y mujeres de las Farc que darán el salto a la política. No es una preocupación menor, desde que se puso en marcha la implementación de los acuerdos, al menos tres guerrilleros y una decena de familiares han sido asesinados.

Como nunca les ocurrió en el pasado, esta vez están uniformados. De civil, vestidos con jeans, botas y un camibuso amarillo -que lleva estampado el logo de la Academia de Seguridad Ranger Swat- se paran en la meta de inicio para arrancar el curso intensivo de 45 días que definirá si son aptos o no para ser parte de la Unidad Nacional de Protección (UNP). 

"Se va a dividir el proceso en dos fases: la selección y la reincorporación. Una es la parte técnica con todas sus pruebas de poligrafía, entrevistas y la otra la práctica. Hay instrucción y capacitación. Aquí todo es calificable", manifiestó uno de los instructores durante la ceremonia.

Cada uno de los excombatientes, que disciplinariamente fijan su mirada en la persona que habla durante el acto, pasó dos importantes filtros antes de sentarse allí: el de la guerrilla que los postuló y el del Gobierno que se cercioró de que no tuvieran deudas de gravedad con la justicia. 

"Con esta preselección vamos a tener certeza de la lealtad. De la gente que nos acompaña porque han trabajado con nosotros en las circunstancias más difíciles. Confiamos en ellos. Aquí se crea el ambiente más deseable para que esta protección y seguridad que se va a brindar tenga un alto grado de confiabilidad", manifestó el jefe guerrillero Iván Márquez durante el encuentro. 

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Angélica es una de las más emocionadas, aunque celebra en cuerpo ajeno. Conoce desde su seno lo que ha sido la guerrilla, pero a diferencia de casi todos los hombres y mujeres que se reparten en los cinco salones del recinto para tener sus papeles en regla, ella no se preocupa por firmar. 

Es hija de guerrilleros, formada en la vida civil. "Cómo le explico", dice titubeante. "Yo no soy guerrillera, pero sí estoy haciendo el curso por parte de una zona veredal. Mis papás me dieron la oportunidad (...) Nací y prácticamente me crié con ellos. Muchas veces estuve con mi papá porque me tocó refugiarme a su lado por las amenazas de los paras", recuerda. 

La decisión la tomó el pasado mes de mayo cuando su papá le ofreció el curso a su yerno que también está en la vida civil. "Cuando me enteré inmediatamente le dije que también lo quería hacer. Le pregunté que si podía. Él me dijo, ¿y los niños? Al final encontramos una solución para ellos", relata esta mujer de 37 años, hija de una de las parejas más conocidas del Estado Mayor que logró sobreponerse a los embates de la guerra: Isaías Trujillo y Erika Montero. 

Erika no veía a su hija desde el año 2010. Isaías, en cambio, sí había podido seguir sus pasos más de cerca. “A mis nietos los he visto sólo en fotos. Como no mantenemos juntos, él sí ha tenido la oportunidad; yo no”, contó ella durante la Décima Conferencia guerrillera.

A su hija, la entregó de dos meses de nacida. “He compartido muy poco con ella. Ha habido persecución por parte del Estado. El miedo es que si lo visitan a uno de fuera lo primero que dicen es, ‘esa es la hija de fulano y fulana’. Con esa información, facilitaríamos un bombazo o cualquier otro atentado”, dice Erika, encarando con rudeza las consecuencias de su elección de vida.

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Si bien en los estatutos y normas disciplinarias de las Farc no se habla explícitamente de las relaciones sentimentales entre sus miembros, ser pareja entre comandantes es un tema que siempre se abordó con pinzas. No tanto ahora cuando está a la vuelta de la esquina el tránsito a la vida civil. Por eso es que para Isaías “la relación de ella y mi persona está en segundo plano. Primero las tareas de la revolución y después lo nuestro”, respondió tajantemente este hombre al que no se le asoma ni una cana por entre la gorra, pero que desarma su semblante cada vez que le preguntan por esa familia que aguardó, esperanzada, su retiro de la clandestinidad.

Quizá por eso, convencerlo hace un mes fue más fácil que cuando le dijo que quería enrolarse en la guerrilla. "Yo le pedí ingreso a mi papá y él no me lo quiso dar. Incluso, una vez le dije: si usted no me lo da yo lo pido en otro de los frentes. El me dijo: vaya y lo pide a ver si después de que yo les diga que no, la van a dejar. Así me tuvo y nunca me quiso dar ingreso", manifiesta Angélica una de las 56 mujeres que se postuló al curso de escolta.

Maryuri Calderón, Dioselina Carvajal Disiderio Mondragón, Jenny Fontecha, Ciro Díaz, Leydi Medina, Walter Angulo, Jessica Montenegro, Luis Aguirre y Alexander Sánchez fueron algunos de los que se pararon a recibir la acreditación de mano del alto comisionado de Paz, Sergio Jaramillo, y los que le pusieron a Angélica las emociones de punta. "Hay sentimientos encontrados porque muchos ingresaron de niños y esto es lo único que conocen. Esto es como comenzar una vida nueva".

Wilinton, por el contrario, ha sido más cauteloso. "Con mi familia ya me comuniqué, pero no me he esforzado por llevarlos a la zona veredal. Todo es cuestión de seguridad. Hay que mantener la reserva, analizar bien y caminar calmados", dice de un reencuentro que se ha prolongado por más de 20 años. 

El tiempo que duró en la guerrilla lo recorrió junto al jefe del equipo negociador de las Farc, Iván Márquez. "Hacía parte de su esquema de seguridad", dice. Sin embargo, kilómetros atrás dejó todo lo que tiene que ver con la guerra. "Aquí solo llegué con mi nueva ropa y una cachucha. El uniforme, la dotación y el equipo se quedaron allá en el punto de concentración".

El papel que ocupa Angélica y Wiliton en el libreto que se pactó en La Habana, es fundamental si se tiene en cuenta que la huella que dejó la violencia en la democracia fue devastadora. Por eso es que el fin de la guerra con la guerrilla más vieja del continente debe desatar una nueva ola de participación y un escenario privilegiado para que crezca una izquierda democrática, desarmada, y con espacios políticos. Pues la negociación se trata justamente de eso, de cambiar las armas por los votos.

Para que eso suceda, la semana pasada fue aprobado en el Congreso el proyecto de ley que autoriza a la Unidad Nacional de Protección incrementar su planta de personal y sus gastos para reincorporar a 1.200 funcionarios, 1.100 de ellos a la parte de vigilancia. Y mientras el andamiaje jurídico se termina de ajustar, los guerrilleros se alistan para recorrer sus nuevas vidas acompañados de la familia que no veían hace décadas.

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