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| 12/15/2011 6:00:00 PM

Guillermo Cano, la conciencia ciudadana

La batalla que libró Guillermo Cano la ganaron los narcotraficantes y la perdieron todos los ciudadanos que en estos 25 años han vivido y padecido la victoria de los carteles.

El Espectador de la Familia Cano,
El séptimo cielo de la tolerancia,
El respeto a las ideas ajenas
Y la gallardía personal.

 
Silvia Galvis
 
Dos asesinatos fracturaron la historia de Colombia a finales del siglo XX. El de Guillermo Cano Isaza, director del diario El Espectador, ocurrido en Bogotá el 17 de diciembre de 1986. Y el de la voz de Antioquia noble y buena, el asesinato del médico Héctor Abad Gómez, perpetrado en Medellín el 25 de agosto de 1987.
 
El asesinato de Francisco Fernando, archiduque de Austria, y de su esposa, acaecido en Sarajevo el 28 de junio de 1914, se toma generalmente como una de las causas de la Primera Guerra Mundial.
 
El asesinato de Jorge Eliécer Gaitán Ayala en Bogotá el 9 de abril de 1948 es considerado por algunos como el inicio de la violencia.
 
La muerte de Guillermo Cano Isaza y de Héctor Abad Gómez es un hito histórico que marca la penetración y el triunfo del narcotráfico en Colombia y la aparición de la violencia paramilitar, en una nueva fase de barbarie que aún no se ha cerrado.
 
Cano Isaza fue víctima de los narcotraficantes a los cuales se opuso en vida con la única arma de la palabra. Abad Gómez fue víctima de la violencia estatal y paraestatal y pagó con su vida la defensa de los derechos humanos.
 
Estos homicidios son mojones históricos porque en un país donde tanto se asesina nadie creía, sin embargo, que se atreverían a matar a Guillermo Cano y a Héctor Abad, son mojones porque los dos, valientes y magnánimos, hablaron por millones de colombianos, porque ambos fueron héroes civiles, porque detrás de los dos hombres sacrificados hay muchos otros colombianos que fueron asesinados por los mismos victimarios, desde jueces y magistrados hasta ministros, policías, periodistas y campesinos.
 
Además se trata de dos asesinatos históricos porque los deudos de don Guillermo Cano y del doctor Abad Gómez seguimos siendo muchos otros colombianos, que sin ellos nos quedamos sin representación, indefensos y sin amparo, sin faro en la inconformidad, silenciados por la algarabía del vallenato, los defraudadores de la política y la espontánea adulación fascistoide de la gente hacia un presidente.
 
Si se hace el paralelo exclusivo pero no excluyente entre Guillermo Cano y Héctor Abad Gómez es porque ambos eran civiles, los dos encarnaban únicamente la conciencia ciudadana, por fuera de cualquier partido. Cano y Abad vivieron según la máxima de Albert Einstein: “El más alto destino del individuo está en servir, más que en gobernar”.
 
Guillermo Cano opuso resistencia a los narcotraficantes desde su tribuna de El Espectador y fue vencido. Desde su muerte hace 25 años la historia de Colombia ha estado signada por el narcotráfico, por la sangre derramada por cuenta del contrabando de estupefacientes, por la penetración del crimen organizado en todas las esferas y porque el narcotráfico se apoderó del país, al punto de que hace unos años un presidente de la República fue elegido a sus espaldas por el narcotráfico. Vinieron los sarracenos y nos molieron a palos, porque Dios ayuda a los malos cuando son más que los buenos. La batalla que libró Guillermo Cano la ganaron los narcotraficantes y la perdieron todos los ciudadanos que en estos 25 años han vivido y padecido la victoria de los carteles. La ganaron en el mismo sentido en que los militares argentinos triunfaron en su política de desaparecer, es decir, de asesinar en secreto, a unas veinte mil personas.
 
(…) Una fracción de la significativa prosperidad económica que vive Colombia en el año 2011 se debe al narcotráfico. Mas de tres decenios continuos en que anualmente han sido repatriados e invertidos en el país varios miles de millones de dólares de las ganancias de la cocaína, no pueden no significar un engrosamiento del torrente circulatorio de la economía nacional. El fenómeno de las fortunas emergentes, notorio en las primeras épocas del narcotráfico, ha desaparecido precisamente porque esas fortunas se volvieron estables, se multiplicaron, se mimetizaron, ya no causan sorpresa.
 
La fortaleza de la moneda colombiana frente al dólar no se debe solamente a la debilidad de la divisa americana, ni a que los fanáticos del partido republicano lograron lo que no pudo la URSS, es decir finiquitar el dólar, ni a la disminución de la inseguridad, ni a los enormes inversiones extranjeras en la minería, ni a que Colombia aparezca ahora en las guías turísticas internacionales como un destino apetecible y recomendable, sino también a que por lo menos cien mil millones de dólares han entrado al país en los últimos treinta años producto de la ineludible repatriación de utilidades de los narcotraficantes. Tres mil millones de dólares al año traídos año por año desde 1980 en adelante arrojan esas cifras. No hay estadísticas confiables pero los expertos en la materia, como Francisco E. Thoumi, calculan que hubo años como 1989 en que los ingresos netos para repatriación del tráfico de cocaína pudieran haber llegado a un máximo de 6 mil 700 millones de dólares.
 
(…) Guillermo Cano no aceptaba que el narcotráfico pudiera ser considerado una realización del pueblo colombiano. Es una industria que no puede existir sin el asesinato y la coerción, sin el ejercicio constante de la fuerza bruta.
 
Recordamos hoy, a 25 años de distancia, a Guillermo Cano como el colombiano que predicó contra el narcotráfico y fue aniquilado por los narcotraficantes.
 
(...) Guillermo Cano fue el epítome de la buena fe. No encuentro otra definición que abrace lo que representó el director de El Espectador. Don Guillermo Cano fue el faro de la buena fe en un país donde impera –y triunfa– la mala fe. Todo lo que él hizo y lo que dejó de hacer, y lo que al releerlo hoy parecería ingenuo y utópico, deriva del ejercicio pleno y cabal de la buena fe.
 
Guillermo cano no aspiró a reemplazar a los que criticaba, no pensó en ser nombrado en ningún cargo del gobierno o fuera del gobierno, por convicción y porque pertenecía a la orden de clausura de los Canos.
 
(...) Casi se podría decir que el ejemplo que dejaron don Fidel Cano, sus hijos don Luis y don Gabriel Cano, y su nieto don Guillermo Cano, que en cien años fueron los únicos cuatro directores de El Espectador, fue un ejemplo de periodistas monacales. Fueron espectadores en el sentido literal del término, observaron los acontecimientos, guiados por el liberalismo del siglo XIX, que no era ninguna doctrina radical, salvo en la mentalidad de quienes concebían como celestial la manguala perpetua entre el Estado y la iglesia católica, apostólica y romana. Don Fidel fue senador y don Luis Cano fue el único de los cuatro que participó en ocasiones de la política del partido liberal y a veces intervino, sin tener un cargo público, en misiones diplomáticas, como la delegación que se reunió en Río de Janeiro para zanjar las diferencias con el Perú después del conflicto amazónico de 1932 -1933, y como miembro de la comisión que preparó la reforma constitucional de 1936. Pero salvo esas ocasionales incursiones, ninguno de los Cano ejerció el poder, ni buscó ejercerlo ni se acercó a los que lo detentaba participando en la vida social, a diferencia de multitud de periodistas contemporáneos, que además del trato profesional con los presidentes, expresidentes y ministros, suelen mantener encuentros de coctel y alguna camaradería.
 
(…) Para conocer mejor a Guillermo Cano habría que examinar miles de ejemplares de la colección de El Espectador. Este libro cubre apenas los años de 1982 a 1986. Contiene una antología muy personal, hecha por alguien que leyó los editoriales en su momento cuando estaban recién hechos, mientras deploraba lo que aparecían en el periódico donde escribía, El Tiempo.
 
(…) La lectura progresiva de los editoriales y de las Libretas de Apuntes produce una inevitable, trágica sensación de cuenta regresiva cuando se conoce de antemano que las palabras de Guillermo Cano son los ríos que van a dar a la mar que es el morir prematuro e infame. Como en las películas en que los niños y los inocentes quieren advertir a los buenos del peligro que acecha en la escena siguiente, quisiéramos ahora advertir a don Guillermo Cano que se aparte del peligro. Pero solamente podemos decir como en la copla de Jorge Manrique: aunque la vida perdió dejónos harto consuelo su memoria. Y a la honrosa memoria de don Guillermo Cano, está dedicado este libro, el más reciente aparecido en 25 años para conmemorar su vida con la materia prima de su existencia, la palabra escrita. Sobre el asesino se han escrito más de 20 libros según el catálogo de la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, que no se registra ninguno sobre Guillermo Cano en los últimos 20 años. Ahora hay una minoría de uno, derivado de la alucinación de un iluso que fue a excavar las palabras porque se inclina por la creencia inamovible de que las dos grandes contribuciones de Antioquia a la nación, en todos los tiempos, han sido El Espectador de la familia Cano y ese espléndido ingenio insuperable de Colombia, León de Greiff.
 
(*) Tomado del prólogo del libro Guillermo Cano, el periodista y su libreta, de Alberto Donadio, publicado recientemente por Hombre Nuevo Editores, disponible en librerías del país. El autor agrega que “no se le ha hecho un reconocimiento a Julio Mario Santo Domingo, que desde cuando adquirió El Espectador en 1997 lo apoyó y lo sostuvo sin importar los resultados del balance, porque entendió que se trata de una institución nacional, y además sin interferencias editoriales ni noticiosas. Ojalá sus herederos sigan esa línea filantrópica. El Espectador merece ser sostenido como se apoyan las bibliotecas, la ópera, la música clásica, los museos de arte, que si no tienen financiación pública o privada desaparecen porque no son rentables”.
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