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| 11/5/2001 12:00:00 AM

Habla Leyva

SEMANA entrevistó al ex constituyente Alvaro Leyva en Costa Rica quién aseguró que para que funcione el proceso es necesario meter a Estados Unidos y emprender la sustitución de los cultivos ilícitos.

Aunque bien puede ser una de las personas en Colombia con la más larga experiencia en los procesos de paz —ya que ha estado vinculado de alguna manera a todos los que se han dado desde 1982— Alvaro Leyva se ha pronunciado poco sobre la presente ronda de negociaciones con las Farc. Curiosamente es cuando más se ha comentado sobre su supuesto papel de negociador secreto. En Costa Rica el político conservador desestimó la importancia de esas especulaciones y, en cambio, le comentó a SEMANA sin tapujos sus opiniones acerca del proceso de paz. Leyva fue encontrado inocente por la Fiscalía y está a la espera de que la justicia le dicte un fallo definitivo (dos jueces se han declarado sin competencia para fallar y ha trascendido que es por amenazas contra sus vidas). Formuló dos propuestas polémicas: vincular a Estados Unidos al proceso y que se aborde en serio la sustitución de cultivos ilícitos.

SEMANA: ¿Cuál es su apreciación general sobre el cronograma firmado el pasado 20 de enero entre el gobierno y las Farc?

Alvaro Leyva Duran: Es una nueva oportunidad para alcanzar metas concretas que permitan iniciar la negociación propiamente como tal. Debe tenerse en cuenta que en su mayor parte consiste en un mecanismo dirigido a poner coto a actividades de guerra sin que constituya en sí mismo la solución al conflicto. Los alzados seguirán alzados en armas y la guerra estará siempre latente como una posibilidad real hasta tanto no se firme la paz.

SEMANA: ¿Cree usted que esta vez sí puede ser posible acordar un cese al fuego y hostilidades durable? ¿De qué depende?

A.L.D: La confianza que las partes manifiestan de dientes para fuera generalmente es inexistente de dientes para adentro. Si no se trabaja en ponerle freno a los vientos guerreristas no se creará el verdadero clima de confianza que un cese al fuego y hostilidades requiere. A esto agréguele el cruce de intereses mundiales que surcan el territorio nacional. Valga un ejemplo de esto último: si no se vincula a Estados Unidos al proceso siempre estará latente en el clima de zozobra nacional la ‘guillotina’ que a todas luces deja entrever la parte bélica del Plan Colombia. Desde hace años —no es de ahora— vengo convencido de que sin Estados Unidos adentro el proceso de paz no va a ningún Pereira. La sola necesidad que por esta ausencia tiene la parte alzada de mantener una carrera armamentista a lo ‘criollo’ va a contrapelo del cese de hostilidades. Es que ya es de Perogrullo afirmar que cada helicóptero nuevo produce una contrapartida en el campo opuesto. Con esto le digo poco pero, a la vez, creo que le anticipo mucho.

SEMANA: Si pudiera mencionar dos lecciones valiosas que se han aprendido de procesos de paz anteriores en Colombia aplicables a la actual situación, ¿cuáles serían?

A.L.D: Se ha aprendido —por lo menos yo he aprendido— que las reformas en los distintos órdenes de la vida nacional y ya manoseadas en otros procesos tienen que ser de verdad. Firmar papeles para la historia sin la voluntad política de traducirlos en un proyecto de sociedad nueva y en un proyecto de Estado rejuvenecido y moderno es decirnos mentiras adicionales, tal como ya nos hemos venido cañando hasta hoy.

De igual manera, para no equivocarnos de nuevo, hay que introducir desde ya en el temario de la paz todo lo relativo a la sustitución racional de los cultivos ilícitos, pues es en este punto donde convergen intereses varios de naturaleza multinacional que hacen de Colombia, en la región, una bomba de tiempo. Este capítulo no es algo para dejar exclusivamente en manos nacionales. Quiérase o no, acéptenlo o no, los países desarrollados son hoy parte del conflicto armado colombiano por no haber logrado controlar en sus respectivas jurisdicciones el alocado e irresponsable consumo de la droga. Agregue a lo anterior lo siguiente: el control que en buena hora se ejerce hoy sobre Afganistán, país rico en sembradíos ilícitos, profundizará los interrogantes que se ciernen hoy sobre nuestra precaria situación.

SEMANA: Las dos partes tienen grandes y profundos temores de que el otro use la negociación, para ganar en la mesa lo que no gana en el terreno militar. ¿Cómo enfrentar esos temores desde el proceso?

A.L.D: La pregunta es ambigua porque se podría desprender de ella la afirmación de que lo mejor es pelear hasta tanto alguna de las dos partes salga airosa y logre con ello imponer su pensamiento por la fuerza. Es en algo la tesis de quienes consideran que hay que evitar a toda costa lo que ellos mismos han dado en acuñar con la frase “revolución por contrato”. Fíjese usted: en mi entender, lo que se busca no es que a la luz de una cruenta victoria el más ‘macho’ imponga los grillos o tal o cual tesis. Lo que se pretende es todo lo contrario: que sentadas las partes se adivinen o saquen a flote las llamadas causas remotas y próximas del conflicto social armado y no armado que todos los días desbarata más y sin contemplación alguna nuestro enorme país. Las causas del conflicto existen; son reales. Conversar, negociar, no es sinónimo de derrota o de claudicación. Es más bien una manifestación de civilización y cordura: ganamos todos.

SEMANA: Muchos temen que se fuerce la convocatoria a una nueva asamblea constituyente como condición para terminar la violencia contra la población civil (secuestro, extorsión masacres, etc.). ¿Qué tendría que darse primero en el proceso antes de pensar un rediseño del Estado en una constituyente o en cualquier otra reforma de fondo?

A.L.D: La constituyente no es una condición sino un resultado. Desde antes de Norberto Bobbio se sabía que una Constitución era un pacto de paz. El famoso tratadista lo afirmó expresamente y la tesis, por ser cierta, ha hecho carrera. La Corte Suprema de Justicia así lo recordó al darle luz verde a la Constituyente del 91 citando, de contera, al propio profesor.

Y no nos preocupemos tanto por algo que va a darse más temprano que tarde. Es que la política también tiene su ley de gravedad. Tampoco nos afanemos porque la Constituyente del 91 esté todavía caliente. Recordemos que para el buen éxito de la Constitución del 1886 hubo que pasar por la experiencia de la Guerra de Los Mil Días y que para afinar su texto fue necesario convocar las constituyentes de 1905 y 1910. De estas dos últimas surgieron reformas antes impensables, como la elección directa del presidente de la República, el control constitucional, la división territorial en departamentos, la creación del Consejo de Estado y otras más. ¿Por qué el susto a algo tan evidente como la necesidad de una constituyente para la paz?

SEMANA: ¿Cómo interpreta la actual ofensiva de las Farc, justo cuando el proceso de paz esta tan frágil y tanta gente está pidiendo que se rompa?

A.L.D: Tratando de ser brujo para lograr adivinar una respuesta, pienso que los actuales combates interpretan el grado de desconfianza que todavía persiste así se haya superado la crisis que venía hiriendo mortalmente el proceso de paz con las Farc. En mucho puede ser un colofón en escala menor, pero muy demostrativo sí, de lo que podría acontecer si se presentara un ‘error’ o un ‘incidente’ militar en la zona de diálogo. Parecería que los alzados demuestran con sus acciones su capacidad combativa más allá de los parámetros del área especial o de distensión. Como que se pone de presente al país y al mundo que ella, la guerrilla, no se encuentra territorialmente encasillada en unos sitios geográficos aislados en la que supuestamente hace presencia política por ‘generosidad’ del gobierno. A su manera —que no es otra que la bélica mientras que no se llegue a un cese al fuego—, las Farc denotan que su capacidad de confrontación y lucha llega a todos los departamentos y regiones del país. Todo lo cual indica que no hay tiempo que perder y que se debe iniciar de inmediato la aplicación del cronograma expuesto al país la semana que hoy termina.
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