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| 3/12/1990 12:00:00 AM

Hablan los muebles viejos

En lo que fue interpretado como un jalón de orejas a Turbay, veladamente Lleras y López votan por la mayoría relativa en la consulta popular.

López Michelsen comparó una vez a los expresidentes con los muebles viejos, a los que, según él, uno les tiene cariño pero no sabe donde ponerlos. Pero, a pesar de que hace doce años hizo esta afirmación la declaración pública que divulgó la semana pasada con Carlos Lleras dejó muy claro que los muebles viejos deciden algunas veces buscar su propio sitio y escoger al lado de qué otro mueble viejo se ubican.
La historia paralela de los ex presidentes Lleras, López y Turbay es una historia de amores contrariados, que se debate entre divorcios largos y matrimonios cortos e interesados.
Por lo menos en los últimos treinta años la política liberal -y con ella la política colombiana- ha oscilado al vaivén de las alianzas cruzadas entre los tres personajes. Todas las opciones se han dado: Lleras y Turbay contra López, Lleras y López contra Turbay; López y Turbay contra Lleras. Siempre en guardia y custodiando el poder -por amor o por odio- los ex presidentes han hecho de estos episodios un carrusel intermitente que aparece y desaparece de tiempo en tiempo.
De ahí que la declaración hecha esta semana por los expresidentes Lleras y López sobre la consulta popular del liberalismo para escoger candidato presidencial, resulte a los ojos de los entendidos como una postura de repercusiones hondas, pero de ninguna manera como una sorpresa, dadas las evidencias que venían aflorando de una intervención turbayista en el proceso. Pero ¿qué decía, en realidad, el documento de Lleras y López? A primera vista, no mucho. Fuera de llamamientos generales a la necesidad de una "revitalización del partido" y de "la oportunidad de oxigenar sus cuadros directivos", el documento no hace más que apoyar la consulta popular "tal como fue pactada" especificando que estarían dispuestos a asistir a la convención para defender estos principios. De interpretarse al pie de la letra, esto último no despejaría mucho el panorama, pues precisamente en lo pactado es donde está el problema del Partido Liberal. Es decir, en la posibilidad de que si ninguno de los precandidatos saca más del 50% en la elección del 11 de marzo, la convención es la que escoge el candidato y si no se pone de acuerdo en uno de los inscritos es autónoma para escoger una tercería.
Además, de unas puyas al gobierno y a Turbay por deslices de parcialidad, la importancia del documento no está tanto en lo escrito como en lo que está sugerido. O sea, que hay que tratar de respetar el resultado de la votación de la consulta aunque esta sólo sea por mayoría relativa. Sin querer queriendo, los ex presidentes están insinuando que quien gane el primer round debe ser el escogido. En estas condiciones la convención que debe sesionar inmediatamente después del 11 de marzo, debería llegar más con el ánimo de ratificar al elegido y no para barajar de nuevo. Según sus propias palabras el candidato debe ser el que gane la consulta "merced al voto directo de los militantes liberales" .
Este érfasis en el "voto directo" definitivamente no estaba pactado, pero curiosamente su apoyo por parte de los ex presidentes Lleras y López tranquilizó mucho a la opinión liberal. Muchos se preocupaban de que en la elección de marzo se igualaran las fuerzas entre los tres principales precandidatos y esto empantanara la situación y concluyera en que la única solución era sacar del cubilete la candidatura de Turbay. Con el apoyo al voto directo, aunque uno de los candidatos gane por estrecho margen, su victoria adquiere legitimidad.
Este cambio de matices recibió el respaldo efusivo de la totalidad de los candidatos. Para Durán y Gaviria esa posición es muy lógica, pues los dos están seguros de ganar la consulta popular, y a cada uno le preocupa que el otro se la birle. Durán calcula que con su maquinaria puede ganar el primer round, pero que luego Samper y Gaviria le arman una trinca con mayoría en la convención. Gaviria calcula que su voto de opinión sumado a su maquinaria acabarán derrotando a la maquinaria de Durán, pero que de golpe, después Durán, Turbay. Mestre y el contralor se inventan una trinca para trancarlo en la convención. Así, el espíritu de la carta Lleras-López le sirve a ambos.
Al que menos le sirve es a Samper, pues así como todo el mundo da por hecho que no va a ser el ganador, todos los conocedores afirman que sí sería la fuerza decisoria en el caso de que la decisión llegue a convención. Su bloque parlamentario podría definir la cosa para cualquiera de los dos lados. A primera vista el respeto a la mayoría relativa no le debería interesar a Samper, pues pierde su fuerza de decisión. Sin embargo la respalda tal vez por contribuír a la unión o porque no es tan maquiavélico como dicen sus admiradores y detractores. Otra posibilidad, que es la más probable, es que está seguro de que Gaviria va a ganar la primera vuelta y como entre los dos hay ya una alianza tácita, no tiene motivos para obstaculizarlo.
La carta de los ex presidentes acabó teniendo mucho impacto, no tanto porque haya cambiado el rumbo de las cosas, sino porque era por ese rumbo por donde iban las cosas.
Turbay, que es el coco que todos señalan como posible tercería, ha decidido no ser candidato, según quienes lo conocen de cerca. Aunque es evidente que abandonó la neutralidad total que lo había consagrado hasta hace un mes, los turbayólogos aseguran que no lo hizo por ambición personal, sino, como siempre, por buen amigo y de pronto ahora por buen padre, pues el más beneficiado hasta ahora con los empujoncitos y los abrazos de oso de Turbay es su hijo Julio César Junior, que ha logrado integrar una lista en Bogotá y Cundinamarca de una formidable fuerza política que le garantiza una enorme votación para el 11 de marzo. El veredicto final de todo esto, según un crítico, es que Turbay es neutral pero no indiferente a la suerte del turbayismo.
Y la suerte del turbayismo para él incluye no dejarse dar un jalón de orejas por una supuesta aspiración reeleccionista por cuenta de dos ex presidentes que sí la tuvieron y les fracasó. Con un par de banderillas bien puestas interpretó lo que para la opinión pública fue una zancadilla como un apoyo a su gestión, a la unidad de partido y a los resultados de la convención.
Al no haber aspiración personal de Turbay, el problema Turbay no existe y el único obstáculo que le queda a la mayoría relativa es el eje Mestre-Contraloría, y el lnstituto de Estudios Liberales, que se han opuesto siempre a la consulta popular por considerar que no es ni chicha ni limonada. El primero por razones políticas y el segundo por razones conceptuales. Pero, los dos están haciendo caso omiso de la dinámica que espontáneamente van a adquirir los hechos después de los resultados electorales. Aún sin la carta de los ex presidentes, tan pronto uno de los tres precandidatos viables tuvieran una ventaja, por pequeña que ella fuera, todo el mundo iba a saltar a considerarlo el triunfador, con los mismos argumentos de la carta de Lleras y López.
Esto no incluye sólo a la prensa en bloque a través de editoriales, sino a todos los jefes políticos que tendrán interés en sumarse de primeros para tener algo que negociar por su adhesión. Entonces aunque la carta en realidad apoya no lo pactado, como ellos dicen, sino lo no pactado, es casi seguro que la mayoría relativa se va a imponer en forma automática.
En otras palabras, el próximo presidente de Colombia no va a quedar elegido ni en las elecciones presidencialcs, ni en la convención del Partido Liberal que escoja al candidato oficial, sino el domingo 11 de marzo, día de la consulta popular, cuando a la medianoche se conozcan los primeros resultados consolidados.
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