Jueves, 19 de enero de 2017

| 2007/09/15 00:00

¿Hacia una nueva izquierda?

De la crisis del Polo puede surgir un movimiento de centro izquierda capaz de llegar al poder.

Un proyecto de centro izquierda podría incluir a figuras muy diversas de la política estadounidense

Las pugnas y rencillas entre los grupos y los partidos de izquierda no son noticia en el mundo político. Durante años se han enfrentado por matices ideológicos que son invisibles para los ciudadanos corrientes. Se ha llegado hasta darle un giro sarcástico a uno de sus lemas más insignes para cuestionar su vocación suicida de división permanente: “la izquierda, unida, jamás será… izquierda”.

Por eso los rifirrafes entre dos grandes líderes del Polo Democrático Alternativo, su presidente, Carlos Gaviria, y su senador más popular, Gustavo Petro, le hicieron tanto daño al partido.

La andanada de puñetazos verbales sacudió el cuadrilátero del Polo y sorprendió al país. Desde su creación hace cinco años, el Polo ha ganado credibilidad como un proyecto diferente a la izquierda tradicional. Más que el reencauche del viejo mamertismo, ha sido una fuerza política que se ha sintonizado con el momento histórico. Sin guerra fría en el mundo y con los partidos Liberal y Conservador debilitados en Colombia, la vocación del Polo era reformar la política –la del clientelismo, la de los gamonales, la del statu quo– y aprovechar los vientos que soplan en el continente a favor de una nueva izquierda.

De allí que el enredo de peleas y declaraciones de la semana pasada haya generado tantas inquietudes. ¿Se dividirá el Polo? ¿Servirá la crisis para corregir el rumbo? ¿Se depurará y se abrirá el espacio para una izquierda más amplia, moderna y sintonizada con las realidades políticas actuales? Es decir: ¿podrá la izquierda construir un proyecto viable y renovador para la Colombia que dejará Álvaro Uribe?

La fractura que volvió a salir a flote dejó el sabor inevitable de que, si sigue como va, el PDA no tiene futuro. No hay velas para aprovechar esos vientos que hoy tienen en el poder a Lula da Silva en el Brasil, a Michelle Bachelet en Chile, y a Tabaré Vásquez en Uruguay. Por el tono, y por su significado más profundo, la pugna Gaviria-Petro obliga a encender todas las alarmas. Al siempre pausado y tranquilo presidente del partido, Carlos Gaviria, que ha servido como factor de unidad con su cultura, su inteligencia y su figura de sabio de la tribu, esta vez se le fueron las luces y mandó sablazos a diestra y siniestra: le recordó al alcalde de Bogotá, Luis Eduardo Garzón, su pasado comunista. A Petro –el del duro debate sobre el paramilitarismo en Antioquia– lo calificó del “ala uribista del Polo”. En la dirección contraria, Petro cuestionó duramente la ambigüedad de su partido frente a las Farc y la lucha armada. Advirtió que en el Polo todavía hay células cancerosas que mantienen el apoyo a la ‘combinación de formas de lucha’, lo cual se traduce en una actitud tolerante hacia la guerrilla.

El pulso se agudizó el lunes. En una reunión de siete horas del Comité Ejecutivo del Polo, en la que se discutieron varios temas, se trató brevemente una propuesta de respaldo a Gustavo Petro a raíz de unas duras declaraciones que en su contra habían hecho dos voceros de las Farc: ‘Raúl Reyes’ e Iván Márquez. La información, que se filtró a los medios, aseguraba que no había habido consenso para respaldar a Petro y que, por el contrario, algunos de los asistentes cuestionaron al senador por ser una “rueda suelta” que compromete a la colectividad con declaraciones públicas sin un debate interno previo. La versión enfureció a Petro, quien no asistió a la reunión, y de paso generó una controversia adicional sobre quién había dado a la prensa la versión sobre los hechos. Daniel García-Peña, el secretario general del Polo, asegura que “el punto fue marginal en la reunión y sólo se le dedicaron 20 minutos”.

Este no era, sin embargo, el primer round. Una semana atrás, unas declaraciones de Petro en Cambio, en las que afirmaba que “la pelea del Polo no es con Uribe sino con las Farc”, habían generado ronchas en las toldas amarillas. El 2 de julio, desde Suiza, el mismo Petro había enviado una carta pública al presidente del partido, Carlos Gaviria, en la que cuestionaba su débil reacción ante el asesinato de los 11 diputados del Valle. “Creo que para la opinión pública no es suficientemente clara nuestra posición respecto a las Farc”, decía. Y a finales del año pasado había sorprendido a sus compañeros polistas con una propuesta para hacer un gran pacto nacional, que nunca se había discutido internamente.

En este enjambre de sospechas, alusiones irónicas y ganchos a la mandíbula, sobresalen dos grandes motivos de discordia. El primero es la posición que debe tener el partido frente a la guerrilla. Un sector, ahora liderado por Petro pero del cual forman parte Luis Eduardo Garzón, Antonio Navarro, Angelino Garzón, María Emma Mejía, entre otros, busca una diferenciación tajante con la guerrilla. Una condena abierta y vehemente. Otro, con Carlos Gaviria a la cabeza, cree que el rechazo a la lucha armada no se debe confundir con la adopción de un lenguaje guerrerista –como el del presidente Uribe– que le podría cerrar las puertas a una eventual negociación futura. El antagonismo entre estas dos posiciones es el que ha producido más peleas en los últimos tiempos.

Pero también hay una fuente de división de naturaleza histórica. El Polo Democrático Alternativo surgió de la unión entre el Polo Democrático Independiente y Alternativa Democrática. La primera era una opción más moderada que, después de hacer un debate interno, asumió un rechazo categórico contra la guerrilla. La segunda facción es una coalición de antiguos partidos de izquierda, entre los que figuran el Partido Comunista, el Moir y varios movimientos sindicales. Aunque hoy ninguno de ellos defiende a la guerrilla, algunos en el pasado acogieron la famosa ‘combinación de formas de lucha’, y hoy son más blandos a la hora de condenar la lucha armada.

Cuando se planteó la alianza entre el PDI y AD, ahora convertidos en PDA, no era fácil apostarle al éxito del matrimonio. Los contrayentes eran disímiles en sus orígenes ideológicos y en sus actitudes políticas. Pero de la unión surgió la candidatura presidencial de Carlos Gaviria, en una consulta popular en la que derrotó a Antonio Navarro, que alcanzó 2.600.000 votos en mayo de 2006: la mayor en la historia de la izquierda y superior, por primera vez, a la del Partido Liberal.

Los matrimonios suelen tener problemas después de la luna de miel. Y cuando vienen las crisis, según Gustavo Petro, sólo hay tres posibilidades: “la pareja habla y se da una nueva oportunidad, se separa amistosamente, o se separa en medio de un conflicto”. ¿Qué le pasará a esta relación tormentosa del Polo Democrático que llegó a generar tan dulces sueños? Las apariencias invitan a plantear lo peor: se ha hablado de la renuncia de Gaviria a la presidencia, de la expulsión de Petro, y de intenciones de algunos de formar rancho aparte porque no se aguantan a sus actuales compañeros.

La mayoría de los protagonistas de la batalla campal de los últimos días dice de labios para afuera que el debate es sano, que se podrá superar, y que la inminencia de las elecciones locales obligará a todos a guardar compostura y concentrarse en lo que les conviene a todos: el triunfo de los candidatos del partido, en especial de Samuel Moreno en la emblemática disputa de Bogotá. “El Polo no se va a romper por esto”, dice el senador Jorge Enrique Robledo. Y las miradas de todo el mundo estarán fijadas en la reunión del comité ejecutivo del próximo miércoles, en la que se encontrarán todos los protagonistas.

Lo más probable es que en el corto plazo no haya una ruptura. Que la pareja se dé una oportunidad. Pero eso no soluciona los motivos de conflicto: grandes egos enfrentados, competencia por la candidatura presidencial de 2010 e incompatibilidad de caracteres. La convivencia entre un Gaviria apacible y radical y un Petro temperamental pero progresista, da una medida de lo que está en juego.

Y estarán, también, las diferencias ideológicas. Aunque los debates no se limitan ni se agotan en el tema de las Farc, este es el más importante. Petro y compañía consideran que el concepto de negociar con la guerrilla los grandes cambios que necesita el país ha demostrado su fracaso. Creen que la izquierda, con vocación de poder, debe empeñarse en hacer las reformas para quitarle banderas, espacio y seguidores a la guerrilla. Un plan de gobierno que, fundamentalmente, se debería concretar en un cumplimiento integral y completo de la Constitución de 1991. Un programa democrático, redistributivo y reformista le quitaría el oxígeno y la razón de ser a la guerrilla. Con la cual, minimizada políticamente y enfrentada militarmente, sólo se debería acordar un esquema de desarme.

Los de la otra orilla –el Moir y el Partido Comunista, y dirigentes como Jaime Dussán– piensan que el Polo no debería cerrarle posibilidades a un diálogo más amplio con la guerrilla, y que la solución negociada del conflicto armado es un ideal que jamás podría dejar de lado un proyecto de izquierda. Dicen que el uribismo “no puede dictarnos nuestras declaraciones sobre las Farc”. Y que Petro, con sus críticas, “nos pone como blandos a pesar de que condenamos la lucha armada”. Esta posición estuvo en boga antes del fallido proceso del Caguán. Y aunque no se puede macartizar como favorable a la guerrilla, tiene profundas fallas estratégicas y electorales porque desconoce el ambiente de una opinión pública que detesta todo lo que huela a guerrilla. El país de hoy asocia al Caguán con fracaso, y negociación política con debilidad. En cambio, ve con gran éxito el proyecto de seguridad democrática (que tiene a Uribe en el 70 por ciento de popularidad).

Existen otros aspectos de discrepancia entre las ‘dos izquierdas’. La que reúne a los Garzón (Luis Eduardo y Angelino), Petro, Navarro y compañía, considera que su estrategia se debe orientar a gobernar. La otra tiene un discurso de oposición que hace énfasis en la crítica y las posiciones anti, más que en la formulación de propuestas. “Una cosa es gobernar, y otra, muy distinta, hacer oposición”, dice Luis Eduardo Garzón. Y la izquierda, en los gobiernos exitosos, tiende a moderarse y a moverse hacia el centro. Lula da Silva es un gran amigo de Wall Street, y Tabaré Vásquez negocia un TLC con Estados Unidos. En el socialismo chileno, ni Ricardo Lagos ni su sucesora, Michelle Bachelet, han sido jamás señalados de extremistas.

La división entre las dos izquierdas, una fundamentalista y otra moderada, una clientelista y otra moderna, podría llegar a ser superficial y maniquea. Petro, el ahora moderado, siempre ha sido un símbolo del ala radical. Es mucho más chavista que su nuevo amigo Luis Eduardo Garzón. Y no todos los temas de discusión generan exactamente los mismos bandos, en uno y otro lado. Pero no se puede negar que hay dos grandes tendencias cuya convivencia está amenazada. Los símbolos de las dos corrientes se enfrentaron en la reciente elección interna del Polo para escoger al candidato a la Alcaldía de Bogotá: Samuel Moreno, en una orilla, y María Emma Mejía, en la otra. Este fue el segundo round de la consulta que se llevó a cabo en 2006 para seleccionar a Carlos Gaviria como candidato presidencial, al derrotar a Antonio Navarro. Los respaldos y las alianzas en las dos campañas se repitieron en forma casi idéntica.

¿Será factible?

Y aunque en ambas contiendas ganó la izquierda más radical, el proyecto político de más futuro está en la otra orilla. Sobre todo en la situación que heredará el país una vez finalice el mandato de Álvaro Uribe. Imaginar que las elecciones desde 2010 hacia el futuro van a ser competencias entre candidatos de partidos escogidos en convenciones cerradas carece de todo sentido. Después del zarpazo de Uribe en 2002, por fuera de los partidos, y de ocho años de presidencia en contacto con la gente a través de los medios y en los consejos comunitarios, y con niveles de popularidad de 70 por ciento, la política nunca va a ser como la de antes.

La izquierda moderada, la de Garzón, Petro y Navarro, interpreta mejor el nuevo escenario. Carlos Gaviria, Jorge Enrique Robledo, Wilson Borja y Jaime Dussán, no sólo por sus ideas sino también por su estilo, tienen imagen de vieja izquierda. El campo político, ahora, es poco fértil para el radicalismo y amigable para las opciones de centro. El país quiere un rechazo a la guerrilla por parte de sus gobernantes, y expresiones como “el Polo no está a favor ni en contra de las Farc”, por más bien intencionadas, suenan a ambigüedad cómplice.

El nuevo panorama, y las reacciones que frente a él han asumido las dos izquierdas, hace pensar que más que salvar el matrimonio, se abre paso una alianza amplia, más moderna y moderada. Un proyecto en el que María Emma Mejía, quien nunca fue bien recibida en el Polo, no sea vista como paracaidista. Y al que podrían entrar pasajeros provenientes de otros partidos que no han pertenecido a la izquierda tradicional. Existen convergencias, y hasta contactos, entre figuras de muy diversa naturaleza pero que coinciden con el proyecto que se podría denominar una nueva izquierda: Luis Eduardo Garzón, próximo a dejar la alcaldía con altos índices de aprobación; Sergio Fajardo, el popular alcalde de Medellín; Angelino Garzón, saliente gobernador del Valle; Petro, Navarro y María Emma, aliados extraños que se encontraron dentro del Polo en la lucha por una opción viable y moderada. Y Antanas Mockus, el primero que planteó el desafío que generará el escenario posUribe.

Petro, el más temido durante muchos años, está intentando posicionarse en el centro y distanciarse del radicalismo con que se le asocia. Pero no es tarea fácil. La experiencia de Navarro, un político inteligente, moderado y demócrata, demuestra que los ex guerrilleros en política tienen un techo. El fantasma de su pasado en la lucha armada y el holocausto del Palacio de Justicia ha sido el karma en su carrera política. Sergio Fajardo nunca se ha matriculado políticamente con ningún grupo. Su figura se asocia al progresismo y su presencia le daría un aire renovador a cualquier movimiento en el que participe. No es de descartar que prefiera una izquierda ‘in’ y moderna. Con su sonrisa que enloquece al público femenino y su política de bluejeans es predecible que prefiera una izquierda glamorosa a un establecimiento al cual nunca ha pertenecido.

Una nueva izquierda podría atraer incluso a políticos de partidos diferentes al Polo. Rafael Pardo tiene allí más
coincidencias y amigos que en el Partido Liberal. A Juan Camilo Restrepo, Juan Gabriel Uribe y Camilo Gómez les casaría mejor esa camiseta que la azul del Partido Conservador. Humberto de la Calle, conocido por sus posiciones ultraliberales, cabría en la dialéctica ideológica de esta nueva izquierda. Y hasta hay uribistas que militan en las toldas gobiernistas y que podrían buscar otras aguas cuando termine el actual gobierno. Pacho, en lugar de disputarse los votos de centro derecha con su pariente y el resto de los candidatos del uribismo, podría optar por matricularse con la izquierda moderada en algún tipo de alianza con Lucho. Su pasado en las marchas ciudadanas y el Mandato por la Paz le dan credibilidad para el tránsito.
No es una coincidencia que en los últimos días se haya hablado de una llave, para 2010, entre Pacho Santos y Lucho Garzón. Dos personas carismáticas y alérgicas a los partidos tradicionales, que en la última encuesta Invamer-Gallup ocupan los dos primeros lugares de popularidad. Combinaciones sin lógica e impensables en el pasado se vuelven posibles en el país posUribe.

El problema detrás de todo esto, como siempre en política, es la hoguera de las vanidades. La ambición y los personalismos de políticos muy valiosos para la democracia pero cuyos egos y cuya coincidencia generacional pueden dar al traste el intento de construir un nuevo proyecto político que interprete una nueva realidad en la Colombia de comienzos de siglo.

¿Nacerá, en medio de la crisis, una nueva izquierda en Colombia? Hay razones para pensar que sí: la influencia de otros países latinoamericanos, el surgimiento de figuras con popularidad y carisma y el éxito de gobiernos de izquierda en algunas regiones del país. ¿Representa el Polo esta opción? Probablemente no: sus divisiones internas son semillas que amenazan su propia destrucción. ¿Se abre una promisoria alianza entre el ala moderada del Polo y sectores progresistas de otras colectividades? No es imposible. Pero es más fácil soñar con su significado para la historia de la democracia en Colombia, que apostarle a que el sueño se hará realidad.



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