Miércoles, 18 de enero de 2017

| 2002/05/20 00:00

Hagan sus apuestas

El proximo 26 de mayo será la tercera vez que se utiliza la fórmula de la doble vuelta en Colombia. Y por primera vez un candidato puede ganar en un solo envión. La Gran Encuesta acaba de revelar que Alvaro Uribe Vélez

Hagan sus apuestas

El proximo 26 de mayo será la tercera vez que se utiliza la fórmula de la doble vuelta en Colombia. Y por primera vez un candidato puede ganar en un solo envión. La Gran Encuesta acaba de revelar que Alvaro Uribe Vélez, con 49,3 por ciento de las preferencias electorales, está a menos de 2 puntos de convertirse en Presidente el domingo entrante.

Sin duda habrá alta tensión en el ambiente y las elucubraciones de la semana serán sobre si Uribe gana o no en la primera vuelta. El morbo electoral que genera la incertidumbre no es gratuito. Dado el margen de error de la encuesta el resultado final de Uribe podrá oscilar entre 53,1 por ciento y 45,4 por ciento de la votación. Una diferencia matemáticamente insignificante pero electoralmente definitiva. Es la diferencia entre ser Presidente de Colombia en ocho días o someterse a una segunda vuelta con un ajedrez de impredecibles alianzas, una opinión volátil y sanguínea y un país donde los constantes coletazos del orden público tienen efectos en las urnas.

Uribe repuntó un poco, si se compara con el 47 por ciento que obtuvo en la última Gran Encuesta de principios de abril, también realizada por Napoleón Franco y contratada por SEMANA, El Tiempo, RCN Radio y RCN Televisión. No es un aumento significativo pero, al parecer, la tendencia hacia la baja de las últimas dos mediciones de opinión se quebró. Es ese cambio leve de tendencia el que tiene ilusionados a los uribistas.

¿Qué sucedió para que Uribe volviera a acariciar la posibilidad de un triunfo en la primera vuelta? Aunque es muy difícil explicar un aumento de 2 puntos pudo haber influido el hecho de que amainara la tormenta de cuestionamientos por las presuntas relaciones de su familia con el narcotráfico en los 70 y por las acusaciones de vínculos con el paramilitarismo. Pero más probable es que, a raíz de la agudización de la guerra y en particular la tragedia de Bojayá (Chocó), donde murieron 119 civiles en un ataque de las Farc a los paramilitares, Uribe se haya reafirmado en su condición de líder en el cual la gente ve el carácter para combatir la guerrilla.

En esta Gran Encuesta a Horacio Serpa le fue mal. Luego de haber subido en abril a 27 por ciento volvió ahora a caer a 23 por ciento. No sólo va con tendencia a la baja sino que su rival lo dobla. Por lo visto no le están funcionando sus estrategias centrales: ni la de recorrer palmo a palmo el país, ni la de enfilar baterías contra Uribe para erigirse como su antítesis. Sólo en Bogotá, donde María Emma Mejía ha estado muy activa, descontó un poco de diferencia con Uribe. Sin embargo, como sucedió hace cuatro años, el poder de la maquinaria liberal no se ve en las encuestas, pues Serpa sacó 10 puntos más en las urnas de lo que decían las encuestas. Fue la demostración palpable de lo que es capaz el buldozer del oficialismo.

Pero, en el fondo, lo que sucede con Serpa no depende de la campaña sino que, siendo la novedad un factor tan importante en la política reciente colombiana, para un candidato que lleva dos campañas presidenciales encima le queda muy difícil no sufrir desgaste y caer mientras los nuevos, Uribe y Garzón, repuntan.

Luis Eduardo Garzón se mantuvo y conservó su tercer lugar. Sin embargo no llenó las expectativas de crecimiento que le auguraban muchos analistas luego de la adhesión masiva de los congresistas independientes. Por último, Noemí Sanín sigue en sus 6 puntos y, dado su alto margen de error (la votación de Noemí podría estar entre 1 y 11 por ciento) la pelea está en quedar por encima del 5 por ciento ya que una votación por debajo la dejaría sin la reposición económica que el Estado le da a los candidatos por cada voto conseguido.

En el fuego cruzado

El sólo análisis de la carrera de caballos en estas elecciones es, sin embargo, insuficiente para entender lo que realmente está en juego para la democracia. En el trasfondo de esta frenética competencia hay un paisaje de violencia, debilidad institucional y crisis económica.

Para empezar, ha habido una presión sin antecedentes de las guerrillas y los paramilitares sobre las candidaturas presidenciales. Aunque los subversivos siempre han querido alterar las elecciones a punta de proselitismo armado esta vez la cosa es distinta. Y más preocupante. Las Farc pasaron de quemar urnas en caseríos inhóspitos hace varios años a secuestrar a una candidata presidencial, a atentar en Barranquilla contra Alvaro Uribe, a secuestrar en pleno centro de Cali a 12 diputados y han amenazado a pueblos enteros con tomar represalias contra ellos si allí gana Uribe. Han emprendido una abierta y sangrienta campaña terrorista para intimidar a los ciudadanos y sabotear los comicios.

En el caso de los paramilitares las cosas no son menos graves. Presionaron a muchos candidatos durante las elecciones de Senado para que abandonaran la contienda o apoyaran su causa. Además arrojaron un manto de duda sobre toda la legitimidad del nuevo Congreso con declaraciones ambiguas de que controlaban una tercera parte de los elegidos. También han amenazado a pueblos si no votan por Uribe y secuestrado autoridades locales para forzarlos a actuar políticamente a su favor.

Dentro de este fuego cruzado varios medios de comunicación, en especial emisoras locales, se han convertido en objetivos militares de estos actores armados. La libertad de prensa ha sido una de las víctimas de la violencia, y también la posibilidad de que los colombianos, sobre todo los que viven en provincia, tengan elementos de juicio a la hora de votar. El hecho de que muchos colombianos en zonas apartadas estén amenazados o no se puedan informar libremente sobre el proceso electoral debilita la democracia.

Mas politicos que partidos

El liderazgo de Alvaro Uribe en la carrera presidencial levanta otros interrogantes que van más allá de lo electoral. La tradición política colombiana ha sido ingrata con los candidatos que se lanzan por fuera de las toldas liberales y conservadoras. Basta recordar la disidencia liberal de Jorge Eliécer Gaitán en los años 40, la alternativa anapista de los 70, la opción de Luis Carlos Galán en los 80 y el movimiento independiente de Noemí Sanín modelo 98. La regla estaba clara: sin el aval de una convención o de una consulta partidista el camino a la Presidencia estaba lleno de espinas y quedaban faltando los cinco centavos para el peso.

¿Cómo se explica, entonces, que por primera vez en la historia política contemporánea un candidato disidente, cuya campaña se lanzó en contra del candidato oficial del Partido Liberal, esté a punto de llegar a la Casa de Nariño? ¿Si Uribe gana el próximo 26 de mayo se estará asistiendo en primera fila al entierro formal de las colectividades roja y azul?

Como partidos, el Liberal y el Conservador van de capa caída frente a los colombianos. Un 60 por ciento de los encuestados se considera independiente o sin partido mientras que sólo un 39 por ciento acepta su militancia. Sin embargo la suerte de los políticos no es la misma. Una mirada rápida a la composición del nuevo Congreso de la República evidenciaría una gran revolución política en el país: el 52 por ciento de los parlamentarios electos provienen de coaliciones y movimientos independientes, el 31 por ciento del liberalismo y el 17 por ciento son conservadores. Un análisis más detallado muestra que no hay tal renovación ni control de los independientes, sólo que miembros de toda la vida de los partidos Liberal y Conservador crean movimientos para hacer campaña y alejarse así de una etiqueta partidista asociada con el anacronismo y la politiquería de siempre. En conclusión, la meta es salir elegidos sin importar si la campaña es con el aval del partido.

También en la campaña presidencial se ven esas metamorfosis. En septiembre pasado, cuando Serpa, candidato oficial del Partido Liberal, gozaba del 41,2 por ciento de intención de voto en las encuestas, las huestes rojas estaban cohesionadas y Uribe no era más que otro disidente sin poder para amedrentar la maquinaria partidista en pleno. No obstante, vino la trepada de Uribe y, poco a poco, liberales y conservadores de todas las tendencias empezaron a sumarse a la campaña disidente. Por los lados azules, una dirección debilitada nunca pudo traducir la condición conservadora del presidente Andrés Pastrana en una candidatura sólida en las encuestas: tanto Augusto Ramírez Ocampo como Juan Camilo Restrepo sucumbieron a la desunión del partido. Uno a uno los caciques conservadores apoyaron a Uribe hasta que el director azul, el senador Carlos Holguín, adhirió en bloque y aceptó una jefatura de debate. Qué muestra más de la crisis de los conservadores que, siendo formalmente partido de gobierno, tengan que apoyar una candidatura liberal disidente.

En las toldas rojas el panorama fue similar. El súbito crecimiento de la candidatura disidente condujo a un traspaso de lealtades gota a gota que fue minando la autoridad de Horacio Serpa dentro del liberalismo. Hoy en día, con 20 de los 47 senadores liberales, y de llegar a ser presidente, Alvaro Uribe podría ser considerado el jefe natural del Partido Liberal.

En lo político y en lo institucional la que se viene es una elección crucial para el país. Quizá la más importante que haya habido los últimos 100 años. En Colombia nunca se habían conjugado al mismo tiempo una cruenta guerra interna, una crisis de partidos e instituciones y una situación económica tan frágil. Como dijo una vez un colombiano entrevistado en televisión: “Para ser presidente se tiene que ser o muy ambicioso, o muy loco, o muy patriota” .

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