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| 1/4/1999 12:00:00 AM

HELLO HONEY THIS IS GEORGE

ESta es la historia de un sicario colombiano que enamoró desde un teléfono de la cárcel a tres secretarias de la Fiscalía estatal de Miami y desató el más vergonzoso escándalo que ha sufrido esta dependencia en muchos años.

A principios de 1997 el detective de Metro Dade Al Singleton estaba feliz. Había logrado convencer a un preso colombiano para que declarara contra Griselda Blanco, la temible jefe de una banda de narcos de los 80, acusada de la muerte de un niño de dos años y otros homicidios en Miami. Para mantener contento a su testigo Singleton le concedió hablar por teléfono desde su celda por tiempo ilimitado, gratuitamente y con quien quisiera. No sabía que el teléfono era el aparato que mejor manejaba Jorge Ayala después del revólver
Singleton dio la orden a la secretaria de la fiscal del caso contra Blanco, Catherine Vogel, de aceptar todas las llamadas por cobrar de Ayala y tratar de resolver los problemas domésticos que se le presentaran al testigo.
"Hable con él y hágalo feliz, lo más contento posible para que testifique", le dijo Vogel a su secretaria Sherry Rossbach, atractiva rubia que lleva 20 años en la Fiscalía estatal. La secretaria cumplió la orden y lo que comenzó con charlas de cortesía fue transformándose en susurrantes charlas cuyo contenido solo Ayala sabe.
Rossbach se obsesionó con el ex ladrón de carros de Cali de 40 años. Hablaban mañana, tarde y noche; ella le compraba lápices de colorear y él le enviaba dibujos de Garfield; ella le preparaba cenas con room service a su celda y él le regalaba una grabadora.
Un día que Rossbach no pudo atenderlo otra secretaria tomó la llamada y Ayala le endulzó el oído con su voz de caballero colombiano. El asesino puso a suspirar a Raquel Navarro y días después a Bárbara Molina Abad, de la misma oficina, que no resistió la curiosidad de conocer al seductor. En parte por los celos entre las tres secretarias y la esposa del sicario, y en parte porque la esmerada dedicación de las funcionarias al reo se hizo muy notoria, el menaje telefónico salió a flote, llegó a la prensa y puso a la Fiscalía en un escándalo cuyo más reciente episodio es la renuncia, bajo acusaciones de abuso sexual, de un veterano fiscal que inició la investigación interna.
Semejante enredo tiene frotándose las manos a los reporteros de la ciudad, en especial al columnista de The Miami Herald Carl Hiassen, autor de Striptease, en la que se basó la película de Demi Moore. "Todo esto debe animar a aquellos que son escépticos de la efectividad de las llamadas sexuales", escribió Hiassen. "Si un sicario puede encontrar amor a través del teléfono, cualquiera puede. No sé cuál fórmula usó Jorge, pero debe haber sido una clásica".'Miami Vice'El nombre de Ayala está en los libros de la policía de Miami desde la década de los 80. En 1982 la muerte de un niño de dos años en una balacera de narcos sacudió a Miami. La ola de indignación que produjo el asesinato de Johny Castro puso a las autoridades frente a la sombra de su propia impotencia. Miami estaba en poder del cartel de Medellín, donde por lo menos una vez a la semana la policía encontraba el cuerpo de un narcotraficante incumplido.Una mujer colombiana dominaba el mercado del sur de Florida. Su nombre: Griselda Blanco. El alias: 'La viuda negra' o 'La madrina'. Blanco importaba a Estados Unidos unas 3.500 libras de cocaína al mes con la ayuda de una pandilla a la cual la policía le atribuye por lo menos 40 homicidios. La organización se inspiraba en El padrino, una película que cautivó tanto a la viuda que a su cuarto hijo lo bautizó como Michael Corleone.
Uno de los hombres de confianza de Blanco era entonces Jorge Ayala, 'El Loco', como le decían sus amigos de gatillo. A la mujer le gustaba porque era el único de la organización que hablaba inglés. Ayala recibía de 20.000 a 200.000 dólares, según la víctima.
Uno de los trabajos encomendados fue el asesinato de Jesús 'Chucho' Castro, ex integrante de la organización que había pateado en el trasero a uno de los hijos de 'La Madrina' en un ataque de rabia. Ayala y su hombres persiguieron a Castro por Miami y en medio de la balacera dos disparos hicieron impacto en la cabeza del niño de dos años de Castro. Cuando Ayala informó a la mujer que había fallado con el padre, pero que el hijo había muerto por accidente, ella se enfureció por un momento.
"Luego cambió _recuerda Ayala_. Se puso contenta y dijo que ahora estaban empatados". Informante premiado, Ayala se declaró culpable no solo del asesinato del niño sino de otros dos en 1982, una decisión que lo convirtió en pieza clave de una batalla que la Fiscalía estatal de Miami ha dado desde entonces para probar que la viuda había ordenado los crímenes.
Blanco está purgando una condena federal por narcotráfico y llegó a un acuerdo con la Fiscalía para no oponerse a los cargos por homicidio. Por muchos esfuerzos que los fiscales hicieron Ayala permaneció callado y no quiso comprometer a 'La Madrina'. Pero en 1988 el colombiano sí logró persuadir a agentes del FBI y de la policía de Chicago que lo dejaran salir para montar una operación antinarcóticos encubierta. En una decisión sin antecedentes, especialmente por tratarse de un colombiano, los agentes autorizaron la salida de Ayala, quien estaba esperando juicio por el asalto a un banco y posesión ilegal de armas.
Pero a los pocos meses el informante se cansó de trabajar para policías, según sus palabras, y se escapó. En mayo de 1988 fue arrestado en un hotel de Chicago. Un juez federal que lo sentenció por el robo del banco redujo la pena de 30 a seis años al considerar que durante su colaboración con la justicia _en gran parte por teléfono_ Ayala salvó la vida de un fiscal, un testigo y su hijo que habían sido condenados a muerte por narcotraficantes colombianos para impedir ser enjuiciados.

Romances telefónicos
Su vocación de seductor quedó probada en 1994 cuando conquistó desde un teléfono de la cárcel a una mujer que no conocía y la convenció que se casara con él. A pesar de que las prisiones de Estados Unidos no permiten encuentros conyugales Marisol, su esposa, quedó embarazada.
Los crímenes cometidos por Ayala lo pusieron en la fila de la silla eléctrica, lo cual fue aprovechado por la Fiscalía para insistir en su colaboración. El colombiano decidió echar a la guerra a quien había sido su jefe suprema, pero con una de varias condiciones: un teléfono. La Fiscalía aceptó entregarle el arma y un guardia de la cárcel empezó a llevarle diariamente un teléfono portátil a su celda.
Las conversaciones de Ayala con Rossbach son hoy motivo de alegatos. La secretaria, con un historial conflictivo, admite que desde 1997, y siguiendo las instrucciones de su jefe, ella le dio gusto al testigo: se gastó de su bolsillo 70 dólares para café, hilo dental, papel y un sacapuntas y el día de Acción de Gracias le mandó un pavo relleno.
En octubre de 1997 cuando Rossbach no estaba, otra bonita secretaria de origen latino aceptó una llamada de Ayala por cobrar. Raquel Navarro quedó también prendada y desde ese momento puso su imaginación en el auricular. La relación le costó el puesto a la mujer. Lo mismo ocurrió con Molina Abad, una latina pasada de kilos que trabajaba en la misma dependencia. Por iniciativa de Navarro e impulsada por su propia curiosidad Molina terminó también en el fondo de la red telefónica del asesino. Ayala llamaba hasta 20 veces al día a las tres secretarias, que además se las ingeniaron para pasar la llamada a Marisol, su esposa.
Según las acusaciones de Rossbach, sus dos compañeras empezaron a sostener conversaciones sexuales de un "morboso subido" a tal punto que una vez Molina le confesó que había tenido que ir al baño por la excitación.
En sus acusaciones, Rossbach también dijo haber escuchado una vez una charla de una de sus vecinas sobre el tamaño del pene del sicario y la posibilidad de que el colombiano montara un negocio de prostitución a domicilio. Navarro y Molina aceptaron que de vez en cuando Ayala tocaba temas sexuales, como cuando alardeó de que se había acostado con dos mujeres, pero negaron que hubieran tenido lo que se conoce como 'phone-sex', una conversación sexual mantenida con la única intención de excitarse.
Pero la relación no se quedó en puro bla-bla-bla. En diciembre, según el diario de Miami New Times, Ayala empezó a enviarle dinero a Navarro con una lista de encargos: comprar a Rossbach una grabadora de Navidad, un perfume para Vogel y otro para Molina, corbatas para el detective y una suscripción de la TV Guía para él. Navarro no compró el regalo para la fiscal porque sabía de antemano que no lo recibiría, pero los demás sí los aceptaron con gusto. A este punto su esposa Marisol empezó a sospechar que las tres secretarias estaban enamoradas de su marido y que sentían celos..
"Yo no soy una persona celosa _sostuvo Rossbach_ Ya he tenido muchos problemas en esta oficina por cuestión de celos, me dicen que no es justo que yo tenga esas joyas, que yo tenga esto y aquello. Sí, claro, hay un problema de celos, pero no es mío".
En la Fiscalía el chisme del triángulo amoroso era un secreto a voces que llego a oídos de Michael Band, un veterano fiscal . Tras escuchar a las secretarias Band consideró que existían méritos para solicitar una investigación interna. Pero Rossbach reviró con un golpe que acabó con el brillante historial de Band. La secretaria lo acusó de haber abusado sexualmente de ella en la fiesta de Navidad de la división de crímenes mayores. .
Band, quien ha negado las acusaciones, resolvió presentar su renuncia y dedicarse a la práctica privada. Rossbach continúa en su puesto. Molina y Navarro fueron despedidas.
El retiro de Band provocó una ola de inconformidad entre los demás fiscales, quienes criticaron la manera como la fiscal general, Kathy Rundle, ha manejado el caso. Más de 30 de los 280 fiscales de la oficina han renunciado en los últimos seis meses.
Desde la intimidad de su celda en una cárcel de la ciudad Ayala sigue disparando.
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