Domingo, 11 de diciembre de 2016

| 2001/09/24 00:00

‘Help!’

La propuesta de Uribe Vélez de pedir más ayuda militar internacional, es confusa, no muy viable, pero audaz.

‘Help!’

Si algo sorprende de la propuesta que lanzó la semana pasada el candidato presidencial Alvaro Uribe Vélez fue la ligereza con que la recibió el país. Independientemente de si está o no encaminada a traer a los Cascos Azules de la ONU o a los marines de Estados Unidos, lo único claro es que el planteamiento de Uribe Vélez fue sobredimensionado a todos los niveles. Lo que dijo no es para nada novedoso y tampoco significa que la idea de mejorar los lazos de cooperación con la comunidad internacional sea la antesala de una invasión.

Pero si bien la iniciativa no era nueva el pantallazo que tuvo la semana pasada permitió que fuera estudiada con más interés que en el pasado. La conclusión es que es bastante confusa, no viable y en todo caso audaz políticamente.

Palabras más, palabras menos, lo que Uribe Vélez propone es ampliar el componente militar que viene operando en el marco del Plan Colombia en la guerra contra el narcotráfico y obtener ayuda internacional, a través de la llamada ‘diplomacia preventiva’, para combatir el desplazamiento forzado, el secuestro, la extorsión y las tomas a municipios. Igualmente, ese esquema de cooperación traería más recursos, más helicópteros e instrucción militar extranjera para fortalecer la capacidad de reacción de la ciudadanía y de la Fuerza Pública frente a amenazas de ataques guerrilleros, actos terroristas o masacres. “Este componente sería manejado por la Fuerza Pública colombiana y estaría encaminado a superar la incapacidad del Estado para reaccionar ante los actos de los violentos”, explica el candidato.

¿Qué fue entonces lo que prendió las alarmas entre la opinión pública? Una afirmación de Vélez en la que deja entrever que los términos de esa estrategia de cooperación podrían incluir la presencia de una misión de las Naciones Unidas encargada de mantener el orden en zonas de conflicto. “No descarto la posibilidad de que en algún momento tengamos la presencia internacional de una fuerza de cooperación que tuviera como objetivo proteger a la población civil en zonas críticas”.

Es precisamente aquí donde comienza la confusión. Porque cuando Uribe afirma que esencialmente se trata de extender la filosofía del Plan Colombia a la protección de la sociedad civil se está hablado en el terreno de las relaciones bilaterales con Estados Unidos, que al fin y al cabo son los dueños de ese Plan. Sin embargo, cuando habla de esta prevención de secuestros y de desplazados involucra a las Naciones Unidas, que son totalmente independientes del Plan Colombia. ¿Entonces al fin qué? ¿Se trata de una ampliación de la cobertura de la cooperación militar norteamericana actual, utilizando los helicópteros artillados y los asesores norteamericanos para fines diferentes que la lucha contra el narcotráfico? ¿O se trata de una fuerza multinacional pacificadora de Cascos Azules de las Naciones Unidas? Ese es el interrogante que no ha sido totalmente aclarado hasta el momento.

En todo caso el escenario de las Naciones Unidas no es viable. Este organismo participa en los conflictos en tres eventualidades: una, cuando se ha firmado un acuerdo de paz entre las partes en conflicto y es necesario mantenerla. Dos, cuando las Naciones Unidas intervienen a la brava al no haber respuesta a solicitudes hechas por ese organismo. Y tres, cuando hay un conflicto que amenaza la seguridad internacional y se justifica la intervención de una fuerza regional para resolverlo.

Ninguna de estas tres condiciones se cumple en la propuesta de Uribe Vélez. Ni se ha firmado un acuerdo de paz, ni Colombia ha desacatado las directrices de las Naciones Unidas, ni el caso colombiano es considerado una amenaza mundial como para que el Consejo de Seguridad de ese organismo tome una decisión de intervención unilateralmente.

Por las razones anteriores no habrá Cascos Azules hasta tanto no se firme un acuerdo de paz. De lo que habla Uribe Vélez en la práctica, aunque no lo reconozca, es de involucrar a Estados Unidos en el conflicto colombiano. Esto puede ser bueno o malo, pero en todo caso sería mucho menos neutral que el tema de las Naciones Unidas. Y además no depende únicamente del próximo presidente de Colombia sino que está sujeto a un cambio en la política exterior de Estados Unidos hacia Colombia.

El gobierno del presidente Bill Clinton se embarcó en el Plan Colombia con una inversión superior a los 1.000 millones de dólares para combatir el narcotráfico. Esta fue una decisión política muy controvertida en Estados Unidos pues había dudas sobre sus posibilidades de éxito y temores sobre el riesgo de involucrarse en asuntos internos de otro país. Los acontecimientos del 11 de septiembre cambiaron la prioridad de la política exterior estadounidense del narcotráfico al terrorismo. Esto hizo que algunos sectores de la clase dirigente colombiana se entusiasmaran con la posibilidad de que el poderío militar estadounidense, después de triunfar en Afganistán, decidiera combatir el terrorismo en países como Irak o Colombia. En el corto plazo esto no va a suceder en el país. Las declaraciones de la embajadora norteamericana, Anne Patterson, tildando a la guerrilla y a los paramilitares como grupos terroristas, no tienen por objeto una intervención militar sino más bien justificar la existencia del Plan Colombia, que había sido una herencia política controvertida para el presidente George W. Bush.

Lo único que está por definirse es si el componente militar del Plan Colombia, que en teoría estaba exclusivamente destinado a combatir el narcotráfico, podrá también destinarse a combatir la guerrilla. Esto, que en Colombia es considerado absolutamente elemental pues es difícil diferenciar guerrilla y narcotráfico, ha sido un punto álgido en el Congreso de Estados Unidos. Allí existe la preocupación permanente de que Colombia se convierta en un nuevo Vietnam si Estados Unidos se involucra militarmente. Ahora, con la guerra mundial contra el terrorismo declarada por el presidente Bush, se abre la posibilidad de que los equipos y recursos del Plan Colombia sean destinados también a combatir a la guerrilla, decisión que tendría que ser tomada por el Congreso de Estados Unidos. Pero, fuera de eso, Estados Unidos, por ahora, no iría más lejos.

A pesar de la confusión y de la inviabilidad de la propuesta de Uribe, ésta es audaz y manda un mensaje concreto. Es audaz porque en Latinoamérica había sido considerado un tabú la intervención militar internacional y el candidato ha puesto el tema sobre el tapete. Calcula, tal vez con razón, que la frustración de los colombianos frente al proceso de paz ha llegado a tal punto que prefieren definir el conflicto, aun con los gringos, antes que prolongarlo indefinidamente. Si su cálculo fue correcto el pantallazo de la semana pasada le sirvió.

En todo caso una cosa sí es clara. Si hay algún candidato que ante el posible fracaso de una solución negociada ya está pensando en cómo ganar la guerra, ese es Alvaro Uribe Vélez.

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