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| 3/11/2006 12:00:00 AM

¿Herido de muerte?

César Gaviria cambió su cómoda vida en Nueva York por el ‘camello’ de intentar resucitar el liberalismo. Ese sacrificio fue en vano.

Cuando se hable en los libros de historia política colombiana de suicidios heroicos, el primer lugar lo tendrá seguramente Ricaurte en San Mateo quien, como dice el Himno Nacional, acabó “en átomos volando”. Pero no es imposible que el segundo lugar lo llegue a ocupar el ex presidente César Gaviria. Su intento de evitar un colapso del Partido Liberal ante el surgimiento del uribismo implicó un enorme sacrificio personal que no se reflejó en las urnas.

Él y el ex presidente Alfonso López Michelsen fueron dos de los grandes perdedores de la jornada electoral. La derrota fue aun más dolorosa por cuenta de las encuestas que vaticinaban un amplio triunfo liberal. Se llegó a especular que la votación liberal podía ser superior a la de los dos movimientos uribistas sumados: el Partido de la U y Cambio Radical. La cruda realidad es que quedó en un tercer melancólico puesto, no sólo detrás de una de las vertientes uribistas, sino del Partido Conservador, que no lo superaba en votos desde 1930. Lo que le sucedió al Partido Liberal no puede ser descrito sino en términos de una catástrofe.

La tragedia de esta colectividad comenzó cuando la mayoría de sus caciques electorales, piezas clave de la maquinaria que año tras año ponía las mayorías, se dejaron seducir por el tren de la victoria del uribismo. Con contadas excepciones como Juan Manuel López Cabrales, Víctor Renán Barco, Juan Fernando Cristo y Camilo Sánchez, el Partido Liberal había sido desmantelado. Quedaban el cascarón y el nombre.

El hombre más prestigioso que tenía esa colectividad era César Gaviria. Su gobierno había terminado con un buen balance y sus dos períodos como secretario general de la OEA lo habían dejado con una estatura de estadista internacional comparable a la que había tenido Alberto Lleras Camargo medio siglo antes. A eso se sumaba un promisorio futuro como consultor a través de su firma Hemispheric Partners, cuya sede era en Nueva York, donde alternaba esa actividad con la de coleccionista de arte. Todo eso lo cambió por venirse a recorrer el territorio nacional buscando motivar a unos manzanillos hasta entonces huérfanos para tratar de resucitar a un partido agonizante. Lamentablemente, no sirvieron ni los sancochos, ni el aguardiente, ni las travesías por caminos polvorientos.

A esa cruzada se sumó un gesto no menos heroico, el ex presidente López Michelsen a sus casi 93 años. El espectáculo del viejo guerrero acompañado de su esposa en maratónicas jornadas al rayo del sol dio la impresión de que el ‘buey cansado’ del liberalismo iba volver a embestir. No sucedió.

A pesar de la diligencia con que el ex presidente Gaviria como jefe único del partido puso en orden la casa y le dio una organización a la colectividad, el trapo rojo no funcionó. La explicación más probable es que la oposición al presidente Uribe va en contra del estado de ánimo del país. Y convertirse en el abanderado de esa causa le hizo perder al ex presidente el gran prestigio personal con que contaba.

Gaviria y López trataron de que Colombia no dejara de ser un país con partidos fuertes que fueran independientes de cualquier consideración caudillista coyuntural. Fracasaron en este intento. Por lo menos mientras Uribe esté vivo políticamente, el Partido Liberal parecería estar muerto. Lo que nadie sabe es si algún día resucitará.
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