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| 9/10/2016 12:00:00 AM

El libro que revela detalles desconocidos del proceso de paz en La Habana

La obra de Hernando Corral narra detalles de la fase inicial del proceso entre el gobierno y las Farc.

Sin que aún se posesionara el presidente Juan Manuel Santos, continué mis reuniones con el embajador de Cuba, Iván Mora, y su recién posesionado ministro consejero, Juan Roberto Loforte, a quienes les insistí que sospechaba que Juan Manuel Santos tenía toda la intención de iniciar un proceso de paz y que por lo tanto ellos deberían hacerle la oferta de que Cuba estaba dispuesta a colaborarle en esa iniciativa y de que La Habana sería el mejor sitio para iniciar esos contactos. Después me enteré de que fue el propio Juan Manuel Santos quien decidió, entre otras propuestas, que el mejor sitio era Cuba, en primer lugar, por ser una isla sin fronteras con Colombia y, en segundo lugar, con un gobierno capaz de influir en las Farc para que dieran el paso con firmeza hacia una negociación de paz. También les insistí a los dos diplomáticos que debían conocer y hablar con el hermano del presidente, el periodista Enrique Santos, quien vivía en Miami, ya que él sabía mucho del tema y era experto y estudioso de los anteriores procesos de paz.

A los acuciosos funcionarios cubanos les quedó sonando el nombre de Enrique Santos y me pidieron que les contara de su pasado: “Enrique Santos no es un revolucionario, ateniéndome a la definición de ustedes los marxistas-leninistas, más bien pertenece a esa categoría de lo que ustedes llaman un burgués progresista. Como lo conozco de cerca desde hace muchos años, a partir de los debates y vivencias políticas en la revista ‘Alternativa’, las simpatías que podíamos tener con las guerrillas se fueron diluyendo en la medida en que esa aureola romántica que tuvo la lucha armada se fue perdiendo, gracias a que los ideales y las utopías se marchitaron y degradaron. Sé que Enrique no es admirador ni mucho menos seguidor de los grupos armados, además de ser un crítico de las prácticas de la guerrilla colombiana. En otras palabras, les afirmé que el corazón de Enrique estaba más cerca a los intereses de los miembros del elitista Country Club de Bogotá que al poco acreditado ‘Club’ del Polo Democrático”.

Creo que no estaba equivocado en mis percepciones, tal vez por mi experiencia en esos temas y por la malicia que se va formando con los años en las personas que tenemos como oficio el periodismo. En la medida en que se establecía más confianza con los diplomáticos cubanos y con la aparición en Bogotá de Enrique Santos, ellos me fueron dando pistas de que efectivamente se estaban empezando a realizar contactos exploratorios para ver la posibilidad de iniciar dicho proceso. Me enteré por esos días de que el presidente Santos había creado una comisión con Enrique como su delegado personal, con Alejandro Éder y con Jaime Avendaño, funcionario del Estado y hombre de confianza del presidente. Los tres empezaron a discutir en el exterior con el delegado de las Farc, Jaime Alberto Parra, conocido en la guerrilla como Mauricio Jaramillo, nacido en el Líbano, Tolima. (...) El gobierno también nombró a Sergio Jaramillo, Frank Pearl y Lucía Jaramillo para que hicieran parte de la comisión oficial. Fue entonces cuando me empezaron a hacer partícipe de ciertas informaciones y con Enrique Santos, Iván Mora y Juan Loforte comenzamos a hacer reuniones periódicas con algunas personas que tenían que ver con el tema, como el ministro de Defensa, Juan Carlos Pinzón, y el comandante de las Fuerzas Militares, general Alejandro Navas, entre otros. Una noche, el presidente Santos invitó a comer en el palacio al procurador Alejandro Ordóñez, a la contralora Sandra Morelli, mi cuñada, y a mí. En mi presencia les dijo que como ellos eran altos funcionarios del Estado, les comunicaba que se estaban adelantando contactos con las Farc para iniciar negociaciones de paz. (...) Al poco tiempo, el 27 de agosto de 2012, el presidente Santos oficializó el anuncio a los colombianos y nombró a los comisionados de paz que representarían al gobierno, agregando los nombres de Humberto de la Calle, del general Óscar Naranjo y el excomandante general de las Fuerzas Militares, general Jorge Enrique Mora Rangel. Apenas el presidente anunció al general Mora, el expresidente Andrés Pastrana salió en Radio Caracol a rechazar el nombramiento y a descalificarlo, asegurando que el oficial no había sido leal con él cuando se realizaron las negociaciones del Caguán. Sin embargo, estas declaraciones no tuvieron eco. Yo llamé al general Mora Rangel para felicitarlo (...) me contó que había recibido llamadas muy diferentes, entre ellas las de altos oficiales de las distintas fuerzas e incluso de suboficiales que le manifestaban su apoyo, ya que él se convertiría en una garantía para las Fuerzas Militares en La Habana. Pero también recibió llamadas de algunos exgenerales que le manifestaban su desacuerdo con que él se sentara a hablar con terroristas. Me compartió su inquietud por el comportamiento que pudiera tener la guerrilla (...) en la mesa de negociaciones con su presencia, pero dijo que tenía en claro que no iba a permitir que lo insultaran a él ni a las Fuerzas Armadas y que si así sucedía, tendría que patear la mesa y abandonar su papel de negociador. Le dije que estaba totalmente de acuerdo, (...) y le propuse que nos reuniéramos al otro día en mi casa con Enrique Santos y con el embajador de Cuba, Iván Mora, y su ministro consejero. (...) El primer encuentro entre los negociadores de la guerrilla y del gobierno se dio en Oslo, Noruega, y contrario a lo que se esperaba, los guerrilleros saludaron en primer lugar al general Mora de manera respetuosa y desde entonces todos empezaron a referirse a él como ‘Mi general’. (...) A muchas de estas reuniones también se sumó el director de El Tiempo, Roberto Pombo, un buen conocedor de estos temas y siempre con un espíritu constructivo de buen componedor. A los encuentros invitamos distintas personas entre altos mandos militares; al procurador Alejandro Ordóñez; a personas conocedoras de otros procesos de paz; intelectuales como Eduardo Pizarro, Alejandro Reyes, Gonzalo Sánchez, Iván Orozco, Álvaro Tirado, Frédéric Massé y Juan Gabriel Gómez; algunos exintegrantes de grupos guerrilleros como el ELN y el M-19; algunos sacerdotes expertos en el tema; generales retirados, algunos pocos exparlamentarios; y también algunos opositores del proceso de paz, integrantes del Centro Democrático que dirige el expresidente y hoy senador Álvaro Uribe. A propósito del expresidente Uribe, (...) le insistí en varias oportunidades que se reuniera con el general Mora para que él le pudiera contar en detalle y de manera privada el contenido de las negociaciones, pero el expresidente siempre me respondió que él no estaba de acuerdo con que los militares estuvieran negociando con los terroristas.

No olvido una interesante comida a la que me invitó Francés Solé en su casa a mediados del año 2013 (...). Para mi sorpresa, llegó a la reunión el expresidente español Felipe González, persona afable y tranquila, quien empezó a contar anécdotas de sus reuniones para intercambiar impresiones sobre el conflicto colombiano con el expresidente cubano Fidel Castro y el premio nobel Gabriel García Márquez. Cuando se refirió al proceso de paz que el presidente Santos estaba adelantando, le señaló a los militares que el solo hecho de que desapareciera internacionalmente la marca de las Farc ya sería una ganancia, ya que dicha marca le hacía mucho daño a la imagen del país. Anotó que el papel de las Fuerzas Militares en el posconflicto iba a ser muy importante, en primer lugar, porque tenían que recuperar el territorio colombiano que estaba en manos de las Farc (...). En segundo lugar, afirmó (...) que con Fidel y García Márquez habían coincidido un día en el peligro al que estaba expuesto el Estado colombiano al no tener una vigilancia más cuidadosa de sus fronteras, que son muy vivas y donde se mueven muchos intereses. (...)

Como simple anotación anecdótica, me encontré una noche en una reunión a la que me invitaron miembros destacados de la Marcha Patriótica, con el político conservador Álvaro Leyva. Durante el desarrollo de este encuentro, el exministro Leyva se quejó con cierta dureza por la resistencia del presidente Juan Manuel Santos y su hermano Enrique a hablar con él. (...) A los pocos días se hizo el encuentro, que propicié porque estaba convencido de que Leyva tenía desde hace mucho tiempo gran influencia con la dirigencia de las Farc. Años atrás, en agosto 16 de 1998, publiqué en El Tiempo una columna de opinión titulada ‘Álvaro Leyva, el hombre de las Farc’, en donde afirmo lo siguiente: “A pesar de lo que se diga de Álvaro Leyva, nadie puede desconocer que es un terco, un perseverante en busca de una salida negociada al largo proceso de violencia en nuestro país. Y ha sido su tenacidad y su persistencia las que lo han llevado a ganarse la confianza del propio jefe de las Farc, Manuel Marulanda (...)”.

Y no estaba equivocado. Leyva se convirtió en una pieza fundamental de las negociaciones de paz. De otra persona de la que poco quería saber el presidente era de Piedad Córdoba. Junto con Juan Loforte e Iván Mora, me visitó en la casa el 22 de julio de 2013 para contarme que le habían informado que el presidente Santos no quería hablar con ella, ya que lo habían convencido de que estaba azuzando a los campesinos que participaban en el paro nacional en esos días. Piedad me dijo que, por el contrario, acababa de llegar de algunas zonas del país donde la Marcha Patriótica tenía una importante fuerza e intentó persuadir a los labriegos de finalizar la protesta. Al día siguiente, 23 de julio, fui a la Casa de Nariño a la presentación del informe ‘¡Basta ya!’, del Grupo de Memoria Histórica, y al final me encontré con el presidente Santos. Cuando empecé a hablarle de Piedad Córdoba, me respondió que tenía información de que ella le estaba incendiando el país, pero le conté que la había visto el día anterior y que estaba en plan de servir de conciliadora. El presidente me respondió: “Siendo así, hablaré con ella” (...).

Pienso que en reciprocidad por el apoyo del gobierno cubano al proceso de paz del gobierno colombiano, el presidente Santos comenzó a ambientar la reapertura de relaciones entre Estados Unidos y Cuba hablando directamente en varias ocasiones con el presidente Barack Obama. (...) No se puede olvidar que esta iniciativa para una apertura de relaciones entre Cuba y Estados Unidos la inició Gabriel García Márquez cuando se reunió en 1994 en Estados Unidos con el presidente Bill Clinton, a quien le entregó una carta del entonces presidente Fidel Castro, y posteriormente se volvió a reunir con Clinton en Cartagena, en agosto del año 2000, donde hablaron de nuevo sobre las posibilidades de reanudar esas relaciones. Cuba, como una demostración de su voluntad de normalizar sus relaciones (...), fue disminuyendo su interés en los grupos armados clandestinos mientras que con otros mantuvo relaciones cordialmente frías, con lo cual envió mensajes de que la lucha armada para la toma del poder no tenía vigencia y sirvió de mediador con varios gobiernos para que se iniciaran conversaciones de paz.

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