Miércoles, 22 de febrero de 2017

| 2005/04/17 00:00

¿Héroe o villano?

Después de arrancar en medio del escepticismo, Sabas Pretelt se ha crecido en el cargo. Sin embargo no tiene asegurado el éxito de la agenda legislativa.

Si alguna imagen captó en toda su dimensión la dificultad que ha tenido el gobierno del presidente Álvaro Uribe para manejar el Congreso fue la del ministro del Interior, Sabas Pretelt parado en la puerta del salón donde sesionaban las comisiones conjuntas de Senado y Cámara. Su objetivo: bloquear la salida de congresistas y frenar la disolución del quórum. Todo un Ministro delegatario encargado de la Presidencia dedicado a amarrar a una bancada que otra vez daba síntomas de rebeldía.

El resultado fue positivo para el gobierno: la polémica ley de justicia y paz superó el primer debate. Sin embargo, un artículo clave que establecía que a los 'paras' se les podría tratar por el delito de 'sedición', y que a su vez justifica la extensión de beneficios, fue votado en contra. Uribistas clase A -Germán Vargas, Claudia Blum y José Renán Trujillo- votaron en contra, se abstuvieron y hasta intentaron dejar el recinto.

El tema en discusión era particularmente sensible. En los debates anteriores, tanto en el Congreso como en los medios se había difundido la tesis de que esa medida constituía un 'narcomico', porque facilitaría la no extradición de narcotraficantes procesados por sedición. Aunque no es claro que esa fuera la connotación de la medida, la percepción de que así era le había generado un alto costo político al voto a favor. Nadie quería, en plena campaña, caer en la estigmatización de una posición a favor de los narcos.

Además, por el Capitolio surgieron versiones en el sentido de que el Estatuto de la Corte Penal Internacional establece que los congresistas que faciliten la adopción de leyes laxas contra graves delitos pueden ser demandados ante esa misma instancia. En ese ambiente, por primera vez en la larga historia de legislaciones sobre narcotráfico fue el Congreso el que le puso frenos a un proyecto gubernamental que supuestamente favorecía un tratamiento laxo a varios narcos. En este caso, a los paramilitares que están involucrados en las drogas ilícitas.

Pero más allá del contenido de la ley, el episodio volvió a sacar a flote las críticas que desde hace tiempo ha recibido el gobierno por no haber podido hacer valer sus mayorías en el Congreso. Ni las pomposas mesas para un acuerdo nacional convocadas por Sabas Pretelt el año pasado, ni las concesiones burocráticas han servido para garantizar la aprobación de proyectos como la reforma tributaria, hundida el año pasado, y otras en materia económica.

Cabe la pregunta sobre si el estilo del ministro Sabas, tan bien recibido en las cámaras después de la prepotencia de Fernando Londoño, se ha traducido en resultados concretos. Y si los amores se traducirán en obras en una legislatura tan corta, de la cual ya transcurrió una tercera parte, que debe aprobar leyes tan importantes como las garantías electorales, el estatuto de la justicia y la ley antitrámites. Será crucial la reforma del régimen pensional, considerada indispensable por el FMI para controlar el déficit fiscal en el largo plazo. Pero se trata de una medida impopular porque recorta beneficios y aumenta los requisitos para la pensión. Si los congresistas actúan con el mismo instinto de conservación con que recortaron el proyecto de justicia y paz, su suerte podría quedar en entredicho. Sabas no ha logrado un consenso entre su partido, el Conservador, que aboga por recortar el régimen de transición hasta 2009, y los de Gina Parody, Nancy Patricia Gutiérrez y Luis Fernando Velasco, partidarios de adelantar la reforma al año 2007.

El presidente Uribe es consciente de que esta legislatura es decisiva. Desde la China, en medio de una apretada visita protocolaria, llamó a varios de los miembros de su bancada para ayudarle a su Ministro del Interior a mantener el quórum. Por algo han llegado a Palacio altos funcionarios con buena acogida en la clase política: Bernardo Moreno, secretario general, y Juan Lozano, alto consejero, y en las próximas semanas se sumará Fabio Valencia Cossio, que se concentrará en temas internacionales. Y afuera está activo Juan Manuel Santos, en contacto con las fuerzas uribistas. Para algunos, estos refuerzos dejan la sensación de que el Ministro del Interior no ha podido con la difícil misión.

Sin embargo, así algunos señalen a Pretelt como villano, otros lo consideran un héroe. Sus acciones van en ascenso. Después de que estuvo a punto de dejar el cargo en diciembre, hoy tiene amplias simpatías en el Congreso que se derivan de su estilo conciliador, su carácter amable y su

inagotable paciencia. "Es un hombre de carga liviana, que no genera rechazo", según Antonio Navarro, senador de oposición. Y en la Casa de Nariño consideran que ha logrado sacar adelante proyectos muy importantes para la agenda presidencial, como la reelección, y está avanzando con iniciativas particularmente complejas como la de justicia y paz, y las pensiones, y a partir de la semana entrante se va a meter con todo para sacar adelante la ley que reglamenta la reelección presidencial. En un foro el jueves pasado, el Ministro anunció que el gobierno está dispuesto a acoger todas las ideas de la oposición en esta materia.

Pretelt ha logrado cosechar simpatías en la oposición. No tiene la capacidad argumentativa de su antecesor, sobre todo en temas de justicia, pero en los pasillos del Capitolio se oye decir con frecuencia que "ha mejorado su discurso". Y allá gustan su carácter bonachón y su buen humor permanente. "A nadie le disgustaría tomarse un whisky, o dos o tres, con este tipazo", dice un congresista de oposición. Este cartacachaco, conectado sin duda con los costeños y también con los del interior, ha sabido sacarles partido a sus dotes de conquistador y rumbero en las reuniones privadas.

Paradójicamente, se oyen en cambio críticas dentro del uribismo, donde consideran que no ha sabido aglutinar, y que su obsesión de ser conciliador se traduce en que la línea del gobierno no se expresa con claridad ni contundencia en el Congreso ni ante la opinión pública. A diferencia de la época de Londoño, bajo el ministerio de Sabas corrió la voz de que habría cuotas burocráticas para quienes acompañen al gobierno en sus más valoradas iniciativas, como la reelección. Y pasó lo de siempre: surgieron intrigas, envidias y cuestionamientos de unos grupos uribistas frente a otros, porque se sienten peor tratados en la repartición.

Lo que no se puede negar es que el actual Ministro del Interior se ajusta a las difíciles características del estilo gerencial de su jefe, quien prefiere subalternos de bajo perfil, leales y sin mucha iniciativa, y que frente al Congreso opta por el tratamiento al detal en vez de la convocatoria de partidos. Sabas le jala a todo lo que haga falta para complacer al Presidente, a quien admira y con quien comparte plenamente la ideología conservadora. "El Presidente es el verdadero ministro, y todos los proyectos se definen en la Casa de Nariño con su intervención directa", según Antonio Navarro.

Aunque la gestión de Sabas Pretelt de la Vega ha venido de menos a más desde el 6 de noviembre de 2003, cuando asumió la cartera, no se puede hacer un balance sin esperar los próximos dos meses. Un período demasiado corto antes de que finalice la legislatura, y en un ambiente político contaminado por la polarización frente a la reelección y el Congreso Nacional Liberal de junio. Con una agenda, además, compleja y trascendental. Es probable que el gobierno saque adelante la reglamentación de la reelección y la reforma de pensiones, pero no se pueden descartar conflictos entre su bancada y que se intensifique la inefable pelea por la burocracia. Las mayorías no van a funcionar en forma automática, ni van a ser las mismas en todos los temas. El buen Sabas no podrá dejar que se agoten sus reservas de paciencia, porque de aquí en adelante el éxito del gobierno dependerá de su capacidad de ganar voto a voto.

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