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| 1/3/2015 10:00:00 PM

La historia de cinco héroes de guerra

¿Son los miembros de la fuerza pública víctimas del conflicto? Aunque el tema aún genera controversia, no se puede negar que ellos han sufrido la guerra en carne propia. SEMANA recogió algunas historias que más allá del dolor, testimonian su superación.

Si los militares son víctimas del conflicto o no, es un tema que se debate constantemente. A finales de octubre, el Consejo de Estado generó todo tipo de reacciones cuando dijo que los miembros de las Fuerzas Militares que murieron, en diciembre de 1997, en la toma de las Farc al cerro de Patascoy en Nariño, debían ser declarados víctimas del conflicto en Colombia.  Para tomar esa decisión, el alto tribunal se basó tanto en el Derecho Internacional de los derechos humanos como en el Derecho Internacional Humanitario.

La fuerza pública recibió bien la noticia, pues muchos se habían quejado de no estar suficientemente representados en las comisiones de víctimas que viajaron a La Habana para participar en los diálogos de paz. Las Farc han insistido en que según las convenciones de Ginebra el tratamiento de los militares y policías combatientes no puede ser equivalente al de la población civil no combatiente, y por eso, por ejemplo, no hablan de secuestrados sino de prisioneros de guerra. Sin embargo, el derecho internacional también dice que cuando un combatiente es herido o muerto fuera de los hechos de la guerra, es víctima.

Según cifras del Viceministerio del Grupo Social y Empresarial del sector Defensa, casi el 98 por ciento de los militares y policías que tienen algún grado de discapacidad, la adquirieron por artefactos improvisados (minas antipersona, cilindros bomba, etcétera) y solo el 2 por ciento en combate o por actividades propias del servicio. “En los desfiles militares vemos a los discapacitados hacer sus recorridos y cada caso es una tragedia humana, donde la mayoría son afectados por acciones terroristas que nada tienen que ver con el combate. El marco jurídico para la paz y la justicia transicional muestran que los miembros de la fuerza pública pueden ser considerados víctimas y como tal pueden exigir verdad, justicia, reparación y garantías de no repetición”, le dijo a SEMANA el general (r) Jaime Ruiz, presidente de la Asociación Colombiana  de Oficiales en Retiro de las Fuerzas Militares (Acore).

Más allá de que los militares y policías sean reconocidos como víctimas, hay una verdad innegable y dolorosa. Según Gladys Sanmiguel, directora de la Corporación Matamoros, entidad que desde hace 28 años apoya a los heridos en combate y a sus familias, el 67 por ciento de los discapacitados en Colombia proviene de la fuerza pública. Cada año cerca de 1.000 de sus miembros son heridos, esto quiere decir que cada día entre dos y tres son afectados.

Solo en este año, Matamoros ha atendido cerca de 6.400 personas en su proceso de rehabilitación física y psicológica, educación, rehabilitación a través del deporte y vinculación laboral. “Para un muchacho que quedó ciego, perdió sus miembros o no puede volver a caminar, es difícil aceptar su limitación. Pierden su identidad, no pueden volver a ser lo que fueron y sienten que ya no tienen valor ante la sociedad, al pasar de ser héroes proveedores a personas dependientes. Por eso desde hace dos años trabajamos en una rehabilitación integral no solo con ellos sino con su familias, para que se sientan útiles y sean conscientes de que el país los quiere y no los olvida”, afirma Sanmiguel.

Cerca de 11.000 miembros de la fuerza pública han sufrido una discapacidad en los últimos 15 años, de los cuales el 85 por ciento ha sido pensionado debido a su afectación, indica el general José Javier Pérez, viceministro del Grupo Social y Empresarial del sector Defensa. Aunque las cifras son duras, asegura que la responsabilidad con ellos es para siempre, ya que la mayoría de los afectados son jóvenes entre los 20 y 30 años. “En el primer semestre de 2015 esperamos entregar el centro de rehabilitación integral más grande de América Latina, que funcionará en Bogotá. Invertiremos más de 35.000 millones de pesos solo en infraestructura, sin contar los costos de operación y mantenimiento que requerirá”, concluye.

“El dolor es inevitable, el sufrimiento es opcional”


Carlos Carvajal • 40 años • Policía


“No doy muchos detalles sobre el sitio y la fecha exacta en que me secuestraron porque ya he recibido varias amenazas. El frente 42 de las Farc me capturó en 2000 y durante los meses que estuve en cautiverio me sometieron a todo tipo de maltratos. Siempre estuve encadenado y fueron pocos los días en que me quitaron la venda que habían puesto en mis ojos. Laceraron todo mi cuerpo y me golpeaban diariamente las piernas y la espalda. Viví un infierno, no había un solo día en que no amenazaran con matarme. Una vez me liberaron permanecí durante un año y tres meses  internado en una clínica de reposo, allí me diagnosticaron esquizofrenia y estrés postraumático.

“Quedé con limitación auditiva y afectación al caminar, pero gran parte de mi discapacidad es mental. Los militares y policías como yo sí somos víctimas y no me preocupa que la guerrilla no nos reconozca como tales. Solo necesito el reconocimiento de la sociedad, mis Fuerzas Militares y el Estado. Afortunadamente la Policía  me pensionó, fui beneficiado con un apartamento y después de vivir 14 años dependiendo de alguien, voy a asumir el reto de estudiar una carrera universitaria, un desafío enorme porque mi capacidad  de concentración se redujo mucho.

“Mi familia ha sido el motor para salir adelante. Mi esposa, mis sobrinos y mis hijos son mi mayor  bendición, pero a pesar de todo aún conservo secuelas de mi secuestro. Cada año tengo al menos una recaída que me interna un tiempo en una clínica de reposo, no soy capaz de comer en platos ni en restaurantes, desde hace 14 años me sirvo la comida en un ‘porta’ y como con una cuchara pequeña. Tampoco soy capaz de dormir en una cama, siempre busco el suelo en un lugar amplio. Estoy escribiendo un libro, Resiliencias de un secuestrado, que espero terminar a finales de este año y junto con varios compañeros queremos crear un grupo de ayuda a otras personas que hayan padecido el secuestro. Superar el encierro y las torturas no es fácil, pero hay una frase que siempre me repito: ‘el dolor es inevitable, el sufrimiento es opcional’. Yo decidí no sufrir más”

“Mi mamá aún no entiende que esto es una guerra”

Edwin Restrepo • 30 años • Armada Nacional

“Tenía 19 años y llevaba 14 meses prestando el servicio militar. Estaba en los Montes de María en Zambrano (Bolívar) en una operación de registro y  control cuando de repente tres de nosotros caímos en un campo minado. Nunca olvidaré la fecha: 29 de abril de 2004. Los otros dos compañeros tuvieron heridas leves pero a mí me evacuaron a un hospital en Cartagena, allí me amputaron la mano derecha, el talón izquierdo y evaluaban si iba a quedar invidente. Me trasladaron al Hospital Militar en Bogotá y luego de muchos exámenes, en junio confirmaron que no había nada que hacer por mis ojos.

“Estuve seis meses en rehabilitación en la Dirección de Sanidad donde a mí y a mi familia nos brindaron acompañamiento psicológico. Hoy vivo en Envigado, con mi esposa, dos hijas y estoy en quinto semestre de derecho en la Universidad de Envigado. A pesar del tiempo que ha pasado mi mamá no entiende que esto es una guerra y que es un riesgo siempre latente. Soy víctima porque nosotros no empezamos la guerra, defendemos el país de personas que piensan diferente pero atacan a la población civil. Esto no es una batalla que se libra solo en la montaña entre guerrilla y militares”.

“Quiero seguir sirviéndole a mi país”

Jorge Andrés Peña • 30 años • Ejército

“El 10 de julio de 2008 estábamos en operación contra Dago, cabecilla del sexto frente de las Farc, en Caloto (Cauca). Allí le dispararon a un compañero y cuando yo me devolví para ayudarlo me dieron dos tiros que me llegaron al esternón y la columna. Las balas estaban infectadas con materia fecal, el daño que me causaron hizo que permaneciera un mes en coma y  tres meses en cuidados intensivos. Como consecuencia de ese atentado tengo paralizados un brazo, parte de una pierna y perdí medio intestino delgado.

“Me retiraron del Ejército por mi discapacidad, pero yo insistí en que me reintegraran, quería seguirle sirviendo a mi país. Finalmente me reubicaron y actualmente soy coordinador jurídico en el Batallón de Sanidad. Fui primer lugar en la Escuela Militar de Cadetes en mi promoción, estudié inglés, alemán y me gradué como abogado. Las Fuerzas Armadas me han ayudado con mi rehabilitación y necesidades médicas, pero no me han querido ascender, soy teniente y en este momento debería ser capitán”.

“Tuve que aprender a caminar de nuevo, como un bebé”


Jhoan Gerardo Reyes • 28 años • Policía

Tenía 22 años y en ese tiempo era patrullero. Eran las seis de la mañana del 14 de septiembre de 2009 cuando me dirigía a una zona de cultivos ilícitos en el corregimiento Las Mercedes en Tumaco (Nariño), ya que mi labor era escoltar a los erradicadores de coca. Para pasar un río teníamos que caminar sobre un tronco, la guerrilla lo sabía y nos lo minó,  yo activé la mina. La explosión me amputó las dos piernas y luego me las tuvieron que amputar más debido a una infección. Estuve 20 días en cuidados intensivos en el hospital de la Policía en Bogotá y aunque soy de Villavicencio por las terapias preferí quedarme en la capital, donde vivo con mi esposa y mis bebés Luciana y Mariana.

“Luego de un año del accidente me dieron las prótesis y tuve que aprender a caminar de nuevo, como si fuera un bebé. La Policía me pensionó y a diferencia de otros compañeros a mí me ha tocado pelear para acceder a los beneficios. Hace unos años me dieron un apartamento en el conjunto San Sebastián en Soacha Compartir y aunque lo agradezco, en invierno nos inundamos, esa zona es muy insegura y no podemos aplicar a otro proyecto porque ya utilizamos el subsidio. Sin embargo, Tejido Humano y la Corporación Matamoros me ayudaron para estudiar y hoy hago tercer semestre de derecho en la Universidad Sergio Arboleda”.

“El dolor hizo que me echara a la pena”


Jeison Toro • 30 años • Ejército

Alos 18 años dejé Armenia, presté servicio militar y en 2005 ingresé como soldado profesional. Fui fundador de la brigada móvil 12 del batallón contraguerrilla 86 en el Meta. El 28 de marzo de 2006 estábamos combatiendo al frente 27 de las Farc y cercanas las cinco de la tarde, tres de nosotros caímos en un campo minado. Uno de ellos murió instantáneamente, otro quedó sordo y yo quedé ciego y con parte del rostro destrozado. No sentí nada, lo único que recuerdo es una chispa grandísima y que me ardía la cara. Llegamos a pie hasta Villavicencio y de ahí me remitieron a Bogotá. Duré tres meses hospitalizado, y a pesar de la rehabilitación, el dolor hizo que durante mucho tiempo me echara a la pena. Actualmente me refugio en Dios, mi madre, mi esposa y mis dos hijos.

“Ahora estoy tratando de salir adelante y ya hice un semestre de derecho en una universidad de la capital. La Corporación Matamoros, la Fundación Tejido Humano y el Ministerio de Defensa me apoyan con más del 70 por ciento de la matrícula”.
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