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| 1/26/2008 12:00:00 AM

¿Heroína o villana?

Piedad Córdoba es la mujer más controvertida hoy en Colombia. Muchos la ven como traidora a la patria. Otros como valiente defensora de la paz.

Desde que irrumpió en la opinión pública hace más de 15 años, la controversia y Piedad Córdoba han ido de la mano. Piedad no sólo nunca le ha huido a las polémicas sino que más bien parece inclinada a buscarlas, a abrazarlas, al ir más allá de lo políticamente correcto.

En octubre de 1998, posó al lado de Manuel Marulanda 'Tirofijo' y Jorge Briceño 'Mono Jojoy' y los invitó al Congreso. Como copresidenta del Partido Liberal encabezó la disidencia que apoyó al candidato del Polo a la Alcaldía de Bogotá, Lucho Garzón, y lideró la campaña por el abstencionismo en el referendo del siempre popular presidente Álvaro Uribe en octubre de 2003. Fue de las primera voces en denunciar la expansión paramilitar, una posición que casi le cuesta la vida cuando fue secuestrada por el cabecilla Carlos Castaño en mayo de 1999.

Su carácter combativo le ha generado tanto admiración como condenas virulentas. Para sus simpatizantes, es un ejemplo de superación sin igual -una mujer afrocolombiana que ha logrado a pulso y valor poner a temblar al poder establecido-. Una líder popular latinoamericana. Florence Thomas, en una columna escrita en estos días, destacó el coraje de mujeres, que como Piedad, "han construido con sus vidas, y con la profunda convicción de que lo personal es político, caminos para una solución humanitaria del conflicto armado que se libra en el territorio colombiano".

Para sus críticos, sin embargo, es en el mejor de los casos una oportunista politiquera de izquierda y en el peor, una traidora a la patria.

Con Piedad no existen términos medios; Genera odios y amores como si fuera una máquina productora de emociones encontradas, como quedó demostrado el miércoles pasado cuando se disponía a viajar a Caracas. Un pasajero la increpó por su apoyo al presidente venezolano Hugo Chávez y según la senadora, le dijo hasta de lo que se iba a morir. Aun en un país como Colombia donde la tolerancia no es precisamente la más sobresaliente virtud, sorprendió la agresividad del incidente. Como ha ocurrido en el pasado, con excepción del ministro del Interior y Justicia, Carlos Holguín, quien en su habitual falta de tacto dijo que "si Piedad Córdoba está en riesgo es por ella misma", los principales dirigentes políticos y mediáticos salieron en su defensa. Pidieron que se le respetara sus opiniones y hubo manifestaciones de solidaridad con la combativa senadora, quien no dudó en acusar al gobierno del episodio.

No es la primera vez que las declaraciones controvertidas e incluso incendiarias de Piedad generan reacciones igualmente duras contra ella. Y que la congresista pase, en 24 horas, de acusadora a víctima. Y luego al contraataque verbal. Unos rifirrafes que le han permitido a Piedad cultivar su imagen de 'niña terrible' de la oposición.

Aunque los colombianos se habían acostumbrado a esa retórica beligerante y a las actuaciones polémicas de la senadora, de tanto jugar con el fuego por fin se quemó. Al tomar abierto partido con Chávez -el mismo que profesó simpatía ideológica y política con las Farc- Piedad cruzó una línea de difícil retorno. En los deberes clásicos de las naciones hay uno fundamental: la lealtad del ciudadano con su país y en especial, en momentos de crisis con otro Estado. Es cuando se cierran filas y se rodea al Presidente, como la figura representativa de la unidad de la Nación. Es tan automática, que tras el reconocimiento político de las Farc y del ELN anunciado por Chávez, dirigentes tan antiuribistas como Carlos Gaviria y Jorge Robledo rechazaron las declaraciones del mandatario de Venezuela. En cambio, Piedad no sólo respaldó con palabras lo dicho por el venezolano sino con sus acciones.

Hubo una en particular que le será muy difícil hacer desaparecer de la conciencia colectiva y que le podría generar fuertes coletazos políticos en el futuro. El miércoles 13 de enero acompañó a la comitiva oficial del gobierno de Caracas a Nicaragua. Allí Chávez y su aliado, el presidente nicaragüense Daniel Ortega, insultaron al Presidente de los colombianos, reiteraron su solicitud de que se le otorgue carácter de beligerantes a las Farc, y Piedad, senadora de la República de Colombia, aplaudió. Ese aplauso fue para millones de colombianos como una bofetada. No es gratuito que la imagen desfavorable de la senadora haya subido en sólo dos meses de 32 a 63 por ciento, la más alta de cualquier personaje público del país, según la última encuesta Gallup Poll.

Ella insiste en que todo lo que hace tiene un fin humanitario: la liberación de los secuestrados. Algunos de sus defensores han comparado sus gestiones con las que adelantan tres congresistas demócratas que buscan lo mismo. Pero hay una diferencia fundamental, como lo dijo a SEMANA el legislador Jim McGovern: "antes de cada paso que tomamos, consultamos con el departamento de Estado y con la embajada en Bogotá". Incluso durante el tiempo que Piedad era la facilitadora oficial del gobierno colombiano, causaba asombro entre asesores del Congreso norteamericano que ella fuera a las reuniones en el Capitolio acompañada de funcionarios venezolanos, mas no de su país.

Muchas personas se preguntan si la senadora colombiana no ha traicionado a su patria. En marzo del año pasado, por ejemplo, en un evento en México, dijo que "gobiernos progresistas de América Latina tienen que cortar las relaciones diplomáticas con Colombia" y cuestionó "cómo es posible que los gobiernos se reúnan con un Presidente elegido por la mafia, por el paramilitarismo y por un asesino". Aunque en ese momento sólo fue una tormenta en un vaso de agua, en noviembre fue denunciada por traición a la patria. Una acusación que se ha vuelto a oír en estos días después de los últimos acontecimientos.

Es una acusación seria y más común en momentos de guerra entre dos Estados. El delito está tipificado en la ley 599 de 2000 -el Código Penal-. Entre las diferentes causales, está realizar "actos que tiendan a menoscabar la integridad territorial de Colombia" o actuar "en perjuicio de los intereses de la República" cuando ha sido "encargado por el gobierno de gestionar algún asunto de Estado con gobierno extranjero o con persona o con grupo de otro país o con organismo internacional".

Según altos juristas consultados por SEMANA, sería muy difícil probar penalmente que Piedad hubiera incurrido en esas faltas. Es evidente que ni las declaraciones de Piedad en el exterior, ni sus aplausos a los discursos de Chávez, ni sus correrías con los funcionarios venezolanos, han comprometido la seguridad nacional de Colombia ni su integridad territorial. Piedad ha expresado sus opiniones y sus convicciones que a millones de colombianos les han caído muy mal. Ella puede ser vista por muchos como una mala colombiana, pero está muy lejos de ser considerada una traidora a la patria.

Hoy Piedad está en el ojo del huracán. Pero la opinión es volátil y se mece según los vientos de la coyuntura. Si la controvertida senadora se vuelve una pieza determinante en futuras liberaciones es muy probable que le vuelvan a soplar los vientos a favor. Eso pensó la célebre actriz Jane Fonda, cuando en un osado viaje, se reunió con el gobierno de Vietnam del Norte en 1972 y habló en contra de la política de Estados Unidos. En 1988, 16 años después, Fonda se disculpó con los soldados norteamericanos y reconoció que había sido utilizada por la propaganda norvietnamita.
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