Martes, 24 de enero de 2017

| 2015/10/19 09:00

Ya son seis los muertos por la caída de la avioneta en Bogotá

Este lunes falleció Layla Tatiana Arenas, de 36 años. Aún no se sabe de la suerte de la esposa del dueño de la casa donde chocó la aeronave.

Ya son seis los muertos por la caída de la avioneta en Bogotá Foto: Twitter / @BomberosBogota

El aparatoso accidente de una avioneta en el occidente de Bogotá sigue dejando víctimas mortales. Este lunes una nueva persona se sumó a la trágica lista.

Se trata de Layla Tatiana Arenas, una mujer de 36 años que, según la Secretaría de Salud y el Hospital Simón Bolívar, presentó quemaduras de tercer grado en el 86 % de su cuerpo.

La muerte de esta mujer se añade a la tragedia que hoy viven varias familias, entre ellas la del dueño de la vivienda donde impactó la aeronave, quien aún no sabe cuál es la suerte de su esposa.

Eulogio García es padre de seis hijos y esposo de la mujer que se encontraba en el interior de la casa donde chocó la avioneta. Los vecinos lo conocen como un hombre de pujanza y casi fundador del barrio, al que llegó desde hace 35 años.

El accidente provocó la destrucción no sólo del segundo piso de su vivienda, sino también de la primera planta, que el señor García arrendaba desde hace varios años para el funcionamiento de la panadería a la que el barrio conoció como 'Bella Suiza'. Ni la fachada del negocio quedó. Pero lo que más preocupa a don Eulogio es saber, a ciencia cierta, qué pasó con su esposa, pues las autoridades no han podido establecer si sobrevivió o no a este aparatoso siniestro.

Para este hombre, querido y reconocido en la comunidad, un fin de semana con sus amigos se convirtió en una película de terror. Nunca pensó que el beso de despedida que le dio a su esposa Elsa podría ser el último que diera en su vida.

Ella lo acompañó a encontrarse con sus amigos para dedicarse a uno de sus pasatiempos favoritos: las cartas. Ese juego lo sacó de su casa este domingo y evitó que estuviera allí cuando se produjo el choque. Desgraciadamente para él, su esposa no corrió la misma suerte y las probabilidades de que haya salido ilesa son prácticamente nulas.

La misma falta de fortuna tuvieron los dueños de la panadería que funcionaba en el primer piso de la vivienda de Don Eulogio. Apenas hacía tres meses habían empezado a probar suerte en este negocio, que antes pertenecía a una familia de la costa atlántica. A las millonarias sumas materiales se suman los muertos, los heridos, las escenas de horror de muchas personas envueltas en llamas tratando de huir y clamando por su vida.

El panadero abrasado por el fuego y tratando de salvar a sus compañeros es una imagen que arranca lágrimas a los vecinos. El infortunio que golpeó a la panadería significa el fin del lugar en donde vendían el caldo de pescado más apetecido de la zona.

Mientras el señor García, sus nietos y sus hijos esperan un milagro, sus vecinos siguen aterrados por lo ocurrido. No se explican cómo en un segundo se destruyó el negocio más próspero de la zona y menos cómo la familia de uno de sus amigos más queridos tiene que soportar semejante tragedia, que tiñó de ocre las paredes color crema de la vivienda en la que los García forjaron su futuro.

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