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| 4/13/1987 12:00:00 AM

HISTORIA DE OTRA TRAICION

La verdad del "exilio forzoso" de Jaime Castro en Nueva York.

Como el coronel del cuento de García Márquez, sólo que no en un polvoriento pueblo de tierra caliente, sino en la capital del mundo, Nueva York, aguantando frío en medio del más crudo invierno de los últimos años, el otrora soberbio ministro de Gobierno, Jaime Castro, aguarda la llegada de una carta. O por lo menos así lo pintan recientes comentarios de prensa.
El tema por excelencia en los corrillos políticos por estos días, es si a Jaime Castro le darán o no la Embajada de las Naciones Unidas. El atentado contra su vida el 17 de junio del 86 y las constantes amenazas de que era objeto, lo obligaron a salir del país a sólo dos días de haberse producido el relevo presidencial, cuando todavía estaba caliente la silla de Betancur. Entre las muchas cosas que se dicen, está la de que Castro viajó a Nueva York con el ofrecimiento concreto de Barco de entregarle al poco tiempo la jefatura de la misión colombiana ante Naciones Unidas. Como había sucedido con otros funcionarios del régimen anterior -Enrique Parejo, Miguel Vega Uribe, Víctor Delgado Mallarino-, con Castro también parecía existir una especie de pacto de honor de otorgarle un refugio donde ponerlo a salvo, mientras se disipaban las graves amenazas de muerte que pesaban sobre su cabeza. Mantener a Castro fuera del país se hizo aún más urgente después de la publicación del libro "Historia de una traición" de la periodista Laura Restrepo. Si había quedado alguna duda para el M-19 con respecto al papel del ministro en el proceso de paz, el libro las despejaba y, de paso, lo señalaba como el principal responsable de la ruptura de la tregua.
Sin embargo, como lo afirmó el columnista D'Artagnan en El Tiempo, "Castro insólitamente fue sometido a una humillante espera por parte del nuevo gobierno, inelegante y poco digna además de incomprensible". Efectivamente, han pasado siete meses desde entonces y sobre la formalización del ofrecimiento, el gobierno no ha dicho ni pío. Castro tuvo que conformarse con una de esas fugaces misiones ante la ONU, que los presidentes utilizan para hacer favores a sus amigos o agradecer servicios prestados durante las campañas.

MIRANDO UN CHISPERO
Ante el creciente malestar despertado por los comentarios sobre el "exilio vergonzante" del ex ministro Castro, el gobierno resolvió indirectamente desmentir las acusaciones de injusticia que se le venían haciendo. Le hizo saber a D'Artagnan que a Castro se le habían ofrecido las embajadas de Londres, Praga y Pekín y que, por consiguiente, si no le había parecido merecedora de su aceptación ninguna de las tres misiones, el problema no era del gobierno, sino de la dignidad mal entendida del ex ministro. Esto parecía cambiar un poco el panorama. Castro no era, finalmente, el coronel de la administración Barco. Si bíen no le llegó la carta que estaba esperando, sí le habían llegado otras que no quería contestar.
¿Por qué, entonces, el gobierno le había ofrecido inicialmente algo que no podía cumplir? ¿Qué era realmente lo que había detrás de la testarudex del ministro y de la aparentemente despreciada generosidad del gobierno? SEMANA recogió versiones aquí y alla y pudo elaborar el siguiente mosaico.
Elegido Barco, pero aún sin posesionarse, el presidente Betancur le informó a su sucesor que quería nombrar a Castro en las Naciones Unidas, por razones de seguridad. Barco estuvo de acuerdo, pero le pidio a Betancur que dejara la cuestión en sus manos. Y en una reunión privada que tuvieron el Presidente electo y el ministro de Gobierno saliente, el primero le reiteró al segundo su voluntad de hacer el nombramiento una vez en el poder, "porque quería tener el honor de firmar él personalmente la resolución" y, además, aprovechar la oportunidad para hacerle un cálido elogio a quien fuera el ministro liberal estrella del régimen anterior.
Tan serio era el ofrecimiento de Barco, que al actual embajador de Colombia ante las Naciones Unidas, Carlos Albán Holguin, se le hizo saber que su sucesor Jaime Castro llegaría a Nueva York, y que le había llegado la hora de empacar maletas. Así pareció entenderlo Albán Holguín, pues cuando recibió a Castro en el aeropuerto Kennedy de Nueva York, le preguntó ante algunos de los presentes que cuándo se iba a posesionar.
Pero los días comenzaron a pasar sin que el nuevo gobierno, ya en ejercicio, hiciera señita alguna sobre su antiguo ofrecimiento. Fue entonces, según cuentan algunas fuentes, cuando Jaime Castro recibió una llamada de Gustavo Vasco. En esa llamada, Vasco, quien comenzaba a perfilarse como la eminencia gris de la nueva administración, le habría informado a Castro que lo de las Naciones Unidas se estaba dañando, porque algunas personas cercanas al Presidente lo habían convencido de la no conveniencia del nombramiento. Al parecer, el argumento en contra era el de que Castro era un ministro muy representativo del gobierno de Betancur y que nombrarlo en un cargo tan vistoso implicaba cierta continuidad con la política anterior,lo cual podría resultar perjudicial para la imagen del nuevo gobierno.
Vasco, sin embargo, fue muy claro en hacerle saber al ministro que Barco sostenía su ofrecimiento de una embajada. Y le sugirió varias posibilidades: Praga, Pekin, París... Según cuentan allegados del ex ministro, este se sintió ofendido con lo que podría interpretarse como un veto político que le hacía su propio partido y habría afirmado que si se le estaba dando tratamiento de "leproso político" para el cargo en la ONU, entonces no veía lógicos los otros ofrecimientos diplomáticos. Por estas razones, le pidió al gobierno dejar las cosas así, porque él no estaba en plan de mendigar ninguna embajada.
Pocos días más tarde de la conversación con Vasco, Castro recibió por conducto de unos amigos un supuesto ofrecimiento del Presidente de la Embajada en Londres. Era tan informal la oferta, que ni siquiera la tuvo en consideración. Sin embargo, el gobierno sí la incluye en la lista de ofrecimientos a Castro, como pudo corroborarlo SEMANA con fuentes cercanas al góbierno.
Lo que puede concluirse de lo que ya se está llamando el "caso Castro", es que el ofrecimiento de la Embajada ante la ONU sí se hizo y que, por consiguiente, se incumplió. Aunque el gobierno supuestamente alegó razones políticas, hay quienes sostienen que las hubo de carácter personal. Se ha dicho que personas muy cercanas al Presidente, poco afectas al ex ministro, le habrían atravesado palos a la rueda del nombramiento. Hasta el momento, ni el Presidente ni Castro han dicho "esta boca es mía" sobre el tema. Pero según dicen personas que tienen por qué saberlo, Barco, que es un hombre de palabra, estaría mortificado por los molestos ribetes de injusticia que han rodeado todo el episodio.
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