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| 7/12/2014 12:00:00 AM

La catarsis de una colombiana en Israel

La historia de una colombiana que huyó buscando la paz y encontró otro conflicto.

Soy  colombiana, judía, casada y madre de tres. Viví en Colombia mis primeros 36 años teniendo siempre el anhelo de retornar a la tierra de mis ancestros, como me lo inculcaron en el colegio.

Estudié Comunicación Social y trabaje 10 años en una multinacional. El alto costo de mantener a tres niños en el estrato social en el que me educaron y la inestabilidad económica por la que atravesaba, me llevó a tomar la decisión que siempre había rondado mi cabeza: Retornar a Israel.

En el 2013, apoyada por el gobierno israelí, traje a mi familia este lugar de Oriente Próximo con la ilusión de empezar una vida en libertad y sin temores. Aunque nos propusieron vivir en la ciudad costera de Ashdod decidimos comenzar en un pequeño pueblo en el centro del país.

Los primeros meses conocimos los lugares santos de las tres religiones y ciudades modernas como Tel Aviv, construidas prácticamente sobre desierto. Además, aprendimos el idioma (bastante complicado). Encontré un empleo en el Aeropuerto Internacional Ben Gurion, que creo es el más seguro del planeta, y  mi esposo también tuvo suerte, a pesar de la barrera idiomática. Teníamos la estabilidad económica que tanto anhelábamos y no podía creer que mis hijos, tan pequeños, podían ir al colegio caminando solos y regresar sin correr peligro.

Confieso que siempre me he mantenido al margen de los temas políticos, pero debido a los acontecimientos que están rondando por estos días esta Tierra Santa se puede decir soy una experta. Todo comenzó con un leve incremento de ataques del Hamas desde la Franja de Gaza, al sur de Israel. Al inicio, en promedio, caía un rocket una vez al día pero rápidamente se hicieron más frecuentes los ataques  hasta el punto que las Fuerzas de Defensa de Israel  decidieron  intervenir y advertir a Hamas que si seguía enviándolos el ejército de Israel respondería con tal de defender a su pueblo.  

Hasta ese punto yo solo veía que las alarmas en ciudades como Ashkelon, Sderot y Ashdod (ciudad a la que yo iría a vivir) habían aumentado, pero el pasado martes realmente sentí terror cuando los misiles hacían temblar mi piso. Un pánico similar al que puede sentir cuando Pablo Escobar y el cartel de Medellín decidieron sembrar miedo en los noventa. Esta vez, dos de mis hijos estaban en el parque con mi mamá, que acababa de llegar de Bogotá para pasar una tranquila temporada conmigo, y quien no tenía ni idea de cómo reaccionar ante un circunstancia que generara tanto miedo. Yo estaba bañando a mi otro pequeño, a quien tuve que sacar desnudo hasta las escaleras, porque no tenía conocimiento de dónde estaba ubicado el búnker en mi edificio (sí, porque acá estas construcciones de hierro y hormigón son parte de nuestra arquitectura).  

Creo que fueron los 5 minutos más largos de mi vida. Mi hijo pequeño y yo estábamos protegidos, pero no sabía la suerte de los otros dos y de mi mamá que, por cierto, sufre de tensión alta. Cuando los volví a ver sentí nuevamente el alma en el cuerpo. Les pregunte que hicieron y su respuesta me mostró la realidad: vieron cómo estallaba el rocket encima de sus cabezas. Estaban resguardados en una pequeña sinagoga al lado del parque. 

¡No conocía el procedimiento de emergencia! Básicamente la alarma suena y los habitantes deben protegerse  para que el escudo antimisiles llamado “Cúpula de hierro” envíe un misil que destruya el cohete lanzado por Hamas. El “boom” es el sonido del éxito y la comunidad puede regresar a sus labores diarias. Hoy puedo decir con certeza que estamos prácticamente “entrenados”, ya hemos atendido el llamado de 6 alarmas, pocas si comparo otras ciudades donde la gente pasa el día resguardándose.  Los grandes y mi mamá  bajan después de mí, yo llevo en brazos al más pequeño. Mi cadera ya está sufriendo las consecuencias y debo tomar antinflamatorios para controlar el dolor.  

Vi cómo la paz me abandonó de nuevo. Por precaución no salgo a la calle a menos que sea absolutamente necesario. Mi trabajo en Ben Gurion quedó en veremos, porque si antes tenía miedo, ahora, con la nueva amenaza,  estoy mucho más asustada. Decidí decirle a mi jefe que lo siento, que tendrá que esperar,  pero que yo no puedo con ese voltaje.  Siento un temor indescriptible, no solo por lo que podría pasarme, sino por lo que le podría pasarle a mi familia  si yo no quedo viva. Por esta razón hacemos todo juntos. Si hay que sacar al perro, vamos todos; si hay que ir a la tienda, vamos todos, porque si hemos de morir, moriremos todos.  

Todo el día y la noche permanecemos con los zapatos puestos. Las mujeres dormimos casi vestidas. Y al tiempo del baño como el del ejercicio apenas les  dedicamos dos minutos, máximo. Soy golosa por naturaleza y me encanta comer, pero desde el martes pasado no pruebo bocado, solo líquidos porque mi mamá me obliga.  

Mi esposo, por su parte, me anima, me dice que sus amigos del ejercito le dicen que esto no es una guerra, que es un balagan (desorden). Que “Cúpula de Hierro”  no permitirá que nos pase nada. Sin embargo, soy un poco más realista y sé que los humanos nos equivocamos a veces, yo no quiero ensayar. Me sorprende la actitud de la gente aquí: ayer, mientras estábamos en el parque, sonó la alarma, nos resguardamos y subimos al apartamento. A los 5 minutos, los niños, que corrieron con nosotros, volvieron a jugar como si nada. Los vi por la ventana pero no fui capaz de regresar con los míos, no tengo “el nervio” para eso, como decían en mi casa.  

Cada día me hago  más a la idea de que el Tzajal (Ejercito israelí) me va a proteger pero no sé si por la historia que viví en Colombia, con tantas y tantas muertes absurdas, esté preparada para enfrentar una situación de este calibre.  Es como levantarse en otra dimensión. ¿Qué si pienso en regresar?... quisiera salir corriendo, lo confieso, pero  no quiero salir derrotada. Por todo lo hermoso que me ha dado Israel no le voy a dar la espalda ahora. Solo quiero que mi hijo no tenga que orar nuevamente como lo hizo hace unos segundos comenzando el shabat: “Dios mío gracias por permitir que no sonara la alarma mientras estábamos jugando en el parque”.  Yo le pido lo mismo también. Amén.
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